La familia europea

29 Ene 2010
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CARMEN MAGALLÓN

Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Así la llaman. Tengo la fotografía delante y les aseguro que es una familia insólita. En ella puede verse que está formada por 27 miembros, todos ellos jefes de Estado y de Gobierno de los países de la Unión Europea, a los que ahora se unen el presidente, Herman Van Rompuy y la jefa de la diplomacia, Catherine Ashton. ¿Que qué tiene de rara o de novedosa? En realidad, de novedosa tiene poco, porque esta foto viene siendo así desde que se conformó la UE. Pero rara sí que es. Sobre todo cuando se mira sin las gafas de una normalidad que de normal no tiene nada, aunque de tan repetida lo parezca. ¿O no es en sí raro que esta extensa familia esté formada por 25 hombres y dos mujeres?
Desde la perspectiva de la representación simbólica y de la carga de autoridad asociada al poder, esta imagen desplegada a lo ancho de una página del periódico es demoledora. Desde la perspectiva de la realidad que subyace, nos dice que los partidos realmente existentes siguen sin presentar candidatas cuando llega el momento de elegir a la máxima autoridad del Estado y que los altos liderazgos femeninos, en vez de apoyarse, son torpedeados.
¿Cómo va a entusiasmar esta Europa en la que los discursos son igualitarios pero el poder no? Sí, es cierto que las mujeres están llegando a puestos que antes no tenían, que existe Angela Merkel y que aquí, en nuestro país, incluso tenemos un Gobierno paritario. Pero les aseguro que, si hay un mecanismo que subsiste en el día a día, es el que funciona para proporcionar a los hombres un escalón más alto cuando una mujer llega al que ellos ocupaban antes. Si ella llega a jefa, se crea para él la figura de director general y, si ellas llegan a ministras, ellos ocuparán ¡ocupan! las jefaturas de Gobierno. Conozco a muchas a las que este tipo de constatación les provoca una desa-
fección automática. Son aquellas que, cuando las invitan a asistir a un acto conformado por un panel de todo-hombres-blancos-
occidentales-de clase media, les viene a la mente una respuesta parecida, en su sentimiento y su tono, a la que dio León Felipe en París cuando le preguntaron sobre España tras la Guerra Civil: “Las cosas de España no interesan, monsieur”, todo en francés, claro.
¿Tiene esto importancia? Pues sí, la tiene. Porque, además de la justicia incumplida, los discursos vacíos y un más de lo mismo, existe el riesgo de que se instauren mundos paralelos, con el pensamiento y la acción de ellas, por un lado, y el de ellos, por otro. El mundo de los hombres bienpensantes a favor de la igualdad integradora con reserva del poder, y el de las mujeres que no aceptan que su legado y su inteligencia sean subordinados, y que desde sus nuevos lugares sociales, tienen, no obstante, la tentación de rendirse ante la tozudez de los hechos y de retirarse a un interior inexpugnable.
¿De verdad quieren contar con las mujeres para construir Europa? Pues no nos ofrezcan el espectáculo de este poder sexuado. No nos muestren fotografías tan obscenas, no nos llamen a participar en ritos intelectuales sesgados en el fondo y la forma, ni nos inviten a escuchar a quienes llevamos siglos escuchando. Y sí, desde luego que sí, también hay muchos hombres machacados.

Ayuda y futuro para Haití

20 Ene 2010
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CARMEN MAGALLÓN

Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

El terremoto de Haití nos ha colocado ante la muerte y el dolor a una escala estremecedora. Las escenas que estos días nos ofrecen las pantallas y los relatos de los periodistas ponen rostro humano a una tragedia hecha de historias que encogen el corazón, historias de miles de muertos bajo los escombros, de heridos sin asistencia durante días, de una población sin agua ni comida, de las dificultades para el reparto de la ayuda humanitaria, del incremento de la inseguridad en calles derruidas y salpicadas de cadáveres. La catástrofe ha destruido vidas, edificios y las frágiles estructuras de un país empobrecido que ocupa uno de los últimos puestos, el número 149, en la clasificación de países según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU.
Que la República Dominicana, la otra mitad de la isla, ocupe el puesto 90, tenga una esperanza de vida de 72,4 años y una tasa de alfabetización de adultos de 89,1%, frente a los 61 años y el 62,1% de adultos alfabetizados de Haití, muestra con cifras que no es la naturaleza la responsable de la pobreza extrema en la que viven la mayoría de los casi diez millones de habitantes de Haití, sino la saga de dictadores y depredadores de los recursos que les tocó en suerte a los haitianos, o más bien en desgracia. Sólo es similar entre ambos países la desigualdad, pues el coeficiente de Gini que la mide, desde cero o igualdad perfecta hasta cien, desigualdad total, es en Haití el 59,5 y en la República Dominicana el 50.
Frente a las tensiones políticas que pueden estar surgiendo en torno a la operación humanitaria –reticencias ante el despliegue masivo de marines y el control estadounidense del aeropuerto–,
la urgencia de que llegue la ayuda –los médicos y las medicinas, el agua, la comida y el establecimiento de la seguridad necesaria para acceder a ella– concede la voz a los responsables de logística, que han dejado clara la prioridad de ser efectivos y relegar las disputas de poder. Otra cuestión será gestionar los fondos llegados de todo el mundo, un reto de más larga proyección que habría de dar paso a un liderazgo claro de las Naciones Unidas –ya implicadas en el devenir de Haití y cuyo personal también está entre las víctimas– en la operación de reconstrucción material e
institucional del país junto a los haitianos.
En medio de la catástrofe, un dato esperanzador es la ola de solidaridad que se ha levantado en todo el mundo, la compasión activa ante la desgracia de los otros en clave de fraternidad humana, valores que movilizan la solidaridad, sobre todo en circunstancias extremas. La cuestión es cómo transformar esta movilización en un compromiso más cotidiano que obligue a los países ricos a promover vías de desarrollo y a buscar soluciones duraderas a los problemas estructurales de Haití.
La solidaridad y la empatía con este país que sufre han de ir más allá. Además de la ayuda hoy, Haití necesita un futuro menos sombrío que el pasado. El cambio será posible si se persiste y se ahonda en una solidaridad cuyas capas más profundas alcanzan el lecho de roca de la justicia.

Violencia y análisis de género

08 Ene 2010
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CARMEN MAGALLÓN

Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

La violencia contra las mujeres sigue estando en primer plano, tanto por la polémica levantada a raíz de las críticas de un juez sevillano a la Ley Integral contra la Violencia de Género como por haberse producido ya, en el tercer día del nuevo año, la primera de las víctimas. Pese a que las mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas disminuyeron en 2009 un 40% con respecto al año anterior, el número de víctimas, 55, sigue siendo alarmantemente alto. Que casi un tercio de ellas sea menor de 30 años añade además la indicación preocupante de que entre los jóvenes está dándose una tendencia continuista. Ante un problema tan grave, es necesario generar, y en ello se está, cierta dosis de acuerdo social sobre la pertinencia de los análisis que identifican las raíces de esta violencia, pues de ellos se derivan las orientaciones educativas básicas para el cambio. Sin embargo, hoy por hoy, la aplicación de la ley no concita la unanimidad social que hubo en el Parlamento para aprobarla. ¿Son razones o son resistencias?

Si miramos hacia atrás, el avance más reseñable frente a la violencia machista fue hacerla visible, convertir en público un problema que hasta entonces, hasta hace bien poco, era considerado privado. Este primer paso fue un logro del movimiento feminista, en cuyo seno crecieron, además de la acción reivindicativa, instrumentos de análisis crítico de la realidad, teorías y conceptos, que como el de género, permitían explicar y hacer frente a la desigualdad entre los sexos.

Es ampliamente constatable que la variable género y la perspectiva que se genera al tenerla en cuenta ha servido y sirve para mejorar la objetividad de la ciencia y del conocimiento al eliminar sesgos sexistas y visiones parciales. Por eso resulta chocante que se hable de “ideología de género” en sentido peyorativo, para descalificar la ley, como si los análisis de género constituyeran una visión falsa de la realidad que trata de imponerse y oprime. La ley contra la violencia machista posiblemente es mejorable, y en ese sentido bienvenida sea la crítica, pero tachar de ideología opresora la fundamentación de género que proporciona una teoría social explicativa y fructífera, ¿no es más bien una impugnación, gratuita, a la totalidad? Y si lo es, ¿sobre qué bases se mantiene?

La variable género es interactiva, explica las relaciones de poder que se establecen entre hombres y mujeres, pero no lleva a condenar a los hombres por el hecho de serlo. Condena el estereotipo de hombre dominador, pero no instaura ninguna lucha de sexos. Hombres y mujeres somos beneficiarios de un análisis que rompe con la postura biologista-esencialista desde la que las atribuciones psicosociales y los roles asignados a cada sexo son inamovibles. En este marco, es posible otra socialización, educar en la igualdad y en la libertad frente a los estereotipos. El hombre violento no es visto como natural, sino como el resultado de una proyección cultural, transformable por tanto. La mujer tampoco es idealizada. ¿Es opresor deconstruir al hombre violento? ¿No habríamos de estar juntos en este empeño?

No olvidar Gaza

27 Dic 2009
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CARMEN MAGALLÓN

Hoy se cumple un año del comienzo del ataque de Israel a Gaza. En aquellos 23 días de ataque, según el Centro Palestino para los Derechos Humanos, hubo 1.414 muertos y 5.300 heridos, más de un cuarto de ellos, niños y niñas; 13 israelíes murieron también. Veinte mil casas fueron total o parcialmente destruidas, e incluso escuelas, edificios de Naciones Unidas y hospitales fueron bombardeados.

Hoy, en Gaza, la vida sigue siendo muy dura. La población afronta el invierno sin que la reconstrucción haya sido posible debido al mantenimiento del bloqueo por parte de Israel, que impide la llegada de los materiales necesarios –madera de construcción, cemento o cristales para los edificios– bajo la alegación de que se utilizarán para agredirle. Las restricciones sobre las actividades agrícolas y de pesca tienen también graves repercusiones en la vida cotidiana.

El pasado octubre, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en sesión especial, aprobaba el informe sobre la “Situación de los Derechos Humanos en Palestina y otros territorios ocupados”, resultado de la misión de investigación llevada a cabo sobre el ataque a Gaza y sus consecuencias. Conocido por el nombre del jurista sudafricano que lo dirigió, Richard Goldstone, el informe recoge la existencia de hechos susceptibles de ser considerados crímenes de guerra.
En el párrafo 1891, el informe señala que “las pruebas obtenidas por la Misión demuestran que la destrucción de instalaciones de aprovisionamiento de alimentos, sistemas de saneamiento de agua, fábricas de hormigón y viviendas fue el resultado de una política deliberada y sistemática de las fuerzas armadas israelíes. Esta destrucción no se ocasionó porque esos objetivos presentaran una amenaza o una oportunidad militar, sino con el fin de hacer más difícil para la población civil la vida cotidiana y las condiciones de vida dignas”. Si ya de por sí cualquier guerra en la que mueren los combatientes es inhumana, ante la tendencia a colocar a la población civil en el objetivo, de tomarla como rehén de guerra, no habríamos de cejar en la reafirmación de la convicción y la denuncia de la perversión que supone este hecho, suceda donde suceda.

En el conflicto de Palestina-Israel, la reanudación de las conversaciones de paz está siendo torpedeada por la continuación de los asentamientos, y la división de los palestinos aleja la solución. Pero existe una responsabilidad común para la preservación de la vida cotidiana de la gente en condiciones de dignidad. Los países donantes son ahora remisos a la ayuda porque los fondos dedicados en el pasado en la reconstrucción de escuelas y hospitales fueron volatilizados por los misiles y las bombas. Habrá que buscar garantías internacionales para que no vuelva a suceder. Y plantar cara a Israel. No veo ningún líder capaz de hacerlo. Pero puede ejercer presión la sociedad civil del mundo. Un año más tarde, no podemos olvidar a Gaza, abandonando a su suerte a una población traumatizada por los ataques y por la incertidumbre del futuro. El bloqueo ha de ser levantado.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Haidar y los Derechos Humanos

13 Dic 2009
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CARMEN MAGALLÓN

La determinación y valentía de Aminatou Haidar para llevar a cabo una acción no violenta tan potente como una huelga de hambre, con el dramatismo que impone la decisión de poner en juego la vida para defender el derecho a vivir en su tierra, ha puesto sobre la mesa un conflicto que lleva años en la sombra: la situación del Sáhara Occidental, el único territorio africano pendiente de descolonización.

Desde la perspectiva de los derechos humanos, sancionados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en la Declaración Universal aprobada el 10 de diciembre de 1948, ¿puede un Estado deportar a una persona sin su consentimiento? ¿Puede un Estado negar a alguien el derecho a vivir en su tierra? Con la mente y el corazón unidos a Aminatou, pienso en el viejo poema del tiempo de las dictaduras, aquel en el que Erich Fried escribió: “¿Aquí quién manda? El pueblo, naturalmente. Naturalmente el pueblo, pero ¿quién manda realmente?” Como Fried, pienso que el Estado, naturalmente, no puede negar a una persona el regreso a su casa. Pero, al igual que Fried, veo cómo algunos Estados lo hacen realmente, cómo lo hace Marruecos con Haidar. De fondo, el conflicto es de quién es la tierra a la que volver. Quién manda aquí.

Cuánta razón tenía Hannah Arendt cuando escribió que, a menudo, lo que impide el disfrute de los derechos humanos es la carencia de una comunidad de referencia, la abstracta desnudez de ser nada más que humano. Lo han comprobado los refugiados, los apátridas, los encerrados en los campos de exterminio. ¿Es el caso de Aminatou Haidar? ¿Quién ampara a los saharauis, además de ellos mismos?

La comunidad internacional tiene mecanismos para exigir a un Estado que asuma sus obligaciones. Puede buscar una salida inmediata a la situación de Aminatou y activar, estableciendo plazos, su compromiso con el Sáhara, el cumplimiento de las Resoluciones de Naciones Unidas.

A estas alturas de la historia, y más allá de la mejor o peor gestión de este episodio, este no es sólo un problema de España. Si hay un caso claro en el que tiene que implicarse la comunidad internacional, y dentro de ella quienes tienen capacidad para influir, es este; en particular, y dadas las relaciones e intereses que mantienen con Marruecos, son Estados Unidos, Francia, Argelia, España, y desde luego la Unión Europea, quienes han de actuar. No sólo porque la comunidad internacional es garante del cumplimiento de los derechos humanos frente al Estado, sino por una cuestión mucho más de fondo y con implicaciones graves: ¿alguien ha sopesado qué lección se extrae de la marginación de una lucha, la del Sáhara, que es pacífica, y qué se está promoviendo cuando la comunidad internacional sólo se moviliza ante quienes utilizan la acción terrorista?

Ante la posible muerte de Aminatou Haidar, que no se llevaría a nadie por delante, ¿qué van a hacer Francia, la UE o Estados Unidos, que tanto empeño ponen en otros conflictos, aireados con métodos sangrientos? Aminatou Haidar, la opción no violenta, ha de vivir: la comunidad internacional tiene que salvarla.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Violencias contra las mujeres

26 Nov 2009
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CARMEN MAGALLÓN

El 25 de noviembre fue instituido por Naciones Unidas como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer para que en todo el mundo, al menos una vez al año, se tome en consideración este grave problema. En nuestro país, el trabajo de años de denuncia del movimiento feminista dio finalmente sus frutos y hoy contamos con instrumentos como la Ley Integral contra la Violencia de Género y un delegado del Gobierno responsable del tema. No obstante, los cambios son lentos, y a entender por qué lo son puede ayudar el modelo definido por el pionero de la investigación para la paz, Johan Galtung, que habla de tres tipos de violencia: directa, estructural y cultural, identificables también en el caso de las mujeres.

La más patente, la violencia directa, se materializa en el maltrato, el acoso, las agresiones, y la muerte de tantas mujeres.
La violencia estructural contra ellas es un proceso en cuyo centro se halla la dominación. Se deriva del lugar que ocupan en el orden económico y de poder hegemónicos. El que la pobreza en el mundo tenga rostro de mujer es violencia estructural contra ellas. También lo es que el poder con mayúsculas esté sesgado a favor de los hombres. En la mayoría de los países, ellos son quienes ocupan los cargos importantes, las presidencias de los gobiernos, las jefaturas de las iglesias, los puestos dirigentes de las instituciones y corporaciones. También es violencia estructural, por lo que tiene de incremento de pobreza y de carga de trabajo añadida, el que la mayoría de las familias monoparentales con hijos pequeños o mayores dependientes caiga bajo la responsabilidad de una mujer.

Finalmente, la violencia cultural contra las mujeres, simbólica y persistente en el tiempo, es la que legitima las otras violencias, la directa y la estructural. Se halla en la mayoría de las creencias religiosas, en las que la deidad es masculina, en las ideas sobre la naturaleza de la mujer elaboradas por la filosofía y la ciencia, que la situaron en niveles más cercanos a los animales –la naturaleza– que al ser humano racional; en la literatura y el arte, en las que predominan las obras donde la mujer es objeto de la mirada, en vez de sujeto creativo y autónomo.

El modelo de Galtung facilita la comprensión de los flujos causales que se establecen entre los tres tipos de violencia. Estos flujos circulan en todas las direcciones, pero el principal es el que va de la violencia cultural a la violencia directa pasando por la estructural. La desvalorización simbólica de la mujer (violencia cultural) la abocó históricamente a un estatus de subordinación y exclusión (violencia estructural), y esta marginación y carencia de poder favoreció su conversión en objeto de abuso físico (violencia directa).

La lentitud del cambio puede explicarse por el carácter profundo de la raíz principal, simbólica-cultural, de esta violencia. Por eso la organización en estos días del Foro Internacional Juventud y Violencia de Género, dirigido a los jóvenes y centrado en los aspectos culturales y mediáticos, es un acierto reseñable.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Soberanía alimentaria contra el hambre

20 Nov 2009
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CARMEN MAGALLÓN

La Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria, organizada por la FAO en Roma en días pasados, nos ha dejado un poso amargo. Sobre todo porque la declaración final no contiene los compromisos concretos de aportación de los fondos que son necesarios para avanzar hacia la erradicación del hambre, un objetivo urgente que no hay que argumentar y que, en vez de acercarse, parece alejarse del horizonte. Ni siquiera está claro que pueda alcanzarse el objetivo del milenio de reducir a la mitad, para 2015, el número de personas que padecen hambre.

Para cualquier ciudadano de un país rico, esta falta de compromiso debería producir vergüenza e indignación. Porque si los responsables de la crisis financiera tienen ahora en su haber otra ignominia más, la de haber provocado el aumento del número de personas hambrientas en el mundo hasta llegar a la máxima cifra, nunca antes alcanzada, de 1.020 millones, la inasistencia a la cumbre de los jefes de Estado de los países enriquecidos (los miembros del G-8 que en su día corrieron a rescatar a los bancos con sumas millonarias) ha mostrado el grado de interés que otorgan al problema. Me pregunto hasta cuándo soportaremos la ceguera ante lo importante que despliega la lógica de la acumulación económica en la que estamos inmersos.

De nuevo, hay que decirlo: para eliminar el hambre sólo hace falta voluntad política. Algunos países la han tenido y han avanzado, lo que muestra que es posible. Armenia, Brasil, Nigeria y Vietnam son ejemplos de éxito que pueden ser analizados. De paso hay que decir que el nombre del programa de Brasil, Hambre cero, expresa con dignidad el único objetivo que habríamos tenido que definir, en vez de perseguir la corta meta de “reducción a la mitad”.

Más esperanza suscitan los trabajos del Foro Paralelo, reunido los mismos días y formado por movimientos sociales, ONG y organizaciones de la sociedad civil de 93 países. Para los pequeños agricultores y pescadores, pastores, mujeres, jóvenes y pueblos indígenas reunidos en el Foro, la solución al problema del hambre es la soberanía alimentaria, es decir, una transformación del sistema alimentario actual que asegure el acceso equitativo y el control sobre la tierra, el agua, las semillas, la pesca y la biodiversidad agrícola de quienes producen los alimentos.

Sus prácticas ecológicas, según la declaración del Foro Paralelo, “se centran en alimentar a las personas y no en el beneficio de las corporaciones. Es un suministro sano, diverso, local, que enfría el planeta”. Entre las cuestiones que el Foro pide a la comunidad internacional están las siguientes: que ponga fin a las violaciones de derechos humanos relacionadas con los desplazamientos forzosos y la confiscación de tierras; que la ayuda de emergencia se obtenga lo más localmente posible y no se utilice para presionar a los países a aceptar organismos genéticamente modificados; y que los alimentos no sean usados como arma política.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Mujeres ante la crisis

08 Nov 2009
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 CARMEN MAGALLÓN

Un encuentro bajo este título ha reunido recientemente a economistas, profesoras, sindicalistas, diputadas, científicas y empresarias del país para analizar, desde una perspectiva feminista, es decir, desde la consideración de que la ciudadanía plena de las mujeres exige una igualdad efectiva, cómo está influyendo la crisis económica en las mujeres y qué propuestas surgen al pensar desde la realidad de sus vidas. Organizado por la Fundación Isonomía, de la Universitat Jaume I y el Instituto de la Mujer, en él se han identificado problemas y propuesto soluciones, subrayando que la crisis no puede utilizarse para el abandono de las políticas de igualdad, cuando precisamente en ellas pueden hallarse claves importantes para el necesario cambio.

Las secretarias de la Mujer de UGT y CCOO, Almudena Fontecha y Carmen Bravo, respectivamente, desmintieron que el paro esté afectando menos a las mujeres. Las sindicalistas afirmaron que el desempleo femenino no ha bajado de las dos cifras ni en los mejores momentos. El paro de ambos sexos se igualó con la caída de empleos en la construcción, pero el femenino volvió a ser mayor cuando empezaron a caer en el sector servicios. Alertaron de la tendencia a utilizar a las mujeres como mano de obra comodín: cuando se necesitan, se las incluye en el mercado de trabajo y, cuando no, se las expulsa; también de la trampa que encierra decir que las mujeres tenemos “más empleabilidad”, lo que generalmente significa aceptar peores condiciones de trabajo y mayor precariedad.

La economista Cristina Carrasco expuso la insuficiencia de un sistema económico que sólo considera el espacio de producción mercantil, olvidando el de desarrollo humano, donde se realizan los trabajos domésticos y se producen los bienes y servicios derivados de la interdependencia: relaciones, afectos, cuidados… En esta crisis se sigue olvidando revisar el concepto de trabajo haciéndolo más acorde con lo que hacemos cada día. No puede ser que ahora se ponga en cuestión el desarrollo de la ley de dependencia cuando el reconocimiento de la interdependencia –concepto más amplio, en el que todos vivimos–,podría significar una revolución del empleo. Una pregunta crítica surgió al pensar en cómo se ha utilizado el Plan E. ¿Por qué se sigue invirtiendo en un modelo –la construcción– del que queremos salir y no en formar y encauzar a los parados –independientemente de su sexo– en empleos de cuidado e interdependencia que sí son sostenibles y que sí son necesarios?

Es justo y necesario que el exceso de tiempo que dedican las mujeres al ámbito de la interdependencia deje de ser invisible. Y que se asuma que la dependencia y la conciliación no son un lujo para tiempos de auge económico, sino rasgos de nuestra humanidad que nos ofrecen claves para cambiar el modelo económico.

El Gobierno haría bien en tomar nota de las conclusiones de este encuentro, mucho más ricas de lo que aquí puedo reflejar. Haría bien en escuchar a quienes afirman que la actual situación es una oportunidad para cambiar enfoques obsoletos que nos abocan a una vida infeliz e insostenible. Y decidir en consonancia.

Carmen Magallón es  doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.

Rebelarse contra la pobreza

28 Oct 2009
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CARMEN MAGALLÓN

Como suele suceder en las campañas destinadas a sacar a la luz problemas estructurales graves, la que se desarrolló estos días bajo el lema: “¡Rebélate contra la pobreza!”, corre el riesgo de ser rápidamente olvidada. Las organizaciones agrupadas en la Alianza Española contra la Pobreza seguirán tratando de documentar y presionar para buscar remedio a las carencias de los mil millones de personas que viven con menos de un dólar al día: falta de alimentos, agua, vivienda, educación, acceso a medicamentos, en fin, los mínimos necesarios para una vida digna de un ser humano. Pero si no asumimos a fondo que quienes viven o más bien mueren por estas carencias están sufriendo una violencia de carácter estructural que exige medidas del mismo rango, el problema se irá agravando.

En el mundo no falta dinero, ni alimentos, ni agua, ni medicamentos, ni otros bienes necesarios. Lo que falta es una distribución más equitativa de los mismos. Y tampoco es que el problema sea tan complicado que no haya salidas viables. Lo que faltan son decisiones políticas. Y para que estas decisiones estructurales se tomen se necesita un compromiso, estructural también, de la ciudadanía. Si materialmente es posible, si hay salidas y propuestas sobre la mesa y si estas apuntan a la eliminación de la desigualdad, habrá que asumir actitudes de fondo que las fuercen: rebelarse
contra la pobreza tiene como corolario rebelarse contra la riqueza.

¿Qué podemos hacer? Pues, en nuestra sociedad, además de salir a la calle a favor de una causa, las personas tenemos dos tipos de poder: uno es el voto y otro la gestión de nuestro poco o mucho dinero: la opción de tener la nómina en un lugar u otro –esta ciertamente sólo en manos de quienes tienen trabajo y salario–, de comprar o no comprar, o de comprar unas cosas u otras. Con el voto podemos elegir o no a quienes toman las decisiones, exigir que cada programa electoral incluya un balance de las acciones y decisiones tomadas para disminuir la pobreza, en nuestro entorno y en el mundo; y las propuestas de futuro si resultan elegidos. Con el dinero podemos quitar la nómina de los bancos que exhiban comportamientos escandalosos –del tipo de alguno que hemos conocido recientemente–, y podemos dirigir nuestras compras hacia productos fabricados bajo ciertas condiciones: política de empleo justa, respeto por el medio ambiente y poblaciones desprotegidas, etc. No son ideas nuevas. Las decisiones, grupales e individuales, que responden a la idea de “no con mi dinero” están ya funcionando. Pero falta generalizarlas.

Todo sin menoscabo de las concretas peticiones realizadas por la Alianza al Gobierno español, entre ellas, que en los foros internacionales promueva el control de los mercados financieros y la desaparición de los paraísos fiscales; que revise en profundidad las políticas comerciales, agrícolas, migratorias, de igualdad de género y medioambiental; y que cumpla el Pacto de Estado, asumido por el Gobierno y todos los partidos políticos, de alcanzar el 0,7% al final de la legislatura.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

Hipatia de Alejandría

16 Oct 2009
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CARMEN MAGALLÓN

Alas pantallas de los cines ha llegado la película de Alejando Amenábar Ágora, en la que, a través de una superproducción, emerge la figura de Hipatia de Alejandría, destacada científica que vivió en el siglo IV, para la mayoría de la población una perfecta desconocida. No hablaré de la película, que está siendo ampliamente reseñada y que, aunque estoy en ello, todavía no he podido ver. Lo que me interesa destacar es la reflexión que hacía su director en una de las entrevistas publicadas en estos días.

Todavía me estoy preguntando, decía Amenábar, cómo es que a nadie se le había ocurrido antes hacer una película sobre tan destacada astrónoma y filósofa. Una pregunta en la que vale la pena apoyarse como un surfista en una ola, pues en este mundo de hoy el eco de las preguntas viene a depender mucho de quién las formula, y a menudo ni eso es suficiente para que determinados interrogantes fructifiquen.

Efectivamente, he ahí la cuestión: ¿por qué Hipatia fue relegada del elenco de personajes de la Historia? ¿Cómo, por qué, y a través de qué mecanismos funciona la ocultación, la invisibilidad, el dejar en el olvido a esta y a tantas otras mujeres sabias del pasado?

Para los estudios de Historia de la Ciencia que toman como variable relevante el sexo, Hipatia es el origen de una genealogía a la que, con el paso de los siglos, pertenecieron médicas, físicas, matemáticas, astrónomas, químicas, filósofas. Por eso, un libro con referencias y biografías de las más destacadas de entre ellas, y que conocimos hace más de dos décadas, tenía por título El legado de Hipatia. Hay que decir que la mayoría fueron conocidas en su época, pero su rastro histórico es intermitente, y predominan amplias fases de olvido. Y es que como la llamada corriente principal de la transmisión histórica –siempre tutelada por los patriarcas de turno– no acaba de incorporarlas como merecen, cada generación ha de redescubrirlas y rescatarlas.

Con este fondo, la irrupción mediática de la Hipatia de Amenábar, así, a lo grande, es una contribución a la igualdad que nos produce una satisfacción enorme. Porque, como escribe Amelia Valcárcel, el techo de cristal no sólo lo constituyen los puestos a los que las mujeres no acceden o lo hacen a cuentagotas; si hay un techo que sigue siendo inaccesible para una mujer es el de la sabiduría. Y también queremos romperlo. Al igual que es de justicia cobrar igual salario por igual trabajo, compartir las tareas de crianza y llegar a los mismos puestos, también lo es compartir la excelencia y que se reconozca la autoridad de las sabias. Hay muchas más de las que se conocen y, como en el caso de la egipcia, su conocimiento y reconocimiento aumentará los horizontes de libertad para expresar la vivencia en un cuerpo de hombre o de mujer allende la mezquindad de los estereotipos.

Agradezco a Valcárcel, una de nuestras sabias actuales, sus brillantes escritos. Y a Amenábar su capacidad para mirar el mundo de otra manera. Sin los libros de ella y las películas de él, seríamos peores y más ignorantes.

Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz