Ruido de fondo

Ejecuciones y desahucios

Sí, sí; si en contra la violencia estamos todos, no hace falta repetirlo tanto. Alguno parece que estaba esperando una cosa así para justificar lo que el cuerpo le viene pidiendo desde el 16 de mayo. Ahora bien, la violencia no es solamente abuchear a un político. La violencia también puede ser sutil y respetable.

Privatizar el pastel de las cajas en vez de crear una banca pública que garantice el crédito y estimule la creación de empresas y empleo; reducir las cotizaciones a la Seguridad Social, que financia la sanidad y la enseñanza de los que no pueden pagarlas; eliminar los impuestos directos, que gravan según lo que se tiene; subir en cambio los indirectos, que pagan a partes iguales el que tiene mucho y el que no llega a fin de mes; aumentar la edad de jubilación, añadiendo a la decrepitud el sufrimiento del trabajo, o reducir el importe de nuestra pensión, que se nos irá en bragueros y medicamentos, también es violencia. Y no digamos ya ejecutar una hipoteca. Ejecutar. Madre mía, eso es casi terrorismo.

Si no sabemos qué hacer tras las acampadas del 15-M, ahí tenemos a esos ciudadanos evitando el desahucio de sus paisanos. Desahuciar, otro verbo que da escalofríos. Porque entre la guerrilla urbana y el buenrollismo asambleario hay acciones hermosas y efectivas como esta, que afectan además al poder económico, ajeno hasta ahora a la indignación.

Ojalá salgamos muchos mañana a protestar contra la violencia legal del llamado pacto del euro. Y ojalá en mi ciudad se organice una plataforma contra las ejecuciones, porque yo, que estoy contra la violencia, no dudaré en apuntarme.