El desconcierto

Por Fernando López Agudín

¿Por qué Pedro Sánchez no puede ser Antonio Costa?

12 May 2017
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Con excepción de Portugal, donde el Partido Socialista viene gobernando en solitario apoyado por la totalidad de las fuerzas de izquierda, la socialdemocracia se hunde en casi toda la Unión Europea como consecuencia de las duras políticas neoliberales que aplican bien cogidos de la mano de la derecha. De este profundo desplome generalizado  ya no se salva ni siquiera el SPD alemán, con el nuevo liderazgo de Martin Schultz pasado por las horcas caudinas de las urnas del Sarre y Renania. Salvo el aludido Partido Socialista Portugués, la regla general es la pasokización en desarrollo, Francia y Holanda, o culminada, Grecia e Italia. La conclusión es obvia: o el PSOE aplica el modelo lusitano, como sugiere Pedro Sánchez, o el PSOE se pasokizará. Todas las coordenadas– sean sociológicas, económicas o políticas– lo indican meridianamente. Luego, la pregunta es ¿por qué Pedro Sánchez no puede ser como Antonio Costa?

Empezando por donde hay que empezar, Berlín, pasando por la derecha castiza, PP, y terminando por la Banca Morgan, todos estiman que lo que es posible en Portugal no lo es en España. Al no ser igual el PIB español que el portugués, argumentan, no cabe extrapolar ahora en Madrid  lo que funciona bastante bien en Lisboa. Paradojicamente, sí se  permite en el Estado español la independencia fiscal de Euskadi a la vez que se rechaza, incluso, cualquier mero reajuste de la financiación autonómica. En definitiva, nada es más arriesgado para los intereses alemanes, hábilmente camuflados tras la ideología euroilusionista, que un Antonio Costa español que se sumara a Macron, a la hora de negociar con Angela Merkel, desde la defensa de la soberanía de los países de la Europa del Sur.

Este es el drama político del PSOE, esa será la tragedia social de España, si los militantes socialistas no logran hoy doblar el pulso político de los cuatro anteriores secretarios generales contra el quinto, defenestrado por atreverse a proponer la línea política que puede salvar al Partido Socialista, y  que lo único que intenta es que las primarias sean la respuesta a los aparateros que ocuparon Ferraz el pasado 1 de octubre para apoyar a Rajoy mediante la abstención. Casi nueve meses transcurridos desde entonces, son más que suficientes para calibrar el enorme error de quienes aún continúan sosteniendo a un Mariano Rajoy más corrupto que ayer pero menos que mañana. Justo el cordón umbilical prusiano con el que reaparecieron en 1975, desarrollado hoy como correa de transmisión merkeliana, es el que trata de enterrar a Sánchez para aislar a Costa.

Un lapsus freudiano de uno de los intelectuales de cabecera de los sublevados contra la autoridad legítima de Sánchez- Ignacio Urquizo, de la muy acreditada Fundación Alternativa, presidida por Felipe González- contribuye a aclarar el carácter de la lucha interna en el PSOE al sostener ayer mismo en el diario El País que “somos herederos de un legado que nos ha dejado compañeros como Fernández de los Ríos, Julián Besteiro e Indalecio Prieto”. Efectivamente, tres destacados dirigentes de la derecha del PSOE enfrentados a otros dos no menos destacados líderes de la izquierda del PSOE, como fueron Largo Caballero o Juan Negrín, que por lo suscrito  por este diputado por Teruel no forman parte de la herencia socialista. Nada tiene que ver, afortunadamente, la crisis de la España de 2017 con la anterior de 1934; salvo en que, ahora, vuelven a enfrentarse unos socialistas partidarios de gobernar con la derecha con otros socialistas partidarios de gobernar con los progresistas.

Sin Sánchez, hoy por hoy, no hay ni siquiera la posibilidad de una alternativa a Rajoy. Quizás tampoco sea posible con él, pero sin él es de todo punto imposible. Si no consigue reubicar al PSOE en la socialdemocracia, previsiblemente la izquierda entrará en un proceso cainita en el que ni socioneoliberales, ni aquellos morados nostálgicos de la vieja Izquierda Unida que sobreviven en Podemos, podrán librarse de convertirse en los payasos que reciben sus mutuas bofetadas para  alegría del tendido de los poderosos. Bien lo sabe el PP, Ciudadanos, el PNV y PDeCAT. Por desgracia, no ocurre lo mismo en  el abanico de las siglas de izquierda que se mueve entre la incompresión de lo que subyace en la crisis del PSOE y la tentación por sustituirle, y al tiempo carecen de la capacidad de visión de la que hace gala  los ejecutivos de Bank of America o de la Banca Morgan, al advertir, una y otra vez, el peligro que supone el probable triunfo de Sánchez.

Vista la formidable envergadura de los intereses a los que se enfrenta, Sánchez debería de  ser ya un cadáver. Si no lo es, se debe al estado de putrefacción y desmoronamiento del Estado español. Cuando los mecanismos de selección del personal político se anquilosan y no filtran bien, sucede que la defensa de estos poderosos intereses pasan de ser liderado por un personaje de la talla de Felipe González a serlo por una Susana Díaz. Andaluces ambos, pero distintos en genio, capacidad y finura, como tendremos oportunidad de comprobar en el debate del próximo lunes. Eso sí, ambos saben que el gran problema con el que se enfrentan es el insoportable grado de corrupción de todas las derechas, de la catalana a la madrileña, enquistado en el Gobierno Rajoy. Esa acertada crítica del portavoz Antonio Hernando al Partido Popular, “ustedes no son vistos como luchadores sino como cómplices de la corrupción”, debiera de ser una autocrítica de la Gestora por la muy grave responsabilidad política contraída combatiendo a quien como Pedro Sánchez se mantiene en el no es no a la corrupción como sistema de gobierno.


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