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Dominio público

Opinión a fondo

El amigo ruso

21 abr 2010
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NICOLE THIBON

04-21.jpgEn la mañana del pasado lunes 29 de marzo, en plena hora punta, explotaron dos bombas en el metro de Moscú, una en la estación Park Kulturi, antes conocida como Gorki Park, y la otra en la estación Lubianka, zona de siniestra memoria y patrullada con intensidad por la policía. Los dos atentados suicidas sumaron 40 muertos y 121 heridos, y la responsabilidad de ambos ha sido reivindicada.
El primer ministro Vladímir Putin reaccionó rápidamente y con encomiable energía: pidió a las fuerzas de seguridad del país que “limpiaran las cloacas” en busca de los responsables del doble atentado. Hay que “extraerlos, a la luz de Dios, del fondo de las canalizaciones. Es una cuestión de honor”. Y precisó: “Quienes preparan la sopa o lavan la ropa” de los que ponen bombas deberán responder igualmente del crimen. El presidente Medvédev, en lugar de recurrir a adjetivos grandilocuentes, decidió visitar por sorpresa Daguestán, en donde otros dos atentados suicidas habían tenido lugar poco después.
Sin embargo, no es la primera vez que el blanco es el espléndido metro de Moscú. En febrero de 2004 tuvieron lugar atentados similares en los que 34 personas hallaron la muerte en un tren que se acercaba a la estación Paletevskaia. Seis meses después, un kamikaze se hizo estallar en el exterior del metro moscovita, dejando diez muertos.
Al margen de la situación en Chechenia, y cualesquiera que sean las opiniones de los ciudadanos rusos sobre las contundentes reivindicaciones de los independentistas caucásicos, muchos rusos comienzan a pensar que la falta de seguridad podría tener su origen en los Servicios de Seguridad mismos.
Mediocre espía del KGB, los servicios secretos de la época, y tras años de desempleo, Putin entra en la alcaldía de San Petersburgo. En 1998, ya bajo el Gobierno de Boris Yeltsin, llega a dirigir el FSB, sucesor del KGB, y de allí pasa a conseguir el rango de primer ministro, en 1999.
Ahora bien, en la medianoche del 8 al 9 de septiembre de 1999, en el número 19 de la calle Gurianova, un edificio de nueve pisos se derrumba sobre sus residentes, dejando 94 muertos y 249 heridos. Cuatrocientos kilos de explosivo habían sido colocados en el subsuelo junto a las pilastras de los cimientos del inmueble. Cuatro días después, a las cinco de la mañana en la avenida Kachirskoye, una bomba colocada en una casa de apartamentos de ocho pisos deja 119 muertos y 200 heridos. Otras dos ciudades de provincia también sufren atentados. El manifiesto problema de seguridad pide con naturalidad la solución de un Gobierno fuerte. La prensa, en esta época todavía relativamente libre, señala en los alrededores la presencia de un coche del FSB cargado de explosivos y advierte de que un diputado de la Duma denunció un atentado en la ciudad de Volgodonsk dos días antes de que, efectivamente, tuviera lugar en la dirección indicada. Los criminales, designados con sus nombres por las autoridades, no son arrestados. Ninguna investigación parlamentaria es autorizada. Hay fuertes sospechas de que el Gobierno está intentando acallar el asunto.
Dos meses después de los atentados y a causa de la alarma social, Boris Yeltsin dimite y deja el Kremlin en manos de Putin, que toma el poder para no dejarlo. A partir de ello, se desencadena la segunda guerra de Chechenia, la prensa queda controlada –por no decir amordazada– y los periodistas demasiado curiosos son simplemente asesinados. Los periódicos de más de 100.000 ejemplares son comprados por amigos del presidente y del FSB, y los jueces se convierten en meros servidores del poder. Según The Economist, “hay muchos indicadores de que los jefes de la seguridad gozan de una combinación de poder y dinero sin precedentes en la historia de Rusia”. Pero los atentados se interrumpen y, con un 75% de votos según los sondeos, Putin llega a la cima de su popularidad.
Hoy, el Putin primer ministro ya no goza de la popularidad del Putin presidente. Como respuesta a los últimos atentados, el FSB reclama “nuevas medidas, más duras” y, naturalmente, un aumento del presupuesto. Pero nadie parece contemplar la posibilidad de tratar las raíces del mal, es decir, el polvorín independentista y martirizado del Cáucaso. Sin ninguna estrategia antiterrorista, es como si la política del Gobierno “centrara sus esfuerzos en la lucha contra el pueblo y no contra los terroristas”, escribe Nicolás Petrov, del Centro Carnegie de Moscú. Juzgado responsable de la falta de habilidad del Comité Nacional Antiterrorista, creado en 2006 –el número de atentados subió de 48 en 2007 a 876 en 2009– Putin llega a ser abucheado por manifestantes que piden su dimisión, y la población tiende a confiar más en Dmitri Medvédev.
Qué casualidad: justamente cuando Putin pierde gran parte de su popularidad, los chechenos programan una nueva serie de atentados. Donde algunos ven la incapacidad y total falta de estrategia antiterrorista del Gobierno, otros hablan hoy en Moscú de la complicidad entre Putin y los Servicios Secretos. El politólogo Andréi Piontkovsky, ex director del Centro de Estudios Estratégicos, resume así los últimos diez años: “Septiembre de 1999: terror en Moscú. El primer ministro Putin se convierte en presidente para salvarnos. Marzo de 2010: terror en Moscú. ¿El primer ministro Putin volverá a ser presidente para salvarnos otra vez?”.

Nicole Thibon es periodista

Ilustración de Miguel Ordóñez

Y al Este, el desencanto

01 nov 2009
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LUIS MATÍAS LÓPEZ

dominio-01-11.jpgDado que la vuelta atrás es imposible, no tiene sentido preguntar a los ciudadanos de la Europa del Este si añoran o no la época anterior a la caída, hace ahora 20 años, del Muro de Berlín, alegoría de hormigón de la frontera ideológica y política entre dos mundos. La Unión Soviética saltó en pedazos y, para desgracia de cuantos crean necesario un contrapeso que limite los excesos del capitalismo, el socialismo real se fue para no regresar. Sólo conserva algún que otro residuo agonizante

(Cuba), pervertido y desviado (Corea del Norte) o pragmático hasta la desnaturalización (China).
Ni siquiera Vladímir Putin, para quien la desaparición de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, parece desear ese retorno al pasado. Le basta al primer ministro ruso, en enigmática cohabitación con el presidente Dimitri Medvédev, con imponer una centralización a la soviética que pasa por eliminar cualquier oposición, segar la libertad de prensa e intentar recomponer parte del imperio perdido. Es un designio que se vislumbra, por ejemplo, tras la guerra del gas con Ucrania, el estallido bélico de agosto de 2008 en Georgia y la oposición sistemática a la ampliación de la Alianza Atlántica hacía países que no hace tanto estuvieron en la órbita de Moscú.

Será un aniversario agridulce para la Europa del Este, que no se ha amoldado por completo al sistema capitalista y democrático que, bajo el dominio soviético, fascinaba a buena parte de su población. Superada la fase de entusiasmo de las revoluciones de colores, transformadas las economías, recuperadas las libertades de expresión, de prensa y de voto, consolidado el pluripartidismo, y casi completado el proceso de adhesión a la UE y la OTAN, el desencanto arraiga. Después de ser víctimas del fracaso de la utopía comunista, les toca sufrir el fracaso de la utopía capitalista.

Según el diccionario de la Real Academia, utopía es el “plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. Y no están los tiempos para optimismos. Aunque ya la reproduje en estas mismas páginas en enero, no me resisto a citar de nuevo una frase entre cínica y autocompasiva que circulaba por Rusia allá por el cambio de siglo y que aún tiene vigencia en la mayor parte del antiguo espacio de influencia soviética: “Hemos descubierto que todo lo que nos contaban del comunismo era falso y que todo lo que nos contaban del capitalismo era cierto”.

Más allá de diferencias nacionales, a veces muy notables, la economía de la región se contrajo entre 1989 y mediados de los noventa, se estancó hasta finales de siglo, creció con fuerza a partir de entonces y sufre hoy con especial virulencia los efectos de la crisis. Aunque con algunas reservas, cabe asegurar que los sistemas políticos se han democratizado y han ganado en transparencia y legitimidad, pero el paraguas protector público característico de la época soviética (pleno empleo, sanidad y educación gratuitas, etc.) se ha cerrado muy dolorosamente sobre los sectores más débiles de la población. En el platillo negativo de la balanza pesan además males como los siguientes: desmoralización, corrupción, frustración, apatía, descenso de la población, saqueo del Estado mediante privatizaciones opacas, control por la vieja nomenklatura de empresas y medios de comunicación e insuficiente control democrático de los excesos del poder.

La frustración se alimenta con la evidencia de que la integración en la UE no ha sido una panacea. Ni siquiera sobrevive intacto el atlantismo al que la Europa del Este se sumó con entusiasmo porque EEUU y la OTAN parecían la única defensa posible contra la eterna amenaza, real o no, del oso ruso. Con el conciliador Obama, esa garantía les parece menos firme que con Bush.

Más allá de las encuestas, el desencanto se reflejó en la participación de las pasadas elecciones al Parlamento Europeo. Sólo dos países del Este superaron la media, que fue del 42,9% para el conjunto de la Unión: Letonia (52,5%) y Estonia (43,2%). Por detrás quedaron Bulgaria (37,5%) y Hungría (36,3%). Y ya en la cola, los otros seis nuevos socios orientales: Eslovenia y República Checa (28,2%), Rumanía (27,4%), Polonia (24,5%), Lituania (20,9%) y Eslovaquia (19,6%).

Cabría pensar que, tras tantas décadas de dominio soviético, de elecciones trucadas, de partido único, deberían ser cualquier cosa menos euroescépticos. Pero no. Un estudio del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo señalaba ya a finales de 2007 que sólo el 30% de ellos estimaba que su nivel de vida era superior al de 1989, y únicamente el 15% creía que la corrupción era menor. Así, y aunque los motivos sean otros, casi se puede entender el penoso espectáculo de que el presidente de un país del Este, la República Checa, ponga en jaque la supervivencia del Tratado de Lisboa. O que el 36% de los europeos, con picos mucho más altos en Alemania y Francia, estén convencidos de que la ampliación ha debilitado a la Unión, aunque sean más, un 48%, los que opinen lo contrario.

¿Merece la pena ampliar aún más las fronteras de la Unión? El debate está abierto y se centra nuevamente en la Europa del Este, con Croacia en una fase avanzada hacia la adhesión, y con una larga lista de espera: Turquía, Albania, Moldavia y cinco de los países surgidos de la explosión yugoslava: Bosnia, Macedonia, Kosovo, Serbia y Montenegro. Nadie quiere quedarse fuera de la UE. Tanta demanda, 20 años después de la caída del Muro, sitúa en su justo punto el escepticismo de los socios llegados del frío. Se extiende la percepción de que, pese a todos los problemas y reticencias, la Unión no es una opción entre muchas, sino la única alternativa real de progreso y modernización.

Luis Matías López es periodista

Ilustración de Miguel Ordóñez

¿Es Rusia un país irrelevante?

29 sep 2008
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AUGUSTO ZAMORA

Hace escasos días, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, declaró que Rusia “es cada vez más autoritaria en su propia casa y más agresiva en el exterior”, conducta que la llevaría al “aislamiento internacional” y a la “irrelevancia política”. Si estas declaraciones las hubiera hecho el representante de algún país periférico serían una anécdota. Si la señora Rice se hubiera referido a un Estado suburbial podrían entenderse. Pero que lo diga la ministra de Exteriores de EEUU refiriéndose a Rusia genera heterogéneos sentimientos y pensamientos, por razones que saltan a la vista.

Respecto a políticas agresivas, desde el fin de la mal llamada Guerra Fría, EEUU ha agredido a tres países: la reducida Yugoslavia de Serbia y Montenegro en 1999, Afganistán desde 2001 e Irak desde 2005. En 1993 invadió Somalia. En 1994, con Bill Clinton, ocupó Haití y, en 1998, bombardeó una supuesta fábrica de armas químicas en Sudán, que resultó ser una empresa farmacéutica. Su presupuesto militar significa el 50% del gasto militar mundial, destinado a mantener, además de dos guerras, las 737 bases militares que EEUU tiene distribuidas en 130 países, con 250.000 soldados y funcionarios. Con esas cifras no hay base moral y política para hablar de pacifismo, menos todavía para afirmar que las conductas agresivas llevan al aislamiento y a la irrelevancia internacional. Si así fuera, EEUU debería estar aislado y excluido de todo.

Sobre modos autoritarios y derechos humanos, baste recordar que EEUU mantiene cárceles secretas en decenas de países, incluyendo europeos, que ha institucionalizado la tortura y que un preso en Guantánamo puede ser condenado a muerte por un tribunal militar, sin derecho a apelación y sin conocer el expediente. No es, por tanto, el país más indicado para dar lecciones morales al resto del planeta.

En lo que al aislamiento se refiere, Rusia no es Malawi o Nicaragua. Posee 17 millones de kilómetros cuadrados, que se extienden desde Polonia y Finlandia a las islas Aleutianas, en Alaska. Sus aguas van del Báltico a Japón y puede terminar siendo dueña de la mayor parte del tristemente en deshielo continente ártico. Es el país más extenso del mundo, poseedor, además, de riquezas naturales y energéticas casi infinitas, con más de 200 millones de habitantes (dentro y fuera de Rusia) y el mayor arsenal nuclear del mundo. Su desarrollo científico-técnico es notorio en la producción de sistemas bélicos y su capacidad aeroespacial es competitiva y poderosa. Su recuperación como gran potencia es evidente y recursos no le faltarán para mantenerla y fortalecerla. Pretender que un Estado de esas características caerá en la “irrelevancia política” es mostrar un atroz desconocimiento de las realidades de nuestro planeta.

Pero Condoleezza Rice pasa por mujer instruida y conocedora de esas realidades. Sus palabras, por tanto, no habrían obedecido al hecho de demostrar menosprecio hacia las potencialidades de Rusia, como gran Estado, sino a otras razones. Más parecerían responder a un sentimiento creciente de impotencia, provocado por el convencimiento íntimo (dejemos las amenazas de la candidata republicana Sara Palin, de guerra con Rusia, como anécdota) de que EEUU poco puede hacer, hoy por hoy, para enfrentar a Moscú. O que lo que puede hacer sería infinitamente peor que renunciar a hacer algo.

Ha expresado recientemente John Gray, profesor de la Escuela de Ciencias Económicas de Londres, que EEUU “con las instituciones hipotecarias en bancarrota y nacionalizadas, y la inmensa maquina de guerra financiada, en la práctica, mediante préstamos exteriores está en un profundo declive”. Cualquier observador neutral se da cuenta de esta realidad. Conoce, así mismo, que Rusia, China, India y otro puñado de países han creado o están volviendo a crear su propia zona de influencia e intereses, ocupando los espacios que EEUU (y también Occidente) se ve obligado a abandonar. Por tal motivo, el mundo de hoy poco tiene que ver con el que se cerró con la caída del muro de Berlín. La única región del planeta donde siguen considerando a EEUU como potencia total mundial es Europa, como si sus gobiernos y politólogos –con las excepciones de rigor– hubieran quedado en estado político catatónico y fueran incapaces de superar los reflejos condicionados generados durante la Guerra Fría.

Este es el punto central que llama la atención y que debería preocupar. ¿A qué razones, intereses o compromisos obedece el casi ciego seguimiento europeo de las políticas mundiales de una potencia en franco declive, cuando ese declive aconseja, por el contrario, marcar distancia? ¿Qué mecanismos psicológicos operan de forma tan aguda que le impiden a Europa adaptarse a los nuevos tiempos y elaborar su propia política, hacia Rusia y otras zonas, sin la tutela de EEUU? ¿Por qué empeñarse, no sólo en mantener a un fósil de la Guerra Fría como la OTAN, sino en insistir en su expansión hasta las costillas profundas de Rusia? ¿Piensa alguien en Europa, con dos dedos de frente, que Rusia permanecerá impávida, mientras EEUU le coloca misiles y ejércitos hostiles en el borde mismo de sus fronteras?

¿O se trata de algo más profundo, subterráneo, que ancla sus orígenes en las guerras entre occidentales y eslavos? Esclavo es un término que proviene de eslavo, porque eslavos fueron mayoritariamente los esclavos de godos y latinos. A pesar de su creciente poder, Rusia era vista, en los siglos XVII y XVIII, como un país bárbaro. Napoleón quiso acabar con ella y Churchill hizo cuanto estuvo de su mano para que la Alemania de Hitler descargara contra la URSS, no contra Francia, toda su furia militar. Ambos fracasaron estrepitosamente y el país agredido emergió más poderoso y fuerte.

El suicidio de la Unión Soviética fue visto como una ocasión de oro para poner a Rusia definitivamente de rodillas. EEUU avanzó sobre Asia Central y, como OTAN, sobre el Báltico y los Balcanes. Ahora quiere el Cáucaso y Ucrania. Como carreta tirada por caballos ciegos, Europa, de la mano de EEUU, está sentando las bases de nuevas guerras. ¿Hay alguien por ahí que se dé cuenta de eso? ¿Compensará EEUU su declive mundial absorbiendo a Europa y usándola como gallo de pelea? ¿Vamos hacia la batalla final entre los civilizados occidentales y los bárbaros eslavos del norte que rehúsan someterse a EEUU como han hecho los eslavos del sur (salvo Serbia y así le ha ido)?

Augusto Zamora es profesor de Derecho Internacional y RRII en la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración sw Javier Olivares 

La OTAN pierde un peón y gana dos alfiles

02 sep 2008
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LUIS SOLANA

solana.jpg

La dramática situación que está viviendo Georgia requiere un análisis prudente, porque las cosas en política internacional suelen ser difíciles de interpretar, suelen venir de muy lejos y las últimas consecuencias pueden tardar mucho en conocerse.
Que nadie se plantee que los movimientos que se han producido y siguen produciéndose en Georgia pasan por casualidad.

¿Es el presidente de Georgia un insensato que se olvida en qué contexto internacional manda a sus tropas a recuperar la provincia autónoma georgiana de Osetia del Sur? Creo que no. ¿Sabía que Rusia haría algún movimiento para recuperar un statu quo que la llegada de los soldados georgianos rompía? No tengo la menor duda. Más aun, esos soldados georgianos se movieron con el conocimiento de los servicios de información de la OTAN y de los EEUU. ¿Aprobación? Eso no se hace nunca.

La respuesta rusa a este movimiento de un país sin apenas fuerzas armadas ha sido la que algunos debían tener calculada: brutal, primitiva y sin matices. Ese modelo ruso, de herencia soviética –en él, las vidas no valen nada– y donde la tecnología es sustituida por masas de soldados, nos ha recordado viejas fotos de la II Guerra Mundial. Ese modestísimo ejército de Georgia ha sido derrotado en todos los frentes. Pero, y la OTAN, ¿ha sido derrotada?
Digo esto porque Georgia había anunciado sus deseos de incorporarse a la Alianza Atlántica y ahora eso es impensable.

Cuando se apaguen los incendios en la zona se verá que el ganador es y será la OTAN.
Llevaban tiempo los EEUU pidiendo instalar un escudo antimisiles en suelo europeo. ¿Para qué? Se dice que para evitar ataques desde Corea del Norte o desde Irán. No digo que no sea cierto, pero lo importante para la OTAN y para los EEUU era y es garantizar al mundo occidental que las amenazas de una Rusia rearmada y con tentaciones imperiales son inútiles. Europa se resistía a ese planteamiento que sospechaba iba a irritar a los rusos. Pero, ahora, tras la visión de los tanques rusos entrando en Georgia, ningún europeo va a levantar ni una voz de protesta.

Polonia ha aceptado ya que se instalen en su territorio los misiles antimisiles. Chequia ha comunicado su visto bueno a que ahí se coloquen los radares de precisión. ¿Alguien ha dicho algo en la Unión Europea? Nadie. La invasión de
Georgia tapa todas las bocas.

Georgia ha sido (y es) un aliado en punta de lanza de los EEUU en las parte baja de Rusia. Había pedido la integración en la OTAN. No era fácil aceptarla en el club porque venía con dos conflictos territoriales debajo del brazo: Abjasia y Osetia del Sur. Y los dos con Rusia.

Ahora, seguramente, tardará mucho tiempo en poder replantearse su incorporación, pero a la OTAN le ha hecho un gran favor: ha colocado a Rusia en el papel de peligrosa potencia imperialista capaz de agredir a los países fronterizos. Un éxito para quien haya diseñado la operación.

La OTAN ha perdido a corto plazo un peón (Georgia) pero ha ganado dos alfiles. El primero, la rápida aceptación de todos los aliados de la construcción del escudo antimisiles; el segundo, la posibilidad de aceptar a Ucrania en el seno de la Alianza Atlántica. Rusia se ha negado a aceptar a Georgia en la OTAN y ahora se puede encontrar a Ucrania como serio candidato. Si algo significaría un cambio trascendental en la Alianza Atlántica, eso sería que Ucrania se incorporase a la OTAN. Aporta habitantes, aporta territorio y aporta, sobre todo, un cambio histórico a favor de los valores democráticos como prioridad en las llanuras de la Europa del Este.

¿Y España? A un país como el nuestro al que eso de la política internacional le interesa poco –y si, además, hay armas por el medio, mucho menos– Georgia es una anécdota de telediario. El ministro español de Asuntos Exteriores y Cooperación ha declarado que, como antes con la independencia de Kosovo, España no acepta la segregación de Abjasia y de Osetia del Sur. Poco más.

Que España se dedique a defender las fronteras de todo el mundo en todo el mundo sólo puede ser consecuencia de un psiquiátrico miedo a que en España pueda ocurrir lo mismo. Y no lo acepto. Que se tenga miedo a que alguna comunidad autónoma quiera cambiar nuestras fronteras, no puede definir nuestra política internacional. Porque las situaciones aquí no son iguales a las que se producen a miles de kilómetros y a cientos de años de Historia. Establecer, por ese miedo, que ninguna frontera del mundo se puede cambiar, es un sinsentido. Y un esfuerzo inútil.

Muchos hubiéramos deseado escuchar al ministro Moratinos su opinión sobre la actitud de Rusia y sobre la posibilidad de sanciones o no. Pero sólo hemos escuchado que la unidad nacional de todo Estado es intocable. Comparto la idea de que a Rusia no hay que plantearle una política de sanciones, pero tampoco de elegantes olvidos de lo que hemos visto.
España tiene también ahora ocasión de decir algo sobre la Alianza Atlántica. Esta exageración rusa en Georgia es buen momento para reclamar la extensión de la OTAN hacia el Este.

Ya sé que no me lo va a contestar por aquí, pero, ministro Moratinos, ¿apoyaría España la incorporación de Ucrania a la OTAN?

Cuando una cierta izquierda antigua ha decidido apoyar a Rusia frente a la OTAN y EEUU tiene que saber algunas cosas. Primera, que la OTAN representa frente a Rusia a una serie de países democráticos; segunda, que muchos países que sufrieron la tiranía soviética quieren sentir la seguridad que les da la OTAN. Y las democracias tenemos que dársela. España incluida.

Contra lo que algunos creen, la OTAN está ganando la batalla de la libertad europea hacia el Este.

Y algún día llegará a Moscú.

LUIS SOLANA es ex diputado del PSOE por Segovia y promotor de Nuevas Tecnológías

Ilustración de PATRICK THOMAS

Osetia del Sur: sin asideros

11 ago 2008
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CARLOS TAIBO

08-111.jpgEl conflicto que acosa a Osetia del Sur, y en su caso a regiones colindantes, es de esos que a duras penas ofrece algún asidero sólido del que agarrarse. Ni los agentes locales ni sus patrones internacionales merecen –formulemos la cuestión en estos términos– mayor adhesión. Y ello es así aunque, pese al silencio general al respecto, en los últimos días despunte, por encima de todo, la responsabilidad que EEUU tiene en la reconversión bélica del reñidero surosetio: resulta difícil imaginar que la inicial ofensiva militar georgiana –no ha sido Rusia, como parecen subrayar la mayoría de nuestros medios, la que ha roto un tan precario como prolongado alto el fuego– no contaba con el beneplácito, y en su caso con el franco apoyo logístico, de Washington. No se olvide que de un tiempo a esta parte la Casa Blanca se halla firmemente decidida a mover pieza en una región tan sensible como el Cáucaso con la vista puesta, claro, en mantener la presión sobre Rusia y en disputar a esta, en paralelo, el negocio de la explotación y el transporte de las materias primas energéticas extraídas en la vecina cuenca del Caspio.

Al margen de lo anterior, lo ocurrido los últimos días es un ejemplo de libro del obsceno vigor contemporáneo de los dobles raseros. Los de Washington saltan a la vista: si hace unos meses la Casa Blanca contestó abiertamente la integridad territorial de Serbia, ahora, en cambio, se acoge el principio correspondiente cuando de por medio se halla la del ahijado georgiano. Mientras, las acusaciones vertidas contra Rusia por haber intervenido militarmente fuera de sus fronteras no pueden producir sino estupor habida cuenta del registro que Estados Unidos arrastra en ese terreno.

Claro que Moscú no sale mejor parado: si se opuso con energía a la independencia de Kosovo, ahora parece coquetear con una secesión de Osetia del Sur, mientras, y como es sabido, niega drásticamente cualquier horizonte de este cariz en la casi vecina Chechenia. Si las opiniones de Putin sobre los genocidios ajenos tienen, claro, una credibilidad menor, por no faltar ni siquiera falta el empleo instrumental de los contingentes de pacificación: desde hace tres lustros es evidente que los soldados rusos desplegados en Osetia del Sur y en Abjazia están alineados con uno de los bandos enfrentados, sobre la base de un modelo que Washington tuvo a bien patentar, con lamentable éxito, en Haití. Así las cosas, la conclusión parece servida: la integridad territorial y el derecho de secesión se blanden, por tirios y por troyanos, conforme a los intereses respectivos.

Si nada particularmente sólido hay que aportar en provecho de las causas que blanden Estados Unidos y Rusia –no nos engañemos en lo que hace al sentido de la política de Moscú, imbuida, como la de la Casa Blanca, de espasmos imperiales y, pese a las apariencias, a duras penas interesada en el destino de surosetios o abjazios–, haríamos mal en olvidar que al conflicto que nos ocupa  no le faltan raíces locales. Es inevitable al respecto invocar, una vez más, las secuelas de las fórmulas de ingeniería ética que cobraron cuerpo tanto al amparo del zarismo como en la etapa soviética.

Entre sus efectos, palpables, en la región se cuenta la existencia de dos Osetias, una emplazada al norte, en Rusia, y la otra situada al sur, en Georgia. Si ello por sí solo aporta un caudal ingente de problemas, lo suyo es agregar que la conducta de los dirigentes georgianos y surosetios a lo largo de los últimos 15 años, por propio impulso o de resultas de presiones ajenas, no ha hecho sino agregar leña al fuego.

Si los primeros abrazaron con rotundidad, en los años inmediatamente posteriores a la desintegración de la URSS, políticas abrasivas en el terreno nacional, que generaron un inevitable descontento en Osetia del Sur –y en Abjazia–, los segundos, alentados en este caso por una Rusia que ha entregado tan generosa como interesadamente pasaportes a la población local, no han dudado en buscar una permanente vía de confrontación que le dé alas a un proyecto de secesión (tal y como lo hizo entre 1999 y 2007, si así quiere, y salvando todas las diferencias que procedan, el grueso de las fuerzas políticas albanokosovares). En semejante escenario, y dicho sea de paso, uno está obligado a coger con pinzas las informaciones que, de un lado como del otro, acusan al rival de violencias extremas y limpiezas étnicas.

Es verdad, aun así, que quienes creemos en el derecho de autodeterminación estamos medio invitados a dejar constancia de un hecho insorteable: aunque lo suyo es examinar con detalle lo ocurrido con los georgianos étnicos otrora residentes en Osetia del Sur, sobran los motivos para concluir que  la mayoría de la población local no desea pertenecer al Estado georgiano. Si así se quiere, éste es el único dato que invita a mirar con ojos concesivos alguna de las causas que se revelan sobre el terreno. No faltará quien aduzca, bien es verdad, que si detrás de muchas de las políticas que abrazan hoy los gobernantes georgianos se aprecia el aliento pestilente de Estados Unidos, a manera de liviana compensación la mayoría de los pueblos del Cáucaso septentrional miran con recelo a  los osetios, históricamente  entregados, por su parte, a una franca colaboración  con Moscú.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política y experto en Europa central y oriental

Ilustración de Iván Solbes

Solzhenitsyn, el atleta

07 ago 2008
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GEORGES NIVAT

08-07.jpgCon sus intensos ojos azules, su barba casi pelirroja, su manera fogosa y precipitada de hablar, su voz, de un inhabitual timbre agudo que contrastaba con sus gestos precisos y calculados, Alexander Solzhenitsyn aparecía como una esfera viva de energía concentrada y orientada hacia una meta”.

Así lo vio durante su primer encuentro el disidente académico Andrei Sakharov, y así fue durante toda su vida Alexander Solzhenitsyn: poseía la energía del atleta, la fogosidad del profeta, la tenacidad del clandestino, la precisión del matemático. Había definido aquella meta ya en su adolescencia: decir la verdad sobre la Revolución Rusa de 1917, aquellos nuevos Tiempos Confusos (los primeros causaron la casi desaparición de Rusia, entregada a finales del siglo XVI a los impostores y al invasor polaco). Una vida de lecturas gigantescas, una vida de escrituras gigantescas, un fresco épico sobre el derrumbamiento de la Rusia del final del zarismo: La Rueda Roja, 6.600 páginas en cuatro nudos por los que pasa el destino de un país cayendo en la anarquía, el deshonor, la crueldad.

Pero la detención del capitán Solzhenitsyn en 1945, en el frente, por parte de los servicios de espionaje, le arroja en el inmenso subterráneo carcelario del comunismo; conoce la cárcel para eruditos (El Primer Círculo es el resultado) y después los círculos inferiores y terribles de este infierno dantesco: lo llama El Archipiélago del Gulag (como correctivo, pues el otro archipiélago, el griego, es el que vio nacer a Europa). Lanza al mar, en 1962, una botella con un relato dentro, una obra maestra, Un día en la vida de Iván Denisovitch. Jrushchov da luz verde: el tabú del gulag se rompe y comienza la lucha entre el poder totalitario y un sólo hombre, lo que le conduce al exilio en febrero de 1974.

Occidente cree que se lo agradecerá, pero allí también es el mismo luchador, contemplando un progreso material permisivo que enreda las almas. La Historia le da la razón: el roble soviético se derrumba, él puede regresar, despacio, por Magadán y el gulag del extremo oriental. Escribe 17 años más, sermoneando a su país para que vuelva al buen camino. Y ahora la pomposidad oficial. El luchador ha muerto, Rusia le honra, pero lee poco.

Sus diferencias con Sakharov fue ron fundamentales, y explican todo el siglo pasado y el actual: para el disidente académico, se pueden pervertir las lumières, aunque deban guiar el mundo. La humanidad va hacia una gran convergencia social y económica.

Para el escritor ex presidario, en cambio, el humanismo es un error. La verdadera medida es Dios, no el hombre: ni el dibujado por Leonardo, ni el de Descartes, ni el del socialismo, ya sea descrito por Marx o Proudhon. Promulga que el hombre deje de creer a Prometeo, que se autolimite. En su producción, en su consumo personal y colectivo. Esa es la condición para que vuelvan el soplo y la conciencia.

La idea de la autolimitación es una constante en la obra de Solzhenitsyn: la encontró en los viejos creyentes del cisma del siglo XVII, y la cuida. La segunda idea es que el hombre no está predeterminado, sino que decide por sí mismo. Cuando la vida traza a su alrededor un nudo fatal, cuando la línea entre el bien y el mal se borra tan rápido en cada uno como pasó el rayo que sobrecogió a Iván Karamazov durante el juicio de su hermano, sólo entonces el hombre crea. Existe una especie de afinidad con el existencialismo de Jean-Paul Sartre en la obra de Solzhenitsyn, por su oposición total a los sociólogos que ven al hombre precondicionado (Dostoievski también rechazaba la idea de un hombre condicionado por su entorno); había una voluntad increíble que se oponía al Tolstoi del tolstoismo, al Tolstoi que quería decir que los Napoleón no son nadie y que el pueblo lo es todo.

No, responde Solzhenitsyn, no es el pueblo sino los Justos escondidos entre el pueblo: el humilde albañil Iván Denisovitch, trasladado de un campo alemán a otro ruso, que reza antes de comer la asquerosa sopa del campo; la campesina Matriona, que no tiene nada salvo un gato y una vieja higuera pero que da todo lo que le queda; el portero Spiridón de El Primer Círculo, que sabe que “el perro-lobo tiene la razón, pero no es caníbal”. En otras palabras, el hombre justo vive, aunque inconsciente de las leyes de Dios, y el hombre injusto vive como un animal.

Solzhenitsyn tenía razón en casi todo. Dijo: “Dejen de mentir”, y el régimen se derrumbó. Dijo: “Restrínjanse”, y vemos en la actualidad que la única manera de salvar el planeta es seguir su precepto de hace 40 años, cuando los ecologistas aún no habían nacido. Dijo a su país: “Sigan siendo Rusia, aprendan a ser libres sin desaprender lo que significa ser ruso”. Rusia reconoce ahora la voz que fustigó tantas veces.

Pero la fuente de su lucha siguió siendo extraña incluso para muchos de sus admiradores. Siempre fue atacado con mezquindad: no dialogaba aunque gritara un coro de amargos o de envidiosos. ¡No tenía tiempo! Las dos catedrales de escritura que dejó son comparables con la labor de Balzac. Su lucha siempre fue solitaria, él solo contra Leviatán; a veces las alianzas valen compromisos, pero él no era un hombre de compromisos.

Alexander Solzhenitsyn fue, sin duda, el último escritor-poeta, después de Voltaire o Tolstoi. Porque ya no le necesitamos y nuestra manera actual de escuchar ha cambiado radicalmente. Hay que ser consciente de ello al despedirnos de este atleta de la lucha, del verbo. ¿De Dios, quizá…?

Georges Nivat es historiador de literatura rusa y biógrafo de Alexander Solzhenitsyn  

Traducción de Guillaume Fourmont

Ilustración de Iván Solbes