Opinion · Punto de Fisión

Llover sobre Casado

Por si fuese poca desgracia que una riada te arrastre un coche, una casa o un abuelo, algunos damnificados tienen que soportar además el chorreo de políticos que granizan puntualmente después de estas singulares calamidades atmosféricas. Qué le vamos a hacer, son costumbres decimonónicas que aún siguen vigentes, como la de besar niños o pegar carteles. Habitualmente el besaniños y el pegado de carteles suelen dar el pistoletazo de salida a la campaña electoral, pero este año se ha adelantado la granizada de políticos a la par que la Gota Fría, una perfecta metáfora de la que se nos viene encima.

La visita aérea de Pedro Sánchez sobrevolando las áreas más afectadas por el temporal ha coincidido con el cuarenta aniversario de Apocalypse Now, de manera que muchos valencianos y murcianos sentían batir las aspas del helicóptero presidencial sobre sus cabezas y les parecía estar oyendo la Cabalgata de las Valquirias a todo volumen. En esos momentos, cuando el bombero, el militar o el experto de turno le muestra al político la extensión de la catástrofe, las zonas inundadas y los campos anegados, es cuando se ve perfectamente para qué sirve un político: para que un aparato que podía estar realizando labores de salvamento colabore en las tareas de propaganda presidencial. También Coppola tenía que aguantarse sin rodar cuando el presidente Marcos se llevaba los helicópteros a bombardear a la guerrilla. «Vamos a estar ahí» ha prometido Sánchez en plan coronel Kilgore a los afectados por las riadas, y los afectados han oído un zumbido wagneriano, han alzado la cabeza y, efectivamente, estaba ahí.

Al menos Sánchez debía hacer acto de presencia, aunque fuese en funciones de coronel Kilgore, pero no se entiende muy bien que Albert Rivera y Pablo Casado hayan acudido también a hacer surf. Ambos se han presentado al cásting con diferentes atuendos, uno con chubasquero y botas de agua, y otro con barba. Rivera es más de abrazar niños en Venezuela y de ir a montar pollos en lugares donde no lo quieren ver ni en pintura, pero por una vez ha hecho una excepción. Ahora bien, una catástrofe es un sitio extraño donde ir a arañar votos, más aun cuando no quedan balcones donde colgar banderas españolas bien gordas, de ésas que tapan todo lo demás.

En cuanto a Pablo Casado -un hombre que no tiene el menor reparo en fotografiarse montado en un tractor o enseñar un máster universitario con los folios en blanco-, tuve la suerte de verlo en televisión, indeciso en el umbral de la puerta de una casa inundada, temeroso de mancharse los zapatos de ante con el feo fango de la realidad meteorológica. ¿Se pringaría o no se pringaría? Creo que al final no se pringó, que vete a saber dónde puede acabar la factura de la tintorería, y ese titubeo explica muchas cosas acerca del cometido de un político a la hora de mojarse de verdad y dejar de hacer el paripé. Se va a ensuciar Casado unos zapatos cuando en el PP están acostumbrados a surfear día a día sobre una fosa séptica.