Opinion · La oveja Negra

‘No digas nada’: lo que esconde la foto de familia

Portada de ‘No digas nada’

Abandonarlo todo. El sueño de la fuga, de la huida definitiva. La idea luminosa con la que fantasean millones de urbanitas. Escapar de nuestra propia vida. Abandonar nuestra existencia de hombres-caja. Confinados por la cotidianidad en compartimentos estanco (oficina, coche/metro, casa, ataúd) para regresar al lugar donde no mandan los relojes, a la naturaleza, a la vida sencilla, sin complicaciones, donde criar a nuestros hijos libres y confiados. Sin los peligros tóxicos y adocenantes de la ciudad. Pero los sueños tienen un problema cuando pasan del estado gaseoso al sólido. La realidad los estropea con solo tocarlos. Es entonces cuando nos damos cuenta de que manchan, de que pesan, de que duelen. Es entonces cuando nos damos cuenta de nuestro error.

No digas nada, de Raquel Gámez Serrano, editado por Delito, nos habla de sueños rotos, de deseos incumplidos, del horror que se esconde en la cotidianidad de una familia. La versión en catalán de esta novela, No diguis res, fue galardonada como mejor novela del año en el Festival Valencia Negra 2019.

Edit y Jan deciden dejar la ciudad para marcharse a vivir al campo. Allí ella está segura de que podrá quedarse embarazada, tener a Pol, ese hijo que tanto desea pero que nunca llega. Algo que poco a poco se va convirtiendo en una obsesión enfermiza. Lo que motiva que Jan cada vez pase menos tiempo en casa, sin tener que aguantar las constantes visitas de su suegra ni a los engreídos vecinos de al lado, con su empalagosa vida perfecta. Pero el tiempo pasa, y Edit sigue sin quedarse en estado. Así que la pareja decide adoptar y viajan a Ucrania de donde vuelven con Demian. Y lo que debía ser el motivo de su felicidad, el elemento perfecto para comenzar la vida de familia idílica que habían soñado, se convierte en la causa de todos sus males. Porque Demian no es normal. Demian es malo.

Con un ritmo pausado, acorde con el desarrollo de la vida en el entorno rural en el que se mueven los personajes, Gámez construye una novela perturbadora. Creando un ambiente denso, donde la inquietud permanece latente en todo el texto. Un ejercicio de contención a la hora de dosificar los tiempos y los giros de la narración. Una novela escrita con un estilo acompasado y muy cuidado que Gámez utiliza con maestría para ponerlo al servicio de la historia que nos quiere contar. Y esa parsimonia es la que hace que el lector no pueda dejar de pasar páginas deseando saber más, adelantarse a los acontecimientos, llegar al desenlace.

Personajes reconocibles, tridimensionales y bien trabajados. Una novela radicalmente original en su forma y en su fondo. Cuidado, no se corten con las aristas que dejan los sueños rotos.