Opinion · Punto de Fisión

Las afinidades policiales

Una noche, hace tres o cuatro meses, sacaba a pasear a mi perra antes de acostarme cuando, en la calle Toledo, enfrente de la parada de taxis, vi a un tipo sentado en una marquesina de autobuses alterando el orden público. Lo alteraba de varias formas a la vez, quiero decir que el hombre estaba dando voces, parecía algo borracho, iba vestido de mendigo y para colmo era negro. Di un paseo hasta la Plaza de los Carros, donde a mi perra le gusta hacer sus cosas, y al regreso me tropecé con cuatro o cinco sirenas de policía que acudían en masa desde diversas calles hasta la marquesina enfrente de la cual habían montado una especie de discoteca ibicenca móvil a la una y media de la madrugada.

Me sorprendió descubrir que se necesitaran unos catorce policías para reducir a un solo vagabundo ebrio. Todo un alarde. Le pregunté qué había ocurrido a un viandante que estaba, como yo, estupefacto, observando el espectáculo. Me dijo que él únicamente había visto una lechera detenerse; luego un agente se bajó y le ordenó al hombre que circulara. A la policía española le encanta ese verbo: circular. Lo emplean siempre que pueden, aunque nadie lo diría viendo lo cuadrados que parecen. El hombre se negó a moverse de su asiento bajo la marquesina y ahí empezó la jarana. A lo mejor alguien se había quejado por las voces, aunque las voces no eran nada comparadas con la berrenda nocturna de la parada policial, o tal vez el hombre había ignorado alguna arcana prohibición de sentarse en las marquesinas de autobús durante más de diez minutos. Preferí no indagar entre los policías que se turnaban para cachear cariñosamente al detenido, al que no encontraron más armas que una cogorza y unos harapos. Nunca me ha gustado pasar del columnismo a la página de sucesos.

He recordado esta anécdota al contemplar el video de la paliza mortal que le propinaron unos Mossos d’Esquadra al empresario Juan Andrés Benítez en una calle del Raval. Según la autopsia, murió a causa de un fallo cardíaco provocado por los golpes que le fracturaron el cráneo. En el video se ve más bien cómo los aplicados funcionarios lo matan a patadas, a puñetazos y a rodillazos. Todo porque el hombre estaba buscando a su perro (se lo habían robado o se había escapado) y acabó enzarzado en una pelea con otro transeunte. En el informe policial, redactado con ese humor negro del que sólo es capaz un agente del orden, se aseguraba que era el detenido quien se había golpeado a sí mismo hasta la muerte. Benítez no sólo era un hombretón de 1,62 cm., sino que además era propietario de un local en el Gayxample, el conocido barrio gay de Barcelona.

Tal vez algún portavoz de los Mossos o de la Generalitat pudiese hacer el favor de aclarar el incidente. También estaría bien que el Ayuntamiento de Madrid, o en su defecto el Ministerio del Interior, indicase el tiempo, el modo y la uniformidad que hay que respetar en las paradas de autobús. Lo digo por si se me escapara una noche la perra por la calle, a ver si la policía me va a coger por banda y se confunden de raza, de barrio, de perro o de pobre.