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El tablero global

Carlos Enrique Bayo

El 11-S fue utilizado como coartada para imponer el orden mundial ‘neocon’

12 sep 2011

Diez años después, todo el mundo habla de las consecuencias, pero casi nadie se pregunta por las causas. Así que… empecemos hablando de las consecuencias. Sobre todo, de la catástrofe económica que hemos heredado de la insensata respuesta neocon a la hecatombe del 11-S.

George W. Bush reconoció hace unos días al National Geographic Channel que ganó la Casa Blanca en 2000 prometiendo una política exterior “modesta”. Un año más tarde, halcones como Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz se apropiaban de la agenda internacional de la única superpotencia, convirtiéndola en una contienda bélica permanente e interminable: la guerra contra el terror que, por definición, se prolongará hasta el fin de los tiempos. Pero, lo más relevante es que “ninguno de ellos se fijó en la economía, igual que ninguno de los teóricos neocon, como Kagan, Krauthammer, Kristol o Lewis, se ocupó tampoco de los problemas económicos”, explica Peter Beinart, investigador de la New American Foundation, quien en su día fue adalid de la invasión de Irak.

“Los neocon se hicieron con el timón de la política exterior de EEUU después del 11-S”, admite Beinart, “pero sólo pudieron manejarlo porque el 11-S le había metido el turbo al motor de la nave. Y ese motor era la disposición de los estadounidenses a derramar su sangre y gastar su fortuna en el otro extremo del mundo. Hoy, ese motor chisporrotea y la mayor parte de los norteamericanos ya no creen que eso por lo que luchamos en Afganistán merezca sacrificar las vidas de sus jóvenes, ni que seamos capaces de pagarlo”. Ningún ideólogo de la Administración Bush se centró en los problemas económicos que estaba generando su doctrina neoliberal y que acabarían llevando al planeta a la catástrofe financiera. “El neoconservadurismo post11-S daba por sentado que siempre habría dinero para una política exterior cuasi imperial”, continúa Beinart, “y que, si fuera necesario, siempre se podría recortar el gasto público para asegurarse de que al Pentágono no le alcanzaran los tijeretazos”.

A los neocon nunca se les ocurrió que EEUU no podría permitirse sendas guerras en Afganistán e Irak. Esas contiendas, según la estimación “más conservadora” de la Universidad de Brown, no sólo causaron la muerte de 137.000 civiles y convirtieron a 7,8 millones de personas en refugiados, sino que también supusieron un coste económico total (incluyendo los intereses de la deuda contraída para sufragarlas y la atención médica de los veteranos heridos en ellas) de unos 4 billones de dólares. Es decir, “equivalente a los déficits públicos acumulados [por EEUU] durante los seis años que van de 2005 a 2010″, constata The Economist.

Cuando toda la derecha de Occidente considera deber patriótico eliminar cualquier déficit público incluso al precio de acabar con el Estado del bienestar, es sangrante constatar que sus padrinos neocon despilfarraron en dos guerras sangrientas una fortuna equivalente a tres años del PIB de España. Con resultados bien poco rentables. En Irak, Al Qaeda cometió hace poco 42 atentados en un solo día, mientras que el Gobierno de Al Maliki en Bagdad es más cercano al de Teherán que al de Washington. En Afganistán, los talibanes están cada día más fuertes, este agosto fue el mes con más bajas norteamericanas desde la invasión de 2001, y el número de civiles muertos en acciones armadas insurgentes o bombardeos aliados no hace más que batir récords.

Paul Kennedy, catedrático de Historia y de Seguridad Internacional de la Universidad de Yale, sostiene que el efecto más importante del 11-Sfue “distraer” a EEUU de sus dos verdaderas prioridades: la geopolítica global y la prosperidad económica. Washington descuidó Latinoamérica, que hoy se ha desarrollado al margen de la influencia estadounidense, igual que se desentendió de otras áreas del mundo vitales, como China, Rusia… incluso Europa, salvo para presionarlas -hasta rozar el conflicto diplomático-, con el fin de que apoyasen sus aventuras militares.

Al mismo tiempo, “la combinación de carísimas guerras lejanas y las inexcusables rebajas de impuestos que favorecían a los ricos tuvieron efectos nefastos sobre el déficit federal de EEUU, la creciente dependencia estadounidense de fondos extranjeros y el futuro del dólar a largo plazo”, subraya Kennedy. “El tejido social [de EEUU] se está haciendo jirones, las clases marginadas crecen y el sistema de educación pública se desmorona. Y, para mayor desastre, aparece un Tea Party proponiendo políticas que agravarían esa doble distracción de EEUU. Ese puede ser el auténtico legado del 11-S, mucho después de que las tropas estadounidenses se hayan retirado de las
alturas del Hindu Kush”.

Los neocon del Tea Party

Es debatible si el surgimiento del Tea Party forma también parte de la herencia de ese pensamiento único que tomó el 11-S como coartada para imponer un nuevo orden militarista, imperial y despiadado, pero no cabe duda de que muchos de los principios que animan al nuevo movimiento ultra norteamericano son calcados de las drásticas decisiones adoptadas por la Administración Bush tras la caída de las Torres Gemelas. El gobernador de Texas, hoy favorito en el Tea Party, Rick Perry, está siendo asesorado en su campaña por Donald Rumsfeld y Doug Feith, destacados neocon que diseñaron gran parte de laestrategia bushaniana.

Un ejemplo del paralelismo entre el Tea Party y la ideología neocon está en la política de inmigración. Sólo ocho días después del 11-S, Bush firmó la Patriot Act, por la que los extranjeros pudieron ser detenidos indefinidamente y sin derecho a un juicio justo. Las normativas y prácticas represivas posteriores, organizadas en torno a un departamento de seguridad (Department of Homeland Security), que agrupó un año más tarde a las 22 agencias federales de seguridad e inteligencia, continuaron castigando a los inmigrantes con deportaciones por meras infracciones, violaciones de sus derechos civiles y una constante persecución policial que vulnera el principio constitucional de igualdad ante la ley. Bush firmó directivas para otorgar a las autoridades locales poderes ejecutivos contra extranjeros sospechosos de terrorismo que son muy similares a las medidas antiinmigrantes que el Tea Party impone en los estados fronterizos y las ciudades donde gobierna.

Se argumenta que los seguidores del Tea Party son radicalmente opuestos a ese Gran Hermano en el que Cheney, Bolton, Perle y otros asesores de Bush convirtieron el Gobierno de EEUU, espiando las comunicaciones de todos los norteamericanos y extendiendo por el mundo las cárceles secretas de la CIA y las entregas de sospechosos a regímenes aliados especializados en torturar detenidos. Pero las convicciones extremistas del Tea Party sí tienen mucho que ver con ese credo intolerante de que el supuesto buen fin que se persigue justifica cualquier medio por brutal y cruel que sea, como el manual de torturas que elaboraron para la CIA los letrados de la Casa Blanca John Yoo y Jay Bybee, hoy magistrado federal de apelación.

La poderosa máquina propagandística puesta en marcha tras el 11-S llegó a convencer a los estadounidenses de que para defenderse del terrorismo tenían que condonar violaciones de derechos humanos y hasta renunciar a garantías constitucionales como la primera y cuarta enmiendas -que defienden la libertad de expresión y reunión y protegen contra registros y detenciones arbitrarias-, frente a las que el equipo de abogados de Bush redactó argumentaciones jurídicas que justificaban poderes presidenciales por encima de ellas.

Gran parte de la opinión pública norteamericana está ahora imbuida de la creencia de que el penal ilegal de Guantánamo, las detenciones arbitrarias y sin derecho a defensa, el encarcelamiento indefinido sin proceso legal, juicio ni sentencia, e incluso la aplicación de tormentos como el waterboarding (llevar al reo al borde de la muerte por asfixia en agua) han sido necesarios y lo seguirán siendo para defender la democracia. Ni siquiera se plantean que eso no es democracia, pues celebraron alegremente que se hubiera asesinado a Bin Laden, tras arrancarle su rastro a Jalid Sheij Mohamed, en un interrogatorio durante el cual se le sometió al waterboarding 183 veces en su primer mes de cautiverio.

El fracaso de la guerra de Irak

Cheney acaba de publicar unas memorias (In My Time) en las que reivindica sin ambages toda la panoplia de abusos e iniquidades de la guerra contra el terror, pese a que es ya evidente el fracaso de la guerra de Irak, que los neocon pretendían que fuera el catalizador de una ola de cambios democráticos en todo Oriente Próximo. “Un nuevo régimen en Irak servirá de ejemplo de democracia espectacular y estimulante para las otras naciones de la región”, proclamó Bush en el American Enterprise Institute justo antes de desencadenar la guerra.

La realidad es que los pueblos de la zona “en vez de sentirse estimulados, sintieron repugnancia por la violencia, el caos, la quiebra de los servicios públicos” que generó la invasión de Irak, explica Paul R. Pillar, veterano especialista de la CIA y hoy profesor de Estudios de Seguridad en la Universidad de Georgetown. “El defecto fatal del sueño neocon fue el convencimiento absurdo de que algo impuesto desde fuera por EEUU podía motivar a los árabes para que se movilizasen en defensa de la soberanía popular (…). El cambio político no puede ser impuesto por una potencia exterior, ni mucho menos a cañonazos”.

Lo que ocurrió fue que “en Irak el tiro les salió por la culata, y hoy los gobernantes que impusieron en Bagdad están más bien resistiéndose a la propagación de la democracia, en vez de inspirándola”, asegura Pillar. “Es difícil comprender cómo los neocon lograron convencer a tanta gente, hace una década, de su insensato experimento, aunque sin duda el efecto estupefaciente del trauma nacional generado por el 11-S explica gran parte de ese fenómeno horrendamente erróneo”.

Las verdaderas causas

En cuanto a las causas del 11-S, se han tratado de ocultar tras la cortina de humo de que Al Qaeda sólo tiene una motivación religiosa integrista, argumento esgrimido por el informe oficial de 2004 de la Comisión Nacional creada por el Congreso, cuyos dos máximos responsables, Thomas Kean y Lee Hamilton, admitieron después: “Era un tema sensible y los comisionados que adujeron que Al Qaeda se guiaba sólo por ideología religiosa, y no por oponerse a la política de EEUU, rehusaron mencionar el conflicto palestino-israelí. Creían que, si se exponía el apoyo de EEUU a Israel como la raíz causal del ataque de Al Qaeda, entonces se indicaría que EEUU debía revisar esa política”.

Por tanto, jamás se establecieron las verdaderas causas de que la red terrorista atacara tan ferozmente a EEUU, ni lo que motivó a tantos suicidas a inmolarse en los aviones empleados como armas. Pero los motivos estaban bien claros, como exponen Anthony Summers y Robbyn Swan en El undécimo día: “Todas las pruebas indican que Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles (…). Era sin duda el principal resentimiento político que movía a los jóvenes árabes” que prepararon los atentados. Es decir, los autores de la matanza creían que con ella los estadounidenses se fijarían en “las atrocidades que EEUU comete en su apoyo a Israel”.

Ni Israel ni los palestinos son jamás mencionados en las informaciones sobre el 11-S. Y la respuesta neocon al mayor ataque terrorista de todos los tiempos sólo agravó esa heridaen el mundo árabe e islámico, además de mutilar los valores democráticos con los que Occidente siempre se sintió superior al resto del planeta.

El final de la guerra civil libia será otra pesadilla

21 ago 2011
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En la euforia de la inminente caída de un régimen tiránico, la OTAN puede pretender que olvidemos el mandato que recibió de la ONU para intervenir en el conflicto libio: proteger la vida de la población civil, que estaba siendo masacrada por las tropas de Gadafi.

Así hicieron los aviones aliados al impedir que las columnas de tanques de los mercenarios asaltasen Bengasi a sangre y fuego. Pero, en los meses siguientes, el papel bélico de la Alianza ha sido claramente de participante exterior en una guerra civil desigual, en la que sólo los bombardeos occidentales lograban igualar la contienda.

Ahora, con el régimen libio desmoronándose, la intervención militar extranjera puede toparse con su irresoluble contradicción intrínseca: si los insurgentes asedian y atacan Trípoli y los seguidores de Gadafi resisten, los civiles que correrán gravísimo peligro serán los habitantes de la capital, así que tocaría bombardear a nuestros aliados rebeldes para proteger a los tripolitanos inocentes.

Incluso si el Ejército gadafista se derrumba en cuestión de horas, se alzará la amenaza del vacío de poder, el caos, las venganzas sanguinarias y los saqueos generalizados, como ocurrió tras el colapso del régimen de Sadam en Irak. Los dirigentes del Consejo de Transición difícilmente controlarán la situación desde la lejana Bengasi y tampoco se sabe si sus cabecillas están de verdad dispuestos a renunciar a ambiciones autoritarias y convicciones islamistas.

En un país fragmentado en tribus, carente de estructuras de gobierno por 40 años de dictadura paranoica y librando una brutal lucha fratricida, la injerencia armada de la OTAN puede instigar una pesadilla peor de la que evitó.

Son antisociales, sí, porque se les expulsa de la sociedad

12 ago 2011
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Sólo hay que leer los titulares de los análisis que proliferan en los medios para descubrir un esfuerzo conjunto, casi unánime, por negar cualquier origen de desigualdad social en las revueltas urbanas inglesas: “No son los recortes”; “Aquí no hay reivindicaciones sociales”; “Los disturbios tienen más que ver con el consumismo que con el malestar político”…

Son decenas las argumentaciones que procuran desvincular el estallido de violencia de la marginación y la pobreza, en una de las naciones más opulentas; que culpan a padres canallas incapaces de educar a sus hijos; que hablan de la “cultura de dependencia” de haraganes acostumbrados a vivir de subsidios. Hasta se arguye que no se puede hablar de “revueltas sociales”, como si esos jóvenes estuvieran fuera de la sociedad, expulsados de ella.

“Esto no tiene que ver con la pobreza, sino con una cultura que glorifica la violencia, desprecia a la autoridad y sólo habla de derechos, pero no de responsabilidades”, proclamó ayer Cameron, miembro destacado de la élite aristocrática, hijo de broker, educado en Oxford y paradigma de la jet-set society a la que jamás accederán esos “rufianes” a los que tanto desprecia.

Sí, son violentos. Sí, saquean esos productos tan codiciados de alta tecnología que saben que jamás poseerán, porque nunca saldrán de la miseria. Sí, desafían a la autoridad que suele hostigarles en las calles. Sí, malviven de los subsidios porque no tienen empleo, ni educación.

Pero ¿son ellos los únicos culpables de todo eso? ¿No tiene responsabilidad ninguna esa élite multimillonaria a la que pertenece Cameron y cuya política de austeridad consiste en recortar los servicios públicos para pobres?

Las recetas de Cameron y los “rufianes”

11 ago 2011
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Según el sagaz análisis esgrimido ayer por David Cameron, lo que está ocurriendo en los barrios marginales de Londres y de muchas otras ciudades inglesas no es más que una explosión de “violencia irracional”, que se extiende por un fenómeno de simple “imitación”, y está protagonizado por bandas de “rufianes” que serán “derrotados” y sometidos a “todo el peso de la ley”. Se triplica el número de policías en las calles, se ordena a los agentes que empleen tácticas más “robustas” y se persigue a esos “matones” identificándolos con los vídeos de las cámaras de circuito cerrado que se desplegaron a miles en Londres ante la amenaza de Al Qaeda.

Asunto resuelto, pues. Y es de esperar que esa sabia estrategia sea aplaudida desde aquí por el mismo que consideró que la gestión económica de Cameron era la luz que había de guiarnos fuera de la crisis. Es decir, Mariano Rajoy.

Porque las revueltas sociales que incendian Inglaterra son consideradas por la derechacomo siempre que se rebelan los desheredados un desagradable problema de orden público que se arregla a garrotazos. ¿Cómo van a tener algo que ver en ello los tijeretazos de los subsidios y programas sociales impuestos por Cameron en su política de austeridad?

En Tottenham, donde saltó la primera chispa de la insurrección, el presupuesto de servicios cívicos para la juventud, como los clubes y las actividades educativas que la apartan de las bandas callejeras, ha sido recortado en un 75%, la mayor reducción de todas las partidas, justo en el lugar donde el paro juvenil es pavoroso: sólo hay un puesto de trabajo por cada 50 jóvenes que buscan empleo.

Tampoco debe tener nada que ver con la revuelta el rencor racial fermentado durante 30 años, desde el chispazo de Brixton en 1981, ante la actuación prepotente y xenófoba de la Policía Metropolitana destacada en esas empobrecidas barriadas de población afro-caribeña: de Toxteth, en Liverpool, a Handsworth, en Birmingham.

“Décadas de individualismo, de egoísmo atizado por el Estado y la economía competitiva, combinado con un aplastamiento sistemático de los sindicatos y una creciente criminalización de toda disensión, han convertido a Gran Bretaña en uno de los países con más desigualdades del mundo”, escribía ayer Nina Power, en The Guardian, aparentemente sin comprender que todo esto no es más que el resultado de “una oleada de vandalismo” insensato, como aduce unánimemente la prensa conservadora.

Ningún papel debe jugar en todo esto la crisis que está fustigando a las clases más bajas, mientras las capas altas hallan en ella nuevas oportunidades de enriquecerse. Que los grandes disturbios de los 80 en Reino Unido se produjeran también en plena recesión, con altísimo desempleo y severas medidas del thatcherismo ultraconservador es sólo una coincidencia, claro.

“La irracionalidad de las turbas no se puede explicar por la predisposición individual al crimen, sino por su sentimiento de grupo social deslegitimado en su relación histórica con los que les rodean”, explica Clifford Stott, catedrático de Psicología en la Universidad de Liverpool y especializado en disturbios. Apreciación que sin duda descartará el buen juicio de Cameron, frente al sólido argumento de los “rufianes”.

Rajoy debe estar impaciente por llegar al poder, para poner orden en las calles españolas aplicando las recetas de su admirado Cameron.

La derecha hunde la credibilidad económica de EEUU

08 ago 2011
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Nunca se creyeron que pudiese ocurrir. Incluso acusaron a Barack Obama de emplear “la táctica del Armagedón” por advertir sobre las gravísimas consecuencias que tendría el bloqueo de la negociación sobre el techo de la deuda de EEUU. “Hay que dejar de creer al presidente cuando emplea esa estrategia del miedo”, proclamó el congresista republicano por Texas Louie Gohmert, quien votó contra el acuerdo para aumentar ese límite. Y Michele Bachmann, también líder del Tea Party, descartó que una suspensión de pagos de Washington fuera a tener los efectos “alarmistas” de los que advertía la Reserva Federal. “No podemos seguir asustando al pueblo americano”, adujo Bachmann.

Sólo en el último segundo se llegó a un acuerdo ínfimo: una reducción del 0,57% del Presupuesto para 2012, pues todos los pactos para años siguientes pueden ser -y serán- modificados. La reacción de los tiburones financieros internacionales era de esperar: Standard&Poors rebajó la calificación de la deuda estadounidense por primera vez desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y los mercados bursátiles empezaron a hundirse por el del mayor aliado de EEUU: Israel.

De inmediato, la derecha bramó que esa reacción era provocada por el fracaso de la gestión de Obama, cuando es precisamente la estrategia ultra de desgaste de la Administración la que ha hundido la credibilidad económica de EEUU, algo que el resto del mundo nunca antes puso en duda.

“Incluso si las agencias de calificación no degradasen a EEUU, los estadounidenses se habrían degradado a sí mismos. El sistema no funcionó”, asevera el analista Fareed Zakaria en el gran tema de portada de Time sobre “el fracaso del pacto de la deuda”. “Los americanos se han demostrado a sí mismos, al mundo y a los mercados globales que su sistema político está quebrado y es incapaz de concebir y aplicar una gestión pública sensata”.

El motivo, según Zakaria, es que “en esta crisis el Tea Party ha tomado como rehén de su agenda la misma solvencia económica del país”. Y el resultado ha sido que “Estados Unidos ha jugado a la ruleta con su recurso más preciado: la confianza del resto del mundo. Si, como consecuencia de estas veleidades parlamentarias, la tasa de la deuda estadounidense sube en un punto -es decir, si el mundo pide sólo un poco más de interés para prestar dinero a EEUU- el déficit presupuestario aumentará en 1,3 billones de dólares a lo largo de los próximos diez años. Eso barrerá sobradamente todos los recortes acordados para ese periodo”.

Aunque no es en absoluto la primera vez que los puristas de la derecha neoliberal norteamericana consiguen disparar el déficit público de EEUU… precisamente aduciendo que van a combatirlo, y poner fin al despilfarro demócrata de los programas sociales. El gran taumaturgo de esa receta imposible (rebajar impuestos sin reducir prestaciones, como ahora dice el PP que se dispone a hacer en España) fue Ronald Reagan.Sus célebres reaganomics fueron también llamadas “de goteo” (trickle-down) porque supuestamente iban a reactivar la economía permitiendo que las grandes compañías y fortunas del país se enriqueciesen aún más. La lógica de aquello era que, al disponer de tanto dinero, lo invertirían en iniciativas que crearían puestos de trabajo y desarrollo. Vamos, igual que aquí el PP asegura que hay que bajar la presión fiscal a las empresas porque son las que dan empleo.

La realidad fue que las rebajas de impuestos de Reagan, sumadas al gasto astronómico de su guerra de las galaxias (que fue el gran negocio del complejo militar-industrial) sólo lograron poner en órbita el déficit presupuestario. Durante su mandato, que para los hoy campeones de la austeridad fue económicamente ejemplar, la deuda pública de EEUU se triplicó: de 712.000 millones a 2 billones de dólares entre 1980 y 1988.

Bush padre no redujo en absoluto el gasto público, y tuvo que venir el izquierdista Clinton (el que llegó a la Casa Blanca con el lema “es la economía, estúpido”) no ya para equilibrar el presupuesto, sino incluso para obtener un gran superávit, con una gestión meramente keynesiana; pues es de sentido común que una crisis no se puede afrontar rebajando drásticamente la participación del Estado en la economía nacional, ya que se reduce aún más el crecimiento.

Pero volvieron los neocons al poder, de la mano de Bush hijo, con la misma doctrina de quitar poder al Estado, y se embarcaron en dos guerras, amplias rebajas de impuestos (hasta dejar la presión fiscal en un mínimo histórico del 15% del PIB) y la privatización de cuantos más servicios sociales, mejor. Así que en sólo ocho años no sólo se habían comido todo el superávit de Clinton, sino que llevaron la deuda a casi el triple de la de Reagan: 5,8 billones. La crisis financiera provocada por ese mismo fanatismo neoliberal hizo el resto.

Por eso asciende ahora la deuda de EEUU a 14,3 billones, no porque Obama la haya generado… salvo en lo que cuestan las dos guerras que heredó, más el rescate del sistema financiero hundido por la codicia de los que hoy siguen destruyendo países en beneficio propio.

¿Cómo podemos, pues, creer a los que prometen sacarnos de la crisis con recetas reaganianas?

Siembran el odio ultra y esconden la mano asesina

30 jul 2011
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La monstruosidad de Utoya parece sacudir por fin cierto resto de conciencia entre algunos de los nuevos ideólogos del odio ultraderechista, pero la mayoría sigue pretendiendo que difundir propaganda incendiaria contra minorías, inmigrantes, progresistas y feministas no es más que una forma de defender valores ancestrales.

Sólo horas después de que Timothy McVeigh masacrara en Oklahoma a 168 conciudadanos, entre ellos 19 niños de una guardería pública, cientos de patriotas estadounidenses se lanzaron a atacar mezquitas en varios estados del país, pues semejante atrocidad sólo podía haber sido cometida por un terrorista islamista. Pero cuando se descubrió que el autor era un supremacista blanco, los mismos neocons que habían instigado a las turbas a matar musulmanes, en venganza por esa acción, saltaron a la palestra para defender el sagrado derecho de los fanáticos como McVeigh de seguir armándose, entrenándose en técnicas militares y difundiendo libelos xenófobos.

Algo parecido está ocurriendo ahora en la caverna europea, que trata de esconder su responsabilidad tras instigar las mismas ideas asesinas de Breivik con una virulenta campaña de inquina contra todos los que no comulguen con su doctrina fundamentalista. En España, el diario altavoz de ese totalitarismo fingió en portada que la noticia era que “la izquierda esconde que el asesino es masón”. Nunca rectificó esa falsedad pueril.

Aunque lo más grave es que esos agitadores del odio, pese a la ferocidad de su cachorro noruego, sigan culpabilizando a las víctimas e instigando el fanatismo, amparándose en una libertad de expresión que no toleran a los demás.

El enemigo sabio y el amigo tonto de Afganistán

29 jun 2011
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Sordo a las explosiones y al fuego cruzado que han destruido el hotel Intercontinental de Kabul, simbólico refugio para todos los extranjeros que hemos viajado por Afganistán, el presidente Obama proclamaba ayer que “la marea de la guerra se retira”. Era un mensaje de consumo interno, para tranquilizar a los estadounidenses que exigen poner fin a la sangría económica del legado militarista de Bush; pero parecía una broma macabra para los residentes en la capital afgana, la única ciudad del país que era considerada segura hasta hace tres años.
No digamos ya lo que pensarán los miles de desplazados afganos que se hacinan en campos de refugiados en las afueras de Kabul tras huir del frente, en Helmand o Kandahar, donde la población no nota que baje la marea bélica, sino que aumentan los bombardeos aliados en zonas habitadas en las que se multiplican los daños colaterales, es decir las muertes de cientos de civiles.
Obama no retira a sus tropas de Afganistán porque el Pentágono esté ganando la guerra contra el terror de Al Qaeda, sino porque cada soldado desplegado en ese remoto campo de batalla cuesta un millón de dólares al año. Es fácil hacer la cuenta de lo que se ahorra sacando del avispero talibán a 33.000 militares antes de que acabe 2012, año electoral en EEUU.
Incluso en 1989, cuando las fuerzas soviéticas se retiraban de Afganistán y los muyahidines asediaban Kabul, el Intercontinental era el remanso de paz que todos ansiábamos al regresar del frente. Así que la matanza de ayer muestra que los ejércitos aliados tienen menos control de la situación que el que mantuvo durante años el régimen legado por Moscú.
Porque la URSS era “un enemigo sabio”, me decía hace unos días un excombatiente muyahidín de la época, “y más vale tomar veneno con un enemigo sabio, que vino con un amigo tonto”.

Intereses espurios del expolio sin beneficios del Sáhara Occidental

29 jun 2011
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Los que aducen que el Movimiento 15-M no tiene la legitimidad parlamentaria que da las urnas deberían fijarse en los actos ilegítimos que cometen los gobiernos europeos en el Sáhara Occidental, en flagrante desprecio del dictamen jurídico del Parlamento Europeo sobre la ilegal explotación de los recursos naturales de los saha-
rauis y en provecho de la potencia ocupante y de las grandes compañías occidentales.
Resulta ser que las resoluciones de los eurodiputados no importan lo más mínimo a nuestros gobernantes, que siempre consideran prioritarios los resultados económicos –es decir, los de las corporaciones que están esquilmando la pesca y los recursos minerales saharauis– frente a los derechos de los ciudadanos. Puesto que todos los gobiernos de la UE son plenamente conscientes de la injusta expoliación que están padeciendo los saharauis, pero han decidido hacer caso omiso a sus propios legisladores, argumentando que no se pueden perjudicar, con los tiempos que corren, a las maltrechas economías de las sociedades que dirigen.
Tamaña falacia pretende ocultarnos que los que de verdad se aprovechan de ese expolio son los ocupantes de un territorio cuya autodeterminación, exigida por la ONU, jamás se ha respetado. En realidad, las compañías europeas ni siquiera hacen gran negocio en el Sáhara (la aportación económica de la UE a Marruecos a cambio de pescar en las costas saharauis es incluso superior al rendimiento que obtienen nuestros pesqueros), pero legitiman a las empresas marroquíes que operan allí y que sí sacan buena rentabilidad de sus explotaciones.
La verdad es que nuestros políticos sólo buscan beneficiar intereses espurios. Por eso no nos representan… aunque consigan muchos votos.

El triunvirato que dirige Al Qaeda… gracias a la ISI

16 jun 2011

Aymán al Zauahiri no es el nuevo líder de Al Qaeda. Siempre lo ha sido.

Lo fue como fundador, cuando en Peshawar se sentaba junto a Bin Laden, dejándole hablar para la prensa, mientras él actuaba en silencio para la causa de los muyahidines. Lo era mientras diseñaba la estrategia –y designaba a sus hombres de confianza como responsables de la logística– para cometer el mayor atentado terrorista de la historia. Y lo seguía siendo cuando escapó de Tora Bora con Osama y preparó un escondite perfecto para el gran icono del yihadismo fanático.

En cambio, ahora que el cerebro gris del 11-S, el auténtico artífice de la red de terrorismo global islamista, ha sido designado públicamente como “emir” de Al Qaeda, es cuando este médico egipcio acaba de dejar de ser el jeque de la organización. O, más bien, cuando tiene que compartir una dirección colegiada con otros dos príncipes del terror.

Después de Bin Laden, La Base ha quedado al cargo de un triunvirato formado por Al Zauahiri –encargado de dar la cara, como siempre hizo–, Ibrahim al Rubaish –clérigo saudí que no sólo nació en la tierra del Profeta, sino que porta el manto de haber salido incólume tras cuatro años en Guantánamo– y Abú Yahya al Libi –quien labró su leyenda al lograr fugarse, en julio de 2005, de la siniestra base de EEUU en Bagram, y es ahora el jefe de operaciones en Afganistán–.

Aunque el verdadero padrino de Al Qaeda es la Inter-Services Intelligence (ISI) de Pakistán, así que seguirá encontrando reemplazo si cualquiera de ellos es liquidado.

Que ¿cómo sé todo eso? Sólo hay que preguntarles a los que lo saben.

La primavera árabe se marchita

30 may 2011
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Shadi Hamid mira intensamente a su interlocutor y espeta, subrayando enfáticamente cada palabra: “Ya no podemos seguir hablando de una Primavera Árabe, porque se está demostrando nuestra impotencia para frenar el derramamiento de sangre en Siria, Yemen, Libia o Bahrein. Hasta ahora, pensábamos que el pueblo podía ganar con las nuevas armas de Twitter, Facebook y YouTube, pero los regímenes dictatoriales tienen fusiles y tanques… y a veces, muchas veces, ganan los tanques”.
Aunque sea con menor rotundidad y vehemencia que Hamid, director de Investigación del Centro Brookings de Doha (Qatar), ese mismo análisis pesimista de la situación actual de las revoluciones juveniles en el mundo árabe es compartido por muchos de los mismos blogueros y activistas que impulsaron las revueltas, como se pudo comprobar en el Arab Media Forum. Esta conferencia internacional de medios de comunicación sobre la marea de cambios democráticos en la región se celebró hace diez días en Dubai y congregó a decenas de los más relevantes creadores de opinión del mundo árabe.
Por supuesto, “cada situación nacional concreta tiene condiciones propias muy diferentes a las de los demás países”, como subraya Najib Abu-Warda, profesor de Relaciones Internacionales de la Complutense. Pero lo que está más que probado es que las rebeliones populares no han triunfado en Libia, donde la guerra civil parece encaminada a dividir el país, ni en Yemen, donde las manifestaciones se han transformado en baños de sangre, ni en Siria, donde el régimen de Bashar al Asad está decidido a masacrar a los líderes opositores… igual que ocurre en Bahrein, ocupado por las tropas saudíes y donde se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, como obligar a los médicos a delatar y a no curar a los heridos en las manifestaciones, sin que la comunidad internacional se conmueva.
“La opinión pública ya no reacciona a la represión en Bahrein porque tenemos procesos revolucionarios en marcha en siete países árabes y es muy difícil concentrar la atención en todos ellos”, explica Hamid. “Y a menudo lo que vemos en Twitter y Facebook nos ofrece una imagen distorsionada de la realidad, porque la mayoría de los que participan en esas redes sociales son laicos progresistas, mientras que, por ejemplo, la mayor parte de los egipcios son religiosos y conservadores. Sólo 9,5 de los 85 millones de egipcios están en Facebook, mientras que el más poderoso movimiento social de Egipto es el de los Hermanos Musulmanes”.
Algo parecido opina Sultan al Qassemi, presidente de la Fundación de Jóvenes Líderes Árabes: “Se ha exagerado mucho el efecto de las redes sociales en el éxito de los movimientos populares tunecino y egipcio; han permitido que nos comuniquemos, pero no son el germen de esas revoluciones. Las movilizaciones sindicales y opositoras en Egipto son muy anteriores a esos fenómenos de internet”.
Cortes de luz y teléfono
En otros países, esas redes de internautas pueden incluso empezar a ser contraproducentes, como en Siria, cuyos servicios secretos se están aprovechando de esas mismas herramientas para diezmar a la oposición. Hace sólo cuatro meses que Damasco dio a sus ciudadanos acceso libre a Facebook y YouTube, pero lo que parecía un avance de la libertad de expresión se ha convertido en una trampa represiva, ya que la Policía localiza a los disidentes a través de su dirección IP en la red, los detiene y procesa usando como pruebas lo que han publicado en internet, y los obliga a revelar sus códigos de acceso para luego modificar sus páginas web personales, llenándolas de contenidos favorables al régimen.
Para impedir la coordinación de las protestas callejeras, el Gobierno sirio no trata de bloquear el acceso a internet en todo el país, como hizo Hosni Mubarak infructuosamente en Egipto, sino que corta la electricidad y las líneas telefónicas fijas y de móviles de un barrio rebelde concreto en los momentos de mayor tensión. “Usan esas tácticas para impedir las comunicaciones entre la población”, denuncia Radwan Ziadeh, director del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos de Damasco.
No sólo están consiguiéndolo, sino que han creado también un “Ejército electrónico sirio” que emplea las armas de la red para desacreditar a la oposición y que ya cuenta con 60.000 seguidores en Facebook.
Según el director del programa de Innovación del Instituto de Gobierno de Dubai, Fadi Salem, en estos momentos hay unos 580.000 usuarios de Facebook en Siria, cifra que se ha más que duplicado desde que Damasco levantó el veto a esa red, el 9 de febrero.
A pesar de esa estrategia de represión electrónica, “la única forma en la que podemos conseguir información sobre la situación interna en Siria es a través de los ciudadanos-periodistas”, afirma Ammar Abdulhamid, un activista sirio residente en Maryland (EEUU) que ha ayudado a organizar el envío de teléfonos satélite, cámaras digitales y portátiles a la oposición. “Si no fuera por ellos, no sabríamos nada de lo que ocurre”.
Otro tanto ha ocurrido en los demás países árabes, hasta hace poco aislados del mundo por unos medios de comunicación oficialistas hasta rayar en el autismo. El caso más espectacular fue el primero, Túnez, donde “tenemos cuatro millones de usuarios de las redes sociales de internet, el 40% de la población total”, explica el periodista Zied el Heni, uno de los blogueros más activos de la revolución, cuya página web fue cerrada en el pasado por el régimen de Ben Alí, que también asaltó su oficina y se incautó de todos los ordenadores y discos duros que poseía. “Los blogs juegan el papel de medios de comunicación alternativos para compensar el fracaso de la prensa y la TV oficiales árabes”.
“Mi madre siempre me había criticado, acusándome de ser un irresponsable con mi activismo opositor porque ponía en peligro el futuro de mis tres hijas”, recuerda El Heni. “Pero cuando estalló el levantamiento popular, un día me llamó para preguntarme cómo es que no salía a la calle a manifestarme con los demás”.
De Twitter a la Casa Blanca
Incluso Shadi Hamid reconoce el papel crucial que han tenido las redes sociales en la Primavera Árabe. “Durante la revolución de Egipto, yo seguía el Twitter local y contaba lo que decían a Al Yazira. Después, en la misma Casa Blanca veían esa cadena de televisión y se enteraban de los hechos”. En cambio, “en los años noventa, la revolución fracasó en Argelia porque el resto del mundo no estaba prestando atención. Millares fueron asesinados, muchos más fueron enviados a campos de concentración, pero no hubo repercusión internacional porque no existían entonces las redes sociales y los medios de comunicación clásicos no se hicieron eco de esa barbaridad”.
También Sultan al Qassemi, quien llegó a tener 70.000 seguidores en Twitter cuando relataba la revuelta en la plaza Tahrir de El Cairo, tiene que admitir la repercusión de lo que ya se denomina el quinto poder: “Vi que la mayor parte de los blogueros escribían en árabe y me puse a traducir sus twitters al inglés. Lo hacía en sólo 45 segundos y así descubría al resto del mundo las maniobras del régimen de Mubarak, como cuando lanzó a sus esbirros a atacar a los manifestantes”.
Así se suplió la falta de prensa independiente, subraya el famoso presentador de la televisión egipcia Hamdi Kandil: “Los medios clásicos no podían ser plataforma de la revolución ni cubrir objetivamente los acontecimientos, a causa de la opresión a la que estaban sometidos, pues en los meses previos más de mil periodistas habían sido procesados por instigar la subversión. Fue una confiscación de las libertades”.
Presa por conducir un coche
Ese cerrojazo a las libertades se refuerza hoy en los países del mundo árabe cuyos dictadores se han propuesto no correr la misma suerte que Ben Alí y Mubarak. En Arabia Saudí, acaba de ser encarcelada Manal al Sharif por atreverse a conducir un coche, algo prohibido a la mujer en nuestro gran aliado petrolero.
Pero la verdadera razón de su pena de cinco días de prisión es otra, ya que normalmente esa infracción se salda con un mero apercibimiento. Al Sharif está convocando a través de internet una protesta en demanda de derechos de la mujer para el 17 de junio, y las autoridades saudíes “no quieren que nadie se crea que puede organizar algo así a través de Facebook”, aclara su colega Wajiha Howeidar.
Incluso donde ha caído el régimen, como Egipto, sus sucesores preparan leyes para limitar derechos y libertades. “Si no hay un auténtico cambio constitucional, fracasará la revolución, porque la gente se conformará con llevar a juicio al clan de los Mubarak”, asegura el bloguero Faisal J. Abbas.
La primavera acabó y sólo queda un ardiente verano árabe que puede conducir al otoño de los sueños de libertad.