Punto de Fisión

Asimov entre prodigios

Todavía recuerdo el momento en que un personaje se encuentra consigo mismo como una de las grandes epifanías en mi trayectoria de lector. Yo tendría once o doce años, un compañero me había prestado un libro (El fin de la eternidad, creo) y llegué a la página en la que el protagonista se dispone a abrir una puerta en un momento del tiempo que ya ha usado previamente. Entonces, al descubrir al desconocido que está a punto de girarse hacia él, sufre un espasmo de terror al comprender que está viendo algo que nunca jamás ha visto antes: su propia espalda. Fue mi primera inmersión consciente en la ciencia-ficción y ocurrió a través de un tema -el bucle temporal- que no tardaría en encontrar explorado más a fondo y con profundidad metafísica en Borges y en Stanislaw Lem. Todo lo demás eran cachivaches, robots, naves espaciales, pero el hecho de que jamás podrías ponerte de acuerdo contigo mismo -porque tu yo está mutando constantemente a lo largo del tiempo- fue una revelación literaria, la clase de conocimiento que no iba a encontrar jamás en una fórmula o en un teorema.

Asimov siempre se encontró dividido entre las letras y las ciencias, hasta el punto de que se jugó su doctorado en Bioquímica por la publicación en la revista Astounding de un relato titulado "Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada" poco antes de sus exámenes orales. Acompañado de tablas, gráficos y supuestas referencias a trabajos inexistentes y revistas imaginarias, el texto de Asimov era una broma sumamente pedante y muy elaborada en la que se habla de las propiedades de una sustancia, la tiotimolina, que se disuelve en el agua un segundo antes de que el agua la toque. Al tribunal le hizo gracia la broma y le concedieron el título, pero no sería la última vez que Asimov utilizara la ciencia en un artefacto literario. De hecho, lo hizo poco después en uno de los relatos más perfectos del género, "La carrera de la reina encarnada", un cruce explosivo entre Lewis Carroll y la energía atómica, que se abre con este comienzo alucinante: "Ahí tienen un rompecabezas. ¿Es un delito traducir al griego un libro de química?"

A pesar del éxito de sus novelas, especialmente de la serie Fundación, y de ganar todos los premios habidos y por haber, Asimov escribía tan deprisa y su erudición era tan enciclopédica que sus obras completas bien podrían surtir varias bibliotecas en casi cualquier sección que se les ocurra. Decía que escribía por la misma razón que respiraba, porque si no se moriría, y también que si un médico le pronosticase que sólo le quedaban seis minutos de vida, no se preocuparía e intentaría escribir más rápido. La claridad, el rigor y la frescura de su estilo dejaron montones de páginas inolvidables, no sólo dentro de su género favorito, sino también de obras de divulgación científica y de su Historia Universal Asimov, un compendio de las civilizaciones humanas tan ameno y detallado que da la impresión de que el autor hubiera estado charlando hace cinco minutos con faraones egipcios, filósofos griegos, reyes persas y emperadores romanos.

Fue en el tomo dedicado a la Guerra de Secesión donde descubrí que sus características patillas las había sacado del general Burnside, uno de los generales más ineptos de la Unión, artífice de varios desastres militares entre los que destaca el de la batalla de Fredericksburg. La única razón plausible para que Asimov eligiera a Burnside como modelo capilar es estética, porque, a pesar de ser un unionista convencido, enciende el fuego de su retórica en honor de Robert E. Lee, a quien dedica frases que no tienen nada que envidiar a los mejores epigramas de Churchill. Por ejemplo: "Lee fue, indudablemente, el mejor general que nació en los Estados Unidos y, por desgracia, el mejor general que luchó nunca contra los Estados Unidos".

Humanista de corazón, ateo acérrimo y racionalista convencido, Asimov luchó toda su vida contra la superchería, el creacionismo y la ignorancia en general. Aprendió a leer él solo, cuando contaba cuatro años, y siempre sostuvo que la única educación posible tenía que proporcionársela uno mismo. Una de las primeras cosas que aconsejaba, si alguien emprendía el camino de la sabiduría, era desembarazarse de Sócrates y de esa tontería de "sólo sé que no sé nada". Ayer se cumplían cien años de su nacimiento y le hubiera dado escalofríos descubrir que el terraplanismo y los antivacunas han vuelto por sus fueros. Cuando Kurt Vonnegut le preguntó una vez cómo se sentía al saberlo todo, dio la única respuesta sincera: "Inquieto".