El comentarista de The Atlantic Monthly Jeffrey Goldberg era conocido (hasta hacerse famoso por atribuirle a Fidel Castro la frase de que el sistema cubano ya no sirve) por sus artículos sobre Oriente Próximo. Mejor dicho, contra los yihadistas (partidarios de la guerra santa), frente a los que Goldberg abogó ardientemente por la invasión de Irak, atribuyendo a Sadam no sólo vínculos con Al Qaeda sino la posesión de armas de destrucción masivas delirantes (como una supuestamente compuesta de aflatoxina, para causar cáncer de hígado a los niños).
Goldberg nunca se excusó por haber sostenido tales patrañas, pero hace unos meses insistió en que el yihadismo es el único móvil de terroristas como Faisal Shahzad (el que colocó la bomba en Times Square), en su airada respuesta a los que recordaban que era un hombre desequilibrado y acababa de ser desahuciado de su vivienda. Shahzad siempre protestó por las decenas de miles de víctimas inocentes en la guerra de Irak, y poco antes de su fallido atentado amateur se quejaba de las muertes de civiles paquistaníes en ataques de aviones-robot de EEUU.
Pero no. Nada de eso tiene que ver con sus acciones, según Goldberg, para quien el “móvil yihadista” es la única causa y razón del terrorismo islamista. Lo mismo opinan casi todos los analistas estadounidenses, que se niegan a aceptar la posibilidad de que las acciones de EEUU exacerben ese fanatismo.
Igual que los predicadores integristas sólo dicen: “América está en guerra contra el islam”. En eso, se parecen los que tanto se odian entre sí.
Hace pocos días, el vicepresidente iraquí, Adel Abdul Mahdi, reconocía a The New York Times: “Deberíamos avergonzarnos de cómo hemos gobernado nuestro país”. Ciertamente, la élite que EEUU encumbró al poder tras invadir Irak ha demostrado no sólo incompetencia, sectarismo y egoísmo sin límites, sino también una codicia de verdaderos cleptócratas.
Al menos, Mahdi lo reconoce. Igual que la directora del MI5 de 2002 a 2007, Eliza Manningham-Buller, admitió ante la comisión investigadora que no había prueba ninguna contra Sadam antes de la invasión, que la guerra provocó un auge terrorista islamista en todo el mundo que llegó a desbordar a los servicios secretos occidentales, y que “radicalizó a toda una generación de jóvenes que la vieron como un ataque contra el islam”. Y ¿quién lo puede saber mejor que la jefa del espionaje británico?
Salta a la vista que más de siete años de delirio bélico han devastado un país de grandes riquezas; han causado la muerte directa de al menos 100.000 civiles (y provocado cientos de miles de fallecimientos por la destrucción del sistema sanitario y de la red de los suministros básicos); han acabado con los progresos sociales de un régimen laico, arrastrando a la sociedad hacia el oscurantismo de un pasado integrista; han desviado los esfuerzos de la lucha contra Al Qaeda, atizando en cambio el reclutamiento de sus sicarios suicidas; han entregado Irak a unas milicias chiíes con las que Irán tiene más influencia en su vecino de la que jamás hubiera soñado alcanzar con Sadam…
Además, “le dimos a Osama Bin Laden su yihad iraquí, de forma que pudo infiltrarse en Irak como nunca lo habría logrado”, especificó la gran jefa de los espías con licencia para matar. Hasta ella, hoy miembro de la Cámara de los Lores, se mostró abochornada al admitir que no logró convencer a los neocon qu e rodeaban a Bush (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y Perle) de que se lanzaban hacia un abismo criminal.
En cambio, otros no tienen ni la vergüenza de dejar de justificar esa abominación, como Blair, o incluso llegan al descaro de hacer burla de ello, como Aznar. Su cinismo pasará a la historia de la infamia.
Cuando los ejércitos estadounidense y británico invadieron Irak, justificando la guerra con mentiras y falsas acusaciones, los iraquíes gozaban de una de las sociedades más laicas y liberales de todo el mundo musulmán, en el que abundan dictaduras tanto o más tiránicas que la de Sadam. Ahora, cuando Obama ha dado orden de retirar las tropas de combate a fin de mes, las exigencias del Consejo Supremo Islámico chií bloquean la formación de un Gobierno y hasta en las calles de Bagdad las mujeres circulan tapadas y temerosas, bajo amenaza de muerte de los integristas.
En Afganistán, las matanzas de civiles con las que se derrocó a los talibanes (en venganza por el 11-S), y que siguen cometiendo las fuerzas de la OTAN, se intentan justificar por la necesidad de impedir que esos islamistas bestiales vuelvan al poder. Pero lo que tratamos de afianzar en Kabul es un Ejecutivo cuyos dos vicepresidentes (Mohamad Qasim Fahim y Karim Jalili) están entre los mayores criminales de guerra del país. El presidente Karzai ha encumbrado a los más sanguinarios señores de la guerra –y ha rubricado leyes brutales contra las mujeres– para consolidar su régimen.
El ministro de Economía afgano que gestiona el torrente de ayuda occidental, Abdul Hadi Arghandiwal, lidera la facción fundamentalista Hizb-i-Islami y coincide con los talibanes en que las afganas tienen que tener prohibido salir a la calle si no van acompañadas por un pariente varón. “Lo que queremos en Afganistán son derechos islámicos, no derechos occidentales”, aduce el ministro, que en cambio no tiene reparos en aceptar los millones de dólares y euros que suelen acabar atrapados en las redes de corrupción sobre las que se sostiene su Gobierno.
El propio Karzai argumenta: “Más importante que proteger los derechos de las
niñas es salvar sus vidas”.
En realidad, las están condenando a muerte en vida.
Sólo le arrojó sus sandalias al hombre más poderoso del mundo, pero el gesto de Muntazer Al Zaidi ha resultado ser más poderoso que todas las bombas y tropas con las que George W. Bush consiguió causar la muerte de 150.000 civiles, devastar todo un país y condenar a su sociedad al oscurantismo de la guerra civil interétnica e interreligiosa, para satisfacer las ambiciones conquistadoras de los neocon.
“Cuando Bush mire atrás y repase las páginas de su vida, verá los zapatos de Muntazer en cada una de ellas”, decía ayer su hermano Uday. Porque, de sus dos mandatos, el ex presidente estadounidense sólo puede alardear de que logró esquivar ambas chanclas convertidas en proyectiles improvisados.
Por lo demás, bajo su reinado EEUU sufrió el mayor ataque terrorista de la historia (cuyo autor intelectual sigue vivo y desafiante ocho años después); se metió en un nuevo y cruento Vietnam; legalizó la tortura y cometió abusos equiparables a crímenes de guerra; obstaculizó la lucha contra el cambio climático y vetó el desarrollo de avances médicos y científicos; hizo retroceder los derechos de las mujeres y las minorías en todo el mundo; multiplicó las injusticias sociales y económicas, y nos legó una hecatombe financiera que a punto estuvo de derrumbar al mismo sistema capitalista neoliberal que tanto idolatraba.
No cabría aquí ni siquiera un sucinto resumen de todos los desmanes y despropósitos por los que W. Bush pasará a la historia, pero tampoco cabe duda de que el acto de protesta de Al Zaidi, y su repercusión mundial, tendrá un lugar destacado en los anales de tamaña aberración. Ya que demostró que el presidente de EEUU no le llegaba ni a la suela del zapato.
Casi nos hemos olvidado de que para la guerra de Afganistán la OTAN invocó por primera vez en su historia el Artículo 5 de la Alianza, que requiere la defensa colectiva de un miembro que esté bajo ataque enemigo. Fue la señal más importante de solidaridad internacional con EEUU, tras los sangrientos atentados del 11-S, y el inicio de la “guerra contra el terror” de Bush.
El patente fracaso de esa estrategia queda hoy en evidencia no sólo en los campos de batalla, sino hasta en los despachos de la burocracia de la Casa Blanca, donde el nuevo presidente Obama ha dado órdenes a su equipo de no volver a mencionar esa terminología nunca más. Así que los funcionarios del Pentágono se refieren ahora a esa “guerra” –por definición, interminable e imposible de ganar– con perífrasis del estilo: “Operaciones defensivas en el extranjero”. Eso incluye los ataques dentro de
Pakistán con misiles lanzados por aviones no tripulados de EEUU (los famosos drones), que causan una gran mortandad de civiles incluso si aciertan su objetivo: uno de los supuestos cabecillas de Al Qaeda o comandantes talibanes.
Pese a su profunda revisión de la grotesca política exterior de Bush, Obama ha decidido continuar con esos bombardeos por control remoto porque estima (acertadamente) que el conflicto no es sólo afgano, sino que se libra en el territorio “Af-Pak”, en la jerga de lo militares estadounidenses. Por tanto, el frente está también en las áreas tribales paquistaníes, donde además se cree que está escondido el propio Bin Laden. Es por ello que el presidente de EEUU insiste en que Pakistán tiene que formar parte de la ecuación.
Ahora bien, cada vez está más claro para los estrategas del Pentágono que la ofensiva aérea robótica es otra táctica fallida, ya que –aun cuando los Predators hayan dado muerte a una decena de importantes jefes terroristas– los inesperados e indiscriminados ataques de esos drones no están en absoluto logrando intimidar al enemigo. No sólo exacerban el sentimiento antioccidental de las poblaciones afectadas, sino que incluso convencen a los insurgentes más fanáticos de que la superpotencia satánica está utilizando robots porque no se atreve a enviar a sus soldados a luchar “como hombres” contra los aguerridos combatientes yihadistas.
Todo esto, sumado al resurgir talibán dentro de Afganistán, ha convencido a Obama de que esa guerra tampoco se puede ganar, por lo que la “estrategia de salida” debe incluir un diálogo con lo talibanes moderados, si es que esa especie existe. “Parte del éxito en Irak”, declaró al New York Times, refiriéndose al surge (oleada, como se llamó el refuerzo militar puntual) que empezó a normalizar la situación allí, “consistió en abrirse hacia gente que hubiéramos considerado fundamentalistas islámicos, pero que estaban deseosos de cooperar con nosotros”. Eran los jeques suníes locales, hartos de la orgía de sangre desencadenada por Al Qaeda.
Ahora, se trata de hacer lo mismo en Af-Pak, visto que la derrota militar de los insurgentes es imposible, y abrirnos hacia los combatientes talibanes para los que la yihad (guerra santa) global es mucho menos importante que sus convicciones tribales: el nacionalismo pastún, la resistencia a la ocupación de tropas occidentales, la defensa de valores musulmanes tradicionales, y las rencillas y rivalidades entre clanes. Según muchos analistas, los talibanes cuyo componente ideológico integrista es irreconciliable están en minoría.
El error fue no invitar a ningún representante de esos grupos tribales a la conferencia de reconstrucción de Afganistán de finales de 2001. Cuando por fin se intentó atraerlos a la mesa de diálogo, en la comisión del Gobierno afgano de 2005, sólo se prestaron a la reconciliación 12 de los 142 líderes talibanes conocidos.
Los demás sólo abrirán el puño, para aceptar la mano tendida de Obama, cuando se convenzan de que no pueden derrotar a la OTAN igual que vencieron a la URSS. Así que tenemos guerra para rato.