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Gracias y adiós a ‘Público’

25 feb 2012
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Por una vez, me pondré solemne. La ocasión lo merece.

1.- Colaborar en ‘Público’, tanto en el Consejo Editorial como con esta columna literaria y como analista de temas internacionales, ha sido un privilegio, un espacio de total libertad e independencia, sin cortapisas ideológicas, del que nunca antes había disfrutado, en más de 40 años de profesión.

2.- No sólo hay que lamentar la muerte de un diario, sino que será muy difícil, por no decir imposible, que vuelva a surgir en España otro medio de comunicación tan crítico con los poderes fácticos, tan iconoclasta, tan defensor de causas perdidas, tan alejado del pensamiento único, tan atento a los derechos de las minorías.

3.- La crisis, la caída de la publicidad, las pérdidas acumuladas, la caída en picado de la prensa de papel, los nuevos canales de acceso a la información y el gratis total, más que el abandono de los lectores (muy fieles al proyecto), han fulminado a ‘Público’. La diversidad ideológica en la prensa, ya muy lejos del arco iris, se acerca de forma alarmante al tono monocolor, con predominio alarmante del azul de la derecha.

4.- Es lamentable que no haya en el tejido económico español empresarios de izquierda capaces de arriesgar un puñado de millones para salvar un diario que llenaba un espacio imprescindible para garantizar la pluralidad ideológica.

5.- Una petición a los lectores de ‘Público’: seguid comprando un periódico en el quiosco, aunque resulte difícil decidirse por uno, aunque el futuro pertenezca a los nuevos canales de información electrónica. El día que desaparezca o sea irrelevante la prensa de papel morirá con ella un espacio imprescindible para el análisis reposado, la investigación en profundidad y el debate pormenorizado de las ideas.

6.- El periodismo como medio de vida tiene un futuro muy negro: desempleo masivo, precariedad, explotación laboral, nuevas tecnologías que necesitan poca mano de obra, reducción acelerada de la información propia y exclusiva, etc. Pero la agonía del papel no tiene porqué significar la muerte del periodismo. Eso sólo ocurrirá si el afán de supervivencia, la necesidad imperiosa de conservar el empleo o llegar a fin de mes, arrebata a los periodistas su capacidad de luchar por la objetividad y la independencia, de ser críticos con la realidad social.

7.- La redacción de ‘Público’ ha demostrado que, incluso en condiciones precarias, es capaz de hacer un producto de gran calidad. Está formada por profesionales entusiastas y preparados que merecen ahora ser tratados con generosidad y que, en circunstancias normales del mercado periodístico (lástima que éstas no lo son), no deberían tener problema para encontrar acomodo en otros proyectos.

8.- Un recuerdo a dos columnistas que, en mi opinión, personificaba como pocos el espíritu de ‘Público’: el fallecido Javier Ortiz y Manuel Saco, que aún no comprendo por qué no ha estado en ‘Público’ hasta el final.

9.- Con toda la pena del mundo: gracias y adiós, amigos.

Tres visiones de la India

24 feb 2012
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La mirada occidental sobre India ha brindado muchas joyas literarias. Merece la pena volver sobre algunas de ellas. Elegiré un tema recurrente: la compleja relación entre mujeres occidentales y hombres indios, ya muy delicada cuando el subcontinente era colonia británica.

1) En ‘El dios elefante’, una de las tres novelas cortas que componen ‘Elefanta Suite’ (Alfaguara), Paul Theroux sigue la tradición de E. M. Forster con su ‘Viaje a la India’ y de Paul Scott con ‘La joya de la corona’. Alice, la americana protagonista, es violada y el entorno indio (sin la antigua actitud reverencial hacia lo occidental, y con una marcada ‘huella genética’ por pasados agravios) la condena de entrada, incapaz de comprender siquiera que una mujer blanca viaje sola. El agresor es un prototipo deformado del ‘nuevo indio’. Empleado en una central de llamadas de Bangalore (meca tecnológica del país) trastoca sus valores a medida que pierde respeto al inglés académico que le enseñaron. A medida que utiliza en su trabajo el idioma directo y americanizado que necesita para responder a granjeros tejanos o amas de casa de Wisconsin, se aleja de los modales corteses y rompe barreras antes infranqueables. Incluso la violación tiene para él algo de símbolo liberador. Theroux no ha seguido el mismo camino en su novela india más reciente, ‘Un crimen en Calculta’ (Alfaguara, 2011), centrada en la relación entre dos norteamericanos.

2) ‘Viaje a la India’ (Alianza) es una obra maestra publicada originalmente en 1924 y objeto de una buena adaptación al cine que dirigió David Lean. Se desarrolla durante la dominación británica, cuando el ‘nativo’, sólo por serlo, resultaba sospechoso para el poder colonial. Pese a ello, el doctor Aziz, acusado falsamente de un intento de violación por la inglesa Adela Quested, sale con bien gracias a que ésta se retracta en un juicio que se convierte en centro de una agria disputa entre ocupantes y nacionalistas. Un profesor británico, Cyril Fielding, que busca el equilibrio entre los dos mundos, se pone del lado de Aziz, lo que casi le condena al ostracismo.

3) En ‘La Joya de la Corona’ (Planeta/Seix Barral), publicada originalmente entre 1966 y 1972, y convertida por Granada Television en una magnífica serie, la violación de una inglesa convierte a su inocente amante indio en objeto de la venganza de un jefe de policía británico. El incidente desata disturbios como los que jalonaron la lucha por la independencia, que cristalizó en 1947. La lección que aprende el amante, Kumar, es más dolorosa porque, educado en la metrópoli, llegó a creerse más inglés que indio.

Embajador en la corte de Hitler

13 feb 2012

A William E. Dodd, un profesor de historia del Viejo Sur convertido en 1933 en embajador de EE UU en Berlín, cuando Hitler acababa de llegar al poder, le sorprendió que en Alemania nadie pegaba a perros y caballos, siempre “limpios, gordos y felices”. La ley castigaba con cárcel el maltrato animal mientras se mataba a hombres sin juicio. “La población temblaba de miedo”, aseguraba este atípico diplomático. “Los animales tenían garantizados unos derechos con los que ni hombres ni mujeres podían soñar. ¡Uno casi deseaba ser un caballo!”

El detalle ilustra el interés de un libro que refleja un punto de vista diferente sobre una época que condujo a la guerra más salvaje y mortífera de la historia: ‘En el jardín de las bestias’ (Ariel), de Erik Larson. El título alude al Tiergarten, junto al que se hallaban la cancillería del Reich, el cuartel general de la Gestapo y la embajada norteamericana. Pese a su barroca presentación editorial no se trata de un ‘best seller’ convencional, y el subtítulo ‘Una historia de amor y terror en el Berlín nazi’ despista más que informa. Se lee como una novela, pero su público natural es el de los interesados por la investigación histórica.

Larson inserta la vida cotidiana de los Dodd en un contexto histórico en el que Hitler construía su Estado totalitario, racista, expansionista y belicista sin que el mundo percibiese la magnitud de la amenaza. El propio embajador era casi comprensivo al principio de su misión, pese a las muestras de que se suprimía por la fuerza cualquier disidencia y se recrudecía la persecución implacable a los judíos.

Cuando comprendió lo que de verdad ocurría y alertó a su Gobierno, teñido de aislacionismo, no halló eco. Peor aún: cayó en desgracia, por ser incapaz de mantener una relación amistosa con el Gobierno ante el que estaba representado, pese a que algunos jerarcas del partido eran asiduos a su mesa, como el vicecanciller Von Papen, o esporádicos, como Rohm, el jefe de las SA, la fuerza de asalto desmantelada la Noche de los Cuchillos Largos, un episodio que Larson narra con fibra de novelista.

Es sin embargo la hija del embajador, Martha, que luego fue agente soviética y terminó sus días en la Checoslovaquia comunista, el principal instrumento que permite al autor penetrar sin maniqueísmos en el ambiente social nazi de la época, dados sus contactos estrechos, incluso íntimos, con miembros del entorno de Hitler, como el jefe de la Gestapo, Rudolf Diels. Una de estas amistades intento sin éxito convertirla en amante del ‘führer’, al que fue presentada en un restaurante, y que le besó la mano. Pero sin pasar de ahí.

Tres duelos

06 feb 2012

En ‘Horizontes de grandeza’, ‘western’ clásico de William Wyler cuyo reparto encabezó Gregory Peck, se escenifica un duelo que, con gran probabilidad, se inspira en un relato de Pushkin (‘El disparo’) y otro de Turgúeniev (´Diario de un hombre superfluo’), ambos recogidos en la antología con la que la editorial Alba ha celebrado el Año Dual España-Rusia: ‘Un siglo de cuentos rusos. De Pushkin a Chéjov’.

En el filme, James McKay, el personaje que interpreta Peck, es un valiente hombre tranquilo que no quiere someterse a las salvajes reglas de juego del Oeste ni se cree obligado a demostrar nada. Sin embargo, para salvar a su chica tiene que aceptar un duelo al ‘estilo de los caballeros’, con pistolas de mecha de un disparo. Su oponente, un bravucón, tira antes de tiempo y le hiere levemente. En su turno, McKay dispara al suelo.

En ‘El disparo’, de Pushkin, muerto él mismo en el duelo más famoso de la historia de la literatura, uno de los contendientes acude al desafío con un gorro lleno de cerezas que come con displicencia incluso cuando, tras fallar el tiro, espera recibir la bala que puede costarle la vida. Su oponente le dice: “Tengo la impresión de que no es su momento de enfrentarse a la muerte, está usted desayunando, no quisiera molestarle…” Y se va, pero como acreedor a un disparo que puede cobrar cuando lo estime conveniente, es decir, cuando la vida sea más preciosa para su contrincante. Eso ocurre muchos años después aunque, noble al fin, impone que el enfrentamiento se repita desde el comienzo. El antiguo ‘comedor de cerezas’, para entonces un feliz hombre casado, dispara, falla y estrella la bala en un cuadro. Aparece la esposa, que suplica, y el duelista que llevaba largo tiempo rumiando venganza se apiada, dispara y, con una puntería envidiable, incrusta la bala en el lugar exacto de la primera, hasta el punto de que solo se aprecia un impacto.

En ‘Diario de un hombre superfluo’, de Turguéniev, el protagonista, aunque convencido de su insignificancia e inutilidad (se considera “la quinta rueda de la carreta”) desafía al príncipe que se hecho con el amor de la mujer a la que él adora inútilmente. Le toca disparar primero y alcanza a su rival en la cabeza, apenas un rasguño. Llegado el turno de éste, dispara al aire mientras afirma magnánimo: “El duelo ha terminado. Todo está olvidado entre nosotros, ¿no es verdad?”

¿Es demasiado suponer que los guionistas (tres) de ‘Horizontes de grandeza’ habían leído estos dos relatos? Ah, y perdón por destripar los argumentos, pero en ‘Un siglo de cuentos rusos’ hay otros 23, todos magníficos, algunos deslumbrantes.

La venganza del lector

30 ene 2012
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El mundo editorial y el de la prensa sufren una vertiginosa transformación. El modelo de gestión basado casi de forma exclusiva en la cifra de negocios se impone al que, junto a la económica, busca otra rentabilidad, la que da la obra bien hecha. Las multinacionales controlan sellos editoriales dirigidos durante décadas con pasión literaria y sitúan a su frente a gestores que saben mucho de reajustes de plantilla, pero son incapaces de apreciar la capacidad de pervivir en la memoria. Otro tanto ocurre con los diarios que, ante el desafío digital, desechan a sus periodistas más veteranos y preparados, suporimen el aprendizaje de sus explotados jóvenes informadores y permiten la degradación general de contenidos.

Viene esto a cuenta de ‘La mecedora’, tragicomedia de apenas 80 minutos, con tan solo tres personajes, representada en el madrileño teatro Valle Inclán y escrita por el ex editor francés Jean-Claude Brisville. Como en ‘La cena’ (un diálogo imaginario entre Fouché y Talleyrand) y ‘El encuentro de Descartes con Pascal joven’ (en los tres casos con dirección de Josep Maria Flotats), Brisville demuestra que no necesita ni un reparto numeroso ni un gran aparato escénico para captar la atención del espectador, sino poco más que su talento para encontrar la palabra justa.

En ‘La mecedora’, el director literario de una editorial, un hombre culto y sensible hasta el exceso, despedido al borde de los 60 tras la compra de la empresa por un ‘tiburón’ que persigue la rentabilidad inmediata, se presenta en casa de su director general con el pretexto de contarle que ha comprado la mecedora de su despacho en la que leyó (trabajó) durante años, y en la que piensa seguir haciéndolo el resto de su vida. En el fondo pretende vengarse de su interlocutor, su antítesis, un editor que no ha leído un libro en su vida, al que demuestra que su amor por la palabra dicha y escrita y su sensibilidad para descubrir lo mejor que encierra un libro le hace intrínsecamente superior a quien exhibe como su mejor arma un calculado silencio y es capaz de entusiasmarse con el proyecto del libro que se autodestruye: en un año si es de bolsillo, en dos los de tapa dura, tal vez en tres los clásicos y en siete la Biblia. Para los ‘e-books’ planea un virus autodestructor.

Brisville sabe de qué habla: él mismo fue jubilado a su pesar como editor Le Livre de Poche. Jerónimo (prodigioso Helio Pedregal) podría ser su ‘alter ego’, y ‘La mecedora’, su venganza de lector, y un ingenioso epitafio para el libro (también el periódico), al menos en papel, una metáfora del final que, salvo milagro, les espera.

Teoría y práctica del ‘best seller’

16 ene 2012

Los éxitos de ventas pueden cumplir una función social, como potenciadores de la lectura. No hay por qué anatemizarlos como subproducto literario. Clásicos como ‘Los miserables’, ‘La comedia humana’, ‘Ana Karénina’ o ‘Crimen y castigo’ fueron ‘best sellers’ en su época. Casi lo siguen siendo.

Dos grandes cultivadores del género son españoles: Arturo Pérez-Reverte y Carlos Ruiz Zafón. No son Víctor Hugo, Balzac, Tolstói o Dostoievski, pero sí buenos escritores, magníficos forjadores de tramas, personajes y ambientes. Han demostrado que son capaces de conectar con millones de lectores de sensibilidades diferentes. El primero de ellos, académico de la lengua, ha creado con el Capitán Alatriste un prototipo que se echaba en falta: el del aventurero de la época en la que España era aún una superpotencia y sus soldados de fortuna se la jugaban en los campos de batalla europeos. Su antecedente más directo es los ‘Tres mosqueteros’ de Alejandro Dumas, un éxito de ventas eterno.

La última entrega de Alatriste, ‘El puente de los asesinos’ (Alfaguara), no enriquece demasiado la serie, pero tampoco defrauda a su legión de incondicionales. Ofrece un sobrio sabor a añeja novela por entregas -que enriquecen la tipografía y las ilustraciones-, una escritura antigua y moderna a la vez, capítulos cortos y de acción bien dosificada, un halo de misterio, y una tensión creciente hasta el estallido final, que cierra el episodio y abre de forma natural la puerta al siguiente, que promete ser el último.

Ruiz Zafón es otro notable escritor que, con ‘La sombra del viento’, encontró la piedra filosofal capaz de convertir la palabra en oro. Su serie del Cementerio de los Libros Olvidados, que prosiguió con ‘El juego del ángel’ y ahora con ‘El prisionero del cielo’ (Planeta), está más en la línea del Eugenio Sue y sus ‘Misterios de París’ que en la de las intrigas de capa y espada de Dumas. Sin embargo, Zafón, de éxito más internacional, con un arranque en su serie mucho más potente que Reverte en la suya, no mantiene el nivel con ‘El prisionero del cielo’. Brinda una lectura amena y mantiene siempre el interés del lector, pero se queda sin fuelle antes de rematar la faena. Se echa en falta más ‘metraje’ (es con gran diferencia la obra más breve de las tres) y esfuerzo en la elaboración de la trama y la composición de los personajes.

Huérfano de intriga y misterio en comparación con sus dos hermanos mayores, Zafón defrauda a quienes van pasando páginas en espera de una apoteosis que nunca llega, sustituida por un ‘continuará’ que preludia un cuarto libro con el que seguir haciendo caja.

Añejo sabor inglés

02 ene 2012
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Impedimenta, un sello artesanal que dirige Enrique Redel, tiene varias vocaciones entre las que no es la menor un minucioso cuidado de la edición ‘física’ (manejabilidad, color del papel, portadas, marcapáginas…) que convierte sus libros en objetos para disfrutar tanto al leerlos como al manosearlos. Sus intereses son muy diversos, pero tiene una inclinación clara por obras y autores del siglo XX cuya publicación huele a rescate, como la reedición de buena parte de la enigmática obra del polaco Stanislaw Lem (incluida la primera traducción directa al castellano de ‘Solaris’), el japonés Natsume Soseki (‘Sanshiro’, ‘Soy un gato’…) o los rusos Borís Savinkov (‘El caballo amarillo’) y Nikolái Leskov (‘La pulga de acero’).

No desdeña Impedimenta rarezas como el ‘Diccionario de Literatura para Esnobs’ de Fabrice Gaignault o las ‘Novelas en tres líneas’ de Félix Fénéon, pero sus apuestas suelen ser más convencionales. Eso se pone muy de manifiesto en su ‘catálogo británico’, donde dio la campanada con la publicación (objeto ya de múltiples reediciones) de la deliciosa ‘La hija de Robert Poste’, una inteligente comedia rural ambientada en esa campiña que con frecuencia se presenta como hábitat natural del más genuino carácter inglés.

El mismo sello ha rescatado otras obras susceptibles de una lectura a la antigua usanza, recomendables para quienes no buscan la experimentación literaria, sino un sabor añejo no exento a veces de crítica social hacia una sociedad en proceso de transformación. Viejas novelas olvidadas, tal vez pasadas de moda, pero tan sólidas y seguras que rara vez defraudan. Como ‘La librería’, de Penelope Fitzgerald, y ‘Las señoritas de escasos medios’, de Muriel Sparks.

El caso más reciente es ‘La juguetería errante’, de Edmund Crispin, un relato detectivesco protagonizado por el profesor de Oxford Gervase Fen y que constituye una apuesta tan clara para Impedimenta que hay en preparación cinco novelas más de la misma serie. No en vano “lo improbable tiene una relevancia menor en esta ciudad que en cualquier otro lugar del planeta”. Eso hace posible, y literariamente verosímil, que “un poeta y un profesor obcecado” busquen resolver un crimen y aclarar la desaparición como por ensalmo del pequeño comercio en el que se cometió. Una lectura agradable, pero con una mancha: un lamentable ejemplo de tortura que recuerda las técnicas de la CIA con los prisioneros de Guantánamo. Eran otros tiempos, pero aún así deja un amargo sabor de boca que, como lo más natural del mundo, se sumerja seis veces la cabeza de un sospechoso “en el musgoso verdín del agua estancada”.

Theroux se retrata en Calcuta

27 dic 2011
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Paul Theroux, autor de ‘La costa de los mosquitos’ y ‘El gran bazar del ferrocarril’, ha elegido su última obra de ficción, ‘Un crimen en Calcuta’ (Alfaguara), para ofrecer un curioso ejemplo de autorretrato: el protagonista, Jerry Delfont, mantiene una imposible entrevista con su autor que da pie a una caracterización de Theroux que tanto puede ser un ejercicio de narcisismo como de autocrítica, sin descartar la burla cruel.

Theroux se presenta como un metomentodo “despiadado” que se aprovecha de las confidencias que arranca a compañeros de viaje que ignoran de su identidad, que fagocita los encuentros más triviales y recorre el mundo generalizando y llegando a conclusiones superficiales, como que “en el Pacífico el jefe suele ser el hombre cuya camiseta no está tan sucia como la de todos los demás”. Una imagen que se completa con el de su personaje en la ficción, que admite que falsea sus peripecias y se hace pasar por un aventurero “cuando en el fondo se da el gusto de ser un turista”

Como Theroux, Delfont es escritor de viajes, aunque no novelista. La falta de ideas le mantiene en dique seco hasta que se ve envuelto en una improbable investigación detectivesca y en una relación tempestuosa con una norteamericana aparentemente dedicada a salvar a niños de la calle, una sacerdotisa blanca (¿) que le manipula mientras le descubre que los límites de la sensualidad están mucho más allá del coito.

Pero lo que más importa es el paisaje humano de Calcuta y, por extensión de la India, descrito sin compasión ni esperanza, y que hace posible que 44.000 niños desaparezcan al año y once millones estén abandonados, carne de explotación sexual, adopciones ilegales y talleres clandestinos. Un contraste terrible con esa otra India en auge, que escapa a trompicones y entre desigualdades lacerantes de la miseria de antaño y que aspira a convertirse en superpotencia mundial y Meca de la tecnología y los servicios. Theroux no se hace ilusiones sobre su retrato del país asiático, ya que pone en boca de uno de sus personajes: “No hay un solo libro sobre la India que sea fiel a la verdad (…) La verdad es algo prohibido, sobre todo si es por escrito”. Y si lo hubiese, “resultaría insoportable: un libro sobre el rencor, el veneno, la crueldad, la represión sexual, el incesto y los crímenes sin sentido”.

Theroux atribuye a la señora Unger, su otro protagonista de ‘Un crimen en Calcuta’: “Nunca puedes amar la India. Terminarías destruido”. ¿Cuál debería ser pues la actitud hacia una realidad tan atroz? Ésta: “Respeta a la India como respetarías a un tigre. De lo contrario, te comerá vivo”.

La liebre de Paasilinna

19 dic 2011
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Para darse cuenta de que al finlandés Arto Paasilinna no le van los personajes convencionales o conformistas, y mucho menos los caminos trillados, basta con resumir los argumentos de algunas de sus últimas novelas publicadas en España, todas ellas por Anagrama.

1.- ‘El bosque de los zorros’: Oliva Jantunen, un gángster con cuatro lingotes de oro robados a los que le ata una ‘relación paterno-filial’, se echa al monte para eludir la venganza de sus compinches. Allí monta una sociedad de intereses con una nonagenaria huida del asilo y un militar en periodo sabático y que nada en alcohol.

2.- ‘Delicioso suicidio en grupo’: En Finlandia, el alto nivel de vida no impide que quitarse la vida sea un deporte nacional. Onni Rellonen descubre que es más interesante (¿y divertido?) hacerlo en compañía, y organiza un viaje colectivo en un autobús bautizado como ‘Flecha de la muerte’.

3.- En ‘El mejor amigo del oso’, el pastor protestante Oskari Huuskonen supera sus frustraciones con ayuda de un plantígrado, al que llama Lucifer, y con el que comparte todo tipo de peripecias en un viaje disparatado.

4.- En ‘El año de la liebre’, publicada en Finlandia en 1974, pero que sólo ahora se edita en España, arropada por el éxito de las otras tres, el periodista Vatanen cura y proteje a un lebrato atropellado por su fotógrafo, rompe del todo con su vida (trabajo, esposa, banco…) y, en comunión con el entorno, vaga por el norte desolado de su país e incluso traspasa la frontera con la Unión Soviética persiguiendo a un oso.

En los cuatro casos, el tema recurrente de Paasilinna es la huida, de la rutina pero, sobre todo, de una sociedad alienante y convencional, hacia una naturaleza cruel pero también acogedora, propicia a facilitar la armonía con uno mismo. ‘El año de la liebre’ es un canto romántico a esa libertad de espíritu casi imposible de encontrar hoy en ningún país del mundo, incluso en los que aún conservan amplias extensiones de territorio apenas habitadas.

Vatanen es una especie de Robinson Crusoe, con la liebre en el papel de Viernes, pero que no está condenado a la soledad por un naufragio o cualquier otro capricho del azar, sino por su libre elección, por una filosofía personal no tan extrema como para impedirle que se involucre en relaciones humanas que, a la postre, resultan mucho más consistentes que las de su vida anterior, así como en borracheras memorables. Por encima incluso de todo ello, ‘El año de la liebre’ es una loa a una forma de vida primaria y auténtica que, al parecer, todavía es posible encontrar en esas regiones desoladas del Norte de Europa.

Montaigne nos enseña cómo vivir

12 dic 2011
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‘Cómo vivir. Una vida con Montaigne’, de la británica Sarh Bakewell (Editorial Ariel), no es uno de esos ensayos que amenazan con horas de aburrimiento. De no ser por el rigor académico, el minucioso trabajo de análisis e investigación, y la precisión de la escritura casi parecería un libro de autoayuda. Leído desde una perspectiva lúdica y utilitaria, tanto como ejercicio intelectual, resulta una excepcional guía hacia una vida mejor cuya aplicación literal haría más suave y llevadero el tránsito por este valle de lágrimas.

La estructura es sencilla: 20 capítulos cuyos títulos incluyen la misma pregunta (¿Cómo vivir?) y diferentes respuestas extraídas de la experiencia vital de Montaigne (la obra es también una biografía) y, sobre todo, de la filosofía práctica que plasmó en sus ‘Ensayos’. Ocurrió hace cuatro siglos y medio, pero el tiempo no ha impedido que esas ideas hayan servido de inspiración de relevantes escritores de generaciones posteriores, provocado durante largos períodos el anatema de la Iglesia y suscitado controversia entre los filósofos: desde la admiración sin limites de Nietzsche a la condena indignada de Descartes y Pascal, espantados entre otras cosas por el reflejo de la similitud entre el hombre y otras especies animales.

He aquí algunas respuestas: Presta atención; Lee mucho y olvida gran parte de lo que has leído; No te preocupes por la muerte; Sobrevive al amor y a la pérdida; Reflexiona sobre todo, no lamentes nada; Vive con moderación; Sé ordinario e imperfecto; Sé sociable, convive con los demás; Ve mundo; Deja que la vida sea su propia respuesta… Y cuestiónatelo todo. Nada raro si se tiene en cuenta que Montaigne afirmaba: “Ninguna propuesta me asombra, ninguna creencia me ofende”.

El pensador francés era escéptico al estilo de los filósofos griegos, con fuerte influencia del estoicismo y el epicureismo. La mezcla produjo este sedimento en forma de consejo: vive una vida inteligente, sin engañarte sobre la realidad, sin fanatismos, en paz contigo mismo y con los demás. Así no verás la muerte como algo terrible. Si has tenido una mala vida, no debes lamentar que acabe y, si ha sido buena, puedes hacer un brindis al sol porque ha merecido la pena. “Si tuviera que vivir otra vez”, afirmaba, “viviría tal y como he vivido”. La felicidad debe ser poder decir lo mismo.

Leí los ‘Ensayos’ en francés (para un trabajo escolar) hace más de 40 años, y no me deslumbraron. Confieso que no los he releído ahora. Mea culpa. Tengo esa tarea pendiente. Mi excusa está en un consejo de Montaigne: “Haz bien tu trabajo, pero no demasiado bien”.