La cara oculta de una guerra impopular

17 sep 2010
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A continuación podeis leer  la carta que uno de esos cinco Guardia Civiles escribió a sus compañeros y que tan amablemente uno de ellos me ha hecho llegar para que la cuelgue en el blog junto con la foto de todos los contingentes formando delante de la bandera de España.

Fotografía cedida por uno de los Guardias Civiles destinados en Mazar i Sharif

Queridos comper@s,

Es solo una imagen, de poca calidad pero con mucho significado. Además de querer compartirla espero que de alguna forma os reconforte. Esta mañana el pequeño grupo de Guardias Civiles destacados en Mazar e Sharif (Afganistán) decidió pedir permiso para cambiar la bandera de EEUU que habitualmente ondea en nuestra base e izar la española a media asta en señal de duelo por nuestros compañeros. El Jefe de la Base accedió un poco extrañado, pues era la primera vez que esto ocurría.

Al anochecer íbamos a formar los cinco para arriarla y rendir una pequeña oración.

De pronto, de forma voluntaria se nos unió el contingente francés al completo (izquierda), luego los US Marines (fondo derecha), los polacos y los holandeses (fondo). También nos acompañó, aunque no se ve en la foto, personal civil de Dyncorp (american contractor).

Desde que empezó el año desgraciadamente hay que contar centenares de víctimas de todas las nacionalidades. Sin embargo, este ha sido el primer homenaje que ha se ha rendido en esta Base. No hubo corneta ni himnos, no hubo orden previa ni ensayos, tampoco prensa o autoridades. Solo unas palabras sentidas que a duras penas fueron pronunciadas en su memoria, seguidas de un silencio desgarrador mientras se arriaba nuestra bandera.

J. M. L. ….. va por vosotros!! Viva España y Viva la Guardia Civil!

Contingente Guardia Civil (Mazar e Sharif).

Morir en Afganistán

25 ago 2010
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La serie de fotografías que vais a ver a continuación pertenecen a las dos semanas que estuve acompañando a los Medevacs y a los médicos del hospital afgano en la provincia de Kandahar- una de las más beligerantes de Afganistán. Cómo soy de la opinión que una imagen vale más que mil palabras… para muestra un botón. Algunas de las imágenes son bastante explícitas- aunque no he querido subir las más duras (para que os hagáis una idea creo que sirven estas)- así que pueden herir vuestra sensibilidad…

Un soldado afgano es atendido por el sanitario de los Medevacs mientras es trasladado al hospital. La unidad en la que se encontraba sufrió un ataque de la insurgencia afgana. Presentaba heridas de diversa consideración en ambas piernas como consecuencia de la explosión de una bomba casera. Foto: A. Pampliega

Un joven soldado norteamericano es evacuado al hospital Role 3, situado en la base aérea de Kandahar, después de que su vehículo volase por los aires después de pisar una mina que los talibán habían colocado en la carretera. Sufría un grave traumatismo craneoencefálico conllevando la con perdida de la consciencia. Foto: A. Pampliega

Un civil afgano, de mediana edad, permanece en observación en la sala de urgencias del hospital Militar de Kandahar. Tiene el cuerpo ajado de la metralla de un IED que explotó cuando caminaba por la carretera. Los civiles son los que se están llevando la peor parte en esta guerra. En lo que va de 2010 han perdido la vida más de 1.200 han perdido la vida y casi 2.000 han resultado heridos, según los datos facilitados por la ONU. Esto supone un aumento de casi el 31%. Foto: A. Pampliega

Un niño afgano es trasladado al hospital Role 3 de Kandahar. Permanece en coma profundo debido a un IED. Viaja junto a su abuelo. Según Naciones Unidas el número de niños muertos o heridos alcanzó el 55% en el primer trimestre de 2010 respecto al mismo periodo del año anterior: 176 menores muertos y 398 heridos. Foto: A. Pampliega

Un cirujano afgano del hospital militar de Kandahar opera de urgencia a un civil de las heridas producidas por varias balas que le han rasgado el intestino. Es la segunda operación que sufre este paciente en menos de 48 horas. Su vida corre peligro ya que las heridas se han infectado y la sangre ha comenzado a entrar en el interior del órgano. En menos de dos horas la operación habrá concluido y este cirujano habrá salvado la vida de su paciente. Foto: A. Pampliega

Mala mañana en Kandahar. Los talibán han hecho explosionar varios artefactos explosivos durante la celebración de una boda. En total se cuentan más de 23 heridos, entre ellos unas niña a la que le tienen que operar de urgencia para que no pierda la pierna. El saldo final es de cuatro muertos. Foto: A. Pampliega

Los pies cubiertos de sangre pertenecen a un soldado afgano que sufrió heridas superficiales tras la explosión de un IED al paso de su vehículo en un pueblo de la provincia de Kandahar. La metralla le ocasionó heridas de distinta gravedad en piernas, glúteos y espalda. Foto: A. Pampliega

Restos de sangre de un paciente afgano cubren el suelo del Black Hawk. Esa sangre es la que riega Afganistán desde hace más de tres décadas. El símbolo de una guerra que continúa cobrándose la vida de miles de personas cada año. Foto: A. Pampliega

En Afganistán no hay medias tintas. Aquí se mata y se muere todos los días que para eso es una guerra. Ningún soldado ha recorrido medio mundo para repartir madalenas mientras pone cara de póker. Aquí lo único que se reparten son ‘hostias’ como panes a diario. Hablar de ‘Misión Humanitaria’ o ‘Misión de Paz’ hacer dibujar una sonrisa en el rostro de quienes salen a diario a recorrer los polvorientos caminos de Kandahar o  Helmand. “¿Si es una misión humanitaria por qué nos ponen IED’s en la carretera?”, me responden tras mirarse los unos a los otros incrédulos. Cada cosa tiene su nombre y más en este lado del mundo…  Esto es mucho más serio que una serie de palabras huecas. Aquí no están de broma…

Aquí se lucha contra un enemigo que cada día que pasa es más fuerte y más feroz. Una insurgencia a la que le da igual ocho que ochenta. Les dan igual llevarse por delante soldados de ISAF, policía afgana, soldados del ejército regular o civiles inocentes. No tienen nada que perder… Una insurgencia de rostro ajado por décadas de cruenta guerra y que no parará nunca.

Sería de recibo empezar a llamar a las cosas por su nombre. Quizás así nos iría mejor. Esto es una guerra… y quien diga lo contrario no hace honor a la verdad. Y si no… que eche otro vistazo a las fotografías superiores y que se atreva a ponerle otro nombre. O tal vez un par de semanas con los servicios de evacuación médica le cambien la opinión sobre qué es o deja de ser Afganistán.

Con esta entrada pongo punto y final a esta nueva serie de ‘Crónicas Afganas’. Espero haber estado a la altura de las expectativas y poder volver a recorrer este país dentro de poco… Pero esas serán otras historias. ¡Gracias por leerme!

Un abrazo,

A. Pampliega.

Daños colaterales

24 ago 2010
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Un profundo quejido inunda los pasillos del hospital. El silencio, que hasta ese momento imperaba, es roto por sus alaridos de dolor. Los pocos pacientes que recorren los angostos corredores miran al suelo. Tratan de evadirse y de pensar en otra cosa cuando pasan por delante del lugar del que proceden esos terribles lamentos.

Está recostado sobre la cama. A su alrededor una enfermera y un médico tratan de calmarle. Todo su cuerpo tiembla de miedo. Odia este momento con todas sus fuerzas. Por el rabillo del ojo busca una salida. Un pequeño agujerito por el que huir lejos de allí; a un lugar lejano, muy, muy lejano donde el dolor no le pueda alcanzar. Donde pueda sonreír y volver a ser feliz. Donde poder jugar con sus hermanos y dar un beso cada mañana a su madre…

Tiene trece años. Pero su valor sería envidiado por muchos hombres adultos. Un valor que le hace soportar estoicamente la condena a la que ha sido castigado. Una condena que le acompañará el resto de su vida. Agarra con fuerza las mugrientas sábanas verdes que cubren su cama. Estira el cuello. Aprieta los dientes. Y vuelve a gemir de dolor cuando la capitana Kathy McCloud, enfermera jefe del Hospital Regular Militar de Kandahar, le retira las vendas que cubren las profundas yagas que han convertido su joven cuerpo en toda una oda a la tristeza. Mientras el doctor le echa por encima un poco de suero para aliviarle los dolores. La carne se le ha pegado a las vendas…

Cada cura se convierte en una tortura para este pequeño afgano. Su valor bien merece un reconocimiento. Una lucha silenciada por sus alaridos de dolor… Foto: A. Pampliega

Dos enormes surcos se introducen en la carne. Surcos que antes tenían piel y que ahora son sólo un martirio para este pequeño afgano. Mohammad debe pasar por este calvario cada día. Cada día desde hace más de seis meses- tiempo que lleva hospitalizado en este hospital donde ha encontrado un hilito de esperanza en un mar de sufrimiento. Este pequeño niño no puede catalogarse como herido de guerra. Ninguna bomba inteligente devastó su casa. Sus heridas no son fruto de un IED que explotó mientras caminaba junto a su padre. No. Mohammad no puede catalogarse entre ese alto porcentaje de civiles heridos durante este conflicto.

Sus heridas son fruto de un accidente doméstico. Este pequeño tuvo la mala fortuna de tirarse una sartén con aceite hirviendo encima. Un aceite que le desoyó vivo de cintura para arriba y que le causó terribles y espeluznantes quemaduras que le tenían postrado en una cama. No. Mohammad no es un herido de guerra… Pero si una bomba no hubiese acabado con la vida de su madre hace dos años este pequeño jamás hubiese tenido que verse obligado a cocinar para su padre y sus dos hermanos menores. No. Mohammad no puede echar la culpa a una maldita bomba. Pero sus heridas sí son producto de esta guerra. Sus heridas son un daño colateral. Un daño que le marcará el resto de su vida…

“Este niño lleva con nosotros unos seis meses procedente del hospital civil de Kandahar donde lo estaban tratando hasta ahora. Allí se vieron superados por sus heridas y nos lo remitieron a nosotros para que intentáramos hacer algo por él. Y su evolución ha sido increíble. Cuando vino a penas se podía mover… Ahora recorre todos los días los pasillos del hospital. Poco a poco va recuperando la alegría por vivir”, afirma la enfermera McCloud.

Nadie se acercará hasta la cama de este niño para pedirle perdón por sus heridas. Principalmente porque no hay un responsable directo. La culpa de la sartén. Del aceite. Del padre por dejarle hacer la comida… No. Mohammad no es un herido de guerra. Es sólo un daño colateral.

Mirar hacia otro lado

23 ago 2010
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El tiempo le ha horadado el rostro mientras la vida le ha cuarteado la tez tiznándola del color de la tierra. Sus manos. Las manos de un campesino, cubiertas de callosidades, permanecen entrelazadas en su regazo. La espesa y enmarañada barba empieza a tornarse en color ceniza. Todo un lujo en un país como Afganistán donde la esperanza media de vida ronda los 44 años (según UNICEF). Sus ojos. Sus profundos y sabios ojos almendrados miran por la ventanilla del helicóptero. Está. Pero sin estar. Está. Pero no quisiera estar…

Sus ojos miran al infinito. Miran al desierto que inunda el mundo. Su mundo. Foto: A. Pampliega

A sus pies, su nieto. Permanece inmóvil. Intubado y en coma profundo desde que un IED le dejó en ese estado hace varios días cuando jugaba con otros niños. Una terrible explosión le destrozó la vida. El anciano mira su país desde el cielo. El sol ha comenzado a ponerse en la provincia de Kandahar. Un sol que lo tiñe todo de rojos y anaranjados.  El anciano no reacciona. No se mueve… Vive pero sin vivir. A sus pies el horror. Un horror que no concibe. Que no logra comprender. Que se le escapa…

Evita mirar hacia el suelo. Sabe lo que allí le espera. Lo que se va a encontrar. Prefiere entrelazar los dedos de las manos. Cerrar los ojos y suspirar. No quiere buscar con la mirada el cuerpo inerte de su pequeño al que una máquina le mueve los pulmones y le aferra a este mundo. Ese anciano mira para otro lado. La realidad es demasiado dura para mirarla fijamente a los ojos. Una realidad que en Afganistán se mide por el número de muertos…

Unos muertos que en su mayoría suelen tener rostro de niño. Ellos son los más indefensos. Los que sufren las consecuencias. Sus cuerpos inertes en las camillas. Sus cuerpecitos manchados de sangre o destrozados por la enajenación de unos adultos más preocupados por ellos mismos que de mirar por el futuro de este país. Según un informe presentado por Naciones Unidas, el número de niños asesinados o heridos alcanzó el 55% en el primer semestre de 2010 respecto del mismo periodo del año anterior: 176 menores murieron y 389 resultaron heridos. Un desastre…

Su nieto permanece intubado y en coma profundo mientras un sanitario del equipo de Medevac de ISAF vigila sus constantes. El anciano prefiere mirar hacia otro lado. La realidad es demasiado dolorosa. Foto: A. Pampliega

Cuando la realidad es así de dura; mirar hacia otro lado se convierte en una necesidad. En la única salida para escapar de este sin sentido. Ahora, desde la distancia, entiendo a aquel anciano. Sentado. Con el rostro desconsolado. La mirada perdida y los ojos glaucos. Unos ojos que miraban al infinito. Un infinito que se dibuja en las dunas del desierto afgano…

Un gesto de humanidad

21 ago 2010
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Entre tanta oscuridad hay pequeños rayos de luz que consiguen abrirse hueco entre tanta desesperación. Gestos de esperanza donde nunca esperarías encontrártelos. Instantes que se te quedan grabados en la memoria a fuego. Momentos por los que merece la pena continuar… Ese instante. Ese momento ocurrió hace un par días.

Dos soldados afganos habían sido alcanzados por la explosión de un IED en el sur de Afganistán. Dos chicos jóvenes. Dos vidas unidas por una bomba colocada por la insurgencia al paso de su vehículo. Los dos presentaban heridas de diversa gravedad. Uno de ellos estaba cubierto completamente de sangre, la metralla le había alcanzado de lleno en la espalda y en las piernas. La sangre, siempre aparatosa, hacía pensar que su estado era gravísimo. De los dos era el que más llamaba la atención. El poder de la sangre, supongo… El joven, estaba colocado bocabajo en la camilla. Sin moverse sin reaccionar. Estaba empezando a dormirse. El paramédico que le examinaba le daba pequeños golpecitos en la cara para mantenerlo despierto… Mientras le decía al oído que no se durmiera que estaba a punto de llegar al hospital; que se pondría bien…

A su lado, su compañero se llevaba los dedos a los ojos para limpiarse las lágrimas que le caían en el rostro. Miraba a su amigo, tendido sobre la camilla y sin moverse. Se temía lo peor. Se giró hacia él y le acarició el rostro. Cómo haría un padre a un hijo. Lo hizo en repetidas ocasiones hasta que su compañero abrió los ojos. Entonces le sonrió y le volvió a acariciar. Se mantuvo así un buen rato hasta cerciorarse que su amigo no se dormía… Estaba preocupado por él; olvidándose de su propio estado. De su situación… Una situación crítica.

Los dos soldados afganos alcanzados por la explosión de un IED colocado en la provincia de Kandahar. Foto: A. Pampliega

Tenía el cuerpo cubierto por una manta térmica que le habían colocado en el hospital de campaña de la base norteamericana a la que había sido trasladado de urgencia tras la explosión. El sanitario le rasgó la manta, de color verdoso, para descubrir unas piernas destrozas. El IED le había dado de lleno. El médico norteamericano me miró y negó con la cabeza. Luego, una vez en tierra, me confesaría que es más que probable que perdiese las dos piernas…

A pesar de su estado el soldado no dejaba de prestar atención a su compañero. Le cogió de la mano y le hablaba para mantenerlo despierto. Se desvivió por él durante el tiempo que tardó el helicóptero en trasladarlos al hospital afgano situado en Camp Hero. Un gesto de humanidad que te hace esbozar una tímida sonrisa en la comisura de los labios al recordarlo. Un gesto que cuesta encontrar… y más en un sitio como este.

El eslabón más débil

20 ago 2010
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Permanece inmóvil. Distante. Se mueve sin moverse. La vida se le escapa a cada instante y no es consciente de ello. Lleva tres días en coma y los médicos del Hospital Militar Regional de Kandahar no son muy optimistas. “Apenas ha dado síntomas de mejoría”, afirma el capitán Michael Hampton, uno de los médicos norteamericanos que prestan servicio en este hospital enclavado en la cercana base de ‘Camp Hero’ a pocos kilómetros de la base aérea de Kandahar.

El pecho sube y baja. La respiración es constante y rítmica, pero irreal. Es una máquina quien mueve sus pulmones. Quien lo aferra a la vida. Quien hace latir su joven corazón. Tiene el rostro completamente desfigurado  por culpa de la explosión de un IED cuando patrullaba con su unidad. Pero puede considerarse muy afortunado- a pesar de su estado- ; sus compañeros  no tuvieron la misma suerte. Fueron pasados a cuchillo por los talibán. En la guerra no hay medias tintas y la piedad es ‘pecata minuta’ en un país como Afganistán; donde pertenecer al ejército nacional es un pecado penado con la muerte. A este joven soldado afgano le dieron por muerto… Eso, le salvó la vida- o por lo menos- se la alargó más que al resto de sus compañeros.

Las enfermeras que cambian las gasas que cubren su rostro le miman. “Le llamamos cariñosamente John. Debe de tener la edad de mi hijo… Siempre que puedo vengo a ver sí se ha producido algún cambio y hablo con él, le digo el día que hace. Lo que suele decirle una madre a su hijo”, comenta Sandra Harrison, una robusta enfermera que le coloca lienzos nuevos sobre el rostro bañado en un líquido amarillento que no tarda en impregnar los nuevos vendajes.

‘John’ permanece inmóvil. Distante. Se mueve sin moverse. Foto: A. Pampliega

‘John’ es el testimonio mudo y silencioso que habla de unos muertos olvidados por todos. Unos muertos que a nadie le importan un bledo. Muertos que no aparecen en las estadísticas sobre los caídos en combate en esta guerra. Porque son, simplemente, prescindibles. Nadie guardará un minuto de silencio en su memoria. No se les honra, ni se les recibe con honores de estado. Ninguna bandera cubre sus ataúdes aunque hayan dado la vida por su país. Son soldados de tercera… ¡Qué lástima!, incluso en la guerra hay que tener nivel para morir.

En la puerta de la sala de urgencias del hospital esperan dos médicos norteamericanos, tres afganos y cinco enfermeros. Los Medevacs van para allá con un par de heridos en estado crítico… Están prevenidos. El sonido del helicóptero se cuela por la puerta de urgencias. Los enfermeros emprende, veloces, la carrera hacia el Blawk Hawk que continúa batiendo sus aspas- aún debe regresar a por más heridos. Sacan dos camillas. En cada una un soldado afgano, con rostro desencajado. Son transportados al interior del hospital a toda prisa… Su vida depende del tiempo y, este, se les comienza a agotar.

Hoy ha sido un mal día para el ejército nacional de Afganistán destacado en la provincia sureña de Kandahar. Se han sucedido los enfrentamientos contra la insurgencia dejando un saldo de varios muertos y heridos por ambos bandos. La peor parte se la ha llevado un soldado afgano al que le colocan una sábana blanca sobre su cuerpo inerte. “¿Hora de la muerte? 10:25”, se responde a sí mismo el doctor mirando un reloj que pende de una de las paredes de la sala de urgencias de este pequeño hospital destinado- exclusivamente- a atender a los soldados y policías afganos. “No hemos podido hacer nada por él. Había perdido mucha sangre. El equipo de los Medevacs que lo ha traído lo consiguieron estabilizar en el helicóptero pero venía bastante mal. Apenas tenía constantes. El IED le ha destrozado la pierna desgarrándole la femoral y ha muerto desangrado”, asevera mientras tira los guantes de látex manchados a un cubo de basura situado en el extremo de la sala.

“No hemos podido hacer nada por él”, afirma el Major Johnson. Foto: A. Pampliega

Mientras el Major Johnson, responsable norteamericano del hospital, se retira sin haber podido salvar la vida al soldado; a su lado su compañero, el capitán Hampton, se afana por taponar la herida de otro militar. Tiene un agujero de bala en un costado que le ha perforado un pulmón. La sangre le sale a chorros resbalando entre los dedos del médico norteamericano que se desgañita pidiendo a gritos más vendas para taponar la herida- que tiene el tamaño de un puño. El soldado afgano tiene la mirada perdida. Sus ojos miran al infinito o tal vez a la muerte, que aguarda en el cabecero de su cama a que el médico se rinda… La escena parece salida del pincel del Greco. Perfiles afilados. Miradas perdidas. Atmósfera tétrica. Podría haber sido un figurante en el soberbio ‘Entierro del Conde de Orgaz’ firmado por el genio griego… Un pitido inunda la sala. No hay constantes vitales. La parca, al final, le ha conseguido arrebatar el alma a pesar de los esfuerzos del médico.

Sus ojos miran al infinito o tal vez a la muerte, que aguarda en el cabecero de su cama. Foto: A. Pampliega

“Ese hombre hubiese conseguido salvar de haber tenido chaleco antibalas; pero aquí, muchas veces priman otras cosas”, se lamenta Michael Hampton lanzando con rabia los aguantes al suelo y mirando el reloj de la pared. “Hora de la muerte. 10:55”. Los cuerpos de seguridad afganos son los que se llevan la peor parte en las refriegas. Mal preparados, fatal equipados, son carne de cañón ante una insurgencia feroz que se sabe superior a ellos. Por eso no duda en lanzar terribles acometidas contra el Ejército y la Policía. Son el eslabón más débil de la guerra.

Un día normal

19 ago 2010
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En esta vida, para todo, hay una primera vez. El primer beso. La primera caricia. El primer artículo publicado. El primer viaje… Para aquellos que viajamos a zonas de conflicto hay una primera vez que nunca queremos que llegue. La tememos porque no sabemos sí  seremos capaces de soportarla… Al menos ese ha sido mi caso. Los días previos a comenzar a trabajar con los Medevacs apenas fui capaz de pegar ojo. En mi cabeza, una y otra vez, una idea ¿Estaré preparado? ¿Seré capaz de aguantarlo? ¿Realmente valgo para esto? ¿Qué hago yo aquí?

Por fin llegó el día. Me asignaron helicóptero y tripulación; y a la medía hora ya estaba en el aire en busca de los primeros heridos. Mis manos temblaban mientras preparaba la cámara de fotos. Antes de venir a Afganistán me había documentado sobre lo que me iba a encontrar… Y muchas veces es peor el remedio que la enfermedad… Limpiaba los objetivos y tiraba varias fotos de prueba para comprobar que la cámara funcionaba perfectamente. A lo lejos divisé nuestro destino. Una pequeña base norteamericana perdida de la mano de Dios en mitad del desierto de Kandahar. Las puertas del Black Hawk se abrieron de golpe y los dos paramédicos saltaron a toda velocidad con una camilla mientras yo les hacía fotos desde el helicóptero. Al momento vinieron acompañando a un anciano afgano, que sentaron a mi lado mientras, detrás venían ocho soldados portando dos camillas. La cámara disparaba sin parar captando cada instante.

Las puertas se cerraron de golpe y el helicóptero se elevó en el cielo afgano rumbo al Hospital Role 3 de la base aérea de Kandahar. Dos mantas térmicas cubrían dos bultos que permanecían inmóviles. Uno de los paramédicos comenzó a apartar una de las mantas descubriendo a un niño de unos cinco años llorando desconsoladamente. Tenía las piernas llenas de sangre; aunque aparentemente se encontraba en perfecto estado. A su lado, su hermano- de unos 10 años de edad.

Sus lloros eran engullidos por el estruendo de los motores del helicóptero que lo trasladaba al hospital. Foto: A. Pampliega

Le había practicado una traqueotomía por donde su alma intenta escapar. El segundo paramédico le suministraba oxígeno con un balón mientras su compañero le inspeccionó con sumo cuidado. Retiró la manta térmica y descubrió su cuerpo. Tenía el pecho y el abdomen cubiertos con vendas manchas con la sangre que supuraba por sus las heridas producidas por la metralla. Pero la peor parte se la llevaron sus piernas. Una la tenía destrozada mientras en la otra le habían hecho un torniquete por donde salían dos tubos negros del drenaje. El helicóptero continuó su vuelo por el cielo afgano mientras bajo nuestros pies iba pasando campos yermos regados con litros de sangre de tres décadas de conflictos.

Los dos soldados se miraron. Hablaron por sus intercomunicadores y uno de ellos negó con la cabeza. El paramédico colocó sus dedos sobre la yugular del pequeño y luego sobre la muñeca. No tenía pulso. Le apartó las vendas del pecho y comenzó a practicarle un masaje cardiaco ante la mirada descompuesta de su abuelo que miraba como a su nieto se le escapa la vida a bocanadas. El sudor bañaba el rostro del soldado que es relevado por su compañero que se afana en devolver al pequeño lo que un IED le ha arrebatado.

No sé cómo se llamaba aquel pequeño. No me hizo falta para que las lágrimas me comenzasen a resbalar por la cara mientras no paraba de disparar mi cámara. Las gafas de sol me ocultaban mis ojos y mis lágrimas mientras maldecía la puta guerra y al cabrón que puso una bomba en medio de la carretera para llevarse por delante a ese niño que jugaba con su hermano. Ese niño, de ojos perdidos, es mi primer muerto. Un niño afgano. Un niño sin nombre. Un niño sin portada en los grandes periódicos. Un niño desconocido. Un número más en una guerra que se está cebando con los civiles. Mi primer muerto…

Pese a los intentos de los sanitarios la vida se le escapó. Foto: A. Pampliega

Este post es en honor de ese niño. Para que su muerte no sea como la de otros niños que pierden la vida cada día en Afganistán. Para que su muerte no caiga en el olvido. Dijo hace poco Alfonso Armada que escribir sobre lo que vemos es la mejor terapia que podemos tener los corresponsales en zonas de conflicto… Esta es mi forma de compartir un pedacito de mi vida con los que os pasáis por estás ‘Crónicas Afganas’ para descubrir ese Afganistán que muchas veces permanece oculto… Pero terminaré esta entrada con una frase que he escuchado mucho estas dos últimas semanas entre los miembros de los Medevacs. “Un día normal para nosotros es el peor día de la vida de otra persona”. Un día normal en el infierno…

Banderas a media asta

18 ago 2010
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“Chase B. Stanley, 21 años, especialista del ejército. Nacido en Napa- California. Fallecido el 14 de julio en la provincia de Zabul a causa de las heridas que le provocó un artefacto explosivo que colocaron los insurgentes al paso de su vehículo”. “Justus S. Bartelt, 27 años, sargento del Cuerpo de Marines. Natural de Polo- Illinois. Falleció en combate en la provincia de Helmand”. “Aníbal Santiago, 37 años, sargento del ejército. De Belvidere- Illinois. Falleció el 18 de julio…”. Estos son algunos de los soldados que fallecieron entre la semana del 16 al 22 de julio. Tres de los veintidós norteamericanos que perdieron la vida en Afganistán durante esa semana. Soldados con edades comprendidas entre los 21 y los 37. La inmensa mayoría jóvenes que no superaban el cuarto de siglo de vida.

Sus nombres salieron publicados en el periódico “Air Force Times”- que se puede encontrar en todos los PX’s de Afganistán y que está a disposición de todos aquellos que quieran comprarlo- en la sección ‘Para el recuerdo’. Junto a sus nombres, edades, lugar de nacimiento y motivo de su fallecimiento aparece una pequeña foto con su uniforme de gala y luciendo una sonrisa que ahora parece de despedida. Esta es la forma que Estados Unidos tiene de honrar a sus hombres caídos en combate; poniendo sus nombres en el periódico junto con una foto para que todos sepan quienes son…  Cada ejército tiene sus héroes y sus distintas formas de honrarlos.

La guerra de Afganistán no da tregua y las cifras empiezan a ser demoledoras. Sólo en una semana veintidós féretros cubiertos con la bandera de las barras y estrellas. 135 heridos en combate… Pero si revisamos los números totales son aún peores. Desde el inicio de la guerra- 10 de octubre de 2001- han caído en Afganistán 1.186 soldados y 7.011 han sido heridos; además aún permanece en paradero desconocido el cabo Bowe R. Bergdahl, capturado el 30 de junio de 2009… (Estas cifras pertenecen sólo a los soldados de los Estados Unidos)

Pero las cifras son números. Algo frío. Vacío. Hueco… Sí, quedan muy bonitos todos puestos uno detrás de otro y te hace reflexionar sobre la guerra. Pero en vivo y en directo la guerra es mucho peor… no os podéis imaginar hasta qué extremo. En este viaje a Afganistán quería ver esa realidad que se esconde tras las cifras. Los muertos. Los heridos. Las miserias de la guerra. Lo he querido ver en primera persona… Sin edulcorantes. Sin aditivos. Y os aseguro que es una experiencia que cambia la vida.

En las anteriores ‘Crónicas afganas’ estuve dos semanas empotrado con los marines en la zona de Marjah y recorriendo Kabul, Herat y Bamiyán mezclándome con la población civil- que tiene mucho que decir y muy pocas oportunidades de hacerlo; pero en esta ocasión quería algo especial. Algo que no fuera siempre lo mismo; tiros y más tiros. Aquí pasan muchas más cosas de las que salen en los informativos o en los periódicos pero a las que nadie hace ni caso. Vende más una foto de acción que de un refugiado o un niño llorando porque se muere de hambre…

Por eso, esta vez, decidí pasar dos semanas con los servicios de urgencias de Kandahar para ver este conflicto desde otro punto de vista. Desde la perspectiva de los médicos, enfermeros y pilotos de los Medevacs (Evacuación Médica, en su traducción del inglés) y con los médicos del Hospital Militar de Kandahar, donde son atendidos los policías, soldados y civiles afganos. Espero que en los próximos días disfrutéis con esta otra visión de la guerra; dura, muy dura pero que me ha dado la responsabilidad de contar lo qué es la guerra… Porque venir a Afganistán no es escribir desde tu hotel en Kabul mientras ves la guerra por la CNN… Aquí hay que llenarse las botas de barro y si quieres saber cómo ha ido la jornada sólo tienes que mirar las banderas que ondean al viento que mece el sur del país. Siempre, al caer el sol, las encontrarás a media asta. Llorando por los caídos de una guerra que no hay por dónde cogerla. Porque en Afganistán, todos los días, muere alguien…

Unos periodistas diferentes

17 ago 2010
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Las fotografías y las imágenes que nos llegan de la guerra afgana no siempre salen de la cámara de un periodista que trabaja- o colabora- para un medio de comunicación. Aquí he descubierto otra clase de periodista; aunque quizás este término sea un poco ambiguo ya que se dedican más a suministrar propaganda, tanto interna como externa, que a nutrir de información a las redacciones de medio mundo. Son reporteros que trabajan para el ‘Public Affairs’ (Relaciones Públicas). Son unos periodistas diferentes…

Visten de uniforme militar y siempre llevan, ceñida a la cintura, su arma reglamentaria. Son militares con vocación de periodistas. De hecho, muchos de ellos acompañan a las tropas durante las ofensivas para grabar imágenes que luego serán vistas por todo el planeta. Son los encargados de ensalzar el lado humano de los soldados. Contar historias lacrimógenas y heroicas para subir la moral del personal. Además de limpiar y dar esplendor el nombre del ejército norteamericano. Sobre en guerras como está donde cada dos por tres aparecen noticias que hablan de masacres indiscriminadas sobre la población civil.

“Nosotros vamos con nuestras cámaras de fotos o de video acompañando a los soldados por todo el país. Nuestra misión principal es la de inmortalizar con nuestra cámara lo que hacen nuestros hombres”, afirma la sargento Teresa Coble. “Nosotros, somos soldados. Nunca olvidamos esa parte. Ya que en medio de un combate lo que prima es defendernos y ahí es cuando dejamos la cámara a un lado y utilizamos nuestro rifle para defendernos y atacar al enemigo”, sentencia la capitana Allie Scott; una de las responsables de la oficia de Relaciones Públicas de todo el sur de Afganistán.

La capitana Allie Scott tomando una fotografía en la base aérea de Kandahar. Foto cortesía de la Oficina de Relaciones Públicas.

Acompañar a las tropas entraña sus riesgos. Están en el centro neurálgico del combate. Codo con codo. En primera línea de fuego. Y no siempre regresan a casa. De hecho, “el pasado 18 de junio el sargento James Hunter, perdió la vida cuando un IED destrozó el blindado en el que viajaba”, afirma la capitana Scott. El sargento Hunter tenía así el dudoso honor de convertirse en el primer periodista militar muerto en combate desde 2001.

Todos los que forman parte del plantel de las oficinas de relaciones públicas tienen un extenso historial a sus espaldas. La sargento Teresa Coble, por ejemplo, estuvo destinada dos veces en Irak. Fue una de las primeras en llegar a Bagdad y grabar la caída de la estatua de Sadam Hussein en la Plaza Paraíso. La capitana Scott es la segunda vez que ha estado destinada en Afganistán además de Irak, donde estuvo otro par de veces.

“Nuestra misión principal es ofrecer la cara amable de los conflictos. Niños saludando o soldados jugando con niños. Tenemos terminantemente prohibido grabar a soldados muertos o heridos. Nuestra misión es otra… Es la de subir a la moral de los soldados y contribuimos a ello lo mejor que podemos”, afirma la capitana.

“La inmensa mayoría de nuestro trabajo es utilizado para los periódicos internos que manejan la tropa o para el canal de televisión del ejército estadounidense. Además, nuestra la labor es bien recibida por las familias de los soldados destinados en el frente porque así saben lo que hacen sus hijos”, apunta la sargento Coble.

Pero además, estos periodistas son los encargados de preparar a los soldados para enfrentarse a las preguntas de los periodistas que se empotran en las unidades y aleccionarles de lo que deben o no deben decir. Ellos ofrecen una visión distinta de esta guerra; la visión edulcorada…

“La corrupción es el cáncer de Afganistán”

16 ago 2010
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Desde el aire Afganistán es una amalgama de marrones teñidos con tímidos matices verdes que serpentean el curso de ríos. Vida en forma de agua que da una pincelada de color a un país demasiado oscuro. En cientos de kilómetros pequeños oasis en formas de granjas llaman la poderosa atención entre escarpadas montañas, interminables dunas de arena rojiza y un desierto impenetrable. Esa sería la descripción más fehaciente de lo que sería el sur de Afganistán. Un territorio hostil donde la vida es un milagro.

Vista aérea de la provicia de Kandahar. Lo que serpentea al fondo es una carretera. Foto: A. Pampliega

Viendo este país desde las alturas cuesta mucho creer que Afganistán, desde la caída del régimen talibán hace casi nueve años, ha registrado un crecimiento económico cercano al 10%. Sin embargo esos índices le siguen colocando entre el vagón de cola de los países más pobres del planeta. Es el cuarto país del mundo con la Renta per cápita más baja del mundo sólo superado por Zimbabue, República Democrática del Congo y Liberia. ¿Por qué? Sencillo… Afganistán es uno de los países más corruptos del mundo.

Según un informe publicado recientemente por The Wall Street Journal unos 2.450 millones de euros han salido del aeropuerto internacional de Kabul con destino a cuentas en paraísos fiscales. Dinero que pertenece a la ayuda internacional que anualmente los países donan para reconstruir un país ajado por las guerras y que carece de casi todo. “El dinero en efectivo es metido en valijas, amontonado en pilas y cargado en aviones, se declara y se transfiera de manera legal”, se puede leer en el informe publicado por el diario norteamericano.

Entre los altos cargos que mandan al extranjero el dinero recibido como ayuda internacional figura Mahmud Karzai, el hermano del presidente afgano Hamid Karzai, que también tiene nacionalidad estadounidense. El confesó que “existen posibilidades de corrupción”. Pero en eso se quedó la cosa…

Mientras ingentes cantidades de dinero salen anualmente del país la población civil carece de agua corriente, electricidad, acceso a una sanidad pública de garantías o a una educación. El dinero que occidente destinada a mejorar esta situación desaparece sin dejar rastro. “Afganistán padece un cáncer que se llama corrupción. El dinero que dais, los países del ‘primer mundo’, no llega a los afganos. De cada diez dólares en la población es posible que revierta uno. Los otros nueve se lo quedan los políticos”, afirma Mohammad Salem Wahdat, periodista afgano.

La fotografía- tomada desde un Balck Hawk- muestra uno de los pocos pueblos que se pueden encontrar en la provincia sureña de Kandahar. Casas de adobe salpicadas por pinceladas verdes. Foto: A. Pampliega

“Además, los contratistas compran materiales baratos para levantar casas y debido a su mala calidad los cimientos ceden a los pocos meses. Los miles de millones que los países están enviando a Afganistán están cayendo en manos codiciosas. Sólo tienes que mirar a tu alrededor para verlo con tus propios ojos. Todos los edificios que quedan en pie los construyeron los soviéticos”, sentencia mientras esboza una sonrisa de resignación. A sus palabras no les falta razón. Cuesta creer que la OTAN se gastara en 2009 más de 13.000 millones de dólares en ayuda.

Según la organización Integrity Watch la corrupción se ha doblado desde 2007. La codicia llega hasta tal punto que el año pasado los afganos pagaron cerca de 1.700 millones de euros en sobornos- lo que equivaldría a una cuarta parte del PIB. En un país como Afganistán- y en muchos otros- el dinero te abre las puertas para cualquier cosa y por unos 150 euros- sueldo mensual de un funcionario- puedes acceder a servicios sanitarios o a una educación de calidad sin necesidad de lista de esperas ni de preguntas inoportunas. Mientras los países occidentales mandan dinero a espuertas en Afganistán las carreteras singuen siendo de polvo y arena; y la gente se muere de hambre esperando una ayuda que no llegará nunca. Así están las cosas por aquí…