Opinion · Punto de Fisión

William Goldman, un hombre y un destino

Ha muerto William Goldman, maestro de guionistas, el hombre que escribió un puñado de novelas maravillosas y algunas de las mejores películas de las últimas décadas. Dijo una vez que él sólo se había tropezado con dos grandes historias en su vida. La primera fue la leyenda de Butch Cassidy y Sundance Kid, dos atracadores de bancos del Lejano Oeste que huyeron de Estados Unidos perseguidos por la agencia Pinkerton y que acabaron instalándose en la Patagonia. Goldman ya había saboreado el éxito con Harper, investigador privado, cínica y elegante revisión del cine negro, pero el guión de Dos hombres y un destino, que vendió por casi medio millón de dólares, lo catapultó a la fama de inmediato. Todo es estrictamente inolvidable en esta obra maestra, incluso sus errores: desde la soberbia dirección de George Roy Hill a las actuaciones estelares de Paul Newman, Robert Redford y Katharine Ross; desde el espléndido panteón de secundarios a la pegadiza banda sonora de Burt Bacharach. Contiene, además, varias secuencias que el cine posterior ha copiado y homenajeado en infinidad de ocasiones, en especial, la huida inverosímil a través de un salto suicida y el diálogo cómico antes del último y definitivo tiroteo.

Con todo, Goldman se quejó alguna vez de que había tenido que meter con calzador el personaje femenino para que el público no pensara que Butch Cassidy y Sundance Kid estaban liados. Perfeccionista hasta el delirio, también echaba pestes de la escena final de Marathon Man (otro de sus grandes logros, cuajado a partir de una de sus novelas), porque le parecía un énfasis innecesario que el maratoniano, interpretado por Dustin Hoffman, obligara al criminal nazi interpretado por Laurence Olivier a recoger los diamantes y tragárselos. La honestidad, la sinceridad y la atención maníaca al detalle lo convirtieron en un crítico implacable de su propio trabajo y del de sus colegas. A Spielberg todavía le escuece la observación de Goldman de que la magnífica odisea de Salvar al soldado Ryan se transforma en una vergüenza desde el mismo momento en que el pelotón encuentra a Matt Damon.

Los dos libros donde consignó su experiencia profesional (Las aventuras de un guionista en Hollywood y Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood) no sólo están repletos de anécdotas y chascarrillos impagables, sino que forman un manual de escritura -no sólo cinematográfica- de primer orden. En ellos, Goldman remacha una y otra vez esa vieja sentencia, tan olvidada en el cine contemporáneo: de un buen guión podrá salir una buena o una mala película; de un guión imperfecto jamás se sacará oro. Las grandes películas se hacen siempre primero en la máquina de escribir. En la defensa a muerte de su oficio pone como ejemplo supremo a Ernest Lehman, un guionista hoy casi olvidado que jamás ganó un Oscar y entre cuya docena escasa de películas se cuentan varias obras maestras del séptimo arte. El análisis de la celebérrima secuencia del ataque de la avioneta en Con la muerte en los talones, de Hitchcock, muestra que hasta el último detalle visual estaba coreografiado en la partitura de Lehman.

A comienzos de los ochenta, coincidiendo con el final de la última edad de oro de Hollywood, el teléfono de Goldman dejó de sonar y tuvo que dedicarse de nuevo a su primer amor: la novela. Había encadenado un peliculón detrás de otro (El carnaval de las águilas, Magic, Todos los hombres del presidente, Un puente lejano) y de repente nadie quería saber nada de él. La mala racha concluyó en 1987, cuando Rob Reiner se fijó en un curioso y original libro escrito en 1973, La princesa prometida, una novela suya que mezclaba una autobiografía ficticia con una fantasía medieval. El guión de Goldman, plagado de guiños cómicos y frases memorables, dio pie a una encantadora película de culto cuyos admiradores crecen de generación en generación.

Menos suerte tuvo con la segunda de las grandes historias con la que tuvo la suerte de tropezarse: Los demonios de la noche, de Stephen Hopkins, basada en los diarios del coronel Patterson y la alucinante cacería de la pareja de leones devoradores de hombres de Tsavo. La película fue maltratada por la crítica y el propio Goldman comentaba que algunas debilidades del guión fueron impuestas por el capricho de la estrella principal, Michael Douglas. Aun así, cuenta con líneas que delatan al guionista de raza que siempre fue. Por ejemplo, cuando Remington comenta que los dos leones le recuerdan a dos matones que conoció en su infancia:

Remington.- Cuando yo era niño, había un matón en mi pueblo que solía aterrorizar a todo el mundo. Pero él no era el problema. Tenía un hermano aun peor que él, pero él tampoco era el problema. Uno u otro siempre estaban en la cárcel. El problema era cuando estaban juntos. A solas eran matones pero juntos eran letales. Verdaderos asesinos.

Patterson.- ¿Y qué les pasó?

Remington.- Que yo crecí.