Salud en positivo

Adolescentes y padres, la importancia de aprender a establecer límites sanos

Azucena Martí

Ilustración de Veronica Monton
Ilustración de Veronica Monton

Una de las consecuencias de la pandemia que estamos viviendo y de las restricciones vividas como consecuencia de ella, es su efecto sobre la salud mental y también sobre las conductas adictivas de la población en general; especialmente sobre los colectivos más vulnerables como son las personas que se encuentran en la niñez y en la adolescencia.

Son meses viviendo con incertidumbre, con distanciamiento social, con pérdida de las rutinas que nos aportan seguridad; meses de angustia ante un presente y futuro más o menos inmediato, que no podemos planear con un mínimo de certeza. Son miedos que sufrimos todos, tanto en nuestro entorno más cercano, la familia, los amigos, el trabajo, como también en  nuestro municipio, comunidad autónoma, nuestro país, países vecinos, y en todo el planeta; nadie puede estar seguro de no enfermar, de no contagiar; angustia que crece en el día a día, a todas horas; siempre con noticias y conversaciones sobre el mismo tema.

Toda esta presión y miedo en etapas como la infancia y la adolescencia, de mayor dependencia al entorno, tanto familiar como social, a lo que se suma una proyección vital a muy corto plazo, y una más baja tolerancia a la frustración provoca, y lo estamos viendo, un aumento muy significativo de trastornos por ansiedad, tristeza, desesperanza, agresividad, aislamiento y excesivo uso de las pantallas.

Y no es que esto sea nuevo, es que ahora es más crítico. Las dificultades han coexistido siempre con la adolescencia. Como son la adaptación a los cambios, las dificultades para rendir según las exigencias impuestas por una sociedad que permite visibilizar más las diferencias, con más dificultades ante la falta de adaptación; la dificultad que plantea la rebeldía ante las figuras de autoridad como son los padres o los profesores, y también por la necesidad de crecer en autonomía y afirmación que se produce a través del proceso de socialización con el grupo de iguales.


A las dificultades conocidas se han añadido en los últimos años las pantallas. Las dificultades individuales se esconden en medio de un mar de fotos, de mensajes y de exaltación del éxito y del disfrute en las redes sociales, donde la valía personal, en muchas ocasiones, se mide según los likes que tienes, o el número de seguidores. Una exposición publica que conlleva una angustia, difícil de sostener.

Son muchos los factores de estrés que, en estos últimos años, se han añadido los a los que ya sufríamos desde siempre en ese periodo de cambio tan trascendental como es el paso por la adolescencia.

¿Cómo viven los padres esta etapa vital, en la que pasan de cuidadores a compatibilizar este papel con el de educadores y preparadores en el día a día de sus hijos para su integración en la vida social y laboral, y que en muchos momentos se sienten perdidos y angustiados por sus propios problemas?


Solicitan ayuda por los problemas de conducta que plantean sus hijos, y también por posibles conductas adictivas: inicio en el consumo de cannabis, de alcohol, de tabaco, horas de utilización de diversas pantallas, ordenador, teléfono…

Y tras las primeras evaluaciones, siempre surgen dos temas en común: el establecimiento de límites y el tiempo que compartimos con ellos.

Ante las dificultades de conciliación de las vidas laborales y familiares, uno de los miedos y angustias que aparecen es el tiempo que pueden estar con los hijos. Y los psicólogos siempre decimos que no es importante la cantidad sino la calidad del tiempo que compartimos: compartir aficiones, establecer tiempo de auténtica comunicación, sin teléfonos ni televisión, programar actividades dentro de la familia que creen un auténtico vínculo de pertenencia y de participación. Tiempo de mirarnos mientras nos hablamos, de contarnos cómo nos ha ido el día, cómo nos sentimos, qué nos ocupa, qué nos preocupa o qué nos hace ilusión.

Hablar mirando, mirándonos. No hacerlo mientras miramos a una pantalla. Se trata de elaborar conversaciones, no preguntas y monosílabos.

La otra gran preocupación, es cómo hago que mi hijo o mi hija me haga caso si yo lo que quiero es lo mejor para él o para ella. O lo que es lo mismo: establecer límites y respetarlos.

Así, explicamos que el establecimiento de límites a la hora de educar es lo natural, teniendo en cuenta que nuestro rol como adultos, como padres implica el dar protección a los menores y a la vez permitir que se desarrollen a través de su propio aprendizaje.

Que hablar de límites, es hablar de referencias y pautas para orientarse en un mundo muy complejo como es el que nos rodea y que, demasiadas veces está lleno de ambigüedades.

Que los límites son necesarios para ganar en seguridad, madurar y llegar a tener mayor autonomía. Y que hay que seguir unas mínimas reglas para que cumplan su objetivo, como son asegurarse de que las normas son muy concretas y claras. Que sean pocas y se vayan adaptado al tiempo de crecimiento. Asegurarse que se entiende el porqué de las normas. Explicar su razón de ser, creando el espacio de debate y de negociación que además facilita el diálogo. Comprender las necesidades de cada uno y así posibilitar la mejor comunicación. Y sobre todo, hace que sean consistentes. No se debe cambiar de criterio para determinar si se cumplen o no. Mantener la posición  facilita el aprendizaje y la tolerancia a la frustración.

Hay que poner siempre más énfasis en los incentivos que en las malas consecuencias, de esta forma las normas se verán como un buen método para ganar validación.

En el caso de poner sanción, se debe hacer lo más inmediatamente posible para evitar la situación como injusta o arbitraria y que se ajuste a lo pautado. Los niños necesitan nuestra atención y refuerzo así como también deben saber que existen consecuencias para un comportamiento que puede ser perjudicial para el o para su entorno. Así conseguiremos que crezcan más seguros y confiados.

Siempre pongo como ejemplo las señalizaciones en la carretera que nos indican por donde ir en nuestra ruta, a veces nos enfadan y nos hacen rectificar, incluso dar la vuelta. Pero si están bien colocadas nos llevan a la meta que queríamos llegar con tranquilidad, dándonos seguridad. Cuando esas señales no están bien colocadas nos crean confusión, ansiedad y la sensación de estar perdidos.

Con los límites nos ocurre lo mismo: si están bien puestos, dan confianza, seguridad y facilitan nuestro proceso de crecimiento. Todo lo contrario ocurre cuando no sabemos educar en límites. Los menores, presentan mayor dificultad  para  adaptarse a los cambios. Tendrán menor tolerancia a la frustración, escaso autocontrol y baja autoestima. Antepondrán  constantemente sus necesidades a las de los demás, y tendrán dificultades para asumir sus responsabilidades.

Pueden esconder tras su máscara de autosuficiencia todo el miedo e inseguridad que realmente sienten. Pueden presentar mayor dificultad en su desarrollo  académico, y una conducta desafiante, que le dificultará su adaptación y buena relación con su entorno, con transgresiones de las normas.

Lo que necesitamos todos, y más los menores, son relaciones que nos produzcan seguridad, calma, sentimiento de pertenencia y de sentirnos afectivamente acompañados y valorados. Sentirnos escuchados sin juicios. Podemos aprender y mejorar con el dialogo, el acuerdo y el compromiso.

Este acompañamiento es el que nos hará sentirnos valiosos, capaces, queridos. Nos hará sentir que formamos parte de algo importante. Este tipo de relaciones son el mejor antídoto para la angustia, la ansiedad y la depresión.

De este modo, vivamos las dificultades que vivamos, seremos resilientes. Y la buena noticia, es que se pueden crear.