Cara al foco

Mi padre está enganchado a Intereconomía. La mira con la boca abierta, sin dar crédito a lo que ve y oye. De vez en cuando, hablando del tema, me pregunta dónde acaba el libre ejercicio de la opinión y empieza el delito. Yo, que no tengo la respuesta, le pido que deje de mirar eso, no vaya a ser que le dé una taquicardia. Pero no hay manera. Se ha convertido en un yonqui del fanatismo-show.

Y no es para menos, porque Intereconomía es un accidente de tráfico en mitad de una autopista de la información, imposible no frenar para echar un ojo a la tragedia. Sus tertulias son las snuff movies del periodismo, sangre y vísceras desparramadas por el suelo en nombre de Dios y España. Las estrellas de esta cadena (todas ellas enanas blancas) comparan a Zapatero con Hitler, consideran la homosexualidad una enfermedad y llaman asesinos a casi todos los ministros. La típica gente de centro.

En los estatutos del Grupo Intereconomía, se proclaman defensores de la libertad de expresión. De la suya, se entiende. También dicen defender los valores de la sociedad española, pero no aclaran quién o qué los amenaza. Serán los propios españoles, a lo mejor, o esa cosa llamada progreso que todo lo aplasta. Al fin y al cabo, si los españoles supiéramos defender nuestros propios valores, no tendríamos un presidente terrorista, abortista y gilipollas.

Intereconomía es una anomalía democrática, ese remanente franquista que nos recuerda de dónde venimos. Son memoria histórica viva, hijos y nietos de quienes ganaron la guerra, dejándose el pellejo por mantener viva su herencia. Cara al foco, con la camisa nueva.