Tags: justicia política política internacional sociedadCARMEN MAGALLÓN
La Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria, organizada por la FAO en Roma en días pasados, nos ha dejado un poso amargo. Sobre todo porque la declaración final no contiene los compromisos concretos de aportación de los fondos que son necesarios para avanzar hacia la erradicación del hambre, un objetivo urgente que no hay que argumentar y que, en vez de acercarse, parece alejarse del horizonte. Ni siquiera está claro que pueda alcanzarse el objetivo del milenio de reducir a la mitad, para 2015, el número de personas que padecen hambre.
Para cualquier ciudadano de un país rico, esta falta de compromiso debería producir vergüenza e indignación. Porque si los responsables de la crisis financiera tienen ahora en su haber otra ignominia más, la de haber provocado el aumento del número de personas hambrientas en el mundo hasta llegar a la máxima cifra, nunca antes alcanzada, de 1.020 millones, la inasistencia a la cumbre de los jefes de Estado de los países enriquecidos (los miembros del G-8 que en su día corrieron a rescatar a los bancos con sumas millonarias) ha mostrado el grado de interés que otorgan al problema. Me pregunto hasta cuándo soportaremos la ceguera ante lo importante que despliega la lógica de la acumulación económica en la que estamos inmersos.
De nuevo, hay que decirlo: para eliminar el hambre sólo hace falta voluntad política. Algunos países la han tenido y han avanzado, lo que muestra que es posible. Armenia, Brasil, Nigeria y Vietnam son ejemplos de éxito que pueden ser analizados. De paso hay que decir que el nombre del programa de Brasil, Hambre cero, expresa con dignidad el único objetivo que habríamos tenido que definir, en vez de perseguir la corta meta de “reducción a la mitad”.
Más esperanza suscitan los trabajos del Foro Paralelo, reunido los mismos días y formado por movimientos sociales, ONG y organizaciones de la sociedad civil de 93 países. Para los pequeños agricultores y pescadores, pastores, mujeres, jóvenes y pueblos indígenas reunidos en el Foro, la solución al problema del hambre es la soberanía alimentaria, es decir, una transformación del sistema alimentario actual que asegure el acceso equitativo y el control sobre la tierra, el agua, las semillas, la pesca y la biodiversidad agrícola de quienes producen los alimentos.
Sus prácticas ecológicas, según la declaración del Foro Paralelo, “se centran en alimentar a las personas y no en el beneficio de las corporaciones. Es un suministro sano, diverso, local, que enfría el planeta”. Entre las cuestiones que el Foro pide a la comunidad internacional están las siguientes: que ponga fin a las violaciones de derechos humanos relacionadas con los desplazamientos forzosos y la confiscación de tierras; que la ayuda de emergencia se obtenga lo más localmente posible y no se utilice para presionar a los países a aceptar organismos genéticamente modificados; y que los alimentos no sean usados como arma política.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: feminismo mujer CARMEN MAGALLÓN
Un encuentro bajo este título ha reunido recientemente a economistas, profesoras, sindicalistas, diputadas, científicas y empresarias del país para analizar, desde una perspectiva feminista, es decir, desde la consideración de que la ciudadanía plena de las mujeres exige una igualdad efectiva, cómo está influyendo la crisis económica en las mujeres y qué propuestas surgen al pensar desde la realidad de sus vidas. Organizado por la Fundación Isonomía, de la Universitat Jaume I y el Instituto de la Mujer, en él se han identificado problemas y propuesto soluciones, subrayando que la crisis no puede utilizarse para el abandono de las políticas de igualdad, cuando precisamente en ellas pueden hallarse claves importantes para el necesario cambio.
Las secretarias de la Mujer de UGT y CCOO, Almudena Fontecha y Carmen Bravo, respectivamente, desmintieron que el paro esté afectando menos a las mujeres. Las sindicalistas afirmaron que el desempleo femenino no ha bajado de las dos cifras ni en los mejores momentos. El paro de ambos sexos se igualó con la caída de empleos en la construcción, pero el femenino volvió a ser mayor cuando empezaron a caer en el sector servicios. Alertaron de la tendencia a utilizar a las mujeres como mano de obra comodín: cuando se necesitan, se las incluye en el mercado de trabajo y, cuando no, se las expulsa; también de la trampa que encierra decir que las mujeres tenemos “más empleabilidad”, lo que generalmente significa aceptar peores condiciones de trabajo y mayor precariedad.
La economista Cristina Carrasco expuso la insuficiencia de un sistema económico que sólo considera el espacio de producción mercantil, olvidando el de desarrollo humano, donde se realizan los trabajos domésticos y se producen los bienes y servicios derivados de la interdependencia: relaciones, afectos, cuidados… En esta crisis se sigue olvidando revisar el concepto de trabajo haciéndolo más acorde con lo que hacemos cada día. No puede ser que ahora se ponga en cuestión el desarrollo de la ley de dependencia cuando el reconocimiento de la interdependencia –concepto más amplio, en el que todos vivimos–,podría significar una revolución del empleo. Una pregunta crítica surgió al pensar en cómo se ha utilizado el Plan E. ¿Por qué se sigue invirtiendo en un modelo –la construcción– del que queremos salir y no en formar y encauzar a los parados –independientemente de su sexo– en empleos de cuidado e interdependencia que sí son sostenibles y que sí son necesarios?
Es justo y necesario que el exceso de tiempo que dedican las mujeres al ámbito de la interdependencia deje de ser invisible. Y que se asuma que la dependencia y la conciliación no son un lujo para tiempos de auge económico, sino rasgos de nuestra humanidad que nos ofrecen claves para cambiar el modelo económico.
El Gobierno haría bien en tomar nota de las conclusiones de este encuentro, mucho más ricas de lo que aquí puedo reflejar. Haría bien en escuchar a quienes afirman que la actual situación es una oportunidad para cambiar enfoques obsoletos que nos abocan a una vida infeliz e insostenible. Y decidir en consonancia.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.
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Como suele suceder en las campañas destinadas a sacar a la luz problemas estructurales graves, la que se desarrolló estos días bajo el lema: “¡Rebélate contra la pobreza!”, corre el riesgo de ser rápidamente olvidada. Las organizaciones agrupadas en la Alianza Española contra la Pobreza seguirán tratando de documentar y presionar para buscar remedio a las carencias de los mil millones de personas que viven con menos de un dólar al día: falta de alimentos, agua, vivienda, educación, acceso a medicamentos, en fin, los mínimos necesarios para una vida digna de un ser humano. Pero si no asumimos a fondo que quienes viven o más bien mueren por estas carencias están sufriendo una violencia de carácter estructural que exige medidas del mismo rango, el problema se irá agravando.
En el mundo no falta dinero, ni alimentos, ni agua, ni medicamentos, ni otros bienes necesarios. Lo que falta es una distribución más equitativa de los mismos. Y tampoco es que el problema sea tan complicado que no haya salidas viables. Lo que faltan son decisiones políticas. Y para que estas decisiones estructurales se tomen se necesita un compromiso, estructural también, de la ciudadanía. Si materialmente es posible, si hay salidas y propuestas sobre la mesa y si estas apuntan a la eliminación de la desigualdad, habrá que asumir actitudes de fondo que las fuercen: rebelarse
contra la pobreza tiene como corolario rebelarse contra la riqueza.
¿Qué podemos hacer? Pues, en nuestra sociedad, además de salir a la calle a favor de una causa, las personas tenemos dos tipos de poder: uno es el voto y otro la gestión de nuestro poco o mucho dinero: la opción de tener la nómina en un lugar u otro –esta ciertamente sólo en manos de quienes tienen trabajo y salario–, de comprar o no comprar, o de comprar unas cosas u otras. Con el voto podemos elegir o no a quienes toman las decisiones, exigir que cada programa electoral incluya un balance de las acciones y decisiones tomadas para disminuir la pobreza, en nuestro entorno y en el mundo; y las propuestas de futuro si resultan elegidos. Con el dinero podemos quitar la nómina de los bancos que exhiban comportamientos escandalosos –del tipo de alguno que hemos conocido recientemente–, y podemos dirigir nuestras compras hacia productos fabricados bajo ciertas condiciones: política de empleo justa, respeto por el medio ambiente y poblaciones desprotegidas, etc. No son ideas nuevas. Las decisiones, grupales e individuales, que responden a la idea de “no con mi dinero” están ya funcionando. Pero falta generalizarlas.
Todo sin menoscabo de las concretas peticiones realizadas por la Alianza al Gobierno español, entre ellas, que en los foros internacionales promueva el control de los mercados financieros y la desaparición de los paraísos fiscales; que revise en profundidad las políticas comerciales, agrícolas, migratorias, de igualdad de género y medioambiental; y que cumpla el Pacto de Estado, asumido por el Gobierno y todos los partidos políticos, de alcanzar el 0,7% al final de la legislatura.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
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Alas pantallas de los cines ha llegado la película de Alejando Amenábar Ágora, en la que, a través de una superproducción, emerge la figura de Hipatia de Alejandría, destacada científica que vivió en el siglo IV, para la mayoría de la población una perfecta desconocida. No hablaré de la película, que está siendo ampliamente reseñada y que, aunque estoy en ello, todavía no he podido ver. Lo que me interesa destacar es la reflexión que hacía su director en una de las entrevistas publicadas en estos días.
Todavía me estoy preguntando, decía Amenábar, cómo es que a nadie se le había ocurrido antes hacer una película sobre tan destacada astrónoma y filósofa. Una pregunta en la que vale la pena apoyarse como un surfista en una ola, pues en este mundo de hoy el eco de las preguntas viene a depender mucho de quién las formula, y a menudo ni eso es suficiente para que determinados interrogantes fructifiquen.
Efectivamente, he ahí la cuestión: ¿por qué Hipatia fue relegada del elenco de personajes de la Historia? ¿Cómo, por qué, y a través de qué mecanismos funciona la ocultación, la invisibilidad, el dejar en el olvido a esta y a tantas otras mujeres sabias del pasado?
Para los estudios de Historia de la Ciencia que toman como variable relevante el sexo, Hipatia es el origen de una genealogía a la que, con el paso de los siglos, pertenecieron médicas, físicas, matemáticas, astrónomas, químicas, filósofas. Por eso, un libro con referencias y biografías de las más destacadas de entre ellas, y que conocimos hace más de dos décadas, tenía por título El legado de Hipatia. Hay que decir que la mayoría fueron conocidas en su época, pero su rastro histórico es intermitente, y predominan amplias fases de olvido. Y es que como la llamada corriente principal de la transmisión histórica –siempre tutelada por los patriarcas de turno– no acaba de incorporarlas como merecen, cada generación ha de redescubrirlas y rescatarlas.
Con este fondo, la irrupción mediática de la Hipatia de Amenábar, así, a lo grande, es una contribución a la igualdad que nos produce una satisfacción enorme. Porque, como escribe Amelia Valcárcel, el techo de cristal no sólo lo constituyen los puestos a los que las mujeres no acceden o lo hacen a cuentagotas; si hay un techo que sigue siendo inaccesible para una mujer es el de la sabiduría. Y también queremos romperlo. Al igual que es de justicia cobrar igual salario por igual trabajo, compartir las tareas de crianza y llegar a los mismos puestos, también lo es compartir la excelencia y que se reconozca la autoridad de las sabias. Hay muchas más de las que se conocen y, como en el caso de la egipcia, su conocimiento y reconocimiento aumentará los horizontes de libertad para expresar la vivencia en un cuerpo de hombre o de mujer allende la mezquindad de los estereotipos.
Agradezco a Valcárcel, una de nuestras sabias actuales, sus brillantes escritos. Y a Amenábar su capacidad para mirar el mundo de otra manera. Sin los libros de ella y las películas de él, seríamos peores y más ignorantes.
Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: defensa política internacionalLos recientes posicionamientos de Obama en las Naciones Unidas, el discurso ante la Asamblea General, su gesto de presidir el Consejo de Seguridad y la presentación ante este organismo de una resolución, la 1887, a favor del desarme y en contra de la proliferación nuclear, han escenificado la vuelta al multilateralismo de Estados Unidos y el reconocimiento de la autoridad y legitimidad de una organización que fue despreciada por su predecesor con nefastas consecuencias para la paz y la seguridad internacional. El giro de la política estadounidense, al retomar sus compromisos con las Naciones Unidas, saldar sus deudas con esta institución y apostar por la diplomacia y el diálogo, es un punto de inflexión que afianza las expectativas de cambio suscitadas por el nuevo presidente.
La revelación de la existencia de una nueva instalación nuclear en Irán ha aguado la fiesta de la aprobación unánime de la resolución 1887, pensada y dirigida a reforzar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Aunque es posible argumentar, como hace Irán, que todas sus plantas de enriquecimiento de Uranio son para la obtención de material fisil para producir energía eléctrica, el secreto mantenido hasta ahora sobre la última pone en evidencia una voluntad de escapar a las inspecciones encaminadas a certificar que se cumplen las salvaguardas del TNP.
En el fondo, la actitud de Irán muestra el deterioro de la credibilidad del régimen de no proliferación. Lograr un mundo libre de armas nucleares, uno de los objetivos enfatizados por Obama, no va a ser tarea fácil.
Según el TNP –asentado en tres pilares que son el desarme, la no proliferación y el derecho al uso pacífico de la energía nuclear–, a los países poseedores del arma nuclear les corresponde dar pasos hacia el desarme y al resto renunciar a obtener la bomba a cambio de recibir apoyo para los usos nucleares pacíficos. Pues bien, ha sido el doble rasero utilizado ante los programas nucleares de unos países u otros y el incumplimiento sistemático de las obligaciones que, según el TNP, corresponden a las cinco potencias nucleares, a saber, dar pasos para desarmarse, lo que en lugar de frenar ha alentado la proliferación nuclear. ¿Cómo se puede convencer a un país de que renuncie a poseer la bomba nuclear cuando, pese a ser una amenaza para la supervivencia colectiva, es el icono máximo del poder en todos los terrenos, empezando por el militar y estrechamente ligado al económico y político?
Pero es en el interior donde Obama tiene las dificultades más arduas. Todavía no está claro que el Senado vaya a aprobar la ratificación del tratado que prohíbe los test nucleares, un puntal decisivo para la no proliferación. Eliminar el rol central de las armas nucleares en la estrategia de seguridad nacional, deslegitimar su posesión y desarmarse atenta contra los intereses de un poderoso complejo militar industrial y también de los laboratorios dedicados a la investigación sobre armas nucleares. Los unos afilan sus lobbies; los otros, al ver peligrar sus fondos, hacen campaña por la modernización de los arsenales.
Carmen Magallón
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: política internacionalCarmen Magallón
Bajo el lema, “¡Desarme ahora! ¡Trabajemos por la paz y el desarrollo!” acaba de celebrarse en México DF la 62ª Conferencia Anual del Departamento de Información Pública/ONG de las Naciones Unidas, una cita previa a la Asamblea General, que cada año reúne a organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo. En la estela de la voluntad expresada por Obama y Medvédev, en la reunión latían ciertas expectativas de desarme. Como presidente del único país que ha utilizado el arma nuclear (Hiroshima y Nagasaki, 1945), Obama ha declarado que siente la responsabilidad moral de trabajar por un mundo libre de armas nucleares. El presidente ruso también ha manifestado su acuerdo en abrir negociaciones para la reducción del arsenal nuclear. Al mismo tiempo, en la conferencia había consciencia de que, dada la distancia que suele haber entre las declaraciones de los líderes y sus acciones, el que podamos estar en un punto de inflexión en materia de desarme dependerá mucho de en qué medida la sociedad civil se comprometa y ejerza presión sobre sus representantes.
Es un escándalo vivir en un mundo lleno de armas. Según un informe reciente se calcula que, como mínimo, hay en circulación 875 millones de armas pequeñas y ligeras, y que los Estados poseedores de armas nucleares tienen más de 23.000 ojivas nucleares, 8.000 de ellas operativas. Ni unas ni otras producen más seguridad. Producen muertos. Tanto de manera directa: cada día mueren mil personas por armas de fuego y tres mil resultan gravemente heridas; como indirecta, al detraer a los países fondos que debieran aplicarse a educación, salud o infraestructuras. Es escandaloso que en Uganda, donde hay hambre, un AK-47 cueste lo mismo que un pollo. Es más escandaloso aún el hecho de que si bien las más de mil empresas que fabrican armas están ubicadas en 98 países, los productores más importantes sean los cinco países con asiento permanente en el Consejo de Seguridad, es decir, los países ricos, a los que afectan menos las consecuencias de la proliferación de armas. Y es, sin duda, relevante para nuestra responsabilidad en el tema no olvidar que España es, según datos del Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el octavo suministrador mundial de armas convencionales, siguiendo a EEUU, Rusia, Alemania, Francia, Holanda, Reino Unido e Italia.
En 2010 ha de celebrarse la Conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación nuclear y el próximo 24 de septiembre, por primera vez, un presidente de EEUU, Obama, presidirá una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU centrada en el desarme nuclear. Distintas organizaciones han lanzado ya una campaña internacional por la abolición de las armas nucleares que puede firmarse en la red. Es hora de jugar fuerte en este sentido. Pero sin olvidar que es el comercio de armas convencionales, sobre el que no hay ningún tratado jurídicamente vinculante, el que más muertes produce. Y que quienes sufren las consecuencias en el día a día –en México hemos oído sus testimonios– están pidiendo a gritos que se controle y restrinja con todo el rigor.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: justicia política internacionalCarmen Magallón
La reciente presentación de un informe de la CIA que detalla las torturas usadas en los interrogatorios a detenidos en sus prisiones secretas alrededor del mundo revela una vez más los abusos cometidos contra los derechos humanos bajo el mandato del presidente norteamericano George Bush, al amparo de su política de guerra contra el terrorismo. Algo ya sabido es ahora ratificado desde la propia fuente oficial: que, para obtener información, la agencia usó tácticas de privación de sueño, confinamientos en cajas estrechas y oscuras, prácticas de ahogamiento, torturas psicológicas y simulacros de ejecución, pasando por encima y violando sistemáticamente la legislación internacional sobre el trato debido a las personas privadas de libertad. Hay que recordar que los japoneses que emplearon estas técnicas en la Segunda Guerra Mundial fueron considerados criminales de guerra por los expertos jurídicos y militares de EEUU. De manera diferente, tras los atentados del 11-S, la maquinaria del poder estadounidense, por encima de las voces críticas –que también existieron– promovió una vergonzosa justificación social de la tortura, contando con expertos legales que dieron argumentos para considerar el caso una excepción y eludir los principios del Derecho Internacional Humanitario, y con el apoyo de intelectuales que relativizaron la tortura considerándola El mal menor (Ignatieff, 2005).
Una sombra de vergüenza se cierne también sobre los gobiernos europeos, cuyas conductas ante el conocimiento de la perpetración de estos abusos contra los derechos humanos se situaron en el silencio cómplice, en el mejor de los casos, y en la colaboración por la puerta de atrás, en el peor. Y de las que no sólo son responsables los gobiernos y políticos. Organizaciones de derechos humanos levantaron la voz, sí, pero faltó el clamor necesario para que los representantes políticos se comprometieran debidamente.
En esa estela de justificación seguimos hoy. Aunque Obama haya decidido cerrar las cárceles secretas y el fiscal general de EEUU, Eric Holder, haya abierto una investigación sobre el tema, Cheney y otros siguen defendiendo que esas técnicas de interrogatorio fueron necesarias para obtener información que salvó vidas, un argumento que todavía concita muchas adhesiones. La idea de que el fin justifica los medios, en el origen de tantas guerras y violencias, sigue muy anclada en las mentes. El problema ahora es si se va a hacer justicia y aplicar la legislación internacional procesando a los máximos responsables políticos de estas torturas, tal como ha dicho la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Navy Pillay. De no ser así, la impunidad y el doble rasero erosionarán la credibilidad de un sistema de leyes que precisamente este mes celebra su 60 aniversario: las Convenciones de Ginebra y sus Protocolos adicionales. Ratificadas por 194 países, y por tanto de aplicación universal, constituyen el cuerpo de legislación sobre el Derecho Internacional Humanitario, una normativa básica y necesaria que la comunidad internacional no puede permitir que se deteriore y desacredite.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: feminismo lenguajeCarmen Magallón
En un reciente documental sobre la prostitución, emitido por una cadena pública de televisión, vuelvo a constatar un uso del lenguaje que siempre me ha parecido sexista y discriminador. Y es que mientras a las mujeres que ofrecen determinados servicios sexuales a cambio de dinero se les llama prostitutas o putas, términos ambos con connotaciones cuando menos despreciativas, a quienes acuden a ellas se les llama asépticamente clientes. De este modo, mientras ellas quedan denotadas negativamente, la denominación de los hombres que las buscan está al nivel de quien va a un supermercado a comprar un producto cualquiera.
Dentro del feminismo hay distintas posiciones al respecto de la prostitución, desde quienes defienden que es una opción libre de algunas mujeres hasta quienes trabajan por su abolición al considerar esta actividad cercana a la esclavitud. Personalmente, pienso que el acceso al cuerpo de las mujeres por dinero es un acto de poder que se reservan los hombres, y que honra a este periódico el no aceptar anuncios al respecto. Según un estudio sociológico realizado en Zaragoza –que suele ser elegida por tener un perfil que refleja bien el promedio del país–, un 95% de quienes ejercen la prostitución en esa ciudad son mujeres inmigrantes. Forman parte, pues, del contingente de personas que salen de su país impulsadas por la desigualdad económica entre distintas zonas del mundo, una primera y fundamental desigualdad. Cuando no son objeto de otros abusos y engaños, son ellas quienes deciden dedicarse a la prostitución, pero en un marco de libertad muy mermada. En la mayoría de los casos –siempre según el estudio mencionado– son mujeres que envían dinero a su familia en el país de origen, que mantienen préstamos a intereses desorbitados y cuyas opciones de trabajo alternativo son muy limitadas. Por eso, más que libertad, en su situación predomina la necesidad económica. Y cierta libertad, sí, la que te permite elegir la salsa con la que vas a ser cocinada. En lo que sí hay acuerdo en el feminismo es en la importancia de criticar los aspectos sexistas del lenguaje, al que se reconoce capacidad para hacer visible la realidad, para conformarla de algún modo, y también para transformarla. Pues bien, sin entrar a fondo en el debate sobre la prostitución, hay una asimetría por la que se puede comenzar a desmontar la desigualdad de trato social de hombres y mujeres implicados. Y es que si la actividad es conjunta, lo justo es que ambos participantes sean tratados de modo similar.
La propuesta es que si se continúa con la denominación clásica, cada vez que a ellas se les llama prostitutas ellos habrían de nombrarse como prostituidores; y si ellas son putas, ellos puteros, –por cierto, este término, putero, es el usado en la traducción del ampliamente vendido Millenium, marcado, se supone, por una opción explícita en la versión original de la novela–. Y si se opta por la asepsia, y continúan ellos siendo nombrados como clientes, habremos de inventar un término igualmente aséptico y llamarlas a ellas, por ejemplo, proveedoras de servicios sexuales.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: derecho historia periodismoCarmen Magallón
El pasado 15 de julio fue asesinada en Grozni, Chechenia, Natalia Estemírova, profesora de Historia, periodista y destacada defensora de los derechos humanos. Miembro de Memorial, organización que recibió en 2004 el Premio Nobel Alternativo, era amiga de la periodista Anna Politkóvskaya, asesinada a su vez en 2006. Por sus investigaciones y denuncias sobre los abusos, secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones que sufre la población chechena, había recibido varios premios, entre ellos el instituido en nombre de Politkóvskaya. Y también constantes amenazas.
Las amigas de Dones x Dones de Barcelona y de la red de Mujeres de Negro nos han recordado los momentos que compartieron con ella en el Centro de Cultura de Mujeres Francesca Bonnemaison, el 8 de marzo de 2004 y en la Conferencia Internacional de Mujeres de Negro que tuvo lugar en 2005 en Jerusalén. Y nos han recordado sus palabras: “Yo me declaro abiertamente pacifista, porque sé lo que supone para la gente joven el militarismo y las guerras. Estoy en contra de todas las guerras y la violencia, y tengo muy claro lo que suponen para las mujeres, como también la capacidad que tienen (estas) para reconstruir la vida, defenderla y desarmarla. En Chechenia, todo el peso de la guerra ha recaído sobre las mujeres. Cuando comenzaron los secuestros, fuimos las mujeres las que nos enfrentamos denunciando estos crímenes. En 1995, organizamos una marcha pacífica desde Moscú hasta Grozni. Y no denunciamos únicamente los crímenes y la violencia del Gobierno ruso, también la violencia de nuestro propio Gobierno y de los grupos armados”.
Compartiendo la filosofía que sustenta la práctica de los grupos de Mujeres de Negro, Estemírova no se plegaba a las adhesiones de grupo y apuntaba con el dedo a los culpables, fueran estos ajenos o propios. Su postura era difícil de tragar por quienes tienen por modelo y exaltan a la madre espartana, siempre dispuesta a criar y ofrecer a sus hijos para batallar en defensa de la patria. Para quienes puedan pensar que el pacifismo es una rendición por no responder a la violencia con la violencia, subrayo el valor de esta mujer, pacifista por sus palabras y por sus hechos que, pese a las amenazas, no dejó de sacar a la luz las violaciones de derechos que veía a su alrededor.
A los demás nos queda levantar nuestra voz contra la impunidad, que es la institucionalización de lo execrable. La impunidad es el triunfo de los matones, un cáncer que anula nuestra dignidad colectiva, imponiendo la ley de la selva y el poder del más fuerte. Aceptar la impunidad en silencio, resignarse, nos degrada como seres humanos. Por eso me uno a las Mujeres de Negro que, en Barcelona y Madrid, han salido a la calle para honrar la memoria de Estemírova; para exigir a los gobiernos ruso y checheno que hagan justicia y que esta muerte no quede impune, y a nuestro Gobierno, que se haga eco de esta exigencia y le busque cauce efectivo en los organismos y plataformas internacionales.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Tags: educación justicia política internacional sociedadCARMEN MAGALLÓN
Para atajar la violencia contra las mujeres han llegado al fin las pulseras electrónicas, un instrumento que se llevaba tiempo reclamando para el control de las órdenes de alejamiento de los maltratadores, algo que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte para muchas mujeres amenazadas. En el terreno de las medidas de protección estamos avanzando. Lo que se echa en falta, y no es una tarea que ataña solamente al Gobierno, es más reflexión sobre las raíces de esa violencia, y más cuando en ellas podemos encontrar claves explicativas para el resto de violencias, protagonizadas en su mayoría también por los hombres. El investigador para la paz Johan Galtung cifra en un 95% el porcentaje de hechos de violencia directa en el mundo –incluyendo la violencia contra las mujeres, la que se ejerce contra otros hombres y también contra la naturaleza– que son cometidos por los hombres.
¿Significa este dato que ellos son más violentos que ellas? ¿Habríamos de hablar de violencia masculina, en lugar de violencia humana? Frente a las hipótesis biológicas que dirigen la responsabilidad del comportamiento hacia una fisiología, una conformación del cuerpo del hombre que le empujaría fácilmente a la acción violenta, Galtung señala que la biología no puede explicar más allá del 10-20% de la conducta violenta. Y biólogas como Jane Sayers o Anne Fausto-Sterling desmontan los razonamientos biologistas encaminados a naturalizar los roles asignados culturalmente a mujeres y hombres. Una mayor o menor proporción de determinada hormona, unas características físiológicas, dicen, son factores que están ahí, pero no aisladamente sino entrelazados con otros de distinto carácter, social y cultural, que los amplifican o neutralizan, según los casos. El recurso a la naturaleza, como explicación última de la conducta de los sexos, está en primer lugar poco fundamentado científicamente: se interpretan correlaciones como si fueran relaciones de causa-efecto, se ofrecen modelos animales que a su vez son controvertidos y, sobre todo, se parte de una noción estática y a priori de lo que es natural, como si pudiéramos acceder a las cosas sin mediaciones culturales.
Sin negar que existen imbricaciones entre lo natural y lo cultural difíciles de desentrañar, que existen diferencias entre los cuerpos de hombres y mujeres, el hecho es que esas diferencias no empujan a todos los hombres a comportarse violentamente bajo circunstancias similares. La diversidad que se da, tanto entre hombres como entre mujeres, choca con una visión determinista del ser humano, hombre o mujer. Y si no es la base material la que determina la conducta, sino que esta es moldeable y controlable por otros factores, que necesariamente han de ser culturales o estructurales, tendremos que identificar qué factores son esos. Para avanzar en la vía del cambio de mentalidad, para saber qué cambios se precisan en la socialización de los hombres, ellos, como uno de los dos sexos, tienen que constituirse seriamente en objeto de
auto-reflexión y estudio.
Doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz