Punto de Fisión

La cabeza de Nixon

El 9 de agosto se cumplieron 40 años de la dimisión de Richard Nixon gracias a la labor de zapa de dos reporteros del Washington Post, el equivalente periodístico al combate entre David y Goliat con una rotativa de por medio. En mis tiempos de estudiante, los que iban para periodistas soñaban con ser como Woodward o Bernstein: andar a zancadas por la redacción estirándose los tirantes con los pulgares, peinarse mucho a manotazos, pensar con un lápiz atravesado en la boca, reunirse con confidentes en aparcamientos subterráneos y escribir a máquina con dos dedos. Por mi parte, yo, que nunca soñé con ser periodista, con no parecerme a Emilio Romero ya tenía bastante. Me daban y me dan escalofríos esos señores que se parecen a su propia estatua, que tienen perfil de peseta antigua y que hablan echando la cara para arriba, intentando enganchar la barbilla en la punta de la nariz. Hace unos meses me detuve por casualidad en Arévalo, el pueblo natal de Romero, y vi un busto en la plaza dedicado a su memoria. En efecto, era idéntico a sí mismo.

Los periodistas españoles estábamos jodidos, por lo menos, desde 1953, cuando se estrenó Vacaciones en Roma y todos vimos, en la escena final de la audiencia ante Audrey Hepburn, a los corresponsales españoles en Roma, dos pequeños redactores portátiles alineados junto a un montón de hombrones, galanes y guaperas de gimnasio. "Julián Cortés Cavanillas, del ABC de Madrid", decía uno. "Julio Moriones, de La Vanguardia de Barcelona", decía el otro. Y daban ganas de adoptarlos. Apenas si tenían que inclinarse para besarle la mano a la princesa, no sólo porque eran muy bajitos sino porque los periodistas españoles ya venían inclinados de fábrica. En una inverosímil e involuntaria comedia que Sáenz de Heredia rodó para celebrar los 25 años de dictadura (Franco, ese hombre) se escucha en la engominada voz del Nodo un cariñoso tirón de orejas a los corresponsales que todavía no han acudido a cubrir el desfile mientras la avenida ya aparece engalanada, los aplausos a punto y el sol firme: "Y los periodistas matutinos, de suyo perezosos...".

Poco más de un año después de que Nixon dimitiera en un imprevisible gesto torero, Franco se nos moría de un empacho de diabetes tras cuatro décadas de loas ininterrumpidas, alabanzas sin límite, panegíricos azucarados y obituarios precoces. El periodismo patrio quedaba tan estropeado por el hábito de la mansedumbre que cuatro décadas después no ha podido más que zarandear tarde y mal unas cuantas frutas podres: Barrionuevo, Matas, Fabra y otros aguacates. El último, Pujol, con treinta y tantos años de retraso: la diferencia horaria que va de Washington a Andorra. En la caza mayor, no hemos podido tambalear ni a un presidente, aunque nos lo pusieron a huevo primero con los GAL y luego con el escándalo Bárcenas. También puede ocurrir que Nixon, a pesar del espionaje político, de los golpes de Estado en Sudamérica y de sus mentiras patológicas, fuese un ejemplo de honradez, cosa no muy difícil viendo los términos de la comparación.

La defenestración de Nixon fue el remache torcido, el penúltimo clavo hundido en el ataúd de la democracia estadounidense, tras una década torpedeada por los asesinatos del presidente Kennedy, de Malcolm X, de Martin Luther King y del senador Bob Kennedy. Le sustituyó Gerald Ford, quien, como indicaba su apellido, parecía un vendedor de coches usados y que fue derrotado dos años después por un exitoso comerciante de cacahuetes. A su vez Carter cedería el puesto a un sonriente payaso dispuesto a enmendar su fracaso en el cine con una actuación teatral que se mantuvo en cartelera ocho años. Mientras tanto aquí seguíamos sin aprender a escribir a máquina con dos dedos. De suyo perezosos.