Público
OPINIÓN

La ciencia es la única noticia

 

Agradecimiento y despedida

07 Mar 2012
11:31 
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Quienes hemos tenido la satisfacción y el privilegio de realizar durante cuatro años y medio La ciencia es la única noticia, queremos manifestar nuestro agradecimiento a Patricia Fernández de Lis y a todo el equipo que, con su profesionalidad y entusiasmo, consiguió que el diario Público ofreciera la mejor sección de ciencias de la prensa española. También a los numerosos lectores y lectoras, especialmente a cuantos, con su asidua participación en el blog, convirtieron la sección en algo vivo y en continuo crecimiento. Y junto con nuestra gratitud, queremos expresar nuestro pesar por el cierre del periódico y nuestro compromiso con las trabajadoras y trabajadores que lo hicieron posible.

José María Bermúdez de Castro
Miguel Delibes de Castro
Carlo Frabetti
Manuel Lozano Leyva

Sinestesia

19 Feb 2012
09:00 
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Hace unos días asistí en La Habana, durante la concesión de un premio de literatura infantil, a un espectáculo tan fascinante como conmovedor: actuando en representación de un proyecto de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas Cubanos), un grupo de niñas y niños sordomudos cantaron con las manos un poema de José Martí musicalizado por José Luis Estrada. Significativamente, el poema elegido fue A Emma, que Martí dedicó a una niña sordomuda y que termina diciendo: “Que todas las palabras de mis labios no son una mirada de tus ojos”.

Y digo que el espectáculo fue tan fascinante como conmovedor porque, a pesar de mi escaso conocimiento del lenguaje gestual de los sordomudos, en algunos momentos oí la canción, y no fui el único, según pude comprobar al contrastar luego mis impresiones con las de otros espectadores. ¿Sugestión? En parte, sí; pero no sólo eso.

La sinestesia es una anomalía de la percepción por la cual algunas personas pueden ver el color de un sonido o de una palabra, o percibir el sabor de una superficie al pasar la mano por ella; según algunos investigadores, este fenómeno se debería a una activación cruzada de dos áreas adyacentes del cerebro al procesar determinadas informaciones sensoriales. No hay datos precisos sobre la incidencia de la sinestesia: algunos opinan que es una anomalía muy rara, mientras que otros piensan que podría afectar al 1% de la población. Y no faltan los que creen que un cierto grado de sinestesia ocasional es bastante frecuente, e incluso susceptible de desarrollarse con un entrenamiento específico.

Parece ser, por ejemplo, que algunos grandes maestros de ajedrez, al jugar una partida, utilizan de forma muy activa el área del cerebro normalmente empleada para identificar rostros. Sabemos que los jugadores de ajedrez no se limitan a realizar un análisis combinatorio de las jugadas posibles (tarea inabarcable dada la cantidad astronómica de posibilidades a las que se enfrenta un jugador tras cada movimiento de su adversario), pero desconocemos los mecanismos concretos que confluyen en la elección de una determinada estrategia. Y la explicación, al menos en parte, podría estar en ciertos procesos sinestésicos que permitirían ver el tablero como un todo orgánico, casi como un ser vivo dotado de expresión.

Aunque lo más interesante es que la sinestesia podría brindar una explicación del origen del lenguaje alternativa a la de la evolución en paralelo de varias áreas cerebrales independientes. Pero esa es otra columna…

El misterioso ‘quagma’

18 Feb 2012
09:00 
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

El estado más misterioso y agresivo en que puede estar la materia es el llamado quagma por unos y glasma por otros. Son acrónimos de plasma de quarks y gluones del que el lector curioso va a oír y leer con frecuencia en los próximos tiempos, porque en el último acelerador (LHC) del CERN (Centro europeo de Investigaciones Nucleares) puede que se produzca dicho plasma inminentemente.

Los átomos se supusieron indivisibles durante veinticuatro siglos. En el siglo XX, esos ladrillos de la materia no sólo se dividieron y manipularon de mil maneras, sino que de sus componentes básicos: electrones, protones y neutrones, se pudo generar una variadísima fauna de partículas. Para hacer esto era necesario aplicarles una gran energía bombardeándolos con algunas de esas partículas aceleradas por máquinas cada vez más poderosas. En la segunda mitad del siglo pasado se demostró que la mayoría de esas partículas estaban formadas por otras: los quarks.

Las propiedades de estos quarks son muy originales. Por ejemplo, su carga eléctrica es una fracción de la del electrón, la cual se consideraba mínima y fundamental. Pero lo más interesante es la fuerza con que se mantienen unidos tres de ellos dentro de, por ejemplo, el familiar protón. Esa fuerza aumenta con la distancia, lo cual, aunque parezca poco familiar porque lo usual es lo contrario (la fuerza gravitatoria entre dos cuerpos se debilita paulatinamente conforme se alejan), es lo que le sucede a un simple muelle, que mientras más se estira más intensa es la fuerza que hay que aplicarle para hacerlo. Por eso los quarks siempre están confinados dentro de las partículas que forman y no se pueden estudiar directamente. Hasta ahora, porque la energía del LHC es tan alta que podrá cascar protones y neutrones liberando esos quarks. ¿Y los gluones? Hacen en la fuerza nuclear el mismo papel que los fotones en la fuerza eléctrica: transmitir esta entre las partículas sensibles a ella, en aquel caso los quarks.

A unas energías tan estremecedoras que sólo existieron justo después del Big Bang, o sea, el equivalente en temperatura a varios trillones de grados, se hacen colisionar núcleos de plomo. El estallido de estos liberarán los quarks y los gluones de sus protones y neutrones. Ese fluido hiperdenso a esa gran temperatura y terriblemente electrizado es el quagma, o sea, el estado más primigenio de la materia. Dicen que cuando se pueda estudiar ese plasma en el laboratorio se estará viendo la película de la creación del mundo. Es una tontería, pero es una bella tontería.

El tribalismo de Europa

12 Feb 2012
09:24 
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

Recuerdo haber escrito en estas mismas páginas alguna reflexión sobre nuestro carácter tribal. Los orgullosos ciudadanos de los países supuestamente civilizados contemplamos con cierto paternalismo a las tribus que, por fortuna, aún persisten en el planeta. Esas tribus viven de la caza y la recolección, aunque muchas han sido contaminadas en tiempos recientes por las influencias de los países desarrollados. No hace tanto tiempo, los europeos vivíamos en tribus similares a las que ahora perviven en ciertos lugares de África o Suramérica. Según nos cuentan, algunas tribus del norte causaron el declive de ciertos imperios.

Con el paso de los años, la globalización cultural se fue adueñando de la forma de vida de todos los europeos. Se puede viajar desde Algeciras hasta el norte de cualquier país de Escandinavia sin que notemos variaciones dramáticas en la forma de vida de sus gentes. Veremos cambios en la fisonomía de los pueblos, una interesante diversidad gastronómica, cierta pluralidad en las costumbres de la vida diaria, casi siempre condicionadas por el clima y el tiempo de luz solar, etc. Pero no detectaremos nada verdaderamente espectacular o sorprendente.

La genética está en sintonía con estas observaciones. La homogeneidad del genoma de los todos los europeos es muy notable. No obstante, y a pesar de todos los argumentos que acabo de exponer, el carácter tribal de Europa sigue vigente. Es nuestro talón de Aquiles, del que se aprovechan otros países con la misma o mucha menor trayectoria histórica.

El tribalismo es un rasgo característico de todas las especies de nuestra genealogía. Hemos conservado un tipo de comportamiento ancestral, que intentamos disfrazar con voluntad y con un gran esfuerzo intelectual. Pero los genes nos delatan y traicionan. Tanto es así que en todos los países europeos existen fuerzas de dispersión, que se oponen a las fuerzas de cohesión. Ni tan siquiera nuestros líderes políticos son capaces de ponerse de acuerdo en algo tan fundamental como la estabilidad económica de Europa. Es natural, los políticos tienen los mismos genes y, por tanto, las mismas inclinaciones que cualquiera de nosotros. Son los jefes de las tribus europeas, con mayor o menor influencia en función de sus fuerzas económicas.

A pesar de los enormes esfuerzos de los grandes intelectuales que tenemos en Europa, la influencia de los genes hará muy complicada la ansiada unidad de todas las tribus. Quizá la única manera de combatir la crisis que nos afecta de manera cada vez más alarmante.

Involución

11 Feb 2012
09:14 
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VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Lo cierto es que pasan cosas (cuando escribo, la condena a Garzón; antes, los problemas de Público…), se anuncian otras (volver a abortar a Londres, urbanizar aun más la costa…), terminan los contratos de los más brillantes jóvenes de nuestros laboratorios sin resquicio para renovarlos… En general, la búsqueda del conocimiento es una aventura apasionante y divertida, pero estas semanas se antojan grises y ofrecen pocas oportunidades de reír. Tal vez por eso he recordado la involución, la evolución hacia un estado inferior, que fue llamada degeneración darwiniana.

Aclaremos de entrada, para no engañar a nadie, que la degeneración darwiniana fue una teoría de finales del XIX que carecía por completo de fundamento. ¿Qué es evolucionar a peor? ¿Acaso son mejores las patas que las aletas? Sin embargo, los partidarios de aquella idea sugerían que los delfines eran mamíferos degenerados, puesto que habían modificado sus patas. ¡Y para qué hablarles de las serpientes, que carecían de extremidades! ¡La degeneración en forma de bestia! Mark Twain se burló de estas aproximaciones (en otra ocasión escribí aquí mismo sobre él, pero creo que no conté esta historia).

Decía Twain, con su característica ironía, que los humanos descendíamos de animales superiores, como las anacondas, y éstas a su vez de otros animales aún mejores, y así la vida habría ido, poco a poco y durante largo tiempo, degenerando desde algún ancestro lejano casi perfecto, “tal vez un átomo”. Lo argumentaba invocando un experimento que se atribuía: tras colocar una anaconda con varios becerros, se comió uno y no molestó al resto, en cambio un conde inglés en las Grandes Llanuras mató un montón de bisontes y los dejó pudrir; sin duda, el conde era una anaconda degenerada.
El más conocido defensor de la teoría de la degeneración se llamó Lankester y fue director del Museo Británico de Historia Natural. A Lankester, un buen hombre de su tiempo, le preocupaba seriamente que los ingleses degeneraran: “Debemos saber que estamos sujetos a leyes naturales y tenemos tantas posibilidades de mejorar como de empeorar”. Pensó, por tanto, en recetas posibles para evitarlo, y encontró una: potenciar la investigación “para ser capaces de orientarse en el futuro a la luz del pasado”.

Estamos involucionando, se diría, aunque nada tenga ello que ver con Darwin y la biología. Tal vez, como Lankester sugería hace 130 años, la respuesta a esta crisis esté en el conocimiento. Pero el propio hecho de involucionar nos lleva a despreciarlo.