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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

En 2012, el mundo cambiará para quedarse igual

22 dic 2011
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Los que crean que 2011 fue un año tumultuoso, sólo tienen que esperar a ver las convulsiones que nos deparará 2012, cuando podemos prever que verdaderamente va a cambiar el mundo… para que todo siga igual.

Para empezar, en marzo coinciden dos rituales, vacíos de autenticidad pero cruciales en sus anunciados resultados, en dos superpotencias: las elecciones presidenciales en Rusia, que ganará Vladímir Putin para regresar al Kremlin; y la sesión anual de la Asamblea Popular China, en la que resultarán elegidos Xi Jinping, como nuevo gran líder del gigante asiático, y Li Keqiang, como jefe del Gobierno de Pekín.

En ambos casos, se pretende que nada cambie pero la imposición del continuismo del poder a ciudadanos cada día más indignados con sus gobernantes puede resultar explosiva. En Rusia, aunque las urnas vuelvan a estar rellenas de antemano, el cóctel de un nuevo zarismo corrupto y arbitrario agitado con una desigualdad social rampante amenaza con desencadenar una primavera eslava si los dos tercios de la población que cobran menos del salario medio del país (550 euros/mes) se alzan contra un sistema de oligarcas que ha convertido Moscú en la capital mundial de los milmillonarios (ya son más de cien allí).

En China, los salientes Hu Jintao y Wen Jiabao pronunciarán sendos informes de despedida, pero sus sucesores no tendrán que anunciar sus planes públicamente hasta dentro de un año (Li) o incluso cinco (Xi) porque supuestamente ya están previstos desde principios de 2011. Empero, las consecuencias de la crisis económica global para el coloso de la exportación pueden ser mucho menos previsibles, y si se estanca el crecimiento estallará el profundo malestar provocado por las brutales disparidades entre las grandes urbes y el campo, que aqueja a unos 300 millones de chinos.

Mucho más cerca, en la vecina Francia, a partir de abril se jugará el futuro político de Nicolas Sarkozy, que podría agotarse el 6 de mayo con la victoria presidencial de François Hollande. Sin embargo, y pese a las promesas de cambiarlo todo que lanzará durante la campaña, el líder socialista seguramente mantendrá intacto el eje franco-alemán siervo de los mercados una vez se instale en el Elíseo.

Mucho después, el 6 de noviembre, es más que probable que Barack Obama revalide el inquilinato de la Casa Blanca, sólo porque los votantes norteamericanos tienen miedo a cambiar de timonel en plena tormenta y los republicanos parecen incapaces de presentar un candidato sin defectos de fábrica. Así que, tras muchos aspavientos, EEUU quedará exactamente donde empezó: atascado en la recesión, dividido políticamente hasta la médula y disminuido en su hegemonía mundial.

Entretanto, América Latina se verá sacudida por elecciones fratricidas en México y Venezuela, mientras el arco de la crisis de Oriente Próximo tiembla bajo la presión de los procesos revolucionarios de la Primavera Árabe… algo que nadie pudo prever (incluido yo) hace un año.

Llega el primer año de la década china

21 dic 2010

Desde el primer lunes de 2011, el mundo estará pendiente de la banda del té, un Tea Party que instilará extremismo ultra en la mayoría republicana de la Cámara de Representantes y tratará de descarrilar los grandes proyectos de Obama, sobre todo las medidas que puedan acercar a EEUU hacia algún tipo de Estado de bienestar.
Esos fuegos artificiales del Capitolio deslumbrarán a la opinión pública y eclipsarán el verdadero foco del año entrante: China, que pondrá todas las cartas sobre la mesa en su asalto al cetro de máxima superpotencia mundial. Durante la década que empieza, Pekín desplegará su tremenda potencia demográfica, económica, científica y militar para desbancar al gigante norteamericano con pies de barro fundamentalista cristiano.
En este primer año del decenio chino, el coloso asiático tratará de comprarse el mundo. En realidad, ya ha empezado, y en 2010 las multinacionales con sede en China o Hong Kong han efectuado una décima parte de todas las adquisiciones empresariales del mundo, incluidas inmensas inversiones petroleras y absorciones industriales como la de Volvo por parte de Geely. Al mismo tiempo, en una maniobra financiera maquiavélica, los bancos chinos han concedido créditos a compañías extranjeras por valor de más de medio billón de dólares. Como Pekín ya controla otros tres billones de dólares, en reservas de esa divisa
y en bonos del Tesoro de EEUU, pronto tendrá secuestradas por sus deudas a las demás potencias económicas.
Igual que el planeta seguirá siendo rehén de la amenaza atómica, sea la de la paranoica dinastía Kim en Corea del Norte o de los cavernícolas ayatolás iraníes. En 2011 deberemos seguir tan pendientes de impedir que más mujeres sean lapidadas en Irán como de evitar que el desafío nuclear de Teherán nos conduzca a un holocausto… de la mano de Israel. Hasta el Gobierno australiano ha manifestado su alarma a Washington por la insistencia israelí en atacar las instalaciones atómicas iraníes, planes bélicos que podríamos ver hechos realidad, con todas sus consecuencias, este nuevo año.
También en este caso, la guerra de Occidente contra Irán puede que ya haya comenzado, vistos los misteriosos asesinatos de científicos nucleares iraníes, los sofisticados ciberataques contra los sistemas informáticos estratégicos de Teherán y los sangrientos atentados en las regiones fronterizas con Pakistán y Afganistán.
De este último país deberían empezar a retirarse los soldados estadounidenses en julio, pero antes tratarán de poner un poco de orden en las entrañas del caos y su asalto a los bastiones talibanes en Kandahar y el Waziristán generará un nuevo infierno bélico en el eje del nuevo Gran Juego global.
Aunque para los trabajadores europeos los cuatro jinetes del Apocalipsis serán Merkel –amenazada de nuevas derrotas electorales en Hamburgo y Baden-Württemberg–; Berlusconi –aferrándose al poder con la desesperación del delincuente–; Sarkozy –dispuesto a captar hasta a la ultra Marine Le Pen–, y Cameron, presto a condenar a la miseria a 200.000 niños británicos, en beneficio del gran capital. Como todos.

¿Quién teme a la China feroz? Todos menos Liu

09 dic 2010
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Es la venganza de… Goujian. Medio siglo antes de Cristo, ese monarca de Yue (hoy Zhejiang) derrotado en el campo de batalla por el vecino reino de Fuchai, fingió durante ocho largos años ser el leal vasallo de su enemigo. Pero cada noche lamía la bilis de un animal para no olvidar su afán de desquite. Cuando los excesos del rey Fuchai lo arruinaron, Goujian seguía durmiendo sobre un lecho de broza, pero había acumulado las suficientes riquezas y tropas para vengar su humillación. En el 482 AC, las huestes de Goujian pasaron a cuchillo a Fuchai y a toda su corte. Casi 2.500 años después, Goujian sigue siendo uno de los más grandes héroes del pueblo chino, al que quizá le ha llegado de nuevo la hora de la revancha.
La hasta hace bien poco conciliadora diplomacia china se ha transformado en intransigente y amenazadora; los otrora laboriosos y pacientes empresarios chinos se han convertido en auténticos tiburones multinacionales; el antes defensivo Ejército del Pueblo ha emprendido una agresiva “cuarta modernización” de arsenales que amenaza todo el Pacífico oriental.
El dragón no sólo ha despertado, sino que ruge ferozmente y todos tiemblan a su paso. Como los cada vez más numerosos países que hoy no se atreverán a asistir a la ceremonia del Nobel de la Paz por temor a demoledoras represalias… de momento sólo económicas.
Pero Pekín ha echado el resto contra Liu Xiaobo porque a lo único que teme es a su propio pueblo: a que 1.300 millones de personas reclamen derechos democráticos. Así que la única forma de contener la vendetta del coloso asiático es promover la libertad de sus ciudadanos.

Peligrosos estertores de la dinastía de los Kim

23 nov 2010
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De entre todas las hipótesis y elucubraciones sobre los motivos de Pyongyang para bombardear ahora objetivos civiles en Corea del Sur, llama la atención la de Christopher Hill, ex secretario de Estado y jefe de la delegación de EEUU en las negociaciones a seis bandas sobre el programa nuclear norcoreano. Hill aventura que el ataque de ayer fue ejecutado por los mandos militares de Corea del Norte “sin cobertura política”, porque “no les entusiasma que a Kim Jong-il le suceda su hijo”.
Según esta teoría, la cúpula del ejército está actuando cada vez más por cuenta propia, ante la grave enfermedad del “Querido Líder”, y el rubicundo Kim Jong-un (recién nombrado al frente de la Comisión Militar Central) es incapaz de hacerse con las riendas de una estructura que controla un millón de soldados (en un país de 24 millones de habitantes) y que siempre ha gozado de autoridad y recursos ilimitados.
Estos pueden ser los últimos estertores de la dinastía de los Kim, y de nada sirvieron los dos viajes que hizo Jong-il a China este año para tratar de apuntalar a su hijo menor. A Pekín no le interesa una guerra en su patio trasero, por lo que la impedirá. Pero sí le va bien que Pyongyang siga amenazando a sus rivales comerciales. Y le sería más fácil entenderse con una Junta que con un sátrapa.

El nuevo mundo de la superChina

19 feb 2010
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Las furiosas protestas de Pekín por el encuentro entre Barack Obama y Tenzin Gyatso pueden parecer la misma pose de siempre –cada vez que un presidente de EEUU recibe al Dalai Lama–, sin más intención que la de disuadir a gobernantes menos poderosos de que atiendan al líder espiritual de los tibetanos. Pero sus duras advertencias previas y las perspectivas de represalias, incluida la posibilidad de que el presidente Hu Jintao decline la invitación de visitar Washington en abril, reflejan una tendencia mucho más preocupante de confrontación progresiva entre las dos mayores potencias del globo.
Obama inició su mandato volcándose en la relación con Asia, y sobre todo con China, pero muy pronto se topó con una gran muralla de intransigencia, rayana en la arrogancia. Los gobernantes chinos no están dispuestos a ceder en las relaciones comerciales, ni en temas monetarios, ni en medidas frente al cambio climático, ni en la contención de los programas nucleares norcoreano e iraní, ni en la libertad de expresión en Internet, ni en las demandas autonómicas en Tíbet y Xianjiang, ni en cuanto a la alianza entre EEUU y Taiwán…
En cambio, Obama anuló su primer encuentro con el Dalai Lama (algo que el inquilino de la Casa Blanca no hacía desde 1991) para allanarse el camino hacia la cumbre de Pekín; aceptó limitaciones en su primera visita allí, y ha evitado exacerbar las tensiones con el gigante asiático, por mucho que su secretaria de Estado haga declaraciones indignadas, destinadas al consumo interno, cada vez que el Gobierno chino impone sus intereses a la comunidad internacional.
Lo que está claro es que, después de más de 30 años de transición al capitalismo, China ya no depende de Occidente para su desarrollo: nada en la abundancia de divisas, produce la mayor parte de la alta tecnología del planeta y por primera vez el principal motor de su crecimiento fue en 2009 su mercado interior, por encima de sus exportaciones, pese a que estas superaron las de Alemania.
A medida que China se expande en todos los terrenos, y el tamaño de su economía iguala a la de Japón en el segundo puesto mundial, Pekín muestra un creciente desprecio por el Occidente industrializado y entre sus élites dirigentes cunde la convicción de que su autoritarismo es infinitamente más efectivo que los desvaríos democráticos de sus rivales. Sentimiento reforzado por la recesión del sistema financiero global.
Si China considera que la economía estadounidense ha entrado en la pendiente de un declive estructural, y que los años de la hegemonía mundial de EEUU están contados, las relaciones entre Washington y Pekín cambiarán radicalmente. Y los peligros de ese vuelco geoestratégico son bien difíciles de calibrar hoy.
Aun así, los dos colosos no son sólo contrincantes en la arena internacional, sino también intrínsecamente dependientes el uno del otro. Sus economías padecen tantas servidumbres recíprocas –el gran deudor es aún mayor cliente de su enorme acreedor– que por el momento han de mantener el equilibrio a cualquier precio.
Pero el mundo cambia a gran velocidad, y los que lo empujan son los chinos.

El arte de la guerra en la economía mundial

04 feb 2010
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Parece mentira que Pekín haya terminado por ser el gran paladín de la fortaleza del dólar y el aún mayor defensor de la debilidad de la moneda china. Ni siquiera Sun Tzu –el genial estratega del siglo V antes de Cristo que escribió El arte de la guerra– habría podido concebir un plan tan diabólico para arruinar al enemigo.
Primero, hay que inclinarse ante el poderío económico del adversario e ir pacientemente atesorando sus divisas –por el humilde método de venderle todo lo que desee al menor precio posible–, hasta acumular más de dos billones (sí, con b) de dólares en reservas del Estado. Después, es menester reverenciar el Tesoro del rival, adquiriendo sus bonos de referencia hasta acaparar deuda pública estadounidense por valor de otros 800.000 millones de dólares.
Finalmente, se le otorga al contrincante total preeminencia monetaria mundial, de forma que su dinero sea la referencia de todos los intercambios de materias primas y minerales estratégicos, mientras se mantiene artificialmente bajo el valor del yuan propio con el que se cobran las exportaciones.
Ya sólo queda emplear la colosal reserva de divisas para comprar masivamente yacimientos de recursos energéticos, sobornar gobiernos tercermundistas, construir las infraestructuras que nos permitan extraer y transportar esos bienes, y desarrollar una industria de tecnología punta sin parangón internacional. Y que el adversario se encomiende a Confucio.
Como decía Bruce Lee: “Be water, my friend”.

Otro año de Obama que dominará China

26 dic 2009
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Iba a traer la paz en 2009 y se verá abocado a la guerra en 2010.

El protagonista del próximo año volverá a ser Obama, pero el manto del Nobel no le augura éxitos ni concordia, sino que incluso le puede ser un estorbo cuando afronte los conflictos nacionales e internacionales que se han enconado con la penuria de la crisis económica.

En casa, topará con una feroz resistencia republicana tanto a la imprescindible reforma sanitaria como a la regulación de los mercados financieros, y las guerras externas se convertirán en contiendas políticas internas, pues seguirán llegando féretros desde los frentes de Afganistán e Irak, sin que pueda arrogarse victorias claras sobre Al Qaeda y los talibanes. También esgrimirá sanciones contra Irán, por su programa nuclear, que harán sonar tambores bélicos en Oriente Próximo.

Su gran apuesta será precisamente la de encarrilar el más antiguo y contumaz de los conflictos armados del planeta, pero la paz árabe-israelí y la ineludible creación de un Estado palestino requieren ejercer fuertes presiones sobre el Gobierno de Netanyahu, y esa vía le conducirá a otro enfrentamiento doméstico con el poderoso lobby judío de EEUU. Además, si sus esfuerzos por detener la expansión de los asentamientos en los territorios ocupados y salvaguardar la Jerusalén árabe terminan revelándose infructuosos, su capacidad de influencia global se verá seriamente mermada.

Sobre todo porque Obama pretendía ejercer una presidencia posimperial que ejerciese un poderío blando para defender los intereses de EEUU sin tener que emplear la fuerza militar, salvo en los campos de batalla que hereda de su belicista antecesor.

Algo así como aplicar el principio zen “el que sabe vencer, no lucha”.

Una regla que ha empezado por violar en su propio continente, al sellar una alianza militar con la Colombia de Uribe que ha atizado las tensiones prebélicas con Venezuela y Ecuador, y ha puesto en guardia a un Brasil que trata de implantar su hegemonía regional. En una Suramérica que en 2010 se verá sacudida por dos arduas sucesiones: la del Uribe, que trata de perpetuarse mediante un referéndum constitucional mucho más arbitrario que el que justificó el golpe de Honduras; y la de un Lula que insiste en retirarse aunque eso suponga arriesgar la continuidad de su triunfante proyecto político y económico.

De nuevo, la economía será el verdadero reto del inquilino de la Casa Blanca, que deberá bregar con una China crecida, desafiante tras su rápida recuperación de la crisis, y una Rusia dolida, amenazante por su control de los recursos energéticos que necesita la UE. De las dos, la primera será la que domine la escena internacional, por masa demográfica, peso comercial y potencia financiera.

China tratará de aprovecharse del talante de Obama para seguir imponiendo sus objetivos materiales sin escrúpulos morales. Con el presidente de EEUU enzarzado en combates externos y escaramuzas internas, Pekín tendrá manos libres para comprarse África, cortejar tiranías como la birmana y la norcoreana, y aprovecharse de la debilidad occidental.

Será, pues, un año de Obama que dominará China.

Una cruda alianza entre el islam y China

26 oct 2009
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En menos de un mes, los precios del petróleo se han disparado un 25%, hasta superar los 80 dólares por barril, sin que la incipiente recuperación económica pueda justificar semejante encarecimiento. Así que, planteaba hace pocos días The New York Times, “la pregunta más desconcertante es ¿por qué es tan alto el precio [del crudo] mientras el mundo sigue inmerso en una de las peores recesiones en más de medio siglo?”
La primera explicación está en la debilidad del dólar, que anima a los inversores con euros y otras divisas a comprar stocks petrolíferos en la moneda norteamericana. Maniobra especulativa que esperan rentabilizar cuando se cumplan las previsiones de una gran demanda, el año próximo, por parte de Asia.
Esa es la segunda explicación. China y otras potencias asiáticas se están recuperando de la crisis financiera global con una celeridad inusitada: la recuperación económica más rápida que haya vivido Asia en los últimos 50 años. Los países asiáticos y del Pacífico son responsables del 87% del aumento del consumo energético mundial. Eso, claro, multiplica los precios de las fuentes de energía.
La tercera razón, menos conocida, es la falta de elasticidad del sistema de cotización del petróleo, una vez terminada la era en la que los productores podían extraer rápidamente más crudo en cuanto subía la demanda. Los antiguos pozos en funcionamiento cada vez producen menos porque su capacidad está en declive, mientras que la recesión mundial y la anterior caída de precios frenaron las inversiones en exploración de nuevos yacimientos y desarrollo de nuevos métodos de extracción. Además, las reservas de fácil explotación, el petróleo barato, están en países complicados (como Arabia Saudí, Irak e Irán) o cuyos gobiernos han limitado el negocio de las transnacionales (como Venezuela, Brasil y Rusia).
Según los altos ejecutivos de las multinacionales petrolíferas, su margen de beneficios cuando el barril de crudo está a menos de 60 dólares no les permite invertir en nuevos pozos. Más aún, dicen que el suelo mínimo es de 70 dólares/barril para que su industria prospere. Así que eso es lo que han conseguido, permitiendo una drástica caída de las reservas, con la ayuda de la OPEP, que por primera vez ha cumplido a rajatabla su decisión de reducir la producción para elevar los precios.
En consecuencia, los analistas prevén que el barril estará en torno a los 100 dólares en los próximos años, sobre todo a causa del renovado crecimiento económico de China. Pero existe un cuarto motivo, del que también es protagonista el gigante asiático: su afán por controlar las reservas mundiales de crudo le ha llevado a liderar la maniobra para reemplazar al dólar, como referencia de pago del petróleo, por una cesta de monedas con el euro, el yuan, el yen y una nueva creada por los países del golfo Pérsico.
Ahora bien, ¿por qué el mundo islámico está ayudando a China en ese empeño? No hay más que pensar en las decenas de miles de árabes que han muerto en la guerra de Irak para comprender que Bush perjudicó a los intereses de EEUU más de lo que se cree, al empujar a los países musulmanes en los brazos de la otra superpotencia planetaria.

Obama da su primer puñetazo en la mesa

29 sep 2009
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El golpe ha resonado tanto o más fuerte que los que solía asestar Bush cuando amenazaba con su poderío militar unilateral. Pero al dar su primer puñetazo sobre la mesa del tablero global, Obama se ha arropado de la legitimidad multilateral, del concierto de naciones –esta vez, con el consenso de Rusia y China– para imprimir potencia inteligente a su ultimátum a Teherán.
No cabe duda de que el régimen de los ayatolás es indefendible en su tiranía religiosa, su opresión de la mujer, sus violaciones de los derechos humanos y, últimamente, su flagrante fraude electoral. Por tanto, menos sostenible es todavía que semejantes integristas deban gozar del privilegio de desarrollar sin freno una tecnología nuclear sospechosamente rayana en el rearme atómico. Y que otros fanáticos ya cuenten con el arma final no puede justificar que ese club apocalíptico haya de engrosar con nuevos exaltados.
Ahora bien, ¿por qué eclipsó Obama la gran inauguración del G-20 con un anuncio que podía haber formulado la víspera en el Consejo de Seguridad? Además, un Consejo que por vez primera presidía un inquilino de la Casa Blanca y que estaba precisamente dedicado a la no proliferación nuclear.
¿Será que había que tapar la falta de soluciones del G-20 para otra crisis bien distinta?

¿Y los derechos humanos, qué?

20 sep 2009
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Barack Obama volverá a ser esta próxima semana la gran estrella de la diplomacia internacional; la guía del resto del mundo hacia soluciones multilaterales para todos los males, desde la recesión económica hasta el cambio climático, pasando por la carrera de armamentos. Y lo hará tanto en el G-20 como en la Asamblea General de la ONU, incluso convirtiéndose en el primer inquilino de la Casa Blanca que presida una de las raras sesiones del Consejo de Seguridad a nivel de jefes de Estado o de Gobierno, esta vez sobre desarme y proliferación nuclear.
Pero entre tanta fanfarria de cumbres y conferencias mundiales, con los Ocho Grandes dando lecciones financieras y las potencias atómicas impartiendo doctrina pacifista, todos se van a olvidar de que esa concordia planetaria se está haciendo a costa de descuidar las tremendas violaciones de los derechos humanos que siguen envileciendo las llamadas civilizaciones.
Con la coartada de que es prioritario salvar el sistema económico mundial, Washington ha decidido hacer caso omiso de los abusos de gobiernos que controlan grandes recursos energéticos, monetarios o de materias primas. Ya no importan las restricciones a la libertad de expresión, ni la esclavitud de las mujeres, ni la represión de las minorías, ni las ejecuciones extrajudiciales, si se cometen en países tan cruciales hoy para la supervivencia del capitalismo como son China, Arabia Saudí, India y Rusia.
En cuanto a la Unión Europea, pocas asociaciones mantienen posturas tan diametralmente opuestas como las que airean sus miembros en cada caso particular. Mientras británicos y checos denunciaban la situación en Tíbet, los húngaros proclamaban su “orgullo” por ser “socios de China en el diálogo sobre derechos humanos”; cuando la mayoría de los países europeos acudieron a la conferencia de la ONU contra el racismo en Durban, Italia, Alemania y Holanda se sumaron al boicot estadounidense del encuentro, alegando que era antisionista.
Por supuesto, EEUU seguirá vetando cualquier iniciativa internacional para castigar los crímenes de Israel contra el pueblo palestino; Rusia mantendrá su apoyo a crueles regímenes aliados como el de Irán (que, a cambio, olvida a Chechenia en su campaña mundial de fomento del integrismo islámico); China continuará impidiendo que se castigue de verdad a tiranías como la estratégica Birmania o el petrolero Sudán; y todos los demás países tratarán de emular, en beneficio propio, ese edificante comportamiento de los amos del planeta.
Hace poco, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU avaló formalmente la ofensiva del Ejército de Sri Lanka contra los Tigres Tamiles, en la que perecieron más de 10.000 civiles y tras la cual cientos de miles de desplazados sufren una espantosa catástrofe humana en salvajes campos de concentración.
La descarada falta de principios de las potencias industriales ha provocado el cínico escepticismo del resto del mundo: el año pasado, 117 de los 192 países de la ONU votaron más de la mitad de las veces contra las iniciativas occidentales de defensa de derechos y libertades.
Claro que, si a nosotros sólo nos preocupan los negocios y las armas, ¿qué podemos exigirles a los demás?