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Pedro Armestre evita que nos tapen los ojos

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
13 may 2012

Pedro Armestre se mimetizó hace un año con los indignados de Sol para narrar gráficamente el nacimiento, auge y desmantelamiento de la acampada más icónica del 15-M. Habíamos coincidido tres lustros antes en El Mundo y volvimos a vernos en el kilómetro cero madrileño, donde nos cruzamos un puñado de veces a las horas más intempestivas. Lo explico abajo, en el prólogo que me encargó para Plaza Tomada, la intrahistoria fotográfica del epicentro de la Spanish Revolution, documento y arte.

Hoy, el reportero gallego, que trabaja para AFP, amaneció con la instantánea de la detención de un colega tras el desalojo de la concentración del 12-M. “Prensa expulsada para tapar vuestros Ojos”, escribió en su cuenta en Twitter.

Esos ojos, mayúsculos como platos, comenzaron a parpadear en las redes sociales. La imagen del “fotógrafo agredido en Sol por la policía” me retrotrae ahora al fantástico trabajo que nos regaló hace un año. Lo que sigue es el prólogo del citado libro, que no está a la altura (Pedro mide un metro noventa y pico, todo hay que decirlo) de su impagable obra. Difícil abrirle la puerta a un profesional que no cabe por ella.

 

El castillo de cartón

Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.

- ¿Todavía por aquí?
- Sí.
- ¿En los cartones?
- Ya ves.

Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.

Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.

Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.

Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.

Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.

Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.

- ¿Qué, todavía en los cartones?
- Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.

Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.

Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.

No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.

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Fotografías de Pedro Armestre de la acampada en Sol difundidas por AFP en 2011.

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Desde Sol: La conquista del espacio publico + Todo por un sueño + 25 días en Sol

i’m lovin’ you

Por Henrique Mariño
23 mar 2012

O taxi aparca na beirarrúa de enfronte, como acontece sempre que chove, pero Ernesto mete as mans nos petos, apura o cigarro e bota un brinco para salvar a poza de auga onde se reflicten uns bloques de edificios funcionais con restaurantes de menú do día nos baixos. Non mira para os lados: ningún coche vai crebar a medianoite dun domingo pantasma. Os que viven alí xa volveron ás súas casas despois dunha xornada no centro comercial ou no chalé da serra. As oficinas están pechadas e ata dentro dunhas horas non comezará o tránsito no barrio, unha agra aberta no norte da cidade que virou na última década nunha zona residencial para familias sen apelidos pero con posibles. O automóbil xira xusto cando os regos da sola dos zapatos canalizan a auga da poza.

– Carallo, que susto –di mentres abre a porta.
– Ernesto?
– Si, Ernesto Mourullo.

Pousa uns xornais enchoupados no asento e peitea cos dedos o cabelo mollado. Olla os pelos na man, nega coa cabeza mentres chisca os ollos e escoita un tin-tin que sae da radio. É ela.

– Laura, da central, recolleu o cliente?
– Correcto. Estou indo cara á rúa Argumosa.
– Abonado 2.046. Queda anotado.
– Grazas, nena. Vaia noite!
– Pois eu, aquí, ao quente.
– Non sabes ben a que está caendo. Acaban de pechar o túnel da M-30 e xa podes imaxinarte a que se montou.
– Vou avisar logo os compañeiros. Que sexa leve.
– Veña, chao.

Cando o taxi non para diante da porta da consultora e ten que ir na outra dirección, Ernesto sabe que o camiño suporá cinco minutos e algún euro máis, pero tráelle sen coidado. Non porque pague a empresa, senón pola posibilidade de escoitar máis veces a voz de Laura nese intre extra. Chegou a agardar na outra beirarrúa para que fose así sempre, pero o sentido no que veñen os taxis é unha lotaría, polo que xa acordou con el mesmo ficar na porta da empresa, malo será. A semana de Ernesto comeza a medianoite do domingo e remata vinte minutos máis tarde, cando chega ao seu fogar. O resto do tempo e un ínterim, a lembranza dun aloumiño nos oídos.

Alguén debe traballar os domingos e el non ten familia, aceptou Ernesto cando entrou na oficina. Bota oito horas en soidade, organizando o traballo feito e preparando o papelame para o luns. Come un sándwich da máquina ao chegar, bota un par de cigarros pola tarde, ponse nervioso a iso das once. Laura. E logo a esperar a que chegue o seguinte domingo. Ata que un deles, nada máis bater a porta do taxi, méteselle unha idea na cabeza. Luz verde.

– Precísase un coche para a rúa Caleruega, 106. Coche para a rúa Caleruega…
– Son o 1.037. Vou para aló.
– Taxi 1.037 de camiño á rúa Caleruega.
– …
– O cliente pagará con vale. Zafiris Consultores. Número de abonado: 2.046.
– Nome?
– Francisco Socorro del Castillo.
– Grazas. Boa noite.
– Boa noite.

Ernesto baixa a fume de carozo por Arturo Soria e xira á esquerda. Reduce a velocidade e unha sombra levanta un brazo ao lonxe. O cliente sabe que van a recollelo a el porque os domingos, cando cae a noite, o asfalto é un ermo. Chove e un home enxoito, duns trinta e cinco anos, fai un aceno para que o taxi xire. Abre a porta, saca un pano e trata de secar a calva húmida, pola que escorregan as pingueiras como nunha fervenza.

– Francisco Socorro. Poderíame levar á Avenida Donostiarra, por favor?
– Marchando –di Ernesto.

Non o recoñece. Haberían de contratar a alguén novo, tal vez sen familia, que quizais se alimente tamén con sándwichs de xamón e queixo que o repoñedor deixou dous días antes, o venres, na máquina. Ernesto agora come quente. Para no Iberia, un bar na Glorieta de San Bernardo a onde só van taxistas e policías ata que amence e chegan os borrachos de retirada. Fala cos colegas dos millóns que lle custou a licenza, porque el aínda conta en pesetas, das letras que lle faltan por pagar, dos impostos que o teñen frito, duns cabróns que se foron sen pasar por caixa despois de levalos a San Blas e da tortilla que non hai quen a coma.

– Jonathan, isto non se traga.
– Saberás ti o que é unha tortilla, a saber o que comerás na casa…

Pero Ernesto xa non ten apartamento propio. Vendeuno, cos cartos comprou a licenza do taxi a prezo de ouro, fíxose cun Ford Mondeo ben branco e se non vivo en Argumosa, vivo en Vallecas Villa. Tanto lle ten, transporte que non falte.

– Laura, da central, recolleu o cliente?
– Si. Vou camiño da Avenida Donostiarra.
– Abonado 2.046.
– Efectivamente.

Cando a radio fala, o seu corazón medra, a voz enderéitase e mide as palabras, aínda que se eu che contase, Laura. Entón, por primeira vez en meses, ela rompe a rutina:

– Que música máis bonita. Que escoitas?
– É un bolero.
– De Ravel –e escachan a rir.

Logo viñeron os mambos, as guarachas e os chachachás. Cando Ernesto comezou a escoitar tangos, pensou que era o momento de botarlle valor, aínda que para iso lle fixeran falla catro días de retiro na casa para meditar a súa decisión. Entrou no coche, puxo un disco compacto do Polaco Goyeneche, parou no Iberia para tomar un grolo e arrancou cara a Canillejas, no leste da cidade, onde ficaban as oficinas de Radioteléfono Taxi Metropolitano. Saíronlle varias persoas ao paso e decatouse de que levaba a luz verde acesa. Quitouna. Canturreou Naranjo en flor. Baixou a xanela e tomou aire.

De novo a choiva e Laura que non sae. Ernesto desexa que pasen rápido os coches e os camións, non vaia ser que apareza e non a vexa. Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó… Dez, quince, vinte minutos: ninguén. Abren a porta e saen dúas mulleres. Corre cara a onde están. Laura? Míranse entre elas e unha di: Laura Ortiz? Ben, si, Laura, a operadora telefonista. Laura non está, xa non traballa aquí. Primero hay que saber sufrir, despues amar, despues partir y al fin andar sin pensamientos… Non entendo, pero se ela… Señor, deixou o choio a semana pasada, se quere pregunte arriba. Despues, qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado.

O Fiat Punto párase a un metro da xanela, como lle aconteceu a primeira vez que o escoitou. McAuto Toledo, le atiende Petru Ionescu. Nunca lle soubera tan ben unha Big Mac como entón. Señorita, si no acerca el coche o sale y viene usted a recogerla, difícilmente podré alcanzarle la bolsa. Laura colleu o menú, refresco e patacas sempre grandes, e susurrou polos buratiños: grazas, Petru. E volveu cada sábado pola tarde, coa escusa de que lle collía de camiño cando ía ver a súa nai á vila onde nacera había 33 anos. Sempre a un metro da xanela. Señorita… Grazas, Petru. Nunca tanto a visitara desde que morrera papá. E logo moito ves ultimamente, filla. Pois se soubeses as hamburguesas que levo comido, pensou, pero díxolle: precisamente, quería comentarche que veño vivir a Torrijos, mamá, saíume un traballo aquí preto.

– McAuto Toledo, le atiende Laura Ortiz.

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Publicado originalmente en la antología de relatos Follas de Carballo (Ed. Lumieira)

La Iglesia echa sus redes

Por Henrique Mariño
15 mar 2012

Los curas llaman a filas y no sé de qué nos extrañamos. Ya lo hicieron antes los militares, con aquello del buen rollo, y pronto será el turno de las aspirantes a perfectas casadas. Si queda algo por rebañar en el hogar paterno, aunque sea la hipoteca a cuarenta años del viejo, será para el único heredero. Siempre ha sido así, aunque ahora no haya tantos hijos para repartir. Pero hemos tenido que ver el plato de lentejas flaqueando para percatarnos de que lo suyo es un trabajo fijo, sean las hostias, sea el fusil. Y, desandando los pasos del pasote, hay quien se mete a milico y ya están los padres Sam con lo de la Conferencia Episcopal te reclama.

Yo no lo veo mal. Tal vez la culpa ha sido del espejismo, del todo dios a estudiar, que así nos va. En realidad, las vocaciones siempre han sido estomacales. Y parece que tras el empacho viene el ayuno y, con éste, lo de irse al Retiro a pasar las pruebas para jardinero. En los últimos años, claro, el funcionariado de la Iglesia se había convertido en una suerte de United Colors of Benetton de la prédica, pero ya digo que aquí ahora también toca volver a la garita, al invernadero, al confesionario. Será culpa del vicio, que uno se acostumbra a pedir una de boquerones con la caña y luego no hay quien pare un segundo en casa.

Lo del vídeo es lo de menos. Antaño la misa se coló por la radio y pronto los pecados serán purgados por whatsapp. Tampoco importa que la Iglesia pague poco o menos, máxime en un país donde las oposiciones se habían elevado a la categoría de misterio. El objeto de fe bien podía ser un matasellos o una gasa, siempre que el curro fuese sólido, duradero y –¿cómo se dice?– estable. La cosa funcionó hasta que la sonda del euro nos puso rectos. En fin, que los mejores cocidos ya no correrán a cargo de los clérigos gallegos, que decía Camba, pero malo será que los párrocos de estreno no se arreglen con unos canelones congelados de La Sirena.

Pues eso, que a darse prisa, no vaya a ser el efecto llamada. En el fondo, me imagino que lo de cura será algo así como community manager. Ya lo dijo Simón, o sea, Pedro: “Maestro, por tu palabra echaré las redes”.

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Cuando la guardia civil cargaba con mosquetón

Por Henrique Mariño
06 mar 2012

Un zapato desparejado encierra más significados que un titular a cinco columnas. Lo iguala una muñeca rota. Es la semántica de la muerte.

Carballo celebra cada jueves y los segundos y cuartos domingos de mes un mercado donde se congregan las gentes del campo para vender productos de la tierra. Hace 35 años, un ocho de mayo de 1977, la plaza del pueblo acogió a unas 5.000 personas, que ni en las fiestas de San Xoán, el patrón local. El asunto iba, precisamente, de aguas: vecinos y manifestantes procedentes de toda Galicia habían llegado hasta aquí para protestar contra una concesión otorgada treinta años antes a una empresa privada para montar una piscifactoría en Baldaio (playa y marisma de ensueño, parada y fonda de aves, un oasis de juncos con vistas al Atlántico). El objetivo real era extraer áridos, para lo que no dudaron en abrir una pista en medio del paraje por la que transitaban cientos de camiones cargados de arena. También construyeron una suerte de presa horrible, cuyas compuertas impedían el paso de agua del mar, cargándose el ecosistema.

Recuerdo que eran aguas peligrosas, llenas de remolinos. Que mi padré una vez salvó a Paola de morir ahogada. Que yo era más de Razo, aunque solía caminar por la orilla de una playa a otra: cuatro kilómetros, seiscientos metros. Tal vez la memoria me traicione, pero lo importante no es mi recuerdo infantil. Entonces no tenía idea de lo que estaba pasando allí, pues era un mocoso de apenas dos años. Para eso están las hemerotecas y el trabajo de María Rama, una periodista carballesa que volvió tres décadas después a aquel campo de batalla para devolvernos la memoria. El título de su documental es bello: Arena en los ojos. Gracias, Moncho, por recuperármelo.

Los vecinos de Baldaio no exigían imposibles: querían seguir mariscando allí donde lo habían hecho sus padres y abuelos. Su lucha fue acompañada por la de cientos de gallegos que se acercaron a Carballo para solidarizarse con los que trabajaban la tierra, el mar. Supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y As Encrobas, protagonizado por miles de personas anónimas y por personalides como Moncho Varcálcel o Carlos O Xestal, un humorista al que una vez, tras una actuación, tuve el arrojo de pedirle un autógrafo como si se tratase de Bob Dylan. Le tengo mucho cariño porque días después me dejó en el comercio de mis padres un póster autografiado: gorra oscura, piel en barbecho, gafas de sol. O Xestal era un activista antes de que se pusiese de moda la palabra activista. Pasa con la regueifa, que ahora la llaman rap. Carlos fue el primer rapero cabeza de cartel.

No voy a extenderme con lo que pasó en aquella plaza, pero entiendan que las decenas de guardias civiles que tomaron el lugar y bloquearon cada una de las calles que conducían a ella agarraron sus mosquetones por el cañón, como si fuesen bates de béisbol. Las armas de los manifestantes, pueden imaginárselo, eran consignas como “La playa es nuestra, caciques fuera”. Cuando quisieron escapar, no había salida, pero improvisaron cualquier rincón para esconderse: tabernas, viviendas, cuartos de baño… A Casa San Ramón (el primer quiosco de la historia de 200 metros cuadrados, en cuyo mostrador dormitaban dos gatos del tamaño de un mastín, pero más gordos) llegó alguien al borde de la última exhalación. Corría como Abebe Bikila, el etíope que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Roma: descalzo. El zapato, perdido y solitario, abandonado en el asfalto. Como una Nancy arrollada por las botas de los picoletos, que por entonces aún calzaban tricornio.

Aquel día fue largo. Por la tarde, mil personas le rindieron homenaje en Baldaio a Marcelino Rodríguez, que había muerto recientemente después de ser detenido por la guardia pretoriana de la empresa que estaba esquilmando el lugar. Lo cogieron con un saco de berberechos y, con las ropas húmedas, le obligaron a caminar diez kilómetros hasta el cuartel de la Guardia Civil en Caión, donde pasó la noche. Padecía del pulmón y murió días después.

Los congregados, entonces, decidieron ocupar simbólicamente la marisma, donde de nuevo le esperaban los mosquetones, las pelotas de goma y los botes de humo. El médico Mariño, con el que no me une parentesco alguno, no dio abasto para atender a los heridos. Otros fueron trasladados a un hospital de A Coruña, donde las fuerzas del orden (disculpen por el oxímoron) detuvieron a Moncho Valcárcel, Xosé Esmorís y Francisco Felípez, que habían acudido allí para interesarse por la salud de los heridos y fueron trasladados inmediatamente al cuartel. Éste último, años después, prefiere no recordar lo que sucedió aquella noche. Dice que fue la más dura de su vida.

“No hubo muertos de casualidad”, rememora. Si usted sabe lo que había que hacer antes de la cocción, cuando no abundaban los congeladores, para que un pulpo estuviese tierno, entenderá esta frase: “Mallaron en nós coma pulpos”. Mallar de majar, es decir, machacar. La estampa era propia del Duelo a garrotazos de Goya, pero con fusiles. Felípez se lamenta de que las hostias fueran aleatorias, porque había jóvenes, pero también jubilados y ancianos. Para que se hagan una idea, la prensa tituló entonces: ”La Guardia Civil rompió cuatro mosquetones durante el intercambio de golpes” (ojo con la palabra intercambio; también con la maleabilidad de las armas). Otras publicaciones fueron más metafóricas: “La sangre llegó al mar”. Diario 16, indudablemente poético, recurrió a la prosopopeya en la crónica de la carga que se había producido horas antes en Carballo: “Muchos animales expuestos para la venta (conejos, gallinas y cerdos) huyeron en medio del barullo”.

Un combate desigual y asimétrico en el que los vecinos se vieron envueltos por una causa justa, aunque tuvieron que esperar a 1991 para que el Tribunal Supremo les diese la razón. Habían soportado golpes, amenazas, multas y calabozos. Un hombre murió reventado. Una mujer abortó. La empresa concesionaria de aquella piscifactoría fantasma jamás pudo demostrar que había comercializado ni un kilo de moluscos de la marisma, que se divisa desde la escarpada ermita de Santa Irene. Allí, Oliva Pose, erigida ya en heroína labriega, se dirigió tiempo después a los suyos y entonó: “La naturaleza no puede ser privada. Costó mucho, pero ha valido la pena”.

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Algo va mal cuando cualquiera es de izquierdas

Por Henrique Mariño
04 mar 2012

Hoy me levanté ayer. Me he arrastrado por el tablero de plaqueta que media entre la cama y la salita –un ajedrez de cuadrados negros– y me he desplomado en el sillón, como un purasangre reventado. La vida también es debatirse entre bajar o no al súper, escudriñar la alacena y rescatar en el tercer anaquel una conserva del olvido, girar el grifo de la ducha y asistir al milagro de un chorro de agua caliente. A veces sucede que la cafetera pita como un cercanías ante un paso a nivel sin barreras y, cuando te dispones a abrir la nevera, caes en la cuenta de que no tienes leche. La calle como una alternativa hostil.

Yo creo que no debemos dejar de sumergirnos en el metro, hacer cola en urgencias, comprobar cómo ese plástico retractilado puede contener 24 rollos de papel higiénico. Cuando el cielo de una ciudad se convierte en una autopista para helicópteros, como en Sao Paulo o Nueva York, algo falla abajo. Los políticos deberían hacer números con 30 euros en una mano y la lista de la compra en la otra, ir al Congreso en moto o bicicleta (con el hocico bien tapado y más protegidos que un antidisturbios) o apagar la calefacción de su despacho para sentir el frío valenciano. No se puede gobernar para todos desde la atalaya de la moqueta y el parqué. Hay quien lo hizo antes de coronar el escaño, pero ahora le sucede lo que a mí con la desmemoria, o sea, la leche.

Es domingo y algunos ciudadanos se han dejado caer en las urnas de campaña para votar contra la privatización del agua madrileña, que no se entiende tan incolora, inodora e insabora con este cielo, con este río. Mientras lo hago, fantaseo con Esperanza Aguirre, baluarte de la coherencia, exigiendo la dimisión de la delegada del Gobierno en Madrid tras el ataque a su casa. Como hizo cuando el PSOE estaba en el poder y dos fulanos entraron en su finca para llevarse unas peras, ¿o eran unas manzanas? En fin, que pongo la tele y un señor con barba (siempre dudo si el señor con barba está en el Gobierno o en la oposición) dice que “España es un país decente”. Y yo me la imagino, a España, con jersey de cuello vuelto y falda hasta los tobillos.

Pues nada, que me bajo a votar contra la privatización del Canal de Isabel II y, ya de paso, a por un cartón. Cuentan por ahí que el organizador de la consulta popular es un terrateniente: vamos, que no se puede defender que el agua de Madrid sea pública si tienes un piso y unas parcelas. ¡Qué tiempos! La cosa tiene que estar muy mal cuando ya es de izquierdas cualquiera.

 

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Madrid era una mierda

Por Henrique Mariño
01 mar 2012

Madrid se parece cada día más a Londres. O sea, que te piden un cigarro por la calle y ya frunces el ceño, en plan esta chorba es mía. Nos han hecho europeos por cojones y, cuando te das cuenta, ya piensas que cuatro cuarenta es barato, setecientas pesetas del ala. Y el pico, que ya no abunda, que todo son siglas como los organismos de la ONU: emede, emeá.

Yo salgo a la calle y me encuentro una España floja, la del universitario que pide un pito y me suelta la chapa, como queriendo. Y me larga: “Somos la generación perdida que no tiene nada que perder”. París era una fiesta y Madrid es una mierda.

Mi madre ya decía que la noche no enseña nada, y tiene razón. Después de las doce, sólo se aprende: sales del turno de cierre –valga la redundancia– y en las tripas del metro hay gente que se mira con los ojos inflamados, como con ese azul del fuego, y se dice: “Ella ya salió presa, pero a ti te lo va a decir”. El suburbano, cuando el último parpadeo, es un coche escoba de chinos y fritanga que recoge a las mozas solitarias y a los del Madrid cuando juega.

La noche, a lo que iba, está de oposiciones. Y los zombies del alterne, que también pierden pelo y se deprimen –esa enfermedad tan dos punto cero–, cantan el temario entre barra y farra: “La vida es una puta mierda. Es currar y dormir”, dice uno cuando sales a cumplir la ley, que nos han ventilado los garitos a base de desgraciar a los vecinos con lo del humo fuera. Y mientras el pavo comenta que en el banco le quedan cuatrocientos ídem y el piso le cuesta cien más, una ganga, ya salta otro espontáneo a pedir un cilindrín. Yo no echo la cuenta, pero me hace recordar al bar de Maruja, donde apuraba con Monchiño el recreo del instituto, batiéndonos en duelo al futbolín con mostrencos que juraban tan alto como un cosmonauta. Allí, vendían pitos sueltos a diez pesetas, y pitos nos llamaban a los que llegábamos de nuevas, menudos pollos.

Ya ven, la cosa está así: peña que habla de ir de tripi como quien se va de cámping y raterillos a la caza de smartphones, que tan inteligentes no serán cuando la batería les dura un plis. Hasta para entrar en los antros hay una cola como la del paro, que parece el casting de una peli porno, con la españolada cagándose en todo, oh, shit! Para mí que los eres son los suegros.

En fin, que no me gustan las jarras. En realidad, aborrezco todo lo que tenga asas. Y lo que cada noche tengo más claro es que cada vez que te sirven una cerveza sin gas, cierra un periódico.

 

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Puta crisis: Cierra Público y yo me descalzo + Para cerrar la herida, abran el periódico

 

¿Ya ha muerto Julio Camba?

Por Henrique Mariño
28 feb 2012

Los aniversarios, efemérides y días de son las oenegés del almanaque, esa excusa de notables para trocar una jornada de buen comportamiento por un año entero de hijoputismo enmascarado. Como el que sostiene la pancarta del teléfono ese y luego llega a casa y le zurra a su señora. Julio Camba, tan vigente que acojona, cumple cincuenta años (su muerte, quiero decir). Y ya vienen los diarios –llegamos todos– con nuestros panegíricos sin tacha. Yo, por desastre, me acabo de enterar ahora de las bodas de oro del vilanovés con la flaca, de ahí que en mi camba no haya referencia al pasado, sino más bien al futuro, instalado ya en el presente. En fin, que no tengo a mano el Haciendo de República para aventar un par de citas, pero creo que si se lo regalan a su cuñado el concejal, seguro que en vez de leerlo se mira al espejo.

Yo iba a escribir en el periódico un artículo sobre el catorce ochomiles del periodismo español. (A ver: para mí, víctima de una metonimia aguda, el periódico es Público, como para la senectud el parte era la primera y no este sin dios de telediarios). Pero es que no sé qué me pasa que siempre que me pongo con Camba nos cae un ERE encima o, directamente, la persiana metálica. Como pueden suponer, no hay Camba porque no hay periódico, pero eso a quién le importa. La movida es que no hay Undargarin porque no hay Alicia Gutiérrez, no hay mujer explotada sexualmente porque no hay Óscar López-Fonseca, no hay Luis de Guindos porque no hay Pere Rusiñol y, en fin, no hay tu tía porque no hay Tudela.

Como un excomulgado que le celebra al niño la primera comunión, termino dándole bola al de Vilanova de Arousa. Y que no me vengan ahora los jacobinos biempensantes con lo del texto edulcorado que elude el racismo y la misoginia, porque me pillan con las velas y, si me explayo, termino quemándome. Cincuenta años no es nada, pero bien merecen el empacho literal en honor del resucitado. O, más bien, reencarnado: Jabois es Camba, como Gistau es Umbral. Si me pregunta quién coño es el primero, pensaré que no vive en este mundo o, peor, que este mundo no vive en usted. Ya digo, a mí lo único que me jode de Jabois es que no lleve tilde en la o.

Por cierto, ¿ya ha muerto Camba? Mañana no hablará de él ni cristo.

 

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Más: Julio Camba, el primer distópico + Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois

Menos: Cierra Público y me descalzo ante ustedes

Cierra Público y me descalzo ante ustedes

Por Henrique Mariño
25 feb 2012

La primera vez que me compré unos zapatos tenía 27 años, esa edad a la que las estrellas del rock les da por morirse, que si el Morrison, que si la Winehouse. Eran unos botines negros de dudosa calidad, pero me dolía soltar la guita teniendo la mercancía en casa, por eso me llevé un calzado de palo.

Mi abuelo Don José tuvo a bien establecerse en Carballo en los años cincuenta para cortar el cuero con la precisión de un pulidor de diamantes. Primero se instaló en un bajo que tiempo después albergaría una bodega de vinos, el Submarino, sito en la otrora Plaza del Generalísimo, la que había sido de la Libertad y ahora, por aquello del consenso, la de Galicia. Luego se trasladó a la calle Coruña, entre la plaza del pueblo y la iglesia, a un local añejo que todavía hoy regentan mis padres, quienes continuaron con la tradición zapatera, como casi todos los hijos e hijas del viejo, qué sabio. Yo me crié entre cajas de cartón y un respeto secular por el fuego: vivíamos en el piso superior. “Ten cuidado, Henrique, que si salta una chispa esto es una caja de cerillas”, me decía mi padre. El suyo, sin embargo, murió encamado y con la chusta en los labios, como el que espera la ceniza.

A uno de los hijos de Don José se lo llevó una enfermedad y a otro, la emigración. El resto, ya digo, abrazó los mocasines de ante y los escarpines de tacón de seis y medio. Sólo fue a la Universidad el varón del medio, que terminó convirtiéndose en el referente de la estirpe familiar: estudiar era sinónimo de hacer, como él, Derecho. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de dejar el instituto y lanzarse al mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro. A mi madre le debo poder dedicarme a esto, o sea, al periodismo: ¿qué coño haría yo ejerciendo, en el mejor de los casos, de abogado? Saldría victorioso de algún proceso, supongo, pero por insistencia, como quien vende miniaturas de buda por los bares. Juez y mazo: “Señor Mariño, declaro a su cliente inocente, pero su lengua incesante se va directamente al calabozo”. Cloc.

Cuando llegamos a Madrid, lo primero que hizo mi madre al entrar en el colegio mayor fue preguntar dónde estaba la capilla, como anticipándose a mis pecados. Nada más irse, me sacaron de farra hasta las tantas de la madrugada y, al volver a la residencia, recordé vagamente que había pasado por El Correo Gallego, Cope, Galicia Hoxe, Radiovoz, La Voz de Galicia y EFE. Luego vino la Radio Galega y El Mundo, en el que estaría cuatro años hasta que me fui a Roma, donde compré los zapatos espurios y empecé a escribir para La Voz de Galicia. Después tocó Londres, Sao Paulo y, siempre, Madrid. Si la noche se desboca, el sueño es tan reparador que, al despertarte, te olvidas de dar las gracias: a Fernando García Pablos, Ramón Busto, Paco Pelegrín, Antonio Jiménez, Cristina Abelleira, José Manuel Casal, Pepe Ameixeiras, José Manuel Ferreiro, Ana Romaní, Paco Villanueva, Kino Verdú, Jesús Alcaraz, Alberto Luchini, Juan Manuel Bellver, Cristina de Alzaga, Miguel Ángel Mellado, Ana Rodríguez, Jesús Flores, Luís Ventoso… Y a los colegas, que no precisan cita, porque si los anteriores me enseñaron en su día de qué va el rollo, estos todavía me siguen dando hoy lecciones de amistad.

Tanta enumeración hiede a responso: para no alargarme, termino con los velatorios de ADN.es, aquel periódico digital donde fuimos felices. Seguimos celebrando cada aniversario de su defunción, pero como una vez al año resulta insuficiente encargamos una misa si nos lo pide el cuerpo, que suele ser exigente e incorrupto. Pero cuando ya nos habíamos sacudido el luto y estábamos de alivio, resulta que a Público le da un vahído y ya va uno mirando en el armario si tiene un chaquetón negro, con resultado negativo. Malo será que no sirva alguna prenda oscura, algo que te hayas puesto en los sepelios encadenados de los compañeros de profesión, que parecemos la santa compaña. Pero el jamacuco termina siendo expiración y para mí que una chaqueta de pana marrón es poco seria para un funeral como éste, visto el número de esquelas que ha puesto la gente.

Hoy habrá que ir a comprar pues un chambergo como dios manda y, de paso que bajo, también el periódico. Si tardé casi seis lustros en pagar por unos zapatos, no extrañará que después de tres años me lleve el diario de la competencia. Me imagino que no me resultará tan cómodo como el de casa. Tal vez me sobre algo, la suela resbale o hasta me salga un callo, pero calzar hay que calzarse. Si el vestir comienza en los zapatos, que son los cimientos de nuestro edificio, la democracia arranca en las rotativas. Necesitamos los periódicos como las botas en invierno y las sandalias en verano. Era un euro y veinte, ¿no? Pues a ese precio a lo mejor le digo al quiosquero que me ponga medio kilo. Aunque, en realidad, lo que me gustaría es volver a casa, quitarme los botines negros nada más entrar en el portal y, con los pies desnudos, susurrar desde el felpudo de la puerta:

- Que, mamá, ¿me regalas unos zapatos? Parece mentira, 36 años y todavía descalzo.

 

 

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Julio Camba, el primer distópico

Por Henrique Mariño
23 feb 2012

Julio Camba era un señor que aborrecía el ajo y el sufragio femenino. Lo plasmó en un lustroso tratado gastronómico, La casa de Lúculo; y en Haciendo de República, un vademécum acerado y perspicaz donde cargó contra el nuevo régimen, del que esperaba que le pusiese una embajada. La mesa y el escaño le brindaron la más jugosa nómina de su generación, pese a que en sus tiempos del ABC había que azuzarle para que se enrollase, pues el gallego sudaba la gota gorda para cumplir con sus diez artículos mensuales. Hay quien de la vida espera la muerte: Camba habría firmado poder dejar de escribir, una boutade que refleja su cuestionable reputación de vago.

Para nuestra fortuna y debido a su necesidad –que no hambre, pues el ilustre periodista no perdonó un mantel–, nunca llegó a hacerlo.

Aunque haya pasado a la posteridad por las crónicas políticas o por el arte de comer (y después contarlo), su viajado currículo oculta en un pliegue una obra que le hace merecedor de pasar a la historia no sólo del articulismo español sino también de la literatura universal. Instalado en Nueva York como corresponsal del diario fundado por Torcuato Luca de Tena, comienza a enviar un rosario de textos proféticos que darían para Un año en el otro mundo, un libro con el que se adelanta a la santísima trinidad distópica.

Editado por Biblioteca Nueva en 1917 y recuperado por Rey Lear, el supersticioso y bien plantado dandi de Vilanova de Arousa alucina un increíble mundo nuevo a partir de su experiencia en la Gran Manzana. Lo hace lustros, décadas antes de que Aldoux Huxley alumbrase Un mundo feliz; George Orwell, 1984, y Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Incluso se anticipa a Yevgeni Zamiatin, que facturaría cuatro años después Nosotros, una novela en la que se inspiró el creador de Rebelión en la granja para engendrar la sociedad orwelliana. Camba sería, con permiso de H.G. Wells y de algún otro autor embrionario de ciencia ficción, el primer distópico.

Nueva York se presenta ante él como una “fábrica gigantesca” donde prima la cantidad y no la calidad, desprovista de “actividad intelectual” y en la que el ocio de sus habitantes –”un público infantil”– se reduce a “bailes gimnásticos” envueltos en una “música estridente y violenta”. Lo que para Huxley era la “soma” (droga de la felicidad), para Camba es la “goma” (de mascar). Pero, he aquí el mérito, su pluma visionaria no está novelando la hipotética y ulterior perversión de la utopía, ese mundo idealizado: él la concibe en tiempo presente. “El hombre va suprimiendo toda relación con el hombre para entenderse con las cosas directamente”, insistirá en La ciudad automática, escrito durante su segunda estancia en la metrópoli y reeditado por Alhena Media.

Un año en el otro mundo avanza la sociedad antidepresiva, tecnológicamente desarrollada, huérfana de bellas artes y en permanente estado de dicha imaginada en Un mundo feliz. “La mecánica y la industria van suplantando en los Estados Unidos no sólo la ternura doméstica, sino todo lo demás”, expone el corresponsal. “La alegría es puramente física, a base de montañas rusas, de toboganes y de waterchuts”. También vislumbra la omnipresencia (el teléfono como fin, no como medio; la cámara fotográfica que se cuela en la habitación donde agoniza el poeta Rubén Darío…) y el control del Estado trazados por Orwell.

“Nueva York no es una ciudad. Es un sistema, una teoría”. La urbe matemática en la que nada escapa al problema planteado por quien detenta el poder. Washington no alcanza ni de lejos la categoría pérfida, totalitaria y represora del Gran Hermano (trasunto de Stalin), pero representa al “amigo íntimo” que ejerce, a lo sumo, un “poder sobrenatural”. El vigilante ubicuo, en cambio, bien podría ser el “detective americano”, ese ojo que pasa inadvertido y todo lo ve: “Si es hombre se disfraza de mujer, y si es mujer se disfraza de hombre”.

Escéptico y cínico, Camba también alude a los grandes temas de la novela de ciencia ficción distópica: la tecnología reproductiva y el cultivo de seres humanos, el fin de la privacidad, el Estado como “laboratorio social y político”, la producción en cadena, la guerra como “salvación espiritual” y las paradojas y contradicciones que encierran las alianzas bélicas: “¿Qué harían los americanos de nacimiento alemán si las cosas llegaran a tal punto que los Estados Unidos exigieran su concurso para combatir a Alemania?”, se pregunta.

Anarquista antes que conservador, precoz en la mecanografía y tardío en la entrega, lo que Camba narra desde el otro mundo tardará en ser evocado por los grandes escritores del siglo XX. Valga como ejemplo esa civilización sin letra impresa, el ardiente objetivo deseado por los bomberos de Bradbury, que se afanaban para encontrar libros y quemarlos. “América tiende deliberadamente a suprimir toda manifestación literaria”, auguró el hombre que le presentó la dimisión a la muerte después de haber vivido sus últimos doce años en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid. Pero antes de rubricar la instancia con la guadaña, nos recordó que en aquella Nueva York “saturada de electricidad”, colosal “hasta en sus catástrofes”, el fuego también era, como en Fahrenheit 451, todo un espectáculo.

 

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Publicado en el nº 2 de la revista Números Rojos, ya a la venta. Ilustración: Violeta Cintas.

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Señor Feito, en Laponia hace frío

Por Henrique Mariño
20 feb 2012

Lo bueno del gallego es que cualquiera puede serlo, ya lo decía Castelao, pero a mí hoy me ha dado por hacerme el sueco y no me sale. Dice un señor por ahí que si no aceptas un curro en Laponia, ya te puedes ir despidiendo del paro. Y yo me voy adonde haga falta, pero con las condiciones del vecino: que si los derechos, que si los sueldos. Pero claro, aquí, que nos han inoculado en vena el rollo del piso y la hipoteca, ese solar donde se enraíza el conservadurismo, a ver quién coño se va fuera dejando los ochenta metros plantados en San Chinarro y debiendo los cincuenta kilos al Santander.

Yo, si fuese madre, también querría estudiar (o poder seguir estudiando) mientras alguien cuida de mi criatura en la guardería de la Facultad. Luego pagaría con alegría los impuestos, consciente de que el empleo de esos recursos redundaría en una sociedad abierta, solidaria y progresista que permitiría a los jóvenes emanciparse, formarse como es debido y todas esas cosas que pensábamos que algún día podrían llegar a España, pero no. Vale que somos latinos, ese lugar común donde los lazarillos y buscones se multiplican como Gremlins, pero justo cuando la chavalada se había acostumbrado a salir de casa, como las erasmus borrachas de Fran Nixon, llega todo esto y nos obligan a volver al hogar de nuestros padres con el papel del Inem entre las piernas.

Yo claro que quiero ser escandinavo, incluso europeo. Pero noruego para todo, sueco para todo, finlandés para todo. Si tiramos hacia arriba, no creo que quiera ser islandesea ni Björk, pero ésa es otra historia, casi la nuestra. Ya digo: empezábamos a alejarnos de las faldas de nuestra madre España y entonces vino el sistema padre a atornillarnos al suelo con eso de la casa propia, que en realidad es del banco. Y ahora aparece Feito, el de la CEOE, con su arenga movilizadora, vente para Oslo, Manolo, cuando ya es más nunca que tarde y no nos queda otra que la barricada.

A todo esto, ya lo decía Noeli, en Laponia hace frío, pero yo me río.

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