Honorables camorristas

Los camorristas de Gomorra, la serie basada en la obra de Roberto Saviano, viajan a Barcelona para realizar una operación de tráfico de drogas. El autor napolitano sitúa en España, especialmente en Cataluña , la macrosede internacional del “narcocapitalismo”, que es la clave que abre a una comprensión más cabal de los mecanismos financieros que rigen desde las sombras la economía global de nuestro desquiciado planeta.

En la Barcelona a la que llegan los camorristas, están a punto de celebrarse unas elecciones (regionales, según los carteles que se ven en las calles) y los capos comentan sobre la incidencia que podrían  tener esos comicios en el desarrollo de sus operaciones. El capo afincado en Barcelona tranquiliza a su huésped. En Cataluña y en el resto de España todo está atado y bien amordazado: políticos, banqueros, financieros, jueces, fiscales, policías y medios de comunicación trabajan para ellos, blanqueando o prevaricando, según sus competencias, financiando e intermediando en el centro de la oscura trama. El narcocapitalismo, sanciona Saviano, sostiene el sistema capitalista. De lo que se deduce que una posible y necesaria legalización de las drogas hundiría lo poco que aún no está hundido y acabaría con el imperio de los narcos y de los capitalistas, unidos por lazos de sangre inocente de millones de víctimas. Sin narcotráfico, dice Perogrullo, no habría narcocapitalismo

Es solo una serie, pero probablemente desde Crematorio, la adaptación televisiva de la novela de Chirbes, no se había visto por estos lares tal aproximación a la realidad, pura y dura, de una corrupción profundamente enraizada entre nosotros. En España nació la Picaresca y la madre de todas las mafias y camorras está en el sevillano y cervantino Patio de Monipodio, siendo el tal Monipodio un mero aprendiz, un artesano en comparación con sus herederos, que han refinado el sistema gracias a su alianza con los usureros que hoy ya no funcionan como autónomos sino al servicio de poderosas organizaciones criminales, disfrazadas de instituciones benéficas imprescindibles para el funcionamiento de un tinglado de farsa. El narcocapitalismo podría explicar las crisis y las convulsiones de la economía, la enorme capacidad de equivocarse de todos los economistas y la verdadera calaña de los que se están jugando nuestros cuartos. La banca siempre gana.

Trasmite Gomorra cierta comprensión con los delincuentes de la base de la pirámide criminal que aún mantienen ancestrales códigos de honor y de familia. Personajes “inocentes como animales y canallas como cristianos” (que escribiera el Tata Cedrón) que son tan criminales como víctimas, víctimas que se hacen criminales para dejar de serlo y militan en el bando contrario. Clase de Tropa, Carne de Cañón, prescindibles y fácilmente sustituibles, esos son los que se manchan las manos de sangre y sufren problemas de conciencia que les llevarán a no ascender en un siniestro escalafón en el que se valora ante todo la falta de escrúpulos de conciencia.

En el arranque de la serie, se mostraban esos bajos fondos de la alta delincuencia, historias personales y tragedias cotidianas de los que están en el penúltimo escalón de la jerarquía. El último lo forman los yonquis, espectros translúcidos, muertos vivientes y anónimos comparsas. Tan desechables como sus jeringuillas.

De los bajos fondos de Nápoles a las altas y altivas torres de Barcelona, Babel de lujo, escenario de crímenes de guante blanco y corazón negro y de criminales bien educados que aprendieron desde la infancia a mirar para otro lado cuando se trata de asuntos sucios y de no pisar los suelos de mármol hasta que no hayan limpiado la sangre. Con esos no hay identificación que valga, a esos bichos nunca llega a tomárseles cariño.