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No habían desfilado jamás tras una pancarta porque hasta entonces nada tenían que reivindicar. Todo les era concedido gratis. Al igual que Mourinho, solo temían a su dios, y su único entrenamiento en manifestaciones había consistido en ir en procesión detrás de las cruces y de los pendones del Sagrado Corazón de Jesús y su virginal madre.
Venían de un régimen que era para ellos como el paraíso de los musulmanes, en el que bastaba con estirar el brazo para tomar los frutos del árbol que les proveía de sombra en su paraíso particular.
No necesitaban ley de divorcio porque ellos se descasaban untando con dinero al Tribunal de la Rota.
Sus homosexuales tenían prohibido casarse (entre sí) porque esa anomalía suya era una enfermedad que no se curaba con el matrimonio sino con un psiquiatra del Opus Dei.
No era necesario implantar una ley del aborto porque sus niñas abortaban en Londres.
Ni era preciso que estudiasen asignaturas de educación para la Ciudadanía porque todo lo que debían saber para su educación estaba escrito en el catecismo y en los libros de Formación del Espíritu Nacional.
Cuando fueron expulsados del paraíso, y la calle dejó de ser una propiedad particular de sus presidente Fraga, cambiaron las procesiones por manifestaciones tras las pancartas, y sus oraciones, por “Zapatero hijoputa y asesino”.
Hasta hoy. “¿Habéis visto Egipto? El pueblo cuando quiere puede y el pueblo español quiere”, meditaba González Pons, miembro del Partido Popular Revolucionario, señalando al régimen zapaterista que le tiene oprimido por los gürteles. Es tan ignorante el pijo revolucionario que confunde a su parroquia con el pueblo, aturdido por el ruido del frufrú de las sotanas y el tintineo de los collares de perlas, cegado por el brillo de los Rolex de oro.
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Dice el tal Mourinho, en su carrera meteórica de méritos para un futuro premio Príncipe de Asturias de la Concordia, aunque por ahora tan solo entrenador del Real Madrid de fútbol, que no le teme a nadie, excepto a Dios. Debe de ser cosa de los futboleros esto de buscar la ayuda de los dioses, como si sus batallas en los campos de fútbol fueran no más que una pura extensión de las guerras de religión. Mourinho, de ideario cercano al fascismo (cuenta Radio Macuto que en su club se le ha prohibido, por contrato, hablar de política) recibió de su padre, colaborador entusiasta de la dictadura fascista de Salazar, su ideario político y religioso. Y lo conserva, que para eso es conservador.
Kaká y Messi también son fieles seguidores de otras sectas cristianas, y junto con Cristiano Ronaldo, cuyo nombre proviene de una sabia combinación del fundamentalismo propio de la secta católica y de la admiración de sus padres por Ronald Reagan (información también procedente de Radio Macuto), cada vez que saltan al campo de juego, o de batalla, según se mire, se persignan compulsivamente, varias veces seguidas, como si les persiguiese el diablo, o quizá para mejor llamar la atención de su dios, por si estaba sintonizando otra cadena con otro partido.
Los jugadores de nuestra selección tampoco quieren ser menos en la obtención de favores celestiales; así que los imagino un poco tristes por haber tenido que suspender la audiencia prevista para hoy con el Papa, al parecer por problemas de agenda, una recepción en la que, copa en mano (¡ay va, como Aznar!) pensaban agradecer al dios de Ratzinger el haberles apoyado en su puntería en el tiro a puerta en el último mundial de fútbol.
Me temo que como se cabree el dios de Karim Benzema se va a liar parda. Allá ellos.
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Meditación para hoy:
He visto cómo los manifestantes que con su actitud derribaron a Mubarak del gobierno de Egipto dejaban la plaza Tahrir limpia como una patena, al cabo de dos semanas de ocupación. Cientos de voluntarios de toda edad y condición social barriendo, guardando en bolsas de basura los desperdicios, limpiando las pintadas con agua y detergente, repintando señales de tráfico.
¡Qué gran lección para todos los jóvenes que los fines de semana dejan las calles como un campo de batalla después del botellón, espacios ciudadanos que, en su incivismo, consideran de usar y tirar! Como diría mi madre, ¡qué demostración práctica de que la ropa sucia no vuela ella sola a la lavadora, ni los jerseys se doblan solos, ni las camas se rehacen sin que nadie las toque, debido a un extraño encantamiento, ni el hada madrina limpia los zapatos por la noche y lava los platos del fregadero!
En verdad que hay que confiar en el futuro de un país que comienza su revolución con un acto tan cívico y de solidaridad ciudadana como es el de preservar impolutos los espacios públicos que utiliza para reivindicar y ejercer su libertad.
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Supongo que gobernar es un baño de realidad, el escalón anterior al de la utopía, ese estado natural de toda oposición política. Con esa premisa podríamos llegar a comprender que los líderes del OTAN No se convirtieran en los líderes del OTAN Sí al día siguiente de acceder al gobierno. O que vayas por la vida de sacerdote de la austeridad presupuestaria hasta que tienes que gobernar una comunidad autónoma. O más alambicado todavía: que te prestes a condenar a los regímenes políticos tan solo en base a la relación comercial o de amistad que tengas con ellos.
Cuando llegas al poder, las centrales nucleares ya no te parecen tan peligrosas, y en esa nueva percepción de los peligros aprendes a distinguir entre dictador bueno y dictador malo, según sea el tamaño de tu dependencia ideológica, energética y comercial con el país del sátrapa.
A Muammar el-Gadaffi, el sangriento dictador libio, se le permite plantar su tienda de campaña de lujo en el corazón de la Europa política, escoltado por 200 amazonas vírgenes, porque al parecer es un actor estratégico contra el mito bien manejado del avance islamista. Como Mubarak, como el tunecino Ben Alí, como las dictaduras del Golfo, como Marruecos, como el guineano Teodoro Obiang…
Pero una cosa es que el ejercicio de gobernar (el arte de lo posible) te obligue a retorcer tus principios, y otro, muy otro, que te presentes voluntario a apuntalar a los gobiernos terroristas que se ponen los derechos humanos por montera.
¿Tan necesario era que José Bono, el representante de la suprema institución democrática española, acompañado de una corte de congresistas del PP, PSOE y CiU, acudiera a Guinea a reírle las gracias al dictador Obiang? ¿En nombre de quién, si se puede saber?
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Meditación para hoy:
Y hablando de sátrapas y dictadores. Os escribo al filo de la medianoche, después de contemplar por televisión (insuperable ejercicio de buen periodismo el del canal 24 Horas de TVE) el discurso de Mubarak, y la reacción de los ciudadanos congregados en la plaza Tahrit, el epicentro de la revuelta. Durante todo el día se venía especulando que, en su anunciada intervención, el presidente egipcio haría pública su renuncia. En realidad sigue aferrado al poder, dejando claro que el régimen y él continuarán al menos hasta septiembre, y que tan solo delega parte de sus prerrogativas presidenciales en el recién nombrado vicepresidente Suleiman.
Por ahora (las 12,30 h. de la noche) los congregados en la plaza se limitan a expresar a gritos su frustración e ira, algunos blandiendo sus zapatos que, como sabéis, es el gesto supremo de ofensa en esas culturas. Parece ser que ya había movimientos de trasladar parte de la manifestación ante edificios públicos, como el de la televisión estatal o el de la presidencia del gobierno, lo que podría ser el detonante de la intervención de la policía de régimen y de la facción del ejército dependiente directamente del presidente, su guardia pretoriana.
Como decía en Twitter Al Baradei, el premio Nobel y uno de los líderes de la oposición, poco después del discurso de promesas vacías de Mubarak: “Egipto explotará”.
Hasta este momento, el mundo oficial calla vergonzosamente. Tanto Europa como los Estados Unidos. Como si todos estuvieran pendientes de felicitar al vencedor, sea el que sea, como en los peores usos diplomáticos. Parece que todo está en manos del Ejército, el mismo que ha prometido no disparar contra su pueblo. Pero en las revoluciones, ya se sabe, los minutos son años.
Atentos hoy, pues, viernes, día de la oración en los países musulmanes. Un largo día en el que se anuncia una manifestación callejera histórica. Hoy Egipto puede explotar, como dice Al Baradei. Solo deseo que explote en las narices mismas del sátrapa y sus secuaces.
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Los que ya hemos alcanzado cierta edad (una forma de decir que hemos llegado a una edad incierta) conocemos el poder del rumor como sustituto de la falta de noticias contrastadas. En las dictaduras, en las que la única prensa libre está en la cárcel o en el exilio, los ciudadanos se limitan a leer entre líneas a los medios de comunicación oficiales más para conocer la marcha del régimen que para tener noticias ciertas del mundo del más allá de sus fronteras. Por eso el rumor goza de mayor credibilidad que las mentiras oficiales, y por eso, también, lo peor que le puede ocurrir a una mentira oficial… es que sea verdad.
En los libros de estilo de los medios de comunicación todos repetíamos el muy digno y elegante axioma de que “el rumor no es noticia”. Hasta que nació Internet, la mayor fábrica de rumores de toda la Historia, y el boca a boca se hizo universal e instantáneo, como la luz. Con los papeles de Wikileaks, los gobiernos concernidos se apresuraron a explicar que la red de confidentes diplomáticos montada por la CIA no era más que la entronización del rumor, sin valor alguno. Cotilleos de embajadores, vamos. Vano intento, cuando el mundo está más predispuesto a considerar el rumor como la verdad, y las versiones oficiales, como la mentira.
En China, donde la dictadura del proletariado ha dado paso a la dictadura del Comité Central, y la del Comité Central, a la del Secretario General, como ya vaticinó Rosa de Luxemburgo, están viendo con preocupación el poder del rumor y su capacidad para poner en peligro otras dictaduras lejanas. Así que las autoridades han tenido la ocurrencia de bloquear la palabra “Egipto” en las búsquedas de Twitter. No vaya a ser que a los chinos les llegue el rumor (¡pásalo!) de que el experimento fallido de Tiananmen hoy sí triunfaría gracias al poder de convocatoria de las nuevas tecnologías.
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Meditación para hoy:
Los rumores se propagan de boca en boca, o boca a boca. Pero, no sé por qué encantamiento pedante, está haciendo fortuna la forma “boca a oreja”. Si un rumor fuese en verdad boca a oreja, no sería un rumor, sino apenas un secreto, porque si se queda enredado en la oreja del otro ya no puede seguir propagándose. Son las bocas las que multiplican el secreto hasta convertirlo en rumor.
Esta tontería, tan de moda en los medios de comunicación, debió de inventarla el mismo pedante (Pedante: el que se tira pedos mientras anda) que acuñó la fórmula del “punto y final”. Lo de punto final, a secas, debió de parecerle con poco pedigrí y le añadió la “y”, como María Dolores Cospedal le añadió la preposición “de” para elevar el rango de su cuna.
Os lo digo yo, Don Manuel De Saco y Cid, que de eso sabe un rato.
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Ahora que ha vuelto “el hombre” (en su versión recortada del hombrecillo insufrible) a marcar tendencia dentro de su partido, se reavivan todos los viejos fantasmas en el argumentario del PP preparatorio de los próximos comicios locales y autonómicos. Es decir, vuelve Aznar, vuelve el contubernio PSOE-policía con ETA, y vuelve, sobre todo, la estrella de esa amalgama parafascista conocida como TDT Party: la teoría conspiranoica. Todos juntos, cara al sol, incorporan a la camisa nueva de la lucha electoral que tú bordaste en rojo ayer los tres elementos que tan exitosamente les hicieron perder dos elecciones seguidas.
La piedra, como bien sabemos, es el único mineral que tropieza dos veces con el mismo hombre; hombrecillo, en este caso.
Cada vez que ellos sacan a paseo su hilarante teoría de la conspiración me recuerdan aquella memorable noche del 13 M, la de los sms y teléfonos móviles que nos convocaron ante la sede del PP en la calle de Génova 13 de Madrid, en una conspiración, la nuestra, ésta sí, apoyada en las nuevas tecnologías, con el fin de quitar de la cabeza del gobierno de Aznar la idea golpista que rondaba su cabecita de suspender las elecciones.
Desde entonces la lucha democrática cuenta con un arma poderosa. La historia reciente está demostrando el poder de las nuevas tecnologías, Internet y los teléfonos móviles, y el miedo cerval que tales instrumentos provocan en los dictadores. Antes los golpistas y dictadores ocupaban las televisiones y las radios, y hoy cierran Internet y la cobertura de los smartphones.
El efecto dominó está prendiendo en el mundo árabe. Las revoluciones de los claveles se llaman hoy revoluciones de las nuevas tecnologías, cada móvil es una flor que los dictadores, como está ocurriendo en Egipto, quieren marchitar. En realidad es el efecto 13-M que ya habíamos inventado nosotros contra los que nos querían vender gato por liebre.