Opinion · Punto de Fisión

Crímenes del futuro

“El futuro ya no es lo que era” es una frase de Paul Valéry lo suficientemente antigua como para ponerse de moda e incluso para pasarse otra vez de fecha. De hecho, dio título a un libro de conversaciones entre Felipe González y Juan Luis Cebrián donde, más que el futuro, el pasado ya no era lo que había sido. La idea de progreso, de cultura, de avance, choca frontalmente contra el tópico medieval de que el pretérito siempre será mejor que el porvenir. Diversos batacazos históricos y unas cuantas civilizaciones borradas del planeta para siempre (Micenas, el imperio jemer, Roma, el imperio maya) señalizan esos momentos en los que la flecha del tiempo se tuerce y marca un retroceso, un nuevo ciclo, una vuelta a la casilla de salida. Crímenes del futuro, la última novela de Juan Soto Ivars, sugiere la posibilidad de que el mundo occidental se encuentre ante las puertas de una nueva edad oscura.

Evidentemente, cualquiera con dos dedos de frente puede olfatear el peligro que se avecina, la incómoda sensación de que en occidente, quizá por primera vez en muchas generaciones, nuestros hijos puedan vivir peor que nosotros y nuestros nietos aun peor que nuestros hijos. Basta un poco de memoria y de sentido común para recordar aquellos tiempos (aproximadamente de los sesenta a los ochenta) donde una familia de clase media podía salir adelante con el sueldo de uno de los cónyuges e incluso permitirse lujos como un automóvil, una casa en la sierra y unas vacaciones pagadas. Hoy los sueldos del padre y de la madre no sólo alcanzan apenas a sostener a una familia, sino que la clase media se halla en vías de desaparición.

¿Cómo será la cosa mañana? Soto Ivars plantea la hipótesis de que el futuro próximo en España se parezca más al paisaje rural de Los santos inocentes que a las pirámides vertiginosas de Blade Runner. No en vano, uno de los puntos fuertes de la novela de Delibes (y de la adaptación cinematográfica de Camus) es su indefinición temporal, el hecho de que podría estar ambientada en los años cincuenta, en los sesenta o incluso en los ochenta. En la primera parte de Crímenes del futuro aparece el señorito andaluz trasplantado a una capital irremediablemente paleta, el derecho de pernada, las interminables noches en tren, la división en compartimentos sociales estancos y la realidad insoslayable del hambre. En la segunda parte hay una especie de reality monstruoso donde una pareja de amantes inventa el infierno en una isla desierta, mientras en la tercera resuenan los ecos de una posguerra que, como dijo el poeta Alvaro Muñoz Robledano, no se acaba nunca.

Va ya para quince años que le hice una entrevista casi póstuma a Stanislaw Lem, uno de los grandes escritores europeos del pasado siglo, y le pregunté, entre otras cosas, por qué ya no escribía ciencia-ficción. Me respondió que no veía la literatura fantástica como una opción desde hacía mucho tiempo porque la realidad misma se había vuelto completamente imprevisible, porque no había manera de saber qué podía depararnos el mañana. “El futuro ya no es lo que era” tal vez quiera decir, como sospecha Soto Ivars, que también podría ser como fue. De momento nos está quedando un remake del siglo pasado de lo más vintage.