Según un reciente estudio, el 15% de los jóvenes españoles votaría a un partido racista. Y según otro estudio, el 15% de los jóvenes vascos apoya la violencia por motivos políticos. Conclusión: el 15% de los jóvenes españoles son fanáticos, solo que, dependiendo de la región, apuntan sus fanatismos a objetivos distintos. La culpa, según algunos, es de la PlayStation, de Marilyn Manson y de esas películas modernas que tanto incitan a la violencia. Claro que ETA nació en tiempos de los Beatles, El Dúo Dinámico y Superratón. Y tampoco parece que la generación Tuenti sea más racista que la generación correo postal. Pero de padres gatos, ya se sabe, hijos michines. La facción más escorada de la derecha patria (y sus medios de comunicación) opina que ser como ellos es parte de nuestra idiosincrasia, y que si uno se pasa de moreno, o dice “papito”, pues español, lo que se dice español, no lo será en su vida. Y la otra derecha, la centrífuga, afirma que llenar las calles con retratos de terroristas es una cosa si no deseable, sí democráticamente tolerable (después de todo, sólo tratan de expresar su sano apoyo hacia los asesinos de su pueblo).
De modo que los españoles podemos felicitarnos por no haber ido a peor. Tras tanta reforma educativa y tantísima pedagogía política, hemos conseguido limitar el fanatismo social a un razonable 15%. Quizá Zapatero, con su proverbial optimismo antropológico, deba anunciar solemnemente que tenemos una de las intolerancias más sólidas de nuestro entorno. Los datos aportados por los estudios nos garantizan que, en el futuro, habrá un 85% de españoles que no sea explícitamente racista y un 85% de vascos que no crea que matar personas es una opción vital como otra cualquiera. La mala noticia es que, en ese futuro, los jóvenes encuestados podrán votar, dando nuevas alas a formaciones políticas xenófobas y filoterroristas. Pero bueno, oye, tampoco vamos a renunciar a todas nuestras señas de identidad.
Así las cosas, los progresistas, o lo que quede de ellos, ya pueden ir metiendo mano en sus agendas para alejar la utopía de la igualdad un par de milenios. Hasta que todos seamos iguales y pensemos igual. O hasta que el sol engulla la Tierra, lo que suceda primero.
Hace unos días, Francisco Camps comparecía ante los medios para expresar su alegría por la decisión del TSJCV. La frase anterior puede parecer correcta, pero no lo es. Porque es mentira. Lo que ocurrió realmente fue que el Partido Popular remitió a los medios un video en el que Camps comparecía ante nadie. O, más precisamente, ante una cámara operada por un trabajador subcontratado por el propio partido.
No es una práctica exclusiva del PP; el PSOE también es aficionado a artimañas semejantes (aunque algo menos). Durante la última campaña, los actos electorales eran grabados, editados y difundidos por los partidos, de manera que el material emitido por los medios era exactamente el que los partidos deseaban que se emitiera. Alguno de esos videos podría haber ganado un Goya al mejor cortometraje de ficción (si no lo hizo fue, me temo, por el poco carisma de sus protagonistas).
Hace unos años, se pusieron de moda las ruedas de prensa sin preguntas, moda que ha llegado hasta nuestros días en excelente forma. Se trata de una suerte de NO-DOs contemporáneos en que los políticos emiten su mensaje sin esas absurdas molestias periodísticas llamadas preguntas. Es un alivio, imagino, que nadie te lance tus contradicciones a la cara, que nadie ponga de manifiesto los agujeros de tu discurso o te arrastre hacia una concreción que deseas evitar.
Los políticos dependen de los medios de comunicación de masas, porque, en el fondo, ellos son y se saben personajes televisivos. Por ese motivo, la relación entre la política y los periodistas siempre será tensa. Y también por eso, los políticos recurren en ocasiones a tretas como las mencionadas. Videos pregrabados, sin periodistas, sin preguntas, donde los comparecientes puedan ensayar, errar, retomar y hacer tantas tomas como necesiten hasta quedar satisfechos. Claro que el producto resultante nunca será información por más que tenga su forma. Será otra cosa a la que convendría ponerle nombre para saber a qué atenernos. A nuestros políticos les ocurre lo mismo que a Truman Capote: que los géneros se les han quedado cortos. Capote inventó la novela de no ficción; nuestros políticos, el periodismo de no realidad. Son unos sinvanguardias.
Aprovechemos la placidez del verano, del sol y la brisa, para ejercitar un poco la imaginación. Empecemos imaginando un país donde el 18% de la población está desempleado. Un país con escándalos políticos, fraudes y cohechos que cada cierto tiempo sacuden las primeras planas nacionales. Imagina que ese país es fuente y víctima de un terrorismo provocado por antiguas tensiones territoriales. Un país con el índice de fracaso escolar más alto de su entorno. Un lugar del que los talentos más destacados huyen, en busca de entornos más favorables donde desarrollar su potencial. Un país sin apenas industrias innovadoras porque el énfasis gubernamental siempre se ha puesto en políticas económicas de bajo perfil. Un país de mano de obra, con una población orgullosamente no cualificada.
En ese país imaginario, las televisiones públicas cambian de manos caprichosamente, según quién gobierne. Allí el pueblo acepta con normalidad esta instrumentalización propagandística al grito de “¡en todas partes cuecen habas!”. Imagina que ese país tiene su historia reciente enterrada en las cunetas, asesinada y anónima, porque no es capaz siquiera de gestionar su propia memoria, de perdonarse y asumir su vergüenza. ¿Para qué?, dirían quizá sus habitantes, nos va bien como estamos. Y, desde su punto de vista, tendrían razón, porque ese país sería el octavo más rico del mundo. De algo ha servido destruir buena parte de sus costas y bosques para levantar decenas de resorts y kilométricos campos de golf. Y el dinero, ya se sabe, todo lo cura. Menos la ignorancia, cierto, pero al ignorante eso poco le importa.
Si ese país existiera, estarás de acuerdo conmigo, convendría que sus habitantes más jóvenes, los que aún tengan ganas y arrojo para no conformarse, se parasen a reflexionar en todo esto. Porque quizá así un número suficiente de personas llegase a la conclusión de que ya es el momento de reinventar ese país suyo. De crear un lugar más justo, más culto y generoso. Un lugar al que los cerebros fugados puedan regresar; donde los valores, y no el dinero, sean el pilar que sustente la sociedad. No sería tarea fácil, por supuesto. Haría falta mucha imaginación. Y, por eso mismo, convendría ejercitarla.
Existe un concepto, llamado punto de inflamabilidad, que define la temperatura mínima necesaria para que una sustancia arda en contacto con el aire. Se trata de un valor fijo para cada sustancia… salvo en nuestro país. Porque España arde o no según factores socioeconómicos. Es uno de los grandes enigmas de la ciencia moderna: el misterioso punto de inflamabilidad español.
Durante el franquismo y la transición, este país ardía sensatamente, pero entonces llegó 1979, y los incendios se dispararon de una forma asombrosa, tanto en número como en superficie quemada (casi cinco veces más que el año anterior). La nueva España democrática se quemaba sin control, preparando ya el nuevo modelo de negocio en que asentaríamos (precariamente) buena parte de nuestra economía. Pero los récords de incendios empezaron a sucederse a partir de 1995. Fueron los años de la burbuja inmobiliaria, de la especulación, la recalificación, las urbanizaciones y los resorts demenciales. Los árboles ardían al contacto con el dinero.
Y llegó el punto de inflexión, en 2003, con la entrada en vigor de la Ley de Montes, que impide recalificar terrenos quemados hasta pasadas tres décadas. Desde entonces, España prende mucho peor, como prueban las cifras del pasado año (las más bajas de la década). Alguien debería profundizar seriamente en el misterio del punto de inflamabilidad, porque podría darnos una importante clave para entender el milagro económico español y el precio que hemos pagado por él. Dice nuestra Constitución que todo individuo tiene derecho a una vivienda. Yo añadiría: y también a un árbol.
Dice la sabiduría popular que en todas partes cuecen habas. Este axioma fue reformulado por Pasqual Maragall hace unos años, cuando le soltó a Artur Mas que, si tiraba de la manta, él tiraría de la colcha, y la política catalana quedaría en pelota picada, con sus corruptas vergüenzas al aire. Para entonces, España ya estaba curada de espanto tras los escándalos de aquel PSOE noventero corrupto hasta las trancas. Los socialistas superaron aquella crisis con mucha renovación, mucha paciencia opositora y mucha labor de relaciones públicas. Hasta cambiaron el logotipo.
Ahora, las habas que más huelen son las del PP. La trama Gürtel se ha enredado tanto que, si uno tira del hilo, igual estrangula a la gaviota. Rajoy ejerce de González, enterándose por los papeles, mientras los implicados se afanan en poner cara de presunción de inocencia y en apelar a su vocación de servicio público. Veremos cuánto tardan en cambiar el logotipo.
La Historia nos ha enseñado que la corrupción política es inevitable, y la única arma que tiene el ciudadano para sobrellevar esta certeza y seguir creyendo en la democracia es confiar en la prensa. Porque, en un sistema como el nuestro, se supone que es labor de los medios controlar al poder y desvelar sus excesos. Informar no es copiar notas de prensa, como parecen entender hoy muchos medios. Informar es buscar la verdad y transmitirla, sean cuales sean las consecuencias para el propio medio o para terceros. No se llama Cuarto Poder porque tenga sudokus. En todas partes cuecen habas, cierto. Lo importante es que lleguen al papel antes que al plato.
Según un estudio publicado esta semana, en España invertimos en educación menos que la media europea, tenemos una tasa de abandono escolar récord y, sin embargo, pagamos mejor a los profesores. Me parece justo, porque los antidepresivos no son precisamente baratos.
En cada campaña electoral, los candidatos de todos los colores nos machacan con la importancia de la educación, nos aseguran que es una inversión de futuro y que, con su partido en el sillón, todo irá mejor. Desconozco si se lo escriben los gabinetes de comunicación o lo creen sinceramente, pero el caso es que a todos se les olvida con el shock del triunfo electoral. Es un asunto complejo, dicen los responsables educativos nacionales para que nadie les culpe de la falta de resultados. Eso sí, entre cabezazo y cabezazo contra la pared, nos cuelan una reforma educativa. Por reformar que no quede. Porque en España nos gustan más las reformas educativas que la tortilla de patatas, tanto que podríamos hacer de ellas un símbolo nacional: España, país de sol, toros y planes de estudio.
Las sucesivas administraciones van probando, intercambiando piezas, a ver si en algún momento, de pura chamba, nos sale una generación competitiva. Saquemos la religión de las escuelas, sí, pero dejemos la fe dentro o estaremos perdidos. Porque, viendo la gestión de los responsables en materia educativa, la fe es lo único que nos queda; fe en la paciencia de los profesores, en el talento natural de alguno de nuestros alumnos y en esa persona que llegará un día y arreglará todo este percal… con otra reforma educativa. La enésima. La buena.
Mi padre está enganchado a Intereconomía. La mira con la boca abierta, sin dar crédito a lo que ve y oye. De vez en cuando, hablando del tema, me pregunta dónde acaba el libre ejercicio de la opinión y empieza el delito. Yo, que no tengo la respuesta, le pido que deje de mirar eso, no vaya a ser que le dé una taquicardia. Pero no hay manera. Se ha convertido en un yonqui del fanatismo-show.
Y no es para menos, porque Intereconomía es un accidente de tráfico en mitad de una autopista de la información, imposible no frenar para echar un ojo a la tragedia. Sus tertulias son las snuff movies del periodismo, sangre y vísceras desparramadas por el suelo en nombre de Dios y España. Las estrellas de esta cadena (todas ellas enanas blancas) comparan a Zapatero con Hitler, consideran la homosexualidad una enfermedad y llaman asesinos a casi todos los ministros. La típica gente de centro.
En los estatutos del Grupo Intereconomía, se proclaman defensores de la libertad de expresión. De la suya, se entiende. También dicen defender los valores de la sociedad española, pero no aclaran quién o qué los amenaza. Serán los propios españoles, a lo mejor, o esa cosa llamada progreso que todo lo aplasta. Al fin y al cabo, si los españoles supiéramos defender nuestros propios valores, no tendríamos un presidente terrorista, abortista y gilipollas.
Intereconomía es una anomalía democrática, ese remanente franquista que nos recuerda de dónde venimos. Son memoria histórica viva, hijos y nietos de quienes ganaron la guerra, dejándose el pellejo por mantener viva su herencia. Cara al foco, con la camisa nueva.
En Irlanda Dios existe sí o sí. Porque, a partir de la semana que viene, la blasfemia será considerada un delito en la isla de los tréboles. Y con blasfemia no se refieren solo a cagarse en el Creador o a criticar su presunta infalibilidad, sino también a negar su existencia. Es parte de la reforma de la Ley Antidifamación, ratificada por el Parlamento irlandés el pasado jueves. Cando dicha ley entre en vigor, tomar en vano el nombre de cualquiera de los dioses oficiales será castigado con una multa de hasta 25.000 euros.
Hace tiempo que los cazatendencias nos venían avisando: se lleva lo retro. Primero volvieron los bigotes, luego el look marinero y ahora la Sagrada Inquisición. Todo vuelve tarde o temprano y, hoy por hoy, las leyes vintage son lo más. El único problema es que esta ley no parece asumible en nuestro país. Porque, si en España encarceláramos a todo el que se caga en el Todopoderoso, se acabarían los atascos (de ahí que en el Madrid de la Edad Media se pudiese aparcar sin problemas).
En el Parlamento irlandés consideran que la libertad de expresión debe tener un límite y que ellos están democráticamente legitimados para ponerlo donde les venga en gana. Muy mal deben de estar las deidades si necesitan que un grupo de políticos se inventen restricciones para defender su reputación. Dios nos dio libre albedrío para crear leyes estúpidas, sí, pero también para saltárnoslas a la torera y para cagarnos en cualquier entidad suprema que se nos ponga por el camino. Al fin y al cabo, siempre es más noble cargar contra los poderosos. Y Jesucristo estaría de acuerdo con esto.
Dice Umberto Eco, en un artículo publicado por L´Espresso, que el problema de Italia no es Berlusconi sino los italianos. Si metemos esa obviedad en un barco y nos la traemos por el Mediterráneo, pronto avistaremos el problema de Valencia, que no es Camps ni Fabra, sino los valencianos. Porque la democracia es un dogma de fe incuestionable hasta que gana Berlusconi o Camps, y entonces empezamos a buscar justificaciones sociológicas a semejantes despropósitos. Y la primera que viene a la mente (que no a la boca) siempre es la misma: que la gente es imbécil y ni votar sabe. Toda la gente, se entiende, menos uno mismo y los de su partido.
Es el nudo gordiano de esta cosa democrática: que la mayoría, a veces, hace cosas incomprensibles para la minoría. ¿Pero acaso no merece Italia ese gobierno de pantomima? ¿No lo merece Valencia? Lo realmente preocupante de personajes como los citados Camps y Fabra no es que sean unos presuntos mangantes, unos presuntos mentirosos y unos chulos demostrados. Lo preocupante es que, siendo todo eso, sigan ganando elecciones. Porque esa tendencia nos pone rumbo a Italia, derechos hacia un modelo democrático donde gana el de la piel más tersa, los dientes más blancos y las putas más caras.
El populismo siempre ha existido, pero ahora se ha instaurado como doctrina política, una suerte de tercera vía para empresarios, mafiosos y demagogos en su conjunto ávidos por crear sus propias leyes, sus propias normas, su propio país. Si la mayoría no despierta, acabaremos votando por SMS, en una democracia reality, gobernados por el más carismático de la banda.
Decía Platón que los más inteligentes y racionales, los sabios de una sociedad deben ser quienes la gobiernen. Un optimista, Platón. Me pregunto qué opinaría si al tan insigne griego le diese por salir de su tumba y echar un ojo al Telediario.
Desconozco si hubo un tiempo en que los gobernantes eran sabios, pero, de ser así, su herencia debió de traspapelarse en alguna mudanza. Los actuales gobernantes son Berlusconi y Sarkozy, son Zapatero y Chávez y Ahmadinejad y ObamaTM. Es posible que alguno de ellos sea capaz de hacer un cubo de Rubik en un tiempo razonable, pero, desde luego, no son sabios. Espabilados, probablemente. Listos, sin duda. Pero no sabios.
Porque a las personas realmente brillantes les repele la política. Los auténticos sabios se juntan con otros sabios, no con ególatras de medio pelo por buenas que sean sus intenciones. Los sabios de verdad prefieren dedicar su vida a la curiosidad y al desafío, prefieren revolucionar el mundo desde un Cancer Research Center o la piscina de bolas de Google antes que reafirmar el statu quo desde el despacho acristalado de un partido.
A no ser, claro, que estemos malinterpretando las palabras de Platón. Porque quizá cuando decía gobernantes no se refería, en ningún caso, a los políticos. Quizá toda esa gente antes mencionada, Sarkozy, Zapatero, Chávez y compañía no tienen nada que ver con esto. A lo mejor sí que nos gobiernan los sabios, de una manera más discreta y sutil, desde Google, desde la FED, desde Time-Warner o CNN.
Quizá Platón no era tan optimista después de todo. Sencillamente estaba mejor informado que nosotros.