Corren tiempos en los que, al menor descuido, alguien te atiza con un decálogo de medidas anticorrupción. Ayer mismo, Mariano Rajoy lanzó su plan de propuestas, casi todas aceptables y sensatas, sin aclarar por supuesto una duda razonable: ¿qué tal si en lugar de proponer tantas medidas se esforzaran simplemente en
cumplirlas?
Ocurrió algo similar hace un año, tras el desmoronamiento de Wall Street que el Nobel de Economía Joseph Stiglitz interpretó como “la caída del Muro para el capitalismo”. Entonces se alzaron múltiples voces (Sarkozy, Merkel, Brown o hasta el mismísimo Alan Greenspan) a pregonar la necesidad de una “refundación del sistema”. Surgieron propuestas como setas en otoño lluvioso: nuevos órganos reguladores, transparencia financiera, limitación de bonus a los altos ejecutivos, cárcel para banqueros desaprensivos, despedida y cierre a los paraísos fiscales, nacionalizaciones a granel… La losa bajo la que habían sepultado las teorías económicas keynesianas voló en cuestión de horas y hasta hubo quien lamentó el desprecio hacia Marx ejercido durante las últimas décadas por la ola neoliberal triunfante. De repente, resultó que papá Estado no era un padrastro peligroso sino el mantra imprescindible para salvar a un montón de hijos irresponsables.
La mayoría de esas voces eran las mismas que habían defendido, aplicado o consentido durante años exactamente el modelo de política económica que provocó el cataclismo. Parecían un grupo de beodos con una borrachera socialdemócrata repentina.
Algo así empieza a intuirse en este atracón de iniciativas contra la corrupción, planteadas a menudo por los mismos dirigentes que han asistido impertérritos, silenciosos o despistados durante años a la extensión de esa mancha de vergüenza que sonroja en las encuestas a prácticamente toda la clase política. Injustamente, puesto que ese “todos son iguales” no deja de ser una coartada al estilo del “yo soy apolítico”. Esas sentencias suelen esconder posiciones escoradas más bien a diestra que a siniestra, a juzgar por las reacciones
de cada cual a las denuncias y por los resultados electorales correspondientes.
Todos responsables
Rajoy no descubre América pero acierta cuando dice que “la corrupción está en la naturaleza humana”. Cabría añadir que parece estar más en la naturaleza humana latina que en la sueca, por ejemplo, y algo tendrá que ver tanto siglo de picaresca, monarquías corruptas, caciquismos, golpismos, dictaduras… y por ahí hasta el manual más tramposo y reaccionario del mundo: el refranero.
No todos somos iguales, pero la corrupción, como la caridad, empieza por uno mismo. Obviamente quienes manejan el poder tienen un plus de responsabilidad, pero conviene no olvidar que los políticos se supone que representan al resto de la colectividad y que conviven y se educan en el mismo esquema de comportamientos morales que los demás. La corrupción no consiste sólo en el cohecho puro y duro, en el robo o en la estafa. Mil formatos de actuaciones corruptas cruzan de cabo a rabo ese 20 o 25% de economía sumergida que lastra desde siempre el maldito Producto Interior Bruto. Engañar a Hacienda es corrupción, por muy listo que se crea quien lo logra; preguntar al fontanero o el fontanero al cliente “¿con IVA o sin IVA?” no tiene otro nombre que corrupción.
Las propuestas lanzadas ayer por Rajoy son tan aprovechables y lícitas como las que plantea el PSC en Catalunya. Tantos mandamientos se encierran en unos pocos: transparencia absoluta en los contratos públicos y en la financiación de partidos; prevención, investigación y castigo de los delitos; recuperación del dinero robado; simplificación de trámites con las administraciones; medios técnicos en la justicia para afrontar delitos económicos… Pero, sobre todo, una nueva cultura democrática; una reinvención del sistema, que no consiste solo en la mera sucesión de procesos electorales, sino en una participación abierta, basada en las mayorías pero respetuosa y atenta a las minorías. Controles rigurosos y eficaces, y partidos con proyectos ilusionantes que devuelvan la confianza en la política.
Con los mayores respetos para Alberto Oliart, lo más importante de su nombramiento como presidente de RTVE es el hecho de que no sea otro el elegido. Porque ahí radicaba el mayor riesgo que la televisión pública corría a corto plazo tras la renuncia voluntaria de un decepcionado Luis Fernández. Durante los casi tres años de su mandato, consiguió el liderazgo de audiencia para RTVE sin necesidad de utilizar la basura; situó a sus servicios informativos fuera de cualquier debate partidista; profesionalizó la gestión pese a las enormes heridas de un ERE que supuso la salida de 4.150 profesionales (con los que se podrían hacer funcionar tres cadenas privadas); esquivó como pudo a bordo de su Vespa los rejonazos de un consejo de administración con mucho tiempo libre y ganas de enredar; derrochó pasión en la defensa de un modelo público de televisión cuyos fundamentos fueron trastocados desde el propio Gobierno sin siquiera consultarle…
Y cuando ya no soportó más puñaladas, Fernández aceptó el compromiso de aguantar al timón hasta que Zapatero y Rajoy, mano a mano, acordaran un nombre que al menos evitara destrozar de un plumazo la neutralidad conseguida en RTVE. Tengo una pregunta para Oliart: ¿Aportará algo más que el deseado consenso?
Ante una fecha tan redonda como la de hoy, víspera del veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín, este buzón de voz pretendía rebotar al aire unas cuantas preguntas sobre el capitalismo, la izquierda y el futuro. Sobre la necesidad de una perestroika en la socialdemocracia o sobre la interesante aportación ideológica de esas fuerzas anticapitalistas que van escalando posiciones en Europa gracias al empeño del socialismo moderado en seguir ejerciendo el papel de camión-escoba del neoliberalismo. Pero resulta que el Partido Popular no da un mínimo margen a la pretensión de discutir sobre aquello que en realidad debería mover cualquier proyecto político: las ideas. No lo permite porque, en un plazo de cuatro días (fagocitado ya ese supermartes en el que Rajoy juró que “no habrá una próxima vez”, al tiempo que esa próxima vez se visualizaba en el desplante de Esperanza Aguirre), el único grupo político con opciones de recuperar el Gobierno ha demostrado por penúltima vez que lo que menos le importa en su estrategia de oposición son las ideas. Confiado en que el paro y la incertidumbre económica serán las dos grúas que sacarán a Zapatero de la Moncloa, el PP se lanza al más simple oportunismo político sin importarle hacer trizas cualquier mimbre de un Estado de Derecho.
Ese “todo vale” con tal de recuperar el poder (pegamento mágico que suele tapar las grietas internas por profundas que sean) ha quedado estos días meridianamente expuesto en dos asuntos de extrema gravedad: la crisis del secuestro del Alakrana y la denuncia del sistema de escuchas Sitel.
Apropiarse de las víctimas
El PP tiene ya mucha práctica en la fea costumbre de ejercer como único y exclusivo defensor de las víctimas, ya sean del terrorismo etarra o del islamista. El pasado jueves, a los pocos minutos de conocerse el ultimátum de los piratas somalíes, que amenazaba con empezar a matar rehenes, los máximos dirigentes del PP lanzaron sus dentaduras sobre el cuello del Gobierno utilizando la legítima y comprensible angustia de las familias de los pescadores secuestrados. Aunque resulte increíble en cualquier otro país que ha sufrido chantajes similares, el principal grupo de la oposición propone que el Gobierno se haga responsable del pago del rescate exigido por los terroristas y que se cumpla también su exigencia de extraditar a los dos piratas encarcelados en Madrid por orden judicial.
El giro copernicano del PP en política antiterrorista no es apto para cardiacos, incluso cuando quien lo argumenta es alguno de sus líderes supuestamente más centrados. El presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, proclamó anteayer en Los Desayunos de TVE que “la justicia e interpretación de normas debe tener en cuenta la situación, el contexto en que se aplica; hay rehenes, y Gobierno y justicia deben trabajar juntos para traerlos a casa”. ¿Es que no recuerdan ni el PP ni Feijóo su posición durante el frustrado proceso de paz con ETA y el caso De Juana Chaos? Pues repasen la hemeroteca, porque el Fiscal General del Estado, Cándido Conde Pumpido, fue injuriado y colgado en la plaza pública por una frase bastante más ambigua.
Lo de Sitel es otro muro que el PP no debería saltar, porque ofende aún más a la inteligencia. Ese sistema de interceptación de comunicaciones que utilizan las fuerzas de seguridad fue encargado y pagado en 2001 con Mariano Rajoy como ministro del Interior. Costó un mínimo de diez millones de euros, pero el Gobierno de Aznar (astro rey de la austeridad en el gasto público) fue incapaz en los tres años siguientes de darle una cobertura legal pese a tener mayoría absoluta. Ahora, el PP se atreve a proclamar que Sitel sirve para realizar escuchas ilegales, entre las que (¡oh, sorpresa!) se incluyen las que sirven como pruebas de la trama Gürtel. Es decir, con tal de boicotear la investigación de la corrupción, al PP no le importa acusar sin evidencia alguna a Gobierno, fiscales y policías de un delito continuado “contra los derechos fundamentales”.
Curiosa coincidencia: en 30 años de democracia, sólo dos grupos políticos han denunciado reiteradamente que en España no existe la separación de poderes: uno (Batasuna) es ilegal. El otro aspira a volver a gobernar.
Tiene toda la razón Mariano Rajoy: «Santo Job sólo hay uno en la historia». Es más, el Santo Job, cuya existencia 2.000 años antes de Cristo narra la Biblia, difícilmente pudo encontrar acomodo verídico en la historia real. Porque cuesta mucho creer que alguien de carne y hueso soportara la cantidad de putadas que el diablo (de acuerdo con el mismísimo Dios) hizo al bueno de Job con el fin de poner a prueba su santa paciencia. Primero mataron a sus pastores, sirvientes, bueyes, ovejas y camellos. Luego se cargaron a sus diez hijos y, por último, le endilgaron una enfermedad en la piel que le obligó a vivir sentado junto a un vertedero, despreciado por todo bicho viviente. En un instante de lucidez, se supone que Job se atreve a preguntarse si Dios no habrá exagerado “un poco” en el sufrimiento provocado. Y entonces Dios, que no aguanta una broma, presume de haber creado el universo entero con todos sus animales y bienes: «¿Dónde estabas tú entonces, para que ahora vengas a discutirme lo que yo hago?». Job, absolutamente acojonado, se retracta de sus palabras y pide perdón humildemente.
No hace falta un máster en psicología para intuir lo significativo de la comparación que anteayer hizo Rajoy entre su experiencia como presidente del Partido Popular y la historia bíblica del Santo Job. Rajoy anunció que el próximo martes, ante el Comité Ejecutivo Nacional del partido, dará respuesta a «lo que los militantes y los cargos electos del PP están pensando». O sea que Rajoy (en la hipótesis de que sepa lo que piensan los militantes) anuncia un puñetazo en la mesa, una patada a la silla, un grito ensordecedor… ¡Qué sabe nadie lo que es capaz de soltar un Rajoy harto de tanta puñalada! Pues eso. Nadie lo sabe porque no se conoce otro personaje real con más paciencia que el Santo Rajoy. Con una diferencia no despreciable: a Job las desgracias se las enviaba el diablo con el permiso de un Dios incomprensiblemente cruel, mientras que a Rajoy se las van sembrando sus compañeros de partido y periódicos de cabecera, siempre con la inestimable ayuda del propio Rajoy, quien “personalmente en persona” (como diría el delicioso personaje de Andrea Camilleri) se empeña en seguir «echándole una pensada» a la situación mientras la situación lo arrolla de forma inmisericorde.
Hipótesis sobre el Día D
Hace 48 horas que el presidente del PP anunció solemnemente que dentro de otras tantas (el martes, día 3) se abrirán los cielos en la madrileña calle Génova y la voz de Dios impondrá la autoridad que tanto se le reclama desde los múltiples rincones de la derecha. ¿Y qué dirá esa voz para poner fin a la actuación simultánea de las cinco pistas del Circo Ringling en que se ha convertido el Partido Popular?
Este buzón de voz ha intentado recoger las distintas opciones que manejan los sectores enfrentados y el entorno de la dirección nacional. Y la conclusión más creíble queda atravesada por el escepticismo. Los barones regionales no salpicados por escándalos de corrupción (caben en un taxi) exigen a Rajoy que ponga fin al espectáculo ofrecido por el PP de Madrid y de Valencia, feudos fundamentales en el electorado fiel de la derecha. Los más lanzados se atreven a proponer medidas tajantes, como la de nombrar una gestora provisional en Madrid o la de sustituir a Camps por Rita Barberá y adelantar elecciones en Valencia.
Esta segunda posibilidad es más factible, sobre todo si el presidente de la Generalitat es llamado a filas por el Tribunal Supremo. La primera no resulta imaginable, porque dejaría a Esperanza Aguirre a dos metros bajo tierra, pero capaz de resucitar aquel Partido Liberal del que procede, aunque sólo fuera para evitar un triunfo de su entrañable enemigo Ruiz-Gallardón. El personal de derechas (y buena parte del de izquierdas), el mismo que se tapa la nariz ante la corrupción, no perdona un partido dividido en guerrillas internas.
A Job le fueron devueltas finalmente sus riquezas y una felicidad casi eterna como pago a una paciencia masoquista. Rajoy lo tiene más complicado. Aunque el martes proclame castigos a Cobo o una solución al docudrama de Caja Madrid, no podrá evitar el contagio de esa enfermedad dermatológica llamada Luis Bárcenas, su verdadero talón de Aquiles.
Resulta hoy más difícil encontrar un diagnóstico optimista sobre la situación política y económica que ver a una mujer vestida en la mansión de Berlusconi. El pesimismo azota como una gripe A y a menudo da la impresión de que no se basa tanto en los datos objetivos de la realidad como en el temor a salirse de lo políticamente correcto. Y ya se sabe que, mayormente, lo políticamente correcto lo impone la intelectualidad mediática de la derecha, con la inestimable ayuda de esa tropa formada por los progresistas “equidistantes”.
Dos personalidades históricas del socialismo español representan (entre otros muchos) ese discurso aparentemente “responsable” que daña sin descanso cualquier intento de avance por el carril izquierdo de la política.
Por un lado, el comisario europeo de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia, ex ministro, ex secretario general del PSOE y ex candidato a la presidencia del Gobierno después de ser rechazado como cartel electoral por las propias bases socialistas.
Por otro, Enrique Múgica, veterano socialista con más de treinta años de experiencia a bordo de un coche oficial y Defensor del Pueblo con tal capacidad de adaptación que a veces uno sospecha que podría darse el caso de no existir el pueblo pero sí su defensor Enrique Múgica.
Centrémonos en el primero. Poco antes del verano, los pronósticos vaticinaban para España una recesión “larga y profunda”, de modo que nadie se atrevía a imaginar un dato de crecimiento “positivo” antes del año 2012. La realidad visualizada es tan fugaz como el cometa Halley y los medios nos dedicamos a reproducir la declaracionitis incontinente de políticos y expertos de toda lid, así que la memoria colectiva galopa hacia la extinción.
Hoy, la mayoría de los gurús de la economía (los mismos que no olieron siquiera la que se nos venía encima hace un par de años) sostiene que España entrará en vías de recuperación durante el primer semestre de 2010. Lo cual no quiere decir que por esas fechas ya se esté creando nuevo empleo o que el sector de la construcción vuelva a las vacas gordas. Simplemente significa que la economía española no seguirá mermando sino que volverá a crecer.
Incertidumbre y frivolidad
Aunque resulte de una obviedad casi ofensiva, conviene aclarar que uno no aspira a que sus gobernantes le engañen. Dicho en cristiano: el ciudadano no es gilipollas. Si un responsable político tiene datos para afirmar que la economía irá a peor en los próximos seis meses, nadie le exige que mienta, ni que oculte esa realidad. Ahora bien, en el sueldo de los políticos y de las autoridades económicas estatales o globales (que entre todos sufragamos) entra el conocimiento de las bases de la evolución económica. Puede objetarse que ese análisis es multipolar y que nada tienen que ver las tesis de John Maynard Keynes con las de Milton Friedman. Correcto.
Pero ninguna escuela de pensamiento económico puede negar a estas alturas que el factor psicológico condiciona sensiblemente el futuro de la economía. Si se siembra la incertidumbre entre los ciudadanos, estos limitan el gasto e incrementan el ahorro, hasta el punto de que en la suma total pueden incluso paralizar el sistema.
Joaquín Almunia no pierde oportunidad para advertir de todas las calamidades que se ciernen sobre España: tan pronto exige un control estricto del déficit público como pronostica el grave riesgo que a su juicio corren las pensiones. Gracias, comisario. ¿Y no le parece significativa la facilidad con la que se pierden en este país puestos de trabajo en cuanto vienen mal dadas? ¿No considera su obligación insistir en el control del fraude fiscal o en la gravación de los beneficios empresariales o bancarios?
Últimamente, desde el FMI a la OCDE prevén en sus informes una recuperación lenta y segura de la economía española. No se trata de vender un optimismo de crecepelos, pero se agradecería simplemente el silencio de quienes no hacen sino cacarear pesimismo o incertidumbre sin aportar soluciones imaginativas, especialmente cuando estas podrían encabronar a los poderosos: a esos mismos cuyas fortunas han sido salvadas en el último año por la aplicación keynesiana del papel del Estado.
Tags: Bradlee Camps Costa Gürtel PP RajoyLo clavaba en sus memorias Ben Bradlee, el mítico director de The Washington Post: “Si agarras a alguien muy bien por las pelotas, tendrás su corazón y su cerebro”. No se puede asegurar a ciencia cierta por dónde tiene Ricardo Costa agarrado a Francisco Camps ni por dónde tiene Camps agarrado a Mariano Rajoy. De lo que no cabe duda es de que el caso Gürtel une la suerte de los tres.
Cuesta entender de otra forma la ceremonia de la confusión que entre todos provocaron en el día de ayer. O nadie dice la verdad o todos mienten. Ricardo Costa hizo una sorprendente demostración de fuerza. Anunció públicamente que se negaba a aparecer como “chivo expiatorio” y forzó a su jefe a devolver la pelota a la dirección nacional. Camps proclamó ante el Comité Ejecutivo valenciano su plena confianza en Costa y le permitió poner condiciones (una investigación interna y no ser sustituido por nadie en la secretaría general) antes de dejar “temporalmente” su cargo. Y la dirección nacional (muda todo el día) afirmó por escrito que ese Comité regional había “suspendido” a Costa no sólo como número dos sino también como portavoz en las Cortes valencianas, extremo desmentido de inmediato desde el Turia. El único que dijo una verdad contrastada fue el propio Costa: “En el PP la fiesta no se acaba nunca”.
Tags: De la Vega defensa ejército fuerzas armadas Juan Carlos Rajoy Trillo Yak 42 ZapateroLos sindicatos y la izquierda no tienen tradición de acudir a celebrar la fiesta nacional. Mamaron en la adolescencia aquello que cantaba Paco Ibáñez: “A mí la música militar, nunca me supo levantar”. De modo que no parece fácil adjudicarles los abucheos que año tras año se producen contra el Gobierno, y muy especialmente contra el presidente Zapatero, al principio, al final e incluso durante el desfile de las fuerzas armadas. Salvo en el año 2003, cuando muchos silbidos procedían de las tribunas reservadas a familiares de militares, desde entonces esos silbidos e insultos surgen de unas filas cercanas a las gradas oficiales. En aquel año se produjo el accidente del Yak- 42, que costó la vida a 62 soldados y demostró la desvergüenza del ministro de Defensa Federico Trillo. Con esa excepción, cabe concluir que son grupos de la derecha más recalcitrante quienes protagonizan todos los 12 de octubre una especie de rito anti-gubernamental.
Hasta ahora, Zapatero se llevaba la peor parte, pero ayer quedó aún más claro que este “movimiento nacional” no es espontáneo. La vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, que casi siempre gana en las encuestas en valoración a todos sus compañeros de gabinete, fue insultada por llegar la primera a la tribuna oficial. Es decir, apareció un rostro del Gobierno y, pese a ser presuntamente el más “popular”, se llevó las tortas de quienes sólo acudieron al desfile para eso: para dar tortas.
Zapatero restó importancia al asunto. La familia real también, aunque no pudo disimular su malestar en los corrillos del cóctel de palacio. Lo sorprendente es la reacción de Mariano Rajoy. Por más que se le insistiera, fue imposible sacar de sus labios una condena al boicot. Es lo que se viene a llamar “sentido del Estado”.
Tags: Berlusconi Constitucional estrategia Filesa financiación Gürtel PP RajoyA menudo los pueblos actúan como esos niños cabrones que, de todo aquello que ven, sólo copian lo malo. Y si los pueblos funcionan así, ¿qué puede esperarse de sus representantes? Generalizar es mentir. No todos son iguales, pero sorprende la semejanza en las reacciones ante coyunturas más o menos similares. Abundan estos días en la prensa y en las tertulias los paralelismos entre la actitud del Partido Popular ante la carcoma de la corrupción y la de Silvio Berlusconi a la hora de afrontar lo que debería ser el principio de su final como político demagogo y populista. Si no fuera por la identidad de los protagonistas, costaría diferenciar los titulares ofrecidos por Il Cavaliere y los mensajes que lanzan Mariano Rajoy, Cospedal, Camps o Javier Arenas.
Anteanoche, Berlusconi se despachó con esta humilde sentencia: “Soy el hombre más perseguido de la Historia, porque soy el primer ministro y represento un dique para la izquierda italiana”. Este individuo ha intentado desmantelar el Estado de Derecho en Italia con una ley que declaraba la inmunidad absoluta para sí mismo y (aunque sólo fuera por disimular) también para los presidentes de Congreso y Senado y para el presidente de la República. Pero resulta que el Tribunal Constitucional le ha parado los pies y ha tumbado esa vergonzosa ley, de modo que Berlusconi tendrá que someterse, como mínimo, a tres procesos judiciales por presunta corrupción, sobornos, competencia desleal y toda una ristra de delitos que en este papel no caben.
Lo que Berlusconi ha hecho para defenderse es simplemente atacar, sin importarle una higa la democracia, la justicia, la ética o el más mínimo respeto a la ciudadanía. Desde su punto de vista, los electores están para ser utilizados como una masa idiotizada que seguirá sus pasos sobre la base de una fe ciega capaz de perdonar los más ruines pecados.
¿Y tú quién eres?
Exactamente la misma estrategia, con modales sólo un poquito más finos, es la que vienen empleando los dirigentes del Partido Popular para esquivar, dilatar o aminorar los daños del escandaloso caso Gürtel. Si Cospedal se inventaba unas escuchas ilegales en agosto para que no se hablara del tesorero Luis Bárcenas, luego Rajoy hablaba de una “persecución política del Gobierno y la Fiscalía”. Ayer mismo, Javier Arenas sacó a pasear de nuevo el caso Filesa, la financiación irregular del PSOE descubierta y condenada en los años noventa, para lanzar ese chulesco “¿quién eres tú para acusarme a mí?”. Arenas juega con la desmemoria colectiva, puesto que, tratándose en ambos casos de delitos de financiación ilegal de idéntica gravedad, los inculpados por Filesa fueron apartados de sus cargos, cumplieron las sentencias y no se hicieron ricos. Los imputados del PP en la trama Gürtel han saqueado las arcas públicas no sólo para su partido sino para forrarse ellos mismos. En este sentido, Arenas podría utilizar como referencia más bien a Luis Roldán o a Mariano Rubio, y no a los de Filesa. Y Arenas sabe de lo que habla, como íntimo amigo que hasta veraneaba con Jesús Sepúlveda, ex alcalde de Pozuelo, imputado por haber recibido más de 400.000 euros de la Gürtel, actual asesor del propio Rajoy, receptor de un coche a nombre de su entonces esposa Ana Mato… En fin, que Arenas pierde fabulosas ocasiones de mantenerse callado.
Ahora bien, ya puestos a imitar modelos como el italiano, tan denostado por el resto de Europa, estaría bien no comportarse como niños cabrones y copiar también lo bueno. El Tribunal Constitucional de Roma ha tardado dos días sin sus noches en decidir si era o no constitucional la Ley Alfano. El TC español lleva tres años y medio largos estudiando un Estatut negociado por expertos constitucionalistas, aprobado por dos parlamentos y por el pueblo catalán. Es cierto que primero el PP y después el PSOE han dilatado el debate con sus recusaciones, pero también lo es que la presidenta no ha sabido ejercer la autoridad ni la capacidad negociadora que le correspondía. Y, metidos en la imitación positiva, ¿para cuándo se levantará aquí la inmunidad del Jefe del Estado, que contradice por completo la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley establecida también en la Constitución?
Tags: discursos EEUU gestos Guantánamo Nobel Obama PazSiempre he sostenido mi asombro ante las enormes coincidencias entre la trama de El Ala Oeste de la Casa Blanca y el fenómeno Obama. Como uno cree cada vez menos en la casualidad, sospecho desde hace tiempo que fueron los inteligentísimos asesores de Barack Obama quienes copiaron a los inteligentísimos guionistas de la mejor serie política de la historia de la televisión. Lo contrario no pudo ser, porque los episodios en los que el fabuloso presidente Bartlet daba paso al primer presidente hispano (en lugar de negro) de Estados Unidos se rodaron antes de que Obama iniciara su carrera por la presidencia.
Se diría que la Fundación Nobel ha querido completar la conexión entre la presunta “revolución Obama” y El Ala Oeste. Lo único que le faltaba a Obama era tener un Premio Nobel. Bartlet, el de la ficción, era ya Nobel de Economía antes de ocupar la Casa Blanca. Obama ya tiene el de la Paz, cuando ni siquiera ha cumplido un año de presidencia.
Decisión disparatada
Más allá de las casualidades y el marketing televisivo e internauta, la concesión de este premio a Obama es disparatada. Uno admira a este individuo, capaz de emocionar e ilusionar a un pueblo en los momentos más graves desde la Segunda Guerra Mundial. Uno admira a Obama aunque sólo fuera por ser capaz de escribir “Los sueños de mi padre” y “La audacia de la esperanza” (siempre confiando, claro, en que no tenga un ‘negro’ que los escriba). Uno admira a Obama por sus discursos, siendo consciente de que el mayor mérito es de su equipo de redacción de discursos (como le ocurre a Bartlet en El Ala Oeste).
Ahora bien, no hay precedente de un Nobel de la Paz adjudicado a nadie por sus discursos. Como mucho, se ha concedido algún Nobel de la Paz por ciertos gestos, a veces dignos de mejor causa (lo recibió Kissinger, uno de los individuos que más golpes de Estado ha sugerido en el mundo). Hasta el momento Obama ha anunciado intenciones que para cualquier progresista resultan fantásticas: desde el desarme nuclear a la salida de Irak, el fomento del multilateralismo, la defensa de los derechos humanos, etc. Pero son anuncios. De hecho, el prometido cierre de la cárcel de Guantánamo aún no se ha producido. Y la instalación de bases militares en Colombia no casa muy bien con los merecimientos de un Nobel de la Paz.
En resumen. Si los Nobel premiaran una labor ejecutada y probada, hay bastantes nombres que merecen el de la Paz muy por delante de Obama. De modo que el único deseo que ahora podemos tener es que Obama, algún día, merezca de verdad el premio que hoy le ha regalado sin mayor fundamento el Comité Nobel noruego.
Tags: Bárcenas contribuyentes Don Vito Gürtel impuestos RajoySostener públicamente que cuatro caraduras montaron una trama para aprovecharse del Partido Popular, sometido ahora a una supuesta persecución política, es un insulto a la inteligencia. Nada menos que 18 cargos del PP han recibido, en dinero blanco o negro o en especie, 6,3 millones de euros, cantidad con la que se pueden comprar 25 Ferraris último modelo o 32 pisos de 200.000 euros, eso depende de las necesidades o caprichos de cada cual. Lo importante de verdad, lo que conviene que nadie olvide, es que ese dinero pertenece a todos los contribuyentes. No sale de la perspicacia financiera de Don Vito Correa ni de un hortera del calibre de El Bigotes. Ni siquiera sale de afortunadas inversiones en arte del ex tesorero y todavía senador Luis Bárcenas o de la aguda visión comercial de consejeros, alcaldes y concejales del PP. Las pruebas de esos sobornos que figuran en el sumario del caso Gürtel son contundentes, como lo son también las que llevan a la conclusión de que el PP se ha financiado ilegalmente al menos en tres comunidades autónomas. Obviamente con mucho más dinero, que también sale de las arcas públicas. Dicho de otro modo: de los impuestos que pagamos entre todos. De esos mismos impuestos cuya subida califica Mariano Rajoy de catástrofe absoluta para el futuro de España.
Los dirigentes del PP tienen perfecto derecho a engañarse a sí mismos con la estrategia de culpar siempre al prójimo de sus propios males. Pero no a ofender al ciudadano al que se ha robado descaradamente.