¿Se puede? Adelante

Los espectadores esperan “espectantes”… El rótulo aparece, con tan peculiar ortografía y sus correspondientes redundancias, en un informativo de la televisión. Los que esperan expectantes no ocupan la Puerta del Sol y sus aledaños para celebrar los resultados de las Elecciones Europeas, esperan expectantes a su equipo que viene de ganar la décima copa de Europa. Hoy las caravanas y las multitudes, las banderas y los gritos de ánimo no celebran a los políticos sino a los heroicos atletas. Ni Bruselas, ni Estrasburgo, Madrid es capital de la Europa futbolística. La televisión informa: los futbolistas no saldrán a ningún balcón institucional para no robar protagonismo a los políticos que tampoco saldrán a balcón alguno porque no habrá nada que celebrar ni en Génova, ni en Ferraz. La sincronización europea a la hora de ofrecer los resultados definitivos le quita el escaso interés televisivo que podrían tener estos comicios. En la campaña electoral española se ha hablado de casi todo menos de Europa y en las elecciones europeas han medrado los antieuropeístas. El bipartidismo se rompe y entre sus pedazos alumbran destellos de otra forma posible de hacer política. ¿Podemos? La irresistible ascensión de la formación posibilista augura cambios. En España suben los votos de la izquierda y bajan los de los grandes partidos. Torres más altas han caído, la otrora todopoderosa Democracia Cristiana y el vigoroso Partido Socialista que dominaban el paisaje político desde el fin de la segunda guerra mundial, desaparecieron en la misma nube de polvo que barrió al PCI, mutado al eurocomunismo para dar paso precisamente a otra forma de hacer política… la de Berlusconi.

La noche de las elecciones europeas venía lastrada por esa sincronicidad que privaba a los espectadores expectantes de toda la parafernalia de los sondeos a pie de urna y a pie de calle, de los agudos pronósticos, casi siempre erróneos, de los analistas políticos y de los contertulios habituales. Nada de gráficos cambiantes, porcentajes variables y quinielas. Nada de emociones superfluas, los datos definitivos poco antes de las doce, cuando no quedan ganas ni de debatir ni de celebrar a lo grande el triunfo de lo pequeño.

Al día siguiente, pensados y masticados los datos, ya hay tiempo para el debate y sobre todo para la extrapolación. Aplicando los resultados europeos al Parlamento nacional, el mapa resultante es un mosaico de difícil encaje, de encaje de bolillos. Ajeno, enajenado, ante cualquier autocrítica, el partido vencedor se repliega, ha sido una victoria pírrica que solo se celebra en la intimidad, han salvado a Cañete y sobre todo ha funcionado el “y tú más”, mal de tontos consuelo de muchos. La primera en reaccionar, atropelladamente, ha sido Esperanza Aguirre, que ha roto la conformista unanimidad de la cúpula popular exigiendo responsabilidades, urgiendo cambios y relevos presentándose casi a cara descubierta como renovadora y encastada líderesa.

A la izquierda unida y crecida tras la cita de mayo, tampoco le viene mal un poco de autocrítica: una plataforma, hija del 15-M, se les empieza a subir a las barbas. Tras rechazar la posible coalición que propuso Podemos, entre otras cosas por no aceptar las primarias abiertas, la primer reacción de IU parece inclinarse por la alianza o la confluencia que propone también Pablo Iglesias. Podemos es un partido de individuos, no de aparatos; de ideas, no de axiomas. Una gran coalición a la alemana entre PP y PSOE no funcionaría con menos del 50% de los votos, dos perdedores no suman necesariamente un ganador.