El economista John Maynard Keynes dio una conferencia en la Residencia de Estudiantes en junio de 1930. Sus palabras mezclaron el saber y los ejercicios proféticos. El insigne profesor del King’s College de Cambridge habló sobre la Posible situación económica de nuestros nietos. La admiración esperanzada que debió sentir el público se disuelve hoy en una sonrisa melancólica. Keynes anunciaba una próxima jornada laboral de tres horas. No haría falta más en un mundo de labores bien repartidas. Los grandes avances técnicos iban a facilitar la producción y a dignificar el trabajo.
El fracaso de la profecía puede invitarnos a pensar en la situación ridícula de muchos economistas contemporáneos que dan consejos y dictan órdenes en nombre de la ciencia. No resulta muy airoso aconsejar recortes sociales o rebaja de sueldos y exigir el empobrecimiento de los ciudadanos cuando se es incapaz de ver, denunciar y remediar estafas, crisis, quiebras y burbujas que estallan a un metro de distancia. ¡Que vienen los economistas! ¡Todos al suelo! Colocados por la evolución de la sociedad en la primera línea de la cultura, junto a los periodistas y los científicos, sus fracasos espectaculares tienen una gran responsabilidad en el descrédito generalizado de la autoridad intelectual.
Pero la historia de la conferencia de Keynes es algo más que un monumento a la ingenuidad. Sir George Grahame, embajador británico en Madrid, fue el encargado de concretar los detalles del acontecimiento en nombre del Comité Hispano-Inglés. En sus cartas al economista pueden leerse algunos motivos de preocupación. Los miembros de dicho comité, patrocinado por las subvenciones estatales y los banqueros, temían que las opiniones de Keynes molestasen a los intereses financieros de la dictadura o a los negocios de la banca. Aunque se dedicó a la ciencia-ficción más que a un análisis sobre España, la conferencia del economista sufrió cambios y censuras cuando el comité la tradujo al español para disfrute de un público respetable, pero poco respetado.
La sonrisa del lector se tiñe también aquí de melancolía. Si hablamos desde un generoso punto de vista formal, España superó por fin el problema de la dictadura, aunque para conseguirlo tuviese que soportar el asalto militar a una República, una guerra civil, 40 años de dictadura y una Transición a la virulé. Pero los bancos siguen ahí. Nos despertamos todos los días y siguen ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Y la verdad es que si los nietos de Keynes no tienen una jornada laboral de lujo, gracias a los avances tecnológicos, no se debe a la ingenuidad del sabio, sino al minucioso trabajo de explotación de los bancos. Ellos, con la colaboración imprescindible de sus políticos y sus economistas de cámara, han conseguido que vivamos en un mundo en el que la población empobrece de manera alarmante mientras las grandes fortunas acumulan la riqueza. Un mundo que gasta todos los días 4.000 millones de dólares en armamento mientras mueren todos los días 60.000 personas de hambre.
Una de las grandes victorias de los especuladores es que han conseguido dinamitar la esperanza y las ilusiones colectivas. Por eso creo que ahora, en tiempos de desorientación, resulta más importante la capacidad de admirar a la gente honrada que la necesidad de criticar a los desalmados. Se merecen nuestro odio, pero más necesario que odiar a los especuladores es admirar a las personas que ofrecen alternativas. Así se titula, Hay alternativas (Sequitur, 2011), el libro que, con prólogo de Noam Chomsky, han publicado Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón. Defienden una economía al servicio de las personas, explican las grandes estafas de los bancos y exigen a los políticos que impongan la legalidad sobre las finanzas y los financieros. Hay economistas que no son sacerdotes del poder.
La hija de don Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia, tenía un álbum de firmas. Keynes le escribió: “A Natalia, para decirle que los colleges son la cosa mejor del mundo; así es que vive en el núcleo creativo de lo más noble y codiciable que puede ofrecer la civilización”. Así que cuidado con los que nos están enseñando a odiar. Cuidado con el descrédito de la educación y la cultura.
El paro supone una tragedia humana, pero es muy rentable para una determinada manera de entender la economía. Si no fuese un buen negocio, resultaría imposible comprender por qué, en un país tan castigado por el desempleo como España, se aprueban medidas destinadas a avivar el incendio. La obsesión por el déficit, el recorte en las inversiones públicas y la reforma laboral que marcan los pasos de la política en los últimos tiempos sólo sirven para generar más paro y debilitar los puestos de trabajo existentes. El Estado se ha convertido en una empresa con una alarmante afición al despido.
El paro crea malestar entre la gente y paraliza el consumo, una parálisis que a su vez genera más desempleo. Pero este círculo vicioso no representa un peligro urgente para la economía actual. Es decir, los poderosos pueden tomárselo con calma y apretar la cuerda del sufrimiento humano. En la economía mundial, la producción de riqueza cuenta hoy muy poco. La ganancia que generan los movimientos abstractos de la especulación es 75 veces superior a los dividendos que producen todos los trabajadores del mundo cuando se levantan cada mañana para sembrar tomates, arreglar una cañería, pescar, hacer un avión o escribir un libro. Adán fue expulsado del paraíso para que ganase el pan con el sudor de su frente. Así entró en el mundo del trabajo y la economía. En los últimos años hemos asistido a una nueva expulsión de Adán. El ser humano sobra ya en los movimientos abstractos del dinero. Por eso se le puede dar a elegir con tranquilidad entre el paro o la obediencia del esclavo.
La economía esclaviza, pero la capacidad de respuesta de los trabajadores parece muy limitada. Si todos los seres humanos se pusiesen en huelga general, la maquinaria del dinero podría resistir bien durante un tiempo sin que temblaran sus intereses. La nueva serpiente no necesita el sudor de los cuerpos, puede ser ciega al drama. Sólo exige que las leyes la dejen especular de forma despiadada. Al fin y al cabo, la compasión siempre fue más propia de los mortales que de los dioses coléricos. La serpiente ha conseguido fundar sus nuevos mandamientos al servicio de una economía especulativa en la que el trabajo tiene un papel muy menor. De ahí que la izquierda no sólo haya perdido unas elecciones, sino también una cultura social.
La geografía a la que hemos sido arrojados en esta segunda expulsión se parece mucho a la intemperie. Los bancos ganan dinero especulando con la deuda pública y con la bolsa. No necesitan trabajar con las familias o las empresas. A los negocios que quieren mantenerse, se les ofrece una salida inmediata: abusar de los derechos laborales de sus trabajadores. Y los trabajadores aceptan cualquier cosa por precaria que sea. El miedo invita a la supervivencia, no a la defensa de los derechos. La reforma laboral anunciada sólo servirá para maltratar aún más a los ciudadanos sobrantes en la economía especulativa. Así los bancos, cada vez más despegados del territorio y del trabajo, dedicarán sus activos a la especulación.
La confesión insidiosa de Mariano Rajoy anunciando una huelga general tiene tanto veneno como las acusaciones contra la política formulada por el banquero Emilio Botín. Los ciudadanos deberían tener cuidado con los consejos de las zorras a la hora de cargar las responsabilidades de la situación laboral sobre las espaldas de los sindicatos. Tampoco deberían acomodarse en el descrédito de la política. Y es que la avaricia especulativa actual no pide soluciones sindicales, sino políticas. Hay que conquistar el crédito de unos nuevos mandamientos. Se trata de la defensa política del trabajo y la ciudadanía contra la especulación.
La derecha española intenta utilizar el ruido del activismo moralista (no al aborto, sí a la educación arzobispal y la cadena perpetua) para ocultar el gran silencio de su política contra el paro. Viaja a Alemania, recibe órdenes y las cumple a latigazos en la piel de los españoles condenados a galeras. En el festejado modelo alemán, siete millones de trabajadores cobran sólo 400 euros al mes. La sociedad esclavista tuvo pleno empleo. Los gobernantes que actúan al servicio de la economía especulativa son traficantes de esclavos y viajan en barcos negreros.
Por favor, diga algo de izquierdas… Al prologar un libro del lingüista Raffaele Simone, El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Alfaguara, 2012), Joaquín Estefanía recuerda una escena de Abril, la película de Nanni Moretti. El protagonista está viendo en la televisión a D’Alema, antiguo dirigente del Partido Comunista Italiano, y ante sus ambigüedades y sus dudas suplica: “¡D’Alema, di algo de izquierdas!”.
Se trata de un sentimiento que define bien el estado de ánimo de buena parte de los lectores de Público. Un periódico es una costumbre, una cita cotidiana. En tiempos de degradación de la soberanía cívica, cuando las manipulaciones populistas y el interés de los poderes económicos marcan el ritmo de una opinión domesticada, los lectores de Público han acudido a su periódico para pedirle una mirada de izquierdas a la realidad.
¿Qué significa una mirada de izquierdas? Conviene responder con perspectiva histórica a esta pregunta para explicarnos por qué un periódico puede convertirse en la piel cotidiana de una parte de la ciudadanía, representar un modo de vivir y sentir la España de hoy. No valen el sectarismo o la tergiversación ideológica. La izquierda es inseparable de la conciencia crítica y la mirada de Público conlleva un ejercicio implícito de conciencia.
La crisis que vive la izquierda europea tiene en cada país su historia particular. La nube negra que descarga sobre España demuestra la gran estafa que supuso en los años ochenta la confusión felipista entre la modernidad y el mercado. En nombre de la modernización, se desató una dinámica de reformas laborales, privatizaciones, estrategias electoralistas, complicidades con el mundo del dinero, alianzas con grupos mediáticos y corrupciones políticas que tienen mucho que ver con la realidad que nos ha caído encima. En una tormenta, cada vela soporta su responsabilidad. Junto a los mercados avariciosos y las políticas neoliberales del PP, fue decisiva la transición de una socialdemocracia que renunció a sí misma, poniendo a trabajar a sus políticos y sus intelectuales no sólo para cantar las ventajas de una definición capitalista de la libertad, sino para convertir a cualquier pensamiento crítico con el sistema en un resto trasnochado y marginal de los viejos tiempos. En algunos fenómenos sociales, los barros preceden a la nube.
El socialismo domado es la pareja de baile perfecta para una derecha que va imponiendo paso a paso su cultura social. La izquierda avanza cuando renuncia al espíritu mesiánico y la utopía totalitaria, pero pierde su razón de ser si abandona modos de análisis históricos como el marxismo. Ni la modernidad hedonista, ni los desahogos furiosos del populismo sirven para entender una realidad sometida a la especulación. Abandonadas a la intemperie, las viejas conciencias críticas y los jóvenes indignados con la degradación de la democracia necesitaban oír algo de izquierdas, es decir, algo capaz de explicar las causas de lo que sucede, el porqué de los acontecimientos, como el único modo riguroso de consolidar sus valores e imaginar un porvenir.
La ciudadanía que se opuso a la guerra de Irak, la que respaldó las políticas sociales y cívicas de la primera legislatura de Zapatero, necesitaba oír algo de izquierdas. Y entonces apareció Público, sin apoyo de ningún poder, pero imprescindible para sus lectores. Los mismos ojos que no están dispuestos a desamparar la memoria de las víctimas del franquismo son los que se identifican con la indignación juvenil ante el deterioro de la democracia. Son lectores convencidos de que no vale todo. Piden rigor frente a la mentira descarada o las medias tintas de una objetividad falsa. Piden la dignidad de un oficio imprescindible. La mercantilización de los cuerpos por medio de los anuncios de contactos sexuales es una metáfora de otro tipo de prostitución.
Como esa ciudadanía existe, Público se ha convertido en una costumbre de libertad y en un ámbito de integración vigilante para el pensamiento que no se resigna ni a las consignas del poder ni a la algarabía de los márgenes. Público forma parte de los transportes, las aulas, los cafés y las conversaciones. El periódico pertenece a sus lectores, porque sus lectores se definen en él.
Hay situaciones que simbolizan el malestar de una época y, más allá de su significado particular, ponen el dedo en la llaga de un momento histórico. Así ocurrió a finales del sigo XIX con el juicio seguido en Francia contra el capitán Alfred Dreyfus. La falsa acusación de espionaje y la condena a la isla del Diablo tuvo el apoyo decidido del nacionalismo violento y los poderes antisemitas, pero provocó la indignación de una parte de la sociedad, el sector más democrático y concienciado. El caso Dreyfus resumía las contradicciones y las mentiras de la Tercera República francesa.
Ocurrió lo mismo con los debates provocados en España a partir de 1921 por el Desastre de Annual. La tragedia y su polémica pusieron al descubierto no ya las corrupciones dentro de la monarquía de Alfonso XIII, sino la corrupción misma de un régimen fundado en la manipulación de la voluntad popular y en la distancia entre la España oficial y la España real.
Los juicios contra Baltasar Garzón representan un acontecimiento parecido. Acusado de forma estrambótica e injusta de prevaricación, con argumentos jurídicos muy poco sólidos, el debate abierto en la sociedad no tiene más remedio que volcarse en la situación de la Justicia española. Porque es ahí donde está el problema. Las consignas mediáticas conservadoras para descalificar las protestas repiten que, en una sociedad democrática, no conviene interferir en la independencia de los tribunales y que ni siquiera Baltasar Garzón puede estar por encima de la ley. Pero es exactamente eso lo que una parte importante de la sociedad española quiere denunciar: la degradación de la independencia judicial en España debido a la existencia de intereses partidistas y a la fermentación de algunas familias de poder que han ido más allá de la propia existencia de sus asociaciones judiciales.
Aquí no se discute si Baltasar Garzón es simpático o antipático, si resolvió bien o mal en un caso del pasado o si nos parecen oportunos los jueces estrella. Se discute si actuó como prevaricador en las instrucciones del caso Gürtel o en la causa contra los crímenes del franquismo. La opinión de numerosos juristas nacionales e internacionales defiende las interpretaciones del juez Garzón. Esa es la prueba evidente de que no existe delito de prevaricación, sino una forma posible de interpretar la ley.
¿Qué ocurre entonces? El Poder Judicial español descansa en la misma inercia bipartidista que el juego político. No participar de la disciplina de los unos o los otros, como caras de un sistema de control, significa quedarse a la intemperie. El bipartidismo –yo coloco a los míos y tú a los tuyos– ha generado familias de poder que se autoalimentan y actúan de acuerdo con sus rencores profesionales. Baltasar Garzón incomodó a algunos jueces llamados progresistas por sus investigaciones sobre el caso GAL. Hay quien afirma que después de presentarse a las elecciones con los socialistas y de perder una batalla interna, no observó un comportamiento muy acertado. Pero en un asunto tan grave como el terrorismo de Estado contra ETA, conviene recordar que no se trató de una cuestión de estilo. El problema estuvo en los terroristas que mataban, en los poderes públicos que asumieron la tortura y el asesinato como vía y en los que prefirieron cerrar los ojos en sus distintas parcelas de actuación (políticos, jueces, periodistas, ciudadanos…).
Garzón incomodó también a los magistrados del bando conservador con sus investigaciones sobre la trama Gürtel, la
corrupción y los crímenes del franquismo. Sin amparo de nadie, a la intemperie, su caso se convierte ahora en un mensaje social: acabará liquidado quien se atreva a ser independiente y ponga en duda las mascaradas del sistema. Es un mensaje más grave hoy que ayer. El PP tiene tanto poder que los órganos judiciales pueden convertirse en una vivienda unifamiliar.
Aunque la Fiscalía y los mandos policiales avalan sus actuaciones contra una trama vergonzosa de corruptos, Baltasar Garzón parece condenado. El descrédito nacional e internacional de la Justicia española es un síntoma. Vivimos en un reino degradado, con una memoria y unas instituciones degradadas. La prevaricación es nuestra propia realidad. Somos una mentira. Damos risa.
Las tijeras del moralista están afiladas. Su trabajo histórico ha consistido siempre en cortar las ideas, las alegrías y los pecados de los otros. Ahora se muestran también eficaces al recortar los derechos sociales y las inversiones públicas. Cualquier recortador necesita confundirse, si es que puede, con el papel del moralista. Intenta cortar por lo sano, ya sea en una falta contra la decencia o en un derecho cívico.
De todos los papeles que la crisis económica está repartiendo en la farsa de la política española, uno de los más dañinos para la democracia es el de los moralistas que justifican el desmantelamiento de los servicios públicos como una necesidad para acabar con el despilfarro. En vez de explicar las raíces profundas del declive, la construcción deficiente del Estado europeo y las estrategias de la economía especulativa, prefieren acomodarse en su sentido atávico de la penitencia: ustedes deben pasarlo mal ahora, porque durante años han vivido en pecado y por encima de sus posibilidades. Hay moralistas que se lo creen de verdad, por su educación cristiana, forjada entre los excesos del carnaval y el ayuno de la cuaresma. Otros moralistas son simples estrategas políticos que venden la aplicación de su avaricia neoliberal como si fuesen opciones para crear empleo, combatir la corrupción y acabar con el despilfarro.
La generación de este sentimiento de culpa ha calado con facilidad en España. No resulta complicado entenderlo. Además de la hipocresía que los partidos políticos han mantenido ante la corrupción de algunos de sus cargos públicos y sus aparatos, ocurre que en la memoria de nuestra sociedad queda muy cercana la pobreza. No hace falta ser un anciano venerable para recordar escenas de miseria. Los españoles que rondan la cincuentena conocieron en su infancia y su adolescencia un país humillado. Basta con repasar el blanco y negro o el primer color chillón de las fotografías colectivas.
Una imagen nos habla de los trajes de domingo que salían un martes o un miércoles del armario de los pueblos para subirse en un autobús y viajar durante horas por carreteras intransitables hacia la capital. Allí los esperaba la consulta de un médico, o la cola interminable delante de una ventanilla mal atendida, o la penumbra de una comisaría, o la caridad de un conocido con dinero o el desamparo de una sociedad sin derechos.
Otras muchas imágenes nos hablan, por ejemplo, de niños sin escolarizar, de jóvenes trabajando en una casa o un negocio por la comida y una propina, y de mujeres con pañuelos negros sentadas en una silla, sin dentadura, casi apartadas de la vida a los 60 años. También hay imágenes que recuerdan los sacrificios de los padres que renunciaban a sus caprichos para que el hijo mayor, que no había podido conseguir la beca, estudiara en la universidad. Imágenes de muchas bocas abiertas cuando empezaron a llegar los turistas, los veranos de las suecas, y cuando el televisor nos enseñó cómo se vivía en Francia o Alemania. La piel maltratada de un campesino andaluz pertenece, como los trenes sucios, el pañuelo del emigrante o los bañadores heredados del servicio militar, a la miseria que yo vi en mi infancia.
Después llegó la democracia. Como vivíamos en Europa, la democracia no significó sólo votar cada cuatro años. La democracia vino también con hospitales comarcales, carreteras decentes, trenes modernos, ventanillas atendidas, becas generalizadas, educación de adultos, viajes por España y el mundo, policías respetuosos, rostros no cuarteados por el sol, contratos laborales dignos y mala conciencia ante las desigualdades económicas o de género. No se llegó nunca a la media europea, pero se avanzó mucho.
Todas las mejoras que conocimos bajo la democracia se convierten ahora en despilfarro. Y la gente nacida en la miseria asume el sentimiento de culpa, confiesa su propensión al derroche y acepta el sacrificio por haberse creído con derecho a los servicios públicos y la dignidad laboral. Los moralistas de la crisis recortan así con sus tijeras la dimensión de las palabras política y democracia. En su significado cabe el voto, la corrupción, el sectarismo y la mentira, pero queda excluida la posibilidad de dignificar la vida de los ciudadanos.
Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada por su denuncia de las corrupciones políticas dominantes en Rusia, no tenía buena opinión del trabajo de sus compañeros. En un cuestionario para el proyecto Territorio de Glásnost, contestó con desánimo sobre la independencia de la prensa: “La libertad de expresión está en las últimas. Sólo confío en la información al 100% si la he conseguido yo misma”.
Se trató de una respuesta extrema, pero no de una rareza. Más allá de sus condiciones concretas, la sospecha de Politkóvskaya era un síntoma. La mala opinión sobre el periodismo se ha convertido en parte fundamental del descrédito de las ilusiones cívicas. Si los intelectuales viven horas muy bajas en la consideración pública, es porque sus referentes de mayor repercusión social en la actualidad (científicos, periodistas y economistas) se ven obligados a cumplir su oficio en ámbitos poco inocentes, sometidos a los intereses del poder. La mala imagen del periodismo compite hoy con la de los científicos que humillan su saber a los códigos del dinero. Creer en la objetividad de una información es tan difícil como
aceptar la filantropía en la industria farmacéutica.
La editorial Debate ha publicado una antología de los mejores artículos de Politkóvskaya bajo el título Sólo la verdad (2011). En medio del deterioro de su país, la periodista necesitaba utilizar con mucha frecuencia palabras como mentira, asesino, ladrón, repugnante o idiota. ¿Estaba insultando o calificando? Me lo pregunto porque acabo de leer un libro de Juan Cruz titulado Contra el insulto (Turpial, 2012) en el que se analiza el uso de los tonos crispados en la política española. A la hora de distinguir entre insulto o calificación, la única medida posible es la relación de las palabras con la verdad.Creo que, como valor periodístico y literario, el compromiso con la verdad es más necesario hoy que las convenciones y las formas temerosas o adocenadas.
El excelente libro de Juan Cruz debería haberse llamado Contra la calumnia. A través de las reflexiones del autor y del testimonio de los personajes entrevistados, tomamos conciencia del daño que producen las campañas de intoxicación orquestadas por la prensa al servicio de los poderes políticos y económicos. Daños personales, por supuesto, pero también daños irreparables para el crédito del oficio. Todas las cosas que merecen respeto nos exigen un pacto personal de derechos y deberes. Leyendo Contra el insulto, he subrayado un derecho: la celebración pública de las conversaciones necesarias. Y un deber: conversar significa poder hablar, pero también saber escuchar.
Luis Montes, el médico de Leganés, fue acusado de asesinato por su atención profesional y escrupulosa a la muerte digna y los cuidados paliativos. No se habló de otro asunto durante cinco meses. El propio doctor Montes explica las razones del escándalo: “En esos tiempos conviene una campaña así contra la sanidad pública. Esperanza Aguirre hace el programa de los ocho nuevos hospitales, uno de ellos privado, y los otros por gestión de construcción de terrenos, de concesión a empresas privadas… De eso la población madrileña no discutió nada”. El periodismo degradado no sólo daña a un individuo, sino que le roba a toda una población el derecho a elegir sus discusiones.
Y a la hora de defender la democracia participativa, es bueno recordar también que en una conversación se participa tanto al hablar como al escuchar. Es un tema importante que aparece en la entrevista con Emilio Lledó e Iñaki Gabilondo. Muchos de los comentarios que circulan por internet demuestran una excesiva necesidad de hablar (insultar, calumniar, vociferar) y poca de escuchar o ser escuchado. El tono de algunos comentarios demuestra que los emisores no aspiran a ser entendidos o creídos. Les basta con vomitar. La dinámica de degradación pretende definir el espacio de la opinión pública como el lugar del vómito.
Un capítulo estremecedor del libro de Anna Politkóvskaya se titula “¿Deberíamos sacrificar vidas al periodismo?”. Su valentía cívica fue la mejor respuesta. Una información libre y rigurosa es el corazón público de la democracia. Ninguna sociedad debería permitirse el lujo macabro de quedarse sin sus latidos.
Los últimos días del año, entre aplausos y lágrimas, nos invitan a una reflexión seria sobre la democracia. Las lágrimas suponen una expresión natural de las emociones humanas. El aplauso es un acto social de reconocimiento. Cuando lágrimas y aplausos suenan a hueco, hay algo que necesita ser discutido con sinceridad. Está en juego la degradación privada y pública de nuestra convivencia.
No hubo pañuelos capaces de secar las lágrimas de Corea del Norte por la muerte de su dictador Kim Jong-il. Como también se llora de risa, supongo que tampoco faltarían pañuelos en la mayor parte del mundo para secar las carcajadas ante el estruendo de un dolor tan falso. Resulta esperpéntico el desgarro orquestado ante la muerte de un gobernante criminal, violador de los derechos humanos y ciego para la miseria de su pueblo. Lo sustituye en el trono su hijo Kim Jong-un, otro elegido de los dioses y del culto a la personalidad.
Este tipo de revolucionarios, que imponen sus dictaduras en nombre del comunismo, juegan un papel en la política internacional. Hemos tenido que soportar declaraciones de algunos descerebrados que homenajeaban como libertador a Kim Jong-il por su enfrentamiento con EEUU. Son sectores sociales muy minoritarios los que caen hoy en esta trampa, porque la identificación que ha triunfado de forma general es la contraria. La unión reiterada a lo largo del siglo XX entre las palabras comunismo, crimen, dictadura y Estado ha servido para confundir los valores de la libertad y la democracia con la ideología neoliberal que trabaja al servicio de los mercados. Personajes como Kim Jong-il son el mejor argumento del capitalismo para enmascarar sus propios crímenes y desacreditar cualquier control de sus injusticias a través de las leyes
democráticas.
Frente al horror de las dictaduras nos parecen aceptables unas democracias a medias, sin soberanía real, al servicio de los especuladores y los bancos, incapaces de utilizar su poder legítimo y legal para evitar el empobrecimiento de los ciudadanos y la pérdida de sus derechos. Son falsas democracias que sólo pueden sentirse orgullosas ante revoluciones falsas. En realidad, la ilusión socialista es inseparable hoy de un redescubrimiento de los poderes democráticos o republicanos.
Y ahora vamos de las lágrimas a los aplausos. Los dos partidos mayoritarios del Parlamento español le dedicaron una ovación histórica al rey en la inauguración de la nueva legislatura. Querían apoyarlo, en medio de los escándalos de su yerno, por haber declarado en el discurso navideño que todos los españoles son iguales ante la ley. ¿Es asumible que lo diga un rey? ¿Ha sido ejemplar su actitud? La Casa del Rey conocía, por lo menos desde 2006, los negocios de Urdangarin. Por eso lo apartó de la trama del Instituto Nóos, le buscó un puesto de lujo en Telefónica y lo envió a Washington para evitar el escándalo. Sólo cuando Urdangarin, pese a las operaciones de silencio, estaba a un paso de ser imputado, el rey hizo una declaración pública de crítica y neutralidad, como si no tuviese nada que ver. Esa actitud es la que celebraron los parlamentarios con una ovación tan hueca como las lágrimas coreanas por Kim Jong-il. ¿Pero qué se aplaudía?
En el discurso navideño, el rey quitó la foto de su familia y colocó otra con Rajoy a su derecha y Zapatero a su izquierda. Fue el verdadero mensaje bipartidista de su intervención. Aquí nos salvamos o nos hundimos juntos, vamos a apoyarnos todos porque el crédito de las instituciones es agónico y el país está cada vez más cansado de la política oficial. No se refería tanto a la salvación de la Casa del Rey, el PP y el PSOE, sino al modelo de una democracia a medias, sin soberanía cívica, dominada por los mercados. Turnos, alternancias sin alternativas. ¡Aplausos!
Frente a la sumisión pedida por el rey, es el momento de tomar conciencia de los poderes de una democracia real. Juan Carlos de Borbón empezó su carrera apartándose de su padre y ahora la acaba separándose de sus hijas. Nunca se han llevado bien la democracia y los asuntos de familia. Esto vale para Kim Jong-il y Kim Jong-un.
El compromiso con la verdad es imprescindible en la decencia democrática. ¿Hay lugar para ella entre nosotros?
Veo con retraso la última película de Benito Zambrano, La voz dormida, adaptación de la novela de Dulce Chacón. Aunque iba prevenido por alguna mala crítica y por la polémica (excesiva dureza narrativa, patetismo, unos malos muy malos…), el argumento no sólo me conmueve, sino que me invita a identificarme con el tono adoptado por el director. Una mirada al mismo tiempo literal y sentimental sobre el drama de la inmediata posguerra tiene sentido en un país como España, tan confuso y turbio en el reconocimiento de su Historia. La voz dormida cuenta uno de los muchos dramas marcados por la indefensión de las víctimas, la brutalidad militar y el fascismo militante de la Iglesia. El relato nos ahorra incluso crueldades, porque la violación de las presas y el secuestro de niños fueron prácticas comunes bajo el yugo y las flechas.
Hace 75 años del golpe de Estado. La guerra desatada por la agresión contra la República y la crueldad represora de Franco, sostenida durante cuatro décadas, componen algunas de las páginas más infames de la Historia contemporánea. Abrimos la décima legislatura de la democracia y el Parlamento español todavía no se ha atrevido a hacer una declaración conjunta contra el franquismo. Y ningún Gobierno ha sido capaz de solucionar el disparate nacional que supone el Valle de los Caídos, donde descansa en paz, faraónicamente y rodeado de sus víctimas, el caudillo responsable de la masacre. Las conclusiones de la comisión promovida para analizar el asunto parecen más bien ridículas.
¿Dignificar el Valle de los Caídos? El dictador, en la soberbia de su victoria, se construyó un mausoleo en el que gastó 1.159.505.687 pesetas de la época. Si tenemos en cuenta la situación económica de aquella España hambrienta, los desajustes y las corrupciones que tanto nos escandalizan en la actualidad son una broma en comparación con el derroche imperial del caudillo en su tumba. Pero lo peor no fue el gasto, sino la miseria ética que supuso desenterrar a los muertos republicanos sin el permiso de sus familias, para utilizar sus cadáveres de comparsas en las pompas fúnebres de los verdugos.
¿Dignificar el Valle de los Caídos? Lo que hace falta en realidad es dignificar la democracia española. ¿Sería imaginable una Alemania capaz de lavarse las manos y buscar equidistancias entre Hitler y sus víctimas? Pues algo muy parecido es lo que ocurre en España cada vez que se abre una polémica sobre la dictadura. Llevarse a Franco del Valle de los Caídos y dejar allí a las víctimas es un disparate histórico. Más sensato sería dejar al dictador al cuidado de su Iglesia cómplice, y llevarse a las víctimas para enterrarlas en un cementerio de resistentes y defensores de la libertad. El Valle de los Caídos encarnará siempre el recuerdo de un episodio bárbaro de nuestro pasado. Consérvese como memoria aleccionadora y vergonzosa de la barbarie, no como lugar dignificado de una reconciliación innecesaria, por anacrónica y por mezquina.
El 22 de noviembre de 1975, en el acto de su coronación, el rey Juan Carlos se dirigió a los españoles para hablar de su protector: “Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria”.
Algunos ciudadanos pensamos que hay en la monarquía y en la sociedad española manchas democráticas más graves que las cuentas opacas de la Corona. Ahora que la Casa del Rey se ha aficionado a los comunicados oficiales para aclarar asuntos de familia, quizá podría hacer una declaración pública sobre la figura de Franco a la luz de las investigaciones realizadas en libertad por historiadores como Viñas, Casanova, Preston o Vinyes. ¿El elogio de Franco fue una presión, una estrategia o una herencia que debe perdurar? Si el rey hablase, tal vez los políticos y los periodistas cortesanos se atreverían a recuperar la dignidad.
Lolita, niña traviesa, 18 años, capaz de todo. Carmen, la sabiduría de la madurez, una experiencia inolvidable. Luna, pasión turca, pecados exóticos. Antonio, cuerpo brasileño, penetración. España, país dispuesto a recortar inversiones públicas, empobrecer un 15 % la vida de sus ciudadanos y degradar las leyes laborales. Precios módicos.
Anuncios de contactos, prostitución, cuerpos mercantilizados, la renuncia a la dignidad personal, el consumo llevado a la carne humana, el impudor en la publicidad de los periódicos, el poder sin seducción dominando a las personas. La enfermedad de la miseria se extiende, sube desde los suburbios, llega a los centros de las ciudades y a las clases medias. ¿Medias? Mujeres que hace un año no estaban condenadas a los márgenes aprenden ahora a bajarse las medias.
Un escritor es un paseante de la vida, de la política y de las ciudades. Aunque dependan de intereses económicos e ideológicos muy determinados, los periódicos dan noticias sobre las catástrofes y las cumbres financieras en un tono de fría objetividad. El mejor aporte de un escritor en un periódico, más allá del estilo, la inteligencia o el prestigio, es la incertidumbre, la conciencia de que las verdades objetivas son débiles y de que pesa mucho la interpretación, los intereses que se esconden tras una mirada. No decir lo que es el mundo, sino lo que un individuo lee en el mundo. Esa perspectiva de orgullosa humildad resulta imprescindible en la prensa de hoy, dominada por las objetividades manipuladoras.
Como paseante por la ciudad de Madrid, camino de la Puerta del Sol y de las reuniones del 15-M, paso con frecuencia por la calle Montera. En mis observaciones de este último año he detectado un notable aumento de calidad en las putas que trabajan en el centro de Madrid. Calidad en los cuerpos, las ropas y los comportamientos. La prostitución callejera, hasta hace muy poco, apenas dos años, reunía un catastrófico testimonio de cuerpos derrotados, un resto de muchachas drogadictas, cadavéricas, sepultadas en vida, que esperaban en los portales el milagro de un negocio sórdido. Más que el deseo, despertaban la compasión. Era el espectáculo de la supervivencia en su estado más bajo, el comercio de una carne que hablaba de la marginalidad de las víctimas y de los verdugos. Los posibles clientes salían también de las tinieblas de la pobreza y la perversión.
Ahora, y pido perdón por fijarme, el nivel de la calle Montera ha subido hasta unos extremos sustanciales. Muchachas que podrían estar en prostíbulos para verdaderos señores, con sus minifaldas provocativas y sus piernas repentinas como una jugada de bolsa o un levantamiento militar, esperan en la acera la visita de sus clientes. Uno las mira y no sólo se abandona a la compasión, sino que debe huir de las malas tentaciones del deseo. ¿Nos convertiremos en puteros o en chulos?
Las crisis las pagan siempre los más débiles. Las mujeres y los inmigrantes llevan las de perder en este desmantelamiento europeo del Estado del bienestar. El aumento de la calidad corporal de la prostitución callejera depende directamente de la degradación social de las condiciones de vida. La epidemia se extiende sin pudor en este asalto neoliberal que liquida las clases medias y abre una brecha cada vez más dolorosa entre el mundo del dinero y el de la necesidad. Vuelvo a pedir perdón por mi curiosidad de paseante, o de curioso escritor, pero he advertido en los últimos días una presencia significativa de putas españolas, italianas y francesas. Lo que parecía una condena propia de búlgaras, rumanas, senegalesas y dominicanas, afecta ahora a la decencia europea más orgullosa.
Después de oír las declaraciones de los líderes europeos y su decidida renuncia a la política, he pensado en las putas de la calle Montera. Hoy nos sometemos a los mercados, es decir, aceptamos la mercantilización de la dignidad y de los cuerpos. Las páginas de economía tienen el impudor de los contactos sexuales. Es la ley de la usura y la posesión. Los políticos del sistema nos piden sacrificios, que es como decirnos que seamos putas y que, además, paguemos la cama. Por precios módicos degradamos nuestras constituciones, nuestros servicios públicos, nuestra legislación laboral.
En situaciones de crisis internacional conviene recordar el derecho de los países a tener un problema particular. La creación de una comunidad no puede basarse en el olvido de las individualidades, sino en el apoyo de la convivencia. El problema más importante de España es el paro. Lo natural sería que todas las medidas estuviesen destinadas de forma urgente a generar empleo y a evitar la pérdida de puestos de trabajo. Pero está ocurriendo lo contrario. Se invoca la tragedia del desempleo para adoptar decisiones que apagan la economía productiva y el consumo. España es víctima de una paradoja: se aumenta el paro en nombre de la lucha contra el desempleo.
Soportamos reformas que sirven para despedir trabajadores con facilidad, cambios institucionales que desembocan en el despido de funcionarios, recortes en las inversiones públicas que paralizan la creación de nuevos puestos de trabajo y ahorros tajantes en servicios sociales que suponen la no renovación de contratos. La lucha contra el paro está dejando en la calle a muchos trabajadores.
Un disparate así sólo puede tener una explicación: tomamos medidas según la conveniencia de otros. Empieza a ser razonable la sospecha de que en Europa se han impuesto una economía y unas relaciones políticas de carácter imperialista al servicio de Alemania. Entre la metrópoli y sus países dependientes funcionan ya códigos de dominio muy parecidos a los que Moscú estableció con los países del Este o Washington con algunos gobiernos títeres de Latinoamérica.
Este proceso no es una sorpresa. Mientras se nos pedía con demasiada imprudencia que aprobásemos falsas constituciones europeas, hubo voces críticas que denunciaron el disparate de crear una Europa sin Estado. Los partidos socialdemócratas dieron su consentimiento a inercias que los condenaban a la inutilidad. El derecho a un puesto de trabajo se cambió por el derecho a buscar trabajo. Los servicios públicos se supeditaron a que no hubiese empresas privadas dispuestas a hacerse cargo del negocio. El poder político, la soberanía ciudadana y el Parlamento se convirtieron en una farsa. Ahora sufrimos las consecuencias. Como si regresásemos a los tiempos del despotismo, por encima de ciudadanos y de parlamentos, una líder alemana refunda Europa. El papel otorgado a Francia parece más una ayuda electoral a Sarkozy que un pacto real de fuerzas.
El paro ocupa un lugar menor en este panorama de refundación neoliberal y de desmantelamiento del Estado. El papel de nuestros dirigentes se limita a cumplir los deberes impuestos por el capitalismo alemán. Basta con el sentido común para comprender que las medidas adoptadas hasta ahora sólo han servido para generar desempleo. Apostar por la flexibilidad laboral es confundir el papel de los empresarios. Parece que deberían ser hermanas de la caridad dispuestas a contratar más si el mercado no se lo impidiese. Pero no es verdad. Los empresarios crean trabajo cuando tienen posibilidades de ganar dinero. El papel del Estado consiste en facilitar sus negocios y en evitar que lo hagan a costa de una explotación injusta de los demás. Ni los recortes en las inversiones públicas, ni la degradación de los derechos laborales, ni el deterioro de la presión fiscal, sirven para crear empleo. Los puestos de trabajo, la viabilidad de las pequeñas y medianas empresas y la energía social dependen del consumo y de la economía productiva, precisamente los factores que se han sacrificado en el altar de la especulación.
Para que el dueño de un bar contrate a un camarero hacen falta dos cosas: primero, que aumente la clientela; después, que no pueda obligar al camarero que ya tiene, con amenaza de despido, a desempeñar por el mismo sueldo el trabajo de dos. Las medidas que se han tomado van en la dirección contraria. Hoy la gente tiene miedo a consumir y a ser despedida.
La renovación de la izquierda necesita algo más que una recolocación de dirigentes. Si el PSOE no quiere perder también las elecciones andaluzas, debería apresurarse a cambiar de política y a explicar a los votantes que han comprendido que España tiene un problema particular, el paro, y que va a solucionarlo, aunque eso suponga discutir en serio de política con la derecha neoliberal española y alemana.