Opinión · El desconcierto

La hipótesis militar de Borrell

A nadie se le escapa que lo que afirma la Moncloa, después de que Sánchez leyera la declaración de Trump sobre la crisis venezolana, se matiza, cada vez más abiertamente, desde el palacio de Santa Cruz. Hace unos días el ministro Josep Borrell declaraba en El País: “tenemos mucha presión, no les voy a decir de quien, pero se lo pueden imaginar”. La penúltima matización ayer mismo, tras la lectura por el presidente del Gobierno español del dictak colonial de la Casa Blanca, realizada en persona por el propio ministro de Asuntos Exteriores al manifestar que España no apoyaría ninguna intervención militar estadounidense en Venezuela. La pregunta es obvia. Si Borrel calcula que el Pentágono puede intervenir, ¿por qué Sánchez se reviste de Capitán América?

Urnas, urnas, urnas. Las tres del 26 de mayo son las que llevan hoy a Sánchez a rectificar a Zapatero cuando se opuso a la invasión de Irak, e incluso, a no apoyarle en su intento de mediar entre los dos bloques sociales enfrentados en Caracas. Aquel no a la amenaza de los Estados Unidos de 2003, que llevó a la derrota de Aznar por sumarse a los criterios de Washington, ya no resuena con el mismo tono y, por lo tanto, Sánchez marca el paso como lo marcan Merkel y Macron, corrigiendo a Schöreder y Chirac cuando denunciaron aquellas “armas de destrucción masivas” de Bush. Ahora, Alemania y Francia devuelven  el apoyo estadounidense a la agresión neocolonial europea en Libia y Siria.

¿ Pero acierta Sánchez al sumarse a Casado, Rivera y Abascal en Venezuela como acertó Zapatero al desmarcarse de Aznar en Irak? Todo dependerá de si la inquietante hipótesis de Josep Borrell, sobre la intervención armada, se concreta en el trimestre largo que precede a la triple convocatoria electoral del 26 de mayo. Sea como sea, es una imprudencia de la Moncloa. Si Washington no invade, Sánchez no conseguirá un solo voto del electorado de las tres derechas; pero en caso de conflicto armado, Sánchez puede despedirse de la baraka política que le acompaña en el último quinquenio. Con independencia de la opinión que merezca el presidente venezolano, el pueblo español es contrario a la guerra en su inmensa mayoría.

Ya puede Sánchez ponerle una buena vela a la reunión del Grupo de Contacto convocada pasado mañana jueves en Montevideo por México y Uruguay. Es la última oportunidad para la negociación política, que se va a celebrar en medio de grandes presiones de Washington, como afirmaba Borrell al denunciar públicamente las recibidas por España “para que votemos en contra de la creación de este grupo”. Reuniones precedentes, las de Santo Domingo en 2017, fracasaron porque, según sugiere Zapatero, Trump las quebró porque ya había optado por la estrategia de clara intervención política que desarrolla estos días. Buen conocedor del paño estadounidense, el ministro Borrell sabe que se pasa muy rápido de la intervención política a la militar.

Desde hace más de un siglo la política exterior española se ha definido por la más exquisita neutralidad en los conflictos entre los pueblos y las grandes potencias coloniales. Incluso un dictador, el general Franco, se negó en 1959 a sumarse a la política de agresión norteamericana sobre la Cuba revolucionaria. La Constitución de la II República  renunciaba expresamente “la guerra como instrumento de política exterior”. Por ello, quien tira la piedra e intenta esconder la mano, como hizo el caudillo Aznar, cae en el mayor de los ridículos y es barrido electoralmente. Asombra que Pedro Sánchez no haya tenido en cuenta, sobre todo, que Venezuela es un país de cultura y sangre española.

¿Que decisión adoptaría mañana el ministro Borrell si se produjera la intervención militar estadounidense que tanto teme? Quien se presenta como abanderado de la soberanía de España ante el reto de la Generalitat tendría muy difícil no defenderla también ante los Estados Unidos. Aunque, si así ocurriera, sería Sánchez quien se vería obligado a recoger las tempestades electorales de los vientos que hoy siembra en Venezuela. Y es que debería haber meditado antes de ser el eco de Trump, porque las consecuencias de lo que ha leído podrían ser catastróficas para el PSOE. Si en 2004 llegó a la Moncloa con el no a Bush, en 2019 puede salir de la Moncloa con el sí a Trump.