Pedro Armestre se mimetizó hace un año con los indignados de Sol para narrar gráficamente el nacimiento, auge y desmantelamiento de la acampada más icónica del 15-M. Habíamos coincidido tres lustros antes en El Mundo y volvimos a vernos en el kilómetro cero madrileño, donde nos cruzamos un puñado de veces a las horas más intempestivas. Lo explico abajo, en el prólogo que me encargó para Plaza Tomada, la intrahistoria fotográfica del epicentro de la Spanish Revolution, documento y arte.
Hoy, el reportero gallego, que trabaja para AFP, amaneció con la instantánea de la detención de un colega tras el desalojo de la concentración del 12-M. “Prensa expulsada para tapar vuestros Ojos”, escribió en su cuenta en Twitter.
Esos ojos, mayúsculos como platos, comenzaron a parpadear en las redes sociales. La imagen del “fotógrafo agredido en Sol por la policía” me retrotrae ahora al fantástico trabajo que nos regaló hace un año. Lo que sigue es el prólogo del citado libro, que no está a la altura (Pedro mide un metro noventa y pico, todo hay que decirlo) de su impagable obra. Difícil abrirle la puerta a un profesional que no cabe por ella.
El castillo de cartón
Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.
- ¿Todavía por aquí?
- Sí.
- ¿En los cartones?
- Ya ves.
Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.
Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.
Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.
Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.
Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.
Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.
- ¿Qué, todavía en los cartones?
- Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.
Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.
Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.
No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.
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Fotografías de Pedro Armestre de la acampada en Sol difundidas por AFP en 2011.
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Desde Sol: La conquista del espacio publico + Todo por un sueño + 25 días en Sol
Por Henrique Mariño
Hoy me levanté ayer. Me he arrastrado por el tablero de plaqueta que media entre la cama y la salita –un ajedrez de cuadrados negros– y me he desplomado en el sillón, como un purasangre reventado. La vida también es debatirse entre bajar o no al súper, escudriñar la alacena y rescatar en el tercer anaquel una conserva del olvido, girar el grifo de la ducha y asistir al milagro de un chorro de agua caliente. A veces sucede que la cafetera pita como un cercanías ante un paso a nivel sin barreras y, cuando te dispones a abrir la nevera, caes en la cuenta de que no tienes leche. La calle como una alternativa hostil.
Yo creo que no debemos dejar de sumergirnos en el metro, hacer cola en urgencias, comprobar cómo ese plástico retractilado puede contener 24 rollos de papel higiénico. Cuando el cielo de una ciudad se convierte en una autopista para helicópteros, como en Sao Paulo o Nueva York, algo falla abajo. Los políticos deberían hacer números con 30 euros en una mano y la lista de la compra en la otra, ir al Congreso en moto o bicicleta (con el hocico bien tapado y más protegidos que un antidisturbios) o apagar la calefacción de su despacho para sentir el frío valenciano. No se puede gobernar para todos desde la atalaya de la moqueta y el parqué. Hay quien lo hizo antes de coronar el escaño, pero ahora le sucede lo que a mí con la desmemoria, o sea, la leche.
Es domingo y algunos ciudadanos se han dejado caer en las urnas de campaña para votar contra la privatización del agua madrileña, que no se entiende tan incolora, inodora e insabora con este cielo, con este río. Mientras lo hago, fantaseo con Esperanza Aguirre, baluarte de la coherencia, exigiendo la dimisión de la delegada del Gobierno en Madrid tras el ataque a su casa. Como hizo cuando el PSOE estaba en el poder y dos fulanos entraron en su finca para llevarse unas peras, ¿o eran unas manzanas? En fin, que pongo la tele y un señor con barba (siempre dudo si el señor con barba está en el Gobierno o en la oposición) dice que “España es un país decente”. Y yo me la imagino, a España, con jersey de cuello vuelto y falda hasta los tobillos.
Pues nada, que me bajo a votar contra la privatización del Canal de Isabel II y, ya de paso, a por un cartón. Cuentan por ahí que el organizador de la consulta popular es un terrateniente: vamos, que no se puede defender que el agua de Madrid sea pública si tienes un piso y unas parcelas. ¡Qué tiempos! La cosa tiene que estar muy mal cuando ya es de izquierdas cualquiera.
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Por Henrique Mariño
Madrid se parece cada día más a Londres. O sea, que te piden un cigarro por la calle y ya frunces el ceño, en plan esta chorba es mía. Nos han hecho europeos por cojones y, cuando te das cuenta, ya piensas que cuatro cuarenta es barato, setecientas pesetas del ala. Y el pico, que ya no abunda, que todo son siglas como los organismos de la ONU: emede, emeá.
Yo salgo a la calle y me encuentro una España floja, la del universitario que pide un pito y me suelta la chapa, como queriendo. Y me larga: “Somos la generación perdida que no tiene nada que perder”. París era una fiesta y Madrid es una mierda.
Mi madre ya decía que la noche no enseña nada, y tiene razón. Después de las doce, sólo se aprende: sales del turno de cierre –valga la redundancia– y en las tripas del metro hay gente que se mira con los ojos inflamados, como con ese azul del fuego, y se dice: “Ella ya salió presa, pero a ti te lo va a decir”. El suburbano, cuando el último parpadeo, es un coche escoba de chinos y fritanga que recoge a las mozas solitarias y a los del Madrid cuando juega.
La noche, a lo que iba, está de oposiciones. Y los zombies del alterne, que también pierden pelo y se deprimen –esa enfermedad tan dos punto cero–, cantan el temario entre barra y farra: “La vida es una puta mierda. Es currar y dormir”, dice uno cuando sales a cumplir la ley, que nos han ventilado los garitos a base de desgraciar a los vecinos con lo del humo fuera. Y mientras el pavo comenta que en el banco le quedan cuatrocientos ídem y el piso le cuesta cien más, una ganga, ya salta otro espontáneo a pedir un cilindrín. Yo no echo la cuenta, pero me hace recordar al bar de Maruja, donde apuraba con Monchiño el recreo del instituto, batiéndonos en duelo al futbolín con mostrencos que juraban tan alto como un cosmonauta. Allí, vendían pitos sueltos a diez pesetas, y pitos nos llamaban a los que llegábamos de nuevas, menudos pollos.
Ya ven, la cosa está así: peña que habla de ir de tripi como quien se va de cámping y raterillos a la caza de smartphones, que tan inteligentes no serán cuando la batería les dura un plis. Hasta para entrar en los antros hay una cola como la del paro, que parece el casting de una peli porno, con la españolada cagándose en todo, oh, shit! Para mí que los eres son los suegros.
En fin, que no me gustan las jarras. En realidad, aborrezco todo lo que tenga asas. Y lo que cada noche tengo más claro es que cada vez que te sirven una cerveza sin gas, cierra un periódico.
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Puta crisis: Cierra Público y yo me descalzo + Para cerrar la herida, abran el periódico
Por Henrique Mariño

La primera vez que me compré unos zapatos tenía 27 años, esa edad a la que las estrellas del rock les da por morirse, que si el Morrison, que si la Winehouse. Eran unos botines negros de dudosa calidad, pero me dolía soltar la guita teniendo la mercancía en casa, por eso me llevé un calzado de palo.
Mi abuelo Don José tuvo a bien establecerse en Carballo en los años cincuenta para cortar el cuero con la precisión de un pulidor de diamantes. Primero se instaló en un bajo que tiempo después albergaría una bodega de vinos, el Submarino, sito en la otrora Plaza del Generalísimo, la que había sido de la Libertad y ahora, por aquello del consenso, la de Galicia. Luego se trasladó a la calle Coruña, entre la plaza del pueblo y la iglesia, a un local añejo que todavía hoy regentan mis padres, quienes continuaron con la tradición zapatera, como casi todos los hijos e hijas del viejo, qué sabio. Yo me crié entre cajas de cartón y un respeto secular por el fuego: vivíamos en el piso superior. “Ten cuidado, Henrique, que si salta una chispa esto es una caja de cerillas”, me decía mi padre. El suyo, sin embargo, murió encamado y con la chusta en los labios, como el que espera la ceniza.
A uno de los hijos de Don José se lo llevó una enfermedad y a otro, la emigración. El resto, ya digo, abrazó los mocasines de ante y los escarpines de tacón de seis y medio. Sólo fue a la Universidad el varón del medio, que terminó convirtiéndose en el referente de la estirpe familiar: estudiar era sinónimo de hacer, como él, Derecho. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de dejar el instituto y lanzarse al mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro. A mi madre le debo poder dedicarme a esto, o sea, al periodismo: ¿qué coño haría yo ejerciendo, en el mejor de los casos, de abogado? Saldría victorioso de algún proceso, supongo, pero por insistencia, como quien vende miniaturas de buda por los bares. Juez y mazo: “Señor Mariño, declaro a su cliente inocente, pero su lengua incesante se va directamente al calabozo”. Cloc.
Cuando llegamos a Madrid, lo primero que hizo mi madre al entrar en el colegio mayor fue preguntar dónde estaba la capilla, como anticipándose a mis pecados. Nada más irse, me sacaron de farra hasta las tantas de la madrugada y, al volver a la residencia, recordé vagamente que había pasado por El Correo Gallego, Cope, Galicia Hoxe, Radiovoz, La Voz de Galicia y EFE. Luego vino la Radio Galega y El Mundo, en el que estaría cuatro años hasta que me fui a Roma, donde compré los zapatos espurios y empecé a escribir para La Voz de Galicia. Después tocó Londres, Sao Paulo y, siempre, Madrid. Si la noche se desboca, el sueño es tan reparador que, al despertarte, te olvidas de dar las gracias: a Fernando García Pablos, Ramón Busto, Paco Pelegrín, Antonio Jiménez, Cristina Abelleira, José Manuel Casal, Pepe Ameixeiras, José Manuel Ferreiro, Ana Romaní, Paco Villanueva, Kino Verdú, Jesús Alcaraz, Alberto Luchini, Juan Manuel Bellver, Cristina de Alzaga, Miguel Ángel Mellado, Ana Rodríguez, Jesús Flores, Luís Ventoso… Y a los colegas, que no precisan cita, porque si los anteriores me enseñaron en su día de qué va el rollo, estos todavía me siguen dando hoy lecciones de amistad.
Tanta enumeración hiede a responso: para no alargarme, termino con los velatorios de ADN.es, aquel periódico digital donde fuimos felices. Seguimos celebrando cada aniversario de su defunción, pero como una vez al año resulta insuficiente encargamos una misa si nos lo pide el cuerpo, que suele ser exigente e incorrupto. Pero cuando ya nos habíamos sacudido el luto y estábamos de alivio, resulta que a Público le da un vahído y ya va uno mirando en el armario si tiene un chaquetón negro, con resultado negativo. Malo será que no sirva alguna prenda oscura, algo que te hayas puesto en los sepelios encadenados de los compañeros de profesión, que parecemos la santa compaña. Pero el jamacuco termina siendo expiración y para mí que una chaqueta de pana marrón es poco seria para un funeral como éste, visto el número de esquelas que ha puesto la gente.
Hoy habrá que ir a comprar pues un chambergo como dios manda y, de paso que bajo, también el periódico. Si tardé casi seis lustros en pagar por unos zapatos, no extrañará que después de tres años me lleve el diario de la competencia. Me imagino que no me resultará tan cómodo como el de casa. Tal vez me sobre algo, la suela resbale o hasta me salga un callo, pero calzar hay que calzarse. Si el vestir comienza en los zapatos, que son los cimientos de nuestro edificio, la democracia arranca en las rotativas. Necesitamos los periódicos como las botas en invierno y las sandalias en verano. Era un euro y veinte, ¿no? Pues a ese precio a lo mejor le digo al quiosquero que me ponga medio kilo. Aunque, en realidad, lo que me gustaría es volver a casa, quitarme los botines negros nada más entrar en el portal y, con los pies desnudos, susurrar desde el felpudo de la puerta:
- Que, mamá, ¿me regalas unos zapatos? Parece mentira, 36 años y todavía descalzo.
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Por Henrique Mariño
Lo bueno del gallego es que cualquiera puede serlo, ya lo decía Castelao, pero a mí hoy me ha dado por hacerme el sueco y no me sale. Dice un señor por ahí que si no aceptas un curro en Laponia, ya te puedes ir despidiendo del paro. Y yo me voy adonde haga falta, pero con las condiciones del vecino: que si los derechos, que si los sueldos. Pero claro, aquí, que nos han inoculado en vena el rollo del piso y la hipoteca, ese solar donde se enraíza el conservadurismo, a ver quién coño se va fuera dejando los ochenta metros plantados en San Chinarro y debiendo los cincuenta kilos al Santander.
Yo, si fuese madre, también querría estudiar (o poder seguir estudiando) mientras alguien cuida de mi criatura en la guardería de la Facultad. Luego pagaría con alegría los impuestos, consciente de que el empleo de esos recursos redundaría en una sociedad abierta, solidaria y progresista que permitiría a los jóvenes emanciparse, formarse como es debido y todas esas cosas que pensábamos que algún día podrían llegar a España, pero no. Vale que somos latinos, ese lugar común donde los lazarillos y buscones se multiplican como Gremlins, pero justo cuando la chavalada se había acostumbrado a salir de casa, como las erasmus borrachas de Fran Nixon, llega todo esto y nos obligan a volver al hogar de nuestros padres con el papel del Inem entre las piernas.
Yo claro que quiero ser escandinavo, incluso europeo. Pero noruego para todo, sueco para todo, finlandés para todo. Si tiramos hacia arriba, no creo que quiera ser islandesea ni Björk, pero ésa es otra historia, casi la nuestra. Ya digo: empezábamos a alejarnos de las faldas de nuestra madre España y entonces vino el sistema padre a atornillarnos al suelo con eso de la casa propia, que en realidad es del banco. Y ahora aparece Feito, el de la CEOE, con su arenga movilizadora, vente para Oslo, Manolo, cuando ya es más nunca que tarde y no nos queda otra que la barricada.
A todo esto, ya lo decía Noeli, en Laponia hace frío, pero yo me río.
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Por Henrique Mariño
Media febrero cargado de absurdos:
- Arde Atenas mientras las polis europeas se sacuden la caspa con las quitanieves.
- El cambio en España vino a ser la reforma, con Rajoy mascullando trein-tai-trés antes del flash (back), más de lo mismo.
- La huelga de los polis de San Salvador de Bahía de Todos los Santos, que reclamaban un aumento de sus magros salarios, termina con decenas de cabezas descerrajadas por los grupos de exterminio, que no dejan de ser agentes del orden sacándose unas perras con las horas extras, en plan chapuzas.
- Beiras deja quieto el zapato y entona la sinfonía del portazo, menos cacofónica que la txalaparta de Khrushchev. Del susto, la foto de familia del Bloque se cae al suelo y la conciencia barbada aprovecha para salirse del marco, como acostumbran a hacer las ánimas por el de la ventana: en Galicia, donde una linde bien vale un magnicidio. Si la de Fraga fue una sorpresa repentina, la de Beiras era una muerte anunciada, tras los avisos de la refundación y los agüeros de la Asamblea Nacional.
- En cuanto a los disparates de andar por casa, uno que me recuerda a España: hace un mes y medio, en año nuevo, me encuentro con un aquapark en la cocina. Le dejo una nota al vecino de arriba cuando llego del curro por la noche, ya que no contesta a mis llamadas al timbre, y me la devuelve a la mañana siguiente por debajo de la puerta diciéndome que se va de viaje. Sigue lloviendo sin parar, hasta que un día se cuela en mi casa un señor (a los quince minutos descubro, porque me da por preguntárselo, que es el fontanero) que le hace un agujero al techo, como si fuese el desagüe de todos los océanos (y yo abajo). Otro día aparece el del seguro, toma nota de los desperfectos (también se jodió la vitrocerámica y el horno) y se va. Más adelante llega un pintor (del seguro), me oye, mira hacia arriba y descubre las cosas buenas que tiene mi techo: también se abre sin resolver nada porque resulta que, antes de darle a la brocha, necesita a un albañil para que le tape el agujero. Luego no viene nadie. Pasan dos o tres semanas. Me llama la dueña del piso de arriba y me cuenta un rollo. Envía de nuevo al señor de los quince minutos de fama (el fontanero del agujero), que entra en la cocina y observa la escayola mutante, que unas veces me parece un Barceló y otras se me aparece la virgen (en la escayola, lo típico). Pues nada, me dice, que ya tapo yo el agujero (albañil), pinto el techo (pintor) y ¿qué me has dicho de la cocina? Con tanta gotera, le explico, el horno no funciona y cuando enciendo la vitro salta el automático (creo que se dice así). El señor (por no llamarlo fontanero-albañil-pintor, aunque le echo entre mi edad y la de Xabi Alonso) se pone a hurgar con un destornillador en el aparato y, antes de que me dé tiempo a jurarle desde la salita que no escondo los millones ahí, me lo encuentro con el horno en la mano (bueno, en el suelo) y con el hueco en la pared. Para no liarme, termino: me dice que funciona (¡-?) y pasa a revisar la vitro: ahí yo me dispongo a hacer una simulación: cojo una olla, la pongo a hervir, dejo que caiga agua sobre el fuego y, antes de que todo salte por los aires, se enciende un piloto amarillo que en realidad está fundido desde la inundación: apago y listo. Entonces, el señor (¿o debería llamarlo electricista?) me dice que viene el lunes, o sea, dentro de cuatro horas, a tapar el agujero. Del seguro no sé nada, pero sí que la señora de arriba, en vez de aplicarse y hacer las cosas como dios manda, ha vuelto a recurrir al hombre orquesta para que me devuelva a una existencia rutinaria de sopas de sobre y pizzas congeladas. No sé cómo explicarlo, pero mi cocina me parece un trasunto de España, ¿que no?
(Por cierto, que si la historia esta les parece más interesante que los peñazos de costumbre, yo encantado de contarles mi vida: hoy la irresponsabilidad ajena personificada en el desastre de la cocina, mañana mis problemas con las compañías telefónicas, pasado el billete fantasma de Spanair y el pico del nuevo pasaje que he tenido que agenciarme, y así. Al menos, con mi escritura y su lectura, me descargo y lo voy echando todo para afuera).
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Por Henrique Mariño
Hoy cambiaron el Twitter y me he sentido como el emigrante que regresa de Basilea en agosto y explora, diletante, la interfaz de su esposa. Todo parece estar ahí, sin embargo recorres a tientas cada pliegue de su piel como la primera vez. Uno piensa que es progre hasta que te alteran la maqueta del periódico, y a partir de ahí la vida es un acostumbrarse a esa fisonomía mutante: que si el cuerpo, que si los hijos, que si el apartamento. Todo medra, aunque un día dejamos de crecer y nos convertimos en Benjamin Button: que si los sueldos, que si el convenio, que si la cuenta menguante.
La erótica del poder también está en horas bajas, como una verga flácida, y hay quien para vigorizarla le añade una ce: fláccida, que suena como a clamidia. Los gobernantes pervierten incluso los adjetivos, que son la gasolina del deseo: las reformas laborales han pasado de ser “duras” a “intensas”. Y las clases magistrales sobre la reducción del déficit parecen extraídas de libros de autoayuda que antes te llegaban a casa envueltos en papel de estraza y hoy lucen en las góndolas de los hipermercados. “Si se hace demasiado rápido, frenará el crecimiento y alargará la recuperación”, insinúa un político de bata blanca en su precoz discurso eyaculador.
Traducción: antes follar era malo, pero resulta que ahora estás jodido si no te echas al monte de venus. Yo entiendo entonces que frenar el déficit es como meter la puntita. Y todo esto debe de ser lo que llaman el sex appeal de la política. La verdad es que provoca impotencia.
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Etiquetas: Fraga
No sé por qué todo dios tiene que escribir sobre Fraga, un señor con muy mala hostia y peor paternidad: que si la ley, que si la braga. Ese ser oscilante que un día firmaba una condena a muerte y al siguiente ordenaba que le tocasen la gaita, al principio como a todos pero luego en plan gangbang. Yo no hablé antes de él porque su muerte me pilló trabajando, algo de lo que presumía Don Manuel, pero ni el trabajo redime al hombre (como tampoco lo absuelve de sus actos) ni todos los abuelos son buenos. A Fraga no lo dulcificaron ni las arrugas y si nunca se afeitó el bigote fue porque carecía de él. A mí un anciano que deja atrás a su comitiva, no por tirano sino por plusmarquista, no me parece de fiar. Y como otros lo vieron en Londres haciéndose las embajadas, yo asistí en Fitur a la yinkana de los stands, donde terminó reventando a los caballos y, de paso, a los de la prensa, que a cada parada caían rendidos y regaban con espuma la moqueta.
Fraga se va y los constitucionalistas se echan las manos al Estado. Y en Madrid, que era un asfalto baldío, llueve de nuevo, aunque para mí que sólo lo han llorado de corazón los 100 Pipers, quienes han tenido que esperar al pitido final para volver a la faena. Sospeche, lector, de los entierros de quince curas y de las romerías de mil gaiteiros, porque en la exhalación algo falla. Ondea, pues, un pañuelo blanco salpicado de aquello: el adiós a un hombre que no pudo reinar y se conformó con sacar el cinto en la taifa donde había nacido, porque al final lo que queremos todos es que te reconozcan en el pueblo. Donde unos ven una carrera meteórica, yo veo un currículo abaneante, ora hasta la ventana de un segundo piso (como Grimau, que terminó cayéndose), ora hasta la falda de un monte (pongamos Montejurra).
Un exministro franquista pasa a mejor vida y ahora todo quisque estuvo en Fraga, que hasta parece el padre del 68.
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Por Henrique Mariño
Un día te caes de la cama y, mientras observas la pelusa hacinada bajo el somier, te percatas de la existencia de una nueva realidad a ras de suelo. George Eastman vivió de película hasta que la gente pasó del rollo, y hoy Kodak se escora 90 grados, como el Costa Concordia. Estiras el brazo para encender la radio y, arrugado en la plaqueta, flipas más que la madre de Good Bye, Lenin! asistiendo a la caída del muro de Berlín. Nada tiene sentido: las mujeres y los niños ya no son los primeros en abandonar el barco, porque ahora es el capitán quien da la vez; y, mientras buscan a los desaparecidos en las bodegas del crucero, se nos aparece una joven moldava que viajaba de ganchete de Schettino. La gente se extraña de estas cosas porque no ha visto Crash, pero el asunto pasa del thriller erótico a la economía sumergida. Su nombre no aparece en la lista de a bordo: ¿amante indocumentada o currela sin contrato? A mí lo que me fascina es el adjetivo del titular: moldava. Y el participio: enfiestado.
Ya digo que por aquí abajo todo es distinto. El Mirandés sumerge un pie en las semifinales de la Copa del Rey y comprueba que puede meterse: el metal no está tan frío. Montoro anuncia que quiere entrullar a quien gaste mucho, supongo que también a los de casa, y Malamadre le guiña un ojo al Releches mientras vocea: “Al fondo hay sitio”. Un juez lo tiene negro por (presuntamente) trincar a unos mendas que presumían de lavar más blanco. Y así.
Hasta se muere Fraga, el oxímoron del invierno.
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Por Henrique Mariño
El otoño es un paso a nivel sin barreras ante el tracatrá del invierno. Septiembre llegó con sus hojas y sus eres, más precipitados que caídos. Enero, encostado, le trajo al niño un iPad donde todavía busca qué coño es la mirra. Y nosotros, bajo el puente, mudando de etiqueta, del 20 al 30 y del 30 al 50 por ciento. No es la crisis, son las rebajas. Valemos lo que nos paguen, pero no hay quien compre: periodismo de saldo. Con el otoño llegó a Oviedo un hombre que no sabe de dónde vienen las canciones, Leonard. Con el invierno se va de Xixón un tipo que entendió que el cine alumbra en Lund o Tánger. Lukas Moodysson y Oliver Laxe en la tela de un impaís donde muchos se creyeron capitanes, aunque fuese de la escalera B.
En Madrid no llueve, pero mi cocina hace aguas. Los pobres de las favelas viven por encima de sus posibilidades. La tasa de desempleo es el nuevo sexo: paro oral, ya no nos llevamos otra cosa a la boca. Google indexa los concursos de acreedores y la tabla del ibex ha sustituido a las chavalas de los clasificados en las preferencias del lector salmón. No queda otra que nadar contracorriente, río arriba, el agua helada y los tercios de cerveza a 4,50. Los soldadores no hacen horas extras y a nosotros nos sellan los periódicos. Los departamentos de recursos humanos tienen diarrea, pero sus gabinetes de prensa prefieren llamarle gastroenteritis a la cagarría laboral. Hace diez días que no enciendo la televisión. Ni para ver el parte.
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