El sueño de la razón

Televisión española lucha denodadamente por convertirse en una cadena residual y sus esfuerzos se ven poco a poco recompensados por la huida de las audiencias hacia otros canales menos contaminados. Los residuos tóxicos de RTVE podrían pasar casi desapercibidos al diluirse en ese magma amorfo de la desinformación programada, pero la televisión pública no engaña a nadie salvo a los pocos que quieren seguir engañados y no tienen bastante con las carroñas aderezadas en algunos canales de la TDT. Probablemente entre los programas menos vistos de la tercera cadena en audiencia figure “Parlamento” que se emite, entre refrito y refrito, en el canal 24 Horas, pero siempre hay algún iluso que, tras haber caído, tal vez al azar, en una de sus trampas queda aplastado por la irrealidad flagrante de sus enunciados y sus quejas trascienden a los medios, esos medios mediáticos mediatizados que dice el ministro Wert, especialista en trabalenguas y trampantojos.

En “Parlamento” resurgió por un momento la vieja teoría de la implicación de ETA en los atentados del 11M que se vincularon en el programa,“casualmente”, con la organización terrorista vasca que no puede defender su honor ni en los parlamentos ni en los tribunales, entre otras cosas porque no lo tiene. No lo hicieron con mala intención, aclararon los portavoces del ente demediado, les salió así de chiripa y pidieron perdón por “la ambigüedad de una frase desafortunada. “No pretendíamos sembrar duda sobre la autoría oficial” se explicaron, no lo hicieron a conciencia, no la tienen o la utilizan lo menos posible para no pecar de desafectos al régimen que predica la desconcienciación colectiva y ha creado un limbo que está más cerca del infierno que del paraíso, una entelequia en la que todo se mezcla y se remezcla, una papilla indigerible e indigesta, un placebo que se presenta como inocuo pero que produce molestos efectos secundarios entre los que aún no están vacunados contra los bacilos de la desinformación y entre los toxicómanos, voluntariamente intoxicados, viciosos y viciados por las sustancias alucinógenas que se desprenden de la pantalla, gentes que necesitan sobredosis diarias de irrealidad, chutes de adrenalina, para seguir creyendo en las virtudes y en las promesas de un gobierno desnortado y descabezado.

“Ya lo decía yo” exclamó enardecido el patriarca de la familia. “Es verdad porque lo ha dicho la televisión” coreó su cónyuge, mientras los niños de la familia, ajenos al bochorno, seguían enfrascados en la realidad virtual de sus play stations y los jóvenes celebraban en las calles su lúdico y escandaloso botellón. Ya sabemos, por la voz de la experiencia, que una mentira cobra visos de verdad cuando se repite mil veces, pero cuando se repite dos mil o tres mil vuelve a apestar a mentira. La vinculación de ETA con los atentados del 11M parecía muerta y enterrada pero abundan en los medios mediáticos mediatizados como TVE los desenterradores, los resucitadores de zombies, dispuestos a revivir lo que estaba muerto y bien muerto pero mal enterrado. Hay un comercio vil y necrófago que sigue alimentándose de los restos de las víctimas, aprendices del doctor Frankestein cosen con una sutura de mentiras los fragmentos de los cadáveres para crear un monstruo que nunca caminará por sus propios medios, que siempre necesitará apoyarse en las muletas de sus creadores y valedores, un  ogro que no sirve ni para asustar a los niños que se decantan por los monstruos más reales y atemorizadores, apocalípticos y violentos, surgidos de los videojuegos.

Televisión Española no da miedo, da risa y sobre todo da pena,  y de eso se trata, de que, entre un coro de risas y de penas, el ente público desaparezca y con sus restos privatizados y saldados se articulen otros canales de desagüe que viertan sus inmundicias sobre las audiencias desperdigadas y fragmentadas. Desmantelar la televisión pública significará sin duda un gran ahorro y así nos lo venderán estos vendepatrias al mejor postor. Ahorraremos mucho, sobre todo nos ahorraremos la vergüenza.