Punto de Fisión

Florentino es esencial

No soy de los que piensan que vamos a aprender lecciones básicas de esta pandemia. Más bien pienso que a estas alturas no hemos aprendido nada. La decisión de reanudar la actividad laboral en ciertos sectores no esenciales este mismo lunes, apenas dos semanas después de decretar un confinamiento estricto, suena tan irresponsable que, en efecto, el gobierno ha decidido no responsabilizarse de lo que pueda suceder a partir de ahora, a pesar de las advertencias de científicos y expertos. Es temerario echar las campanas al vuelo demasiado pronto, sobre todo cuando las campanas doblan a muerto.

Se percibe una contradicción fundamental al prohibir aglomeraciones en entierros y hospitales al mismo tiempo que se permiten en el metro, en el autobús y al lado de la hormigonera. Esto no hay manera humana de entenderlo, salvo si uno admite que en España no hay religión más extendida que el culto al ladrillo y que su práctica bien merece el sacrificio de miles o docenas de miles de trabajadores. Así se explica que durante décadas, en Madrid y en otras ciudades, abrir zanjas, cerrar zanjas, armar rascacielos, revestir andamios, cortar calles y levantar obras hayan sido el único y auténtico motor de la industria nacional. La construcción es nuestra fe y Florentino su profeta.

Poco importan los bulos y exageraciones que se han volcado hasta ayer sobre las espaldas de Sánchez en relación al desastre sanitario y las cifras de decesos: a partir de hoy lunes, el repunte en el número de víctimas y el más que probable colapso en los hospitales españoles recaerán directamente sobre su conciencia y la de sus asesores. Si es que la tienen. Cuando se juega la vida de los ciudadanos tan alegremente hay que calcular con mucho cuidado las prioridades y los servicios esenciales. No es lo mismo salvar vidas en una UVI o reponer alimentos en un supermercado que colocar ladrillos y montar chasis de automóviles. Al final la economía suele consistir en una cuerda que cuelga de un hilo muy precario, sí, pero siempre se rompe del lado de los pobres. A este paso, el único sector industrial que va a salir hecho un toro de esta desgracia es el funerario.

El riesgo resulta inaceptable, especialmente si uno repara en que el foco más letal de la pandemia en Europa, y quizá en el mundo, tuvo lugar en Bérgamo y que sucedió casi exclusivamente por la presión homicida de la patronal ante el cierre de sus factorías en la zona de Val Seriana y por la negligencia de las autoridades italianas al no decretarlo hasta que ya era demasiado tarde. Entre la economía y la vida, eligieron la economía y perdieron la vida. No la de los grandes empresarios, claro, ni la de los políticos que permitieron la masacre, sino la de cientos y cientos de trabajadores que desfilaban cada noche en ataúdes cargados en camiones del ejército. "Bergamo non si ferma" dijeron el alcalde y los jefazos de la patronal con la pachorra criminal que caracteriza a los buenos capitalistas. Bérgamo no se detiene. Pero se detuvo, joder que sí se detuvo, a ritmo de marcha fúnebre.