El desconcierto

Sánchez ante el sitio de Breda

Desde que las tropas españolas, dirigidas por Ambrosio de Spinola, sitiaron la ciudad holandesa de Breda no se había vuelto a producir un nuevo sitio español como el que ahora encabeza Pedro Sánchez sobre La Haya, que culminará este fin de semana o, probablemente, a finales de julio. El del siglo XVII fue militar, descrito por Calderón de la Barca en El sitio de Breda, este de ahora es solo político. Entonces, el gobernador holandés Justino de Nassau protagonizó la rendición de Breda, que inspiró el célebre cuadro de Velazquez  Las Lanzas; hoy, el primer ministro Mark Rutte no se rinde y se niega a cambiar su criterio contrario a facilitar la ayuda económica europea a la Moncloa. Casi cuatrocientos años después no parece probable que Felipe VI reedite aquella victoria de Felipe IV.

Hoy viernes y mañana sábado, Sánchez intentará que el motín del pasado 9 de julio que defenestró a Nadia Calviño– a la Merkel le crecieron los enanos– no se repita. Es decir, que no se reproduzca en el Consejo y en la Comisión de la Unión Europea cuando se fije la condicionalidad para gastar el dinero del Fondo de Ayuda Europeo. La discusión está en quien fija esos criterios y, además, cómo y cuando se analiza su cumplimiento, por mayoría o por unanimidad, en el organismo europeo que se decida aún por concretar. Más concretamente, saber si la Europa de Norte va a tener capacidad para imponer su enfoque liberal a la política social de la Europa del Sur.

Todo depende de Merkel o, quizás, sea mejor decir del Bundesbank. Porque más de un observador europeo se pregunta si la caída de Nadia Calviño para presidir el Eurogrupo no contó con algún apoyo discreto en Berlín. El fin de época merkeliana, coincidiendo con el gran desarrollo de las tesis de los países frugales en amplios círculos de la opinión pública germana, arroja sospechas más que fundadas dada su aplastante hegemonía sobre dichas naciones. No es casual que Pedro Sánchez, tras viajar a varias capitales europeas, empiece hoy a señalar que será necesario que España se vaya haciendo a la idea de que habrá que hacer concesiones que faciliten algún pacto en la Unión Europea.

No habrá, pues, una rendición de Breda como desenlace del actual sitio de Breda. Mark Rutte ha conseguido ya de la canciller Merkel que Alemania proponga un cierto compromiso que, obviamente, no pueden cuestionar ni Sánchez, ni el italiano Conthe. La clave estará en los detalles de la letra pequeña, si no se quiere correr el riesgo de que se aprueba con el tachín, tachán de la orquesta mediática habitual, y luego sea prácticamente imposible acceder a dichos fondos. Sobre todo, por quien evalúa como son gastados cada semestre después de que, claro está, sean aprobados los planes nacionales de reformas e inversiones que deberán presentarse previamente. La salida a este impasse, que muy probablemente tampoco se despeje este fin de semana, bien podría pasar por una mayoría cualificada.

Es decir, habrá ayuda, pero menos de la que se pensaba y con muchas más condiciones de las que pudieron estimarse. El mismo primer ministro sueco, el socialdemócrata Stefan Löfven, ha llegado incluso a manifestarse claro partidario de los préstamos sin ayudas. A la vista de este oscuro horizonte, es sintomático que Italia se esté planteando nombrar un primer ministro técnico, Mario Draghi, al frente de todo un gobierno de unidad nacional para poder hacer frente a la reconstrucción del tejido económicosocial devastado por la pandemia del coronavirus. Ya ocurrió cuando la crisis del 2008 con el gobierno Monti, impuesto por los alemanes, vuelve a ocurrir en 2020, esta vez con iniciativa italiana, para sustituir al precario gobierno Conte.

No es esta la situación de Pedro Sánchez, si logra ampliar su mayoría parlamentaria en la votación parlamentaria sobre los Presupuestos en otoño. Los resultados de las recientes elecciones autonómicas en Euskadi y Galicia van a ayudarle muy probablemente a conseguirla, ya que el radicalismo no encuentra eco alguno en la mayoría de la sociedad española. Después del fracaso de la ofensiva política de Pablo Casado contra la Moncloa, utilizando la pandemia castigada en las urnas, no parece probable que el Partido Popular reitere de nuevo esa enorme equivocación con otra que  pudiera impedir un consenso sociopolítico para afrontar las extraordinarias consecuencias económicas del coronavirus. Máxime cuando Pedro Sánchez no parece que vaya a bunkerizarse en la Moncloa, como se deduciría de una mala lectura de las urnas del 12 de julio.