Traducción inversa

Añorar a ETA

Tan pocos días después y ya hay tantos que se han visto sacudidos por la certeza atroz: habrá que vivir sin ETA. Algunos comenzaron a notar el sudor frío el mismo día 20, a las 7 de la tarde, cuando Gara colgó en su página de internet el comunicado anunciando el final del terrorismo vasco. Enseguida se irían sucediendo los titulares cóncavos, las verdades medio llenas, los "peros" sobreactuados. Al tiempo que finalizaba el drama de las víctimas (las únicas con derecho a escupir a los etarras su desprecio universal), empezaba el de los guardianes del sepulcro de Don Pelayo. Ante la maldita evidencia, sólo existe el recurso de la retórica (si no se puede practicar un periodismo honesto, siempre nos quedará la mala literatura). Que si ETA "no se arrepiente", que si "no se entrega", que si "no pide perdón". Cuánto catecismo. Como si el terrorista fuera un chaval de ocho años que, el día de su primera comunión, se ha sacado la hostia de la boca y se la ha dado al gato.

Toda esta gente, claro, ya está añorando a ETA. Esos viejos tiempos en que, en ciertos sueños delirantes, pistoleros vascos disfrazados de devotos árabes suicidas llevaban al candidato socialista a la Moncloa. Añorar a ETA va a convertirse en la forma de nostalgia más característica de la derecha española. Y Mayor Oreja, el gran hombre cuyo cerebro está tan lleno de ideología que ya no le cabe el sentido común, podrá contar a sus nietos la heroica batalla contra los "cómplices" de ETA, que era casi todo el mundo. Pero ahora ETA se ha acabado. Vaya faena.