En la muerte de un mal español

Siempre será un enigma la obsesión de la mentalidad conservadora por acotar hasta el delirio los márgenes –necesariamente estrechos- del usufructo nacional. Con la muerte de Luis García Berlanga se ha recordado esa frase lapidaria de Francisco Franco en un consejo de ministros; ante el exabrupto de un valido, que tildaba al valenciano de “comunista”, el caudillo rectificó: “Es peor que eso, es un mal español”.

El fascismo, por supuesto, es lo conservador quintaesenciado por la violencia y el miedo. Pero no hace falta ser un  exterminador en acto o en potencia para ir por la vida repartiendo pasaportes. Cualquier  fachilla que se precie lleva en el código genético la propensión a delimitar claramente quiénes son los buenos y quiénes son los malos en términos identitarios y eso le pudo pasar a Berlanga en los años 60 y le puede pasar ahora mismo a Jesús Eguiguren. Al presidente del PSE también se le señala como un “mal español” (y lo es en grado sumo y paradójico: ¡es vasco!), pero los mismos que ahora lo usan de diana llegará un día en que lo elevarán, tranquilamente, a padre incorrupto de la patria, si lleva razón y a ETA le quedan dos telediarios.

Al fin y al cabo, García Berlanga ha pasado de ser un  demoledor implacable de todos los tópicos reaccionarios a ese abuelete tan simpático que se tomó las cosas con tanto humor. Una vez muerto, ya puede ser un “buen español”, y sin embargo no hay más que revisar sus películas para comprobar que, si hubo alguna vez un crítico brutal e inclemente de la mentalidad de la España eterna, ése fue él. Con una sonrisa, por supuesto.