Incluida en: ‘Merriweather post pavillion’ (Domino, 2009)
Iba a decir una burrada, pero me la voy a callar. Bueno no, la voy a decir: esta no es la canción de la semana. ¡Esta es la canción del año! El trío Animal Collective acaba de presentar el vídeo de ‘In the flowers’, que es la canción que abre ‘Merriweather post pavillion’, el disco que publicaron a principios de este año. El tema es… perfecto. Algo así no sale por casualidad, no se hace de la noche a la mañana. Detrás de esta joya hay diez años de trabajo y ocho o nueve discos. Aquí lo concentran todo, su fórmula tres en uno a base de pop, psicodelia y electrónica, que desengrasa que no veas. Han inventado mucho, estos tres. Sus zancadas son de gigante. Van muy por delante, por allí, ya girando aquella curva. Prohibido escuchar la canción sin comentar qué has experimentado.
Dicen que no hay que preocuparse, pero hace unos meses, y sin que sirva de precedente, yo lo hice. Estaba entrevistando a cuatro de los cinco miembros del Club de los Poetas Violentos (CPV) con motivo de su regreso a los escenarios, cuando, al parecer, hice la pregunta equivocada: ¿qué pasa con el rap en España, cuya repercusión crece y crece, pero parece que no termina de hacerse masivo?
Me pusieron verde. “Tú no te has informado bien”, repetía como un robot roto Jotamayúscula, que a partir de ese instante se dio la vuelta sobre la mesa de sonido de su estudio. Para él, la entrevista había terminado. También Kamikaze, un tipo de sorprendente inteligencia y claridad de ideas, se extrañaba de mi pregunta: “Pero sal a la calle, si ya nadie escucha rock”.
Hombre, Kami, lo que es nadie, nadie… Fito y Fitipaldis acaban de agotar las entradas para su primer concierto en diciembre en el Palacio de los Deportes de Madrid y van camino de llenar el segundo.
¿Qué grupo de rap llena a día de hoy el Palacio de de los Deportes de Madrid? Exacto: ninguno.
Más allá de su efecto sobre las masas, todavía por desplegarse, el rap español está atascado creativamente, en crisis. Es cierto que a España llegó tarde, muy tarde (se considera que el primer álbum de hip hop en español fue ‘Madrid Zona Bruta’, precisamente de CPV, en el año 1994), pero su evolución a finales de la década de los 90, con ‘crews’ como 7 notas 7 colores y Solo los solo, hacía presagiar que el género iba a convertirse en lo más interesante de la música hecha en nuestro país, como ya estaba ocurriendo en Estados Unidos y, sin ir más lejos, en Francia.
Por si fuera poco, Mala Rodríguez dinamitaba los cimientos del hip hop en el año 2000 con ‘Lujo ibérico’, un disco absolutamente personal que significaba un punto y aparte en la escena, sobre todo por unas letras que se desmarcaban del ‘yoísmo’ post-adolescente y de la crítica social sin mordiente que dominaban los versos de los raperos españoles.
Mala Rodríguez es una isla en un desierto de MC’s hábiles, con mucha destreza para juntar palabras, pero que carecen de fondo y contenido. La Mala fue la primera en bajar a la realidad (la suya, no la imaginada, la ideal o la que sale en la tele), mancharse y contarlo.
Porque en el rap español las producciones brillan a un nivel sobresaliente (ahí tenemos a R de Rumba y su capacidad para integrar sonidos negros y crear producciones hipnóticas; o al mismo Jotamayúscula, que tiene un olfato de mastín para las bases pegadizas), pero los textos, ay, se quedan en un suficiente ‘raspao’.
Ni los más grandes a nivel de ventas convencen: la lírica sucia de Violadores del Verso quiere provocar, pero a sus dardos les falta veneno; SFDK, que sacan disco este mes, parecen obsesionados por ser más duros que nadie; mientras que el buenismo social de Nach, siendo un intento valorable de hacer algo distinto, tiene más de petardo que de bomba.
El ‘jarcor’ ya no hace daño (salvo al mismo rap). ¿Cuándo se cansarán de competir para ver quién es el más malote? En realidad, sus ataques egomoaníacos no son sino autoafirmaciones que sólo esconden miedo y fragilidad. Si en vez de esconder esto, lo mostraran, quizás la cosa se pondría más animada.
Por si fuera poco, el hip hop español está envenenado de purismo, el peor de los venenos cuando se habla de música (lo saben bien los flamencos, también los indies…). Se necesitan raperos valientes que se atrevan a decir cosas distintas. ¿Aparecerán? Muchos los estamos esperando.
Si yo fuera el presidente de Renault despediría a la plantilla de su factoría vallisoletana (que ya le está saliendo cara) y contrataría a Alejandro Sanz. Él sí que sabe rentabilizar el esfuerzo. Me pregunto, ¿cuánto tardaría en componer ‘Looking for paradise’? ¿Cinco minutos? ¿Cuatro? ¿Tres minutos? Tan facilona es, que es posible que Sanz tardara menos en hacerla que lo que luego dura la canción. La proeza sería, como mínimo, de Guinness. Es para llevarle al circo. Y que no vengan ahora los del coro del “bueno, es meloso y sensiblón, pero es un gran letrista”. Perdonen y escuchen: “A veces me siento perdido, inquieto, solo y confundido / entonces me ato a las estrellas / y al mundo entero le doy vueltas”. Más que el diccionario de sinónimos (no pocos grandes letristas han confesado tirar de él), Sanz utiliza el de tópicos. Por si fuera poco, el videoclip pone la guinda del millonario artificio con una estética a medio camino entre un ‘High school musical’ para pijos y un anuncio de colchones. Por no hablar de esa fiesta final en el tejado de un edificio: buenrrollismo de Visa oro y mestizaje de postal. ¿De qué paraíso nos hablas, Alejandro? ¿No querrás decir infierno? Tan chungo que no lo podrás creer. Y a pesar de todo, canción de la semana, porque a pesar de todo, lo es.
En estos tiempos de patinadores musicales cuyas canciones llenas de ingenio e inteligencia rozan, dan ‘regustín’, pero no penetran, se agradecen discos como ‘Las próximas cosechas’. Un esfuerzo por bajar a la mina de la realidad y contar lo que allí se cuece. Yo me quedo con esto. Lo otro está bien, pero esto, queridos amigos, es otra cosa.
El asturiano Fran Gayo, su autor, no es ningún recién llegado. Con Mus, su anterior proyecto junto a Mónica Vacas, publicó varios discos de altura interpretados en bable (la lengua que todavía se habla en determinadas zonas de Asturias y León). Con el emocionante ‘Divina lluz’ hicieron cumbre. Una joya.
Sus canciones de pop húmedo y frágil, a media luz, con ligeros toques electrónicos y, como elemento a valorar especialmente, unos textos enfocados hacia los contenidos sociales, les convirtieron en una singular rareza en la escena independiente nacional.
Ahora, el debut de Gayo en solitario cambia determinadas coordenadas (del bable a español, la electrónica casi desaparece, las crónicas sociales se transforman en una sola crónica, sentimental), pero mantiene lo esencial: la hondura, la densidad.
Como un cuidadoso cartógrafo, el músico establece unas coordenadas sonoras y líricas y, con escuadra y cartabón, comienza a dibujar desde diversos ángulos los contornos y entresijos de algo tan misterioso y desconcertante como enamorarse. “Porque desde nuestro encuentro cada noche me pierdo en el camino a casa”, canta en ‘Romanza’. Qué necesario es perderse, a veces.
Todo en el disco, en sus once canciones, está orientado hacia ese instante en que el mundo desaparece y sólo hay una cosa importante. Algo así requiere un disco (o dos). Y en el trance, el huracán: el desierto de la distancia, el miedo al qué dirán, el temblor de la despedida, la sensación de fortaleza ante la avalancha de contratiempos, la indestructible intimidad, el dolor de estar vivo…
Musicalmente gana la sencillez: piano, guitarras, autoarpa, alguna mínima programación… Con la voz se atreve, valiente, pero todavía está por hacerse más propia, menos preocupada.
Es canción de autor clásica sólo hasta cierto punto. Las melodías de las canciones y su estructura tienen un sello personal intransferible.
Puede que a las letras les sobre un poco de peso poético, que el lenguaje peque, a veces, de decimonónico. Son pequeños flecos sueltos, quizás pecados veniales a causa de la magnitud de los sentimientos.
Me hace gracia quién critica un disco así tildándolo de muermo. Imagino que tampoco le gustará Tarkovsky, ni el ‘Berlin’ de Lou Reed. ¿Perezosos? Por supuesto.
A mí me gusta, principalmente, porque si logro meterme dentro, cuando salgo siento que me han dado algo.
Como muestra, dos botones:
‘Economía de guerra’
‘El invierno será bueno (o no será)’
Yo ya he dicho bastante. Ahora Fran Gayo es todo vuestro.
Curiosa la tendencia de los argentinos para entronar la extravagancia, para beatificar la deriva psicológica, para convertir en héroes nacionales a sus inspirados locos. Curiosamente, sus dos tarados más geniales vuelven a estar de actualidad. Diego Armando Maradona, varón, futbolista y (para muchos) santo, acaba de meter, bronca mediante (por supuesto) a la selección argentina en el Mundial de Fútbol de Suráfrica. Que Argentina no se clasifique para un Mundial devalúa la competición, pero que Argentina, dirigida por Maradona, no lo consiga, habría sido una catástrofe. También para nosotros, claro (el espectáculo el próximo año promete). Bueno, a lo que vamos. El otro gran pirado es Charly García, el músico más descerebrado que ha dado el rock argentino (y capaz de mirar de tú a tú a cualquier otro a nivel mundial). ¿Conocen a algún músico que haya saltado desde un noveno piso a una piscina?Él hasta lo grabó. Ahora regresa con una canción sencilla, ningún clásico, pero Charly, con su actitud chulesca, una letra misteriosa y un vídeo cachondo, consigue elevarla por encima de la media. Además, prepara gira mundial.
Hoy para mí es un día grande. En primer lugar, porque me voy diez días de vacaciones (aunque esté lloviendo). Y en segundo lugar, no menos importante, porque voy a escribir, aquí mismo y ahora, sobre un disco mayúsculo, enorme, incomparable. Lo juro: una obra maestra, una casualidad entre un millón, un milagro escondido, un fenómeno paranormal… Discos como este hay pocos.
Ahora que blogs y revistas musicales se devanan los sesos con las listas de los mejores discos de esta década, sería altamente recomendable que no se olvidaran de un álbum grabado en Córdoba en 2004, publicado por el sello Eureka y firmado por un tal Miguel Bocamuerta. ‘Tú en Marte y yo en Plutón’, se llamaba el diamante. Para mí, el segundo o tercer mejor disco nacional de la década. Dicho está. Diez canciones, un mundo.
Ahora tengo una mala y una buena noticia. La mala es que Miguel Bocamuerta está muerto. Se suicidó después de grabar este “primer disco póstumo de un artista novel”, como lo presentaba con humor su discográfica. Rondaba los 30 años.
La buena es que, según me confirmó el otro día Fernando Vacas (director de Eureka, amigo íntimo de Miguel y descubridor, entre otros, de Russian Red), se han encontrado decenas de maquetas que Bocamuerta grabó de forma casera, más de 70. “¡Las cosas que dice ahí!”, me decía Vacas, con tono asombrado.
No intento en este post, que quede claro, hacer una oda al malditismo ni nada por el estilo. Las canciones, el sonido, las letras… la música que vibra entre Marte y Plutón es lo que cuenta. Lo que le pasara al pobre Miguel es otra cosa, sobre la que sólo queda guardar silencio.
A Miguel le gustaba que le llamaran Alarota. Nació en Córdoba, vivió en Madrid y terminó estudiando contrabajo en Barcelona, pero su lugar no estaba señalado en los mapas. “Donde siempre pasan las cosas es en los rincones oscuros”, solía decir él. Por ahí van los tiros del disco.
La mayoría de los grandes músicos han hurgado en el abismo. Unos, como Nick Cave, Lou Reed o Miles Davis, se consagraron a ello; otros, como Dylan, Young o Springsteen, descendieron unos pisos y contaron lo que vieron. Y lo que vieron no era bueno, pero (y esto es lo importante) era.
En España tenemos unos cuantos de estos: Javier Corcobado, Fernando Alfaro, Nacho Vegas… Todos ellos saben lo que es el peligro. ¿Se puede hacer música de verdad sin haber bajado hasta ahí?
Alarota bajó y nos lo contó en, por ejemplo, ‘La tentación por existir’:
“Queda como un ruido emergiendo desde el centro de mi cuerpo,
un zumbido en el desierto,
el último aliento de alguien muerto,
un dios surcando el espacio exterior,
un trozo de cielo congelado
derritiéndose bajo el sol
o un barco sin tripulación…
Un mal de amores sin amor,
un sí peleando con un no,
un rey que llora a su bufón,
un ciego que sueña en color”
Un disco para reír y para llorar, como la vida misma, en el que Alarota nos envía diez postales desde un paisaje oscuro, sórdido y congelado.
Da en el clavo. Sabe qué es lo importante y de eso habla. Mirad lo que dice en ‘Moby Dick’:
“Hoy he abierto mi cerebro
y no he visto nada dentro de él.
Noto que en mí algo ha cambiado,
me siento un tanto extraño,
no pongo pasión en nada de lo que hago
y me hace tanto daño”
Buscaba, no hay duda. Puede que se equivocara de sitio…
Hay mucho humor (las historias de ‘La noria’, ‘Viva Yankee’ o ‘Como un perro’ -ver vídeo arriba- son descacharrantes), pero cuando se pone firme y serio aumenta todavía más su bestial efecto. Además, no hay rastro de dramas afectados, sino relatos lúcidos que constatan la destrucción, como en la escalofriante ‘Por enésima vez’, donde deja entrever su final:
“Todo mi pasado y mis errores quiero enterrarlos ya,
coleccionar mil errores, ¿de qué me ha servido hasta ahora?
Creo que ha llegado el momento de cambiar el rumbo de esta historia sin sentido,
llevo media vida ya persiguiendo a mi destino
y al borde de la locura
y un pie puesto en las cimas de la desesperación
y el otro en algún rincón cerca de tu corazón”
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Musicalmente el círculo se cierra. El sonido crudo de guitarra, contrabajo y batería, como un esqueleto aterido de frío, es sencillamente lo que cuenta transformado en música. Los arreglos (cuerdas, algún piano, ruidos) parecen esparcidos al azar, a la ligera, pero nada sobra (y nada falta).
Hay rock descarnado, vómitos de blues zarrapastroso e incluso latigazos de jazz. Pero el género está por debajo, porque por encima está él: Miguel Bocamuerta, Alarota. Todas las piezas del puzzle encajan. Y no se puede hacer mejor.
El domingo escribí un reportaje titulado “El despertar del videoclip español” sobre el trabajo de jóvenes directores y nuevas productoras que están haciendo trabajos innovadores, arriesgados y muy personales en nuestro país.
Lamentablemente, debido a una novedad en el ‘caso Roman Polanski’ hubo que recortar el artículo. Lo que os perdisteis fue la parte en que varios protagonistas del reportaje elegían y comentaban su videoclip favorito. No os preocupéis. Aquí los tenéis: los vídeos (que tendréis que ver desde YouTube) y los comentarios.
El primer videoclip lo recomienda, nada más y nada menos que Juan Antonio Bayona, director de ‘El orfanato’ y de más de 40 videoclips (entre ellos, unos cuantos de Camela).
‘Coffee & tv’, de Blur (Hammer & Tongs, 1999)
«Me gusta por el sentido del humor, que es más corriente ahora que hace 10 años. Destacaba por aplicar efectos especiales de una manera inteligente. La historia del cartoncito de leche tiene mucho desparpajo. Utiliza sabiamente la técnica, no alardea».
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El segundo videclip llega de la mano de Luis Cerveró, director de videoclips para Christina Rosenvinge, Marlango o Joe Crepúsculo, entre otros.
‘Heroes’, de David Bowie (Nick Ferguson, 1977)
“Muchas veces nos complicamos demasiado. Y este vídeo es una lección de que con tres luces, un poco de humo y un travelling puedes conseguir un resultado cojonudo. Es uno de esos vídeos que puedo ver millones de veces. Claro que es Bowie y es ‘Heroes’, que sólo con eso hay que ser muy burro para hacer algo malo. Pero la sencillez de la propuesta me parece la mejor elección precisamente por eso. ¿Qué vas a añadir? ¿Qué más necesitas? Y lo que consigue Ferguson es elevar al músico a un valor iconográfico casi totémico. Además, como en todos los trabajos tocados por la magia, está la perfección que sólo puede dar la suerte, con esas entradas de luz entre las piernas siempre sincrónicas con un cambio musical. Obra maestra absoluta por su sobriedad, contención y precisión”.
El tercer vídeo lo ha elegido Susana Blas, comisaria de la exposición ‘Mundo aparte: Nuevo videoclip español’, en el Instituto Cervantes.
‘Tenía tanto que darte’, de Nena Daconte (Marc Lozano, 2008)
“Me interesa esta pieza porque detrás de su aparente sencillez y de su resultado festivo hay un inteligente trabajo sobre la textura de la imagen que se logró imitando los videos musicales clásicos de los 80. Lozano utilizó las cámaras de entonces, en concreto la SONY PD 150, y un estilo de rodaje calculadamente descuidado para recrear ese ambiente”.
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Y por último, el zaragozano Samuel Zapatero, director de uno de los videoclips del año (’She’s my man’, de Bigott).
‘Ya Mama’, de Fatboy Slim (Colectivo Traktor, 2001)
“No sé, siempre me acuerdo de la primera vez que lo vi, nada más empezar el vídeo, en los primeros bailes, me entró una risa nerviosa, mi cuerpo hacía espasmos intentando seguir el ritmo de aquellos atípicos bailarines, no lo puedo evitar, me pasa cada vez que lo veo, luego me empezaron a caer algunas lágrimas al ver los movimientos de los primeros clientes que escuchan la cinta en el mercado y terminé llorando de risa en el sofá e intentando imitar aquellos movimientos, es cierto que había tomado un par de gintonics pero también es cierto que es muy difícil que un simple videoclip consiga algo así”.
Joe Crepúsculo es bajito, regordete, tiene cara de pan, barriguita cervecera y ‘look’ taciturno. Cuando le veo, siempre me acuerdo de un amigo del instituto que leía a Nietszche, bebía demasiado y, de cuando en cuando, se dedicaba a vagabundear por las calles de León, sin rumbo, a altas horas de la madrugada (buscando Dios sabe qué). Luego era un cachondo, pero con amargura. En todo caso, Crepúsculo, al que no conozco personalmente, no tiene por qué tener nada que ver con esta descripción. Joe Crepúsculo canta con voz de niño travieso (o poseído) canciones de pop ochentero (a mí a veces sus temas me recuerdan a Rafaela Carrá) con letras pobladas de referencias inconexas y surrealistas. Es un cachondo, como mi amigo, pero en lugar de amargura, desprende escepticismo. Lo que más le gusta a la gente a la que le gusta Crepúsculo, las letras y su humor, a mí me parece lo menos interesante. Me quedo con su genio para fabricar melodías notables y por la singularidad y atrevimiento de su propuesta. ‘Toda esa energía’ es el primer single de su tercer disco. Ver el vídeo no es perder el tiempo.
A nadie le gustan las listas de lo Mejor del Año, pero todos las devoramos con avidez. Y nos cabreamos. Yo, la verdad, me cabreaba más antes que ahora. En realidad, a mí las clasificaciones me parecen muy bien. Abren el debate, obligan a las publicaciones a definirse y, lo mejor, ayudan a los artistas. Que se lo pregunten a Joe Crepúsculo, mejor disco nacional el año pasado en Rockdelux, que este verano ha hecho más galas que el Fary en sus buenos tiempos.
También te descubren discos…
Hay quién critica a las revistas por publicar los famosos rankings anuales, quizás sin ser plenamente consciente de que una revista es una empresa: el número de enero es el más vendido del año.
También se dice, con cierto tono acusador, que las revistas quieren ser como la diosa justicia que decide lo que hay que escuchar. ¿Y qué? Yo es precisamente eso lo que le pido a una revista: que discierna por mí, que no tengo tiempo, donde están los ‘bocattos di cardinale’. Como del Caserío, de algunas revistas, yo me fío.
Y sí, son injustas, aleatorias, subjetivas y tienen sus servidumbres… Hace tres o cuatro años, el director de una revista española muy, muy prestigiosa, llamó con cierta urgencia a un colaborador a mediados de diciembre para preguntarle por un disco de John Cale: “¿Lo meterías en la lista? Es que no lo hemos escuchado”. “Hombre, está muy bien”, respondió el colaborador. Luego apareció el número 22.
En el fondo, creo que todo es más primario: las listas satisfacen la pulsión competitiva que anida en el interior de todos nosotros, hombres o mujeres. Y más en el fondo, despiertan al niño que llevamos dentro: como de pequeños, necesitamos que mamá y papá nos digan qué es bueno y qué no.
¿Y a qué viene todo esto, a finales de septiembre?
Pues viene a que este verano la revista Rolling Stone publicó un número especial con los 50 mejores discos de la historia del rock español. Otra lista.
La Rolling, que nos dio una alegría con su reportaje del ‘Rock en el congreso’, nos ofrece su cara más amarga con esta clasificación: paupérrima, descabellada, desproporcionada, olvidadiza, incoherente… Como diría José María García: “Un auténtico despropósito (de lista)”.
Lo primero que pensé cuando vi que ‘Animales’, de Pereza, estaba cuatro puestos por encima de ‘Sin documentos’, de Los Rodríguez, fue: “Aquí alguien ha metido mano, pero sin cortarse ni un pelo”.
Como revista para el pueblo llano que escucha música más allá de los anuncios de televisión pero que tampoco le interesa especialmente el dubstep londinense, la clasificación se debía a sus lectores: no se les podía marear con demasiados discos de culto… ¡Pero de ahí a esto!
Siendo justo y comprensivo, las tres primeras posiciones tampoco son escandalosas: El Último de la Fila, Héroes del Silencio y Andrés Calamaro. Un lector medio de la revista incluso felicitaría a la redacción. Y no se les escapan discos imprescindibles de Surfin’ Bichos, 091 o Los Enemigos.
Otra cosa es situar en el quinto puesto a… ¿Miguel Ríos y su ‘Rock and Rios’? ¿Lo han vuelto a escuchar? ¿Lo han escuchado? Yo lo hice hace cinco años, porque tuve que cubrir un concierto suyo, y todavía me estoy recuperando. Insulso, sin nada personal ni vibrante, anodino y anacrónico: lo escuchaba y veía telarañas. Dios, qué mal trago…
Por si fuera poco, lo sitúan un puesto por encima del ‘Mediterráneo’ de Serrat.
Recorriendo la lista arriba y abajo, llama la atención (y esto no se le hubiera escapado ni a Joaquín Luqui, que en paz descanse) que en una clasificación de discos de rock aparezcan no sólo Mecano, Miguel Bosé o Serrat, sino que sitúan en el puesto número 41 a (ojito, que voy)… ¡Alejandro Sanz!
¿Por qué no lo llamaron los mejores discos en español… y listo?
¿Y por qué ‘Balmoral’, de Loquillo, y no ‘El ritmo del garaje’? ¿Y por qué no está el disco de Veneno? ¿Y por qué Ramoncín está por delante de Nacho Vegas? ¿Y Kortatu? ¿Y Siniestro…? ¡Es que está M-Clan y no está Siniestro Total! ¿Veis? Ya me estoy cabreando…
Bueno, os dejo con la lista. Es toda vuestra. No seáis demasiado duros con ella:
1. El ultimo de la Fila ” Enemigos de lo ajeno ” 1986
2. Heroes del Silencio ” Senderos de traicion ” 1990
3. Andres Calamaro ” Honestidad brutal ” 1999
4. Radio Futura ” La cancion de Juan Perro ” 1987
5. Miguel Rios ” Rock & Rios ” 1982
6. Joan Manuel Serrat ” Mediterraneo ” 1971
7. Joaquin Sabina ” 19 dias y 500 noches ” 1999
8. Los Planetas ” Una semana en el motor de un autobus ” 1998
9. Bunbury ” Flamingos ” 2002
10. Loquillo ” Balmoral ” 2008
11. Burning ” Madrid ” 1978
12. Extremoduro ” Agila ” 1996
13. Morente y Lagartija Nick ” Omega ” 1996
14. Quique Gonzalez ” Averia y redencion #7 ” 2007
15. Nacha Pop ” Nacha Pop ” 1980
16. Kiko Veneno ” Echate un cantecito ” 1992
17. Alaska y Dinarama ” Deseo Carnal ” 1984
18. Gabinete Caligari ” Cuatro rosas ” 1984
19. Leño ” Corre corre ” 1982
20. Miguel Bosé ” Bandido ” 1984
21. Pereza ” Animales ” 2005
22. Los Brincos ” Contrabando ” 1968
23. Triana ” El Patio ” 1975
24. Amaral ” Estrella de mar ” 2002
25. Los rodriguez ” Sin documentos ” 1993
26. Fito y Fitipaldis ” Lo mas lejos a tu lado ” 2003
27. Surfin´Bichos ” Hermanos carnales ” 1992
28. Los Secretos ” Adios Tristeza ” 1991
29. Los Canarios ” Ciclos ” 1974
30. Mecano ” Entre el cielo y el suelo ” 1986
31. Los Ronaldos ” Saca la lengua ” 1988
32. Tequila ” Rock and roll ” 1979
33. Albert Pla ” No solo de rumba vive el hombre ” 1992
34. Asfalto ” Mas que una intencion ” 1983
35. Duncan Dhu ” Autobiografia ” 1989
36. 091 ” Tormentas imaginarias ” 1982
37. Piratas ” Ultrasonica ” 2001
38. Christina Rosenvinge ” Tu labio superior ” 2008
39. Jorge Drexler ” 12 segundos de oscuridad ” 2007
40. La Cabra Mecanica ” Vestidos de domingo ” 2001
41. Alejandro Sanz ” Más ” 1997
42. Ramoncin ” Barriobajero ” 1979
43. Nacho Vegas ” Actos inexplicables ” 2001
44. Deluxe ” Fin de un viaje infinito ” 2007
45. Golpes Bajos ” A santa compaña ” 1984
46. Pata Negra ” Blues de la frontera ” 1987
47. Estopa ” Estopa ” 1999
48. Los enemigos ” La vida mata ” 1990
49. M Clan ” Memorias de un espantapajaros ” 2008
50. Vetusta Morla ” Un dia en el mundo ” 2008
Hablar sobre música es como comer pipas: empiezas y ya no puedes parar. El detonador va por ahí: un lugar para hablar sobre música.
¿Qué música? La que no sale en la radio ni en la tele, pero sí en la Red. Internet es una bomba musical y el detonador la hará estallar. De entre los restos, sacaremos las mejores piezas que encontremos (y alguna de las peores, por supuesto).
Lo haremos entre todos, vosotros y yo. Si no puedes vivir sin música, activa El detonador.