Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Del 2 al 5 de febrero, ha tenido lugar la Conferencia de Seguridad de Múnich, un foro anual que va por la edición 48, en el que se dan cita ministros y parlamentarios, militares de alto rango, científicos y representantes de los medios de comunicación. Los temas del programa, señalados como los más relevantes en relación con la seguridad global, son un índice de cómo el sistema de poder internacional configura la realidad, sus dinámicas y sus tensiones. Y eso no tanto por los que incluye como por los que deja fuera, elección que muestra una priorización marcada por el poder. Así, se ha hablado de ciberseguridad pero no de soberanía alimentaria; de la iniciativa Global Zero sobre reducción de armas nucleares, pero no del comercio de armas ligeras que produce mayor número de muertes en el mundo. También se ha hablado de construir confianza, por supuesto mirando a Rusia, pues de nuevo soplan aires de guerra fría. Y se ha lanzado la propuesta de construir una comunidad de seguridad Euro-Atlántica, tomando buena nota del ascenso de Asia y de la desestabilización que está produciendo la crisis financiera internacional.
Mientras, la población siria que busca un cambio en su país está siendo masacrada, y China y Rusia han vetado una resolución del Consejo de Seguridad, propuesta por la Liga Árabe, que proponía la cesión del poder del presidente Bashar al Asad a un Gobierno de unidad que convocara unas elecciones democráticas. En el fondo de la negativa rusa, se ha escrito en Múnich, no está sólo la tradicional alianza y la venta de armas de Rusia a Siria, sino el enfado por lo sucedido en Libia, donde la OTAN sobrepasó el mandato de Naciones Unidas. Y también el miedo a que la rebelión democrática alcance a su propia casa.
Las intervenciones militares no protegen a la población, pues los muertos continúan. Pero la inacción tampoco. Claro que la confianza no se construirá si, en los hechos, siguen primando los intereses de las élites. En cuanto al Consejo de Seguridad, lo ha dicho en Múnich Kenneth Roth, director de Human Rights Watch: necesita nuevas normas que impidan los vetos cuando se trate de crímenes contra la humanidad.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Del 1 al 11 de febrero se va a llevar a cabo en Perú la Marcha nacional en defensa del Agua y de la Vida para sacar a la luz los graves problemas que crecen por todo el país derivados de la actividad de las empresas mineras extractoras, petroleras y megaproyectos hídricos. Aunque los conflictos son muchos, el desencadenante es la larga disputa que mantiene Cajamarca y que enfrenta a comunidades indígenas, campesinos y ciudadanía de la región con las multinacionales mineras canadienses que explotan el oro a cielo abierto. En este departamento, la empresa Yanacocha, cuyo socio mayoritario es la canadiense Newmont, explota el tajo minero más importante de Latinoamérica. Ubicado en plena cordillera andina, a casi 5.000 metros de altura, en él se extrae oro utilizando cianuro y grandes cantidades de agua.
Si pensamos que obtener un gramo de oro exige remover una media de una tonelada de roca, comprenderemos que Yanacocha haya alterado radicalmente el paisaje andino y haya acabado con las fuentes naturales de agua. La contaminación del agua es una de las principales causas de mortalidad en los países más pobres y en Perú, el principal foco de contaminantes tóxicos es la minería a cielo abierto. En Cajamarca, ha habido varios episodios de mortandad masiva de peces y se han disparado los casos de enfermedades respiratorias, diarreas, dermatitis, conjuntivitis y otras dolencias. Y es que las enormes balsas que almacenan las aguas residuales, aún impermeabilizadas, no impiden que a veces haya fugas, por lo que fuentes y ríos están contaminados con cianuro y metales pesados.
Las inversiones privadas fueron en principio bien recibidas, bajo promesas de trabajo y desarrollo, pero 15 años después la zona es más pobre de lo que era antes. Las empresas mineras siguen privilegiadas por las leyes de Fujimori: sólo deben aportar el 1% de sus ingresos. Ante las protestas, la respuesta ha venido siendo la represión, no sólo de la Policía, sino de la compañía privada de seguridad de la empresa. Por eso, es importante que esta marcha esté acompañada por una comisión internacional de observación, respaldada por movimientos y organizaciones de derechos humanos. Y que nos hagamos eco de sus informes.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
En medio de las pasadas fiestas, 165 ancianos se vieron afectados por el cierre de las nueve residencias privadas en las que vivían, donde las condiciones materiales, de atención, higiene y cuidado distaban mucho de ser las adecuadas. Este lamentable hecho saca a la luz una situación que bien puede calificarse de violencia estructural grave. Ha sucedido en Aragón, pero bastaría con investigar más a fondo en otros lugares para encontrar casos similares.
No es la única violencia que sufren los mayores. En un estudio realizado por el Centro Reina Sofía (2008), el 0,8% de los ancianos en España se reconocía víctima de maltrato intrafamiliar, porcentaje que supone unos 60.000 ancianos maltratados cada año (Iborra). Se habla de maltrato cuando en el marco de una relación interpersonal con lazos de confianza, cuidado, convivencia o dependencia, se producen acciones u omisiones que dañan o privan al anciano de la atención necesaria para su bienestar o cuando se violan sus derechos. Los principales agresores, en los casos de personas con dependencia, son los hijos, mientras que cuando no hay dependencia es la pareja. En los casos más extremos, en los que se llega a la muerte de la persona mayor –con una media de 22 muertes anuales– casi nueve de cada diez asesinatos son cometidos por la pareja o los hijos.
¿Qué visibilidad tiene esta violencia que incluye maltrato físico y psicológico, abuso económico y en un número alarmantemente alto, la muerte? Apenas nada. En esta sociedad, la violencia contra las personas mayores es quizás la más ignorada. Quienes la sufren, o son incapaces de levantar su voz o callan conscientemente para proteger a los maltratadores, puesto que estos son a menudo sus propios hijos. Por su parte, quienes cuidan se ven desbordados y quemados por una tarea sin suficiente apoyo.
¿Cómo es posible que no nos mueva y conmueva constatar esta indefensión? Aunque sólo fuera por egoísmo, tendríamos que desarrollar una preocupación social más activa y amorosa por nuestros mayores y sus condiciones de vida, pues ellos y ellas son el espejo que nos devuelve la imagen de lo que seremos, si algún día llegamos más allá de los 80 o 90 años.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Recién estrenada, la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad calificó el asesinato de una mujer a manos de su pareja de “violencia en el entorno familiar”. El dislate levantó tal oleada de críticas que, ante una nueva víctima, se ha visto obligada a modificar sus declaraciones. Y es que la burda desconceptualización de un hecho claro de violencia de género es un ataque frontal a los esfuerzos realizados en España para acabar con esta lacra, esfuerzos considerables, aunque el avance sea lento. En 2011, han sido 60 las mujeres asesinadas por violencia de género, una cifra que sigue siendo escandalosa, pero que es un 18% menor que la correspondiente a 2010, que fue de 73.
¿Hay que recordar que la violencia contra las mujeres ha sido invisible hasta hace bien poco? ¿Y que los conceptos que ponemos en juego en el lenguaje importan? No sólo porque nos permiten decir con rigor lo que está pasando, sino porque delimitan y hacen emerger aspectos de la realidad que antes de ser conceptualizados eran invisibles, al estar disueltos en una generalidad que impide captar cabalmente un problema, precisamente por la carencia del concepto adecuado.
Lo relevante, lo que importa reflejar en el lenguaje para hablar de la violencia contra las mujeres, no es que se dé en el ámbito familiar –y por eso tampoco es adecuado llamarla violencia doméstica– sino el hecho de ser consecuencia de un sistema, el patriarcado, en el que los hombres son socializados para tomar por natural su supremacía y la consiguiente dominación de las mujeres. Un sistema cuyo núcleo explicativo es el concepto de género. Por eso ha de hablarse de violencia de género. Además, en el trayecto ya recorrido para erradicarla, la violencia así conceptualizada tiene un tratamiento jurídico específico y como tal ha de aplicarse en los casos pertinentes.
No es una cuestión baladí, pues difícilmente podremos acabar con este tipo de violencia, si no la nombramos del modo riguroso que permite entender sus raíces más profundas y estructurales. Por eso es tan grave que la persona responsable de las políticas públicas que han de ocuparse de eliminarla utilice un lenguaje equívoco que diluye el problema y lo sitúa de nuevo en la invisibilidad.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
En el año que va a terminar, en medio de la convulsa situación económica global, Christine Lagarde ha sido nombrada directora del Fondo Monetario Internacional y se ha convertido en la primera mujer que ocupa este importante puesto en el mundo de las finanzas internacionales. Lagarde, que se confiesa comprometida con la amplia causa de las mujeres, ha comentado que la crisis que padecemos es responsabilidad de los “padres fundadores” no de las “madres”, inexistentes en la toma de decisiones a este nivel. “Ojalá hubiera más mujeres en las finanzas, sería mucho más saludable”, ha dicho. Y también: “No sabemos si 2008 hubiera sido diferente con más mujeres en el mundo financiero, pero mi intuición me dice que sí”. En coherencia con sus palabras, se propone aumentar el número de mujeres en altos cargos a su disposición. Suena bien, pero está por ver si esta medida tendrá repercusiones en los contenidos de las políticas que se generan desde el FMI o todo seguirá igual.
En casos semejantes, de líderes políticas con poder real, desde una observación de trazo grueso los resultados no son para entusiasmar. Angela Merkel, Dilma Rousseff o Cristina Kirchner, mujeres con poder y probablemente con simpatías hacia el feminismo, siguen mimetizando las pautas de poder establecidas. Lo que no quiere decir que tal vez hilando más fino no puedan identificarse en su desempeño rasgos reseñables ligados al hecho de ser mujer.
Para el resto de mujeres, las repercusiones del poder de una mujer son ambivalentes. En positivo está el ser un revulsivo ante la exclusión femenina ligada a tradiciones y creencias. Pero ¿qué pensar si desde su poder la líder sigue aplicando políticas neoliberales o utiliza el argumento de la meritocracia para ejercer de modelo negacionista de la necesidad de las políticas de igualdad? Pues sí: que para este viaje no se necesitaban alforjas. Y que hace flaco favor a la causa de las mujeres y al feminismo, para el que la transformación del paradigma de poder patriarcal es una meta importante. Lo que en ningún caso es de recibo, utilizar la legítima crítica a estos liderazgos para una descalificación generalizada de las mujeres, el feminismo y sus reclamaciones.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
En el debate sobre las crisis en las que estamos inmersos, echo de menos voces más críticas y rotundas contra la forma de vida a la que nos está abocando una globalización marcada por el poder del dinero. Voces que vayan más allá de señalar con el dedo hacia los responsables de este desastre, señalamiento que, aunque es necesario, no es suficiente. Y con esto me refiero a cuestionar aspectos cotidianos de nuestra vida, como los que afectan al uso del tiempo o a los roles de género –o que se considera adecuado para hombres y mujeres– y, sobre todo, al espacio que concedemos a los intercambios no materiales: afectos, relación y cuidado.
Me pregunto por qué seguir insistiendo en la idea de crecimiento cuando es evidente que vivimos en un planeta limitado; por qué, habiendo tanto paro, se habla tan poco de repartir el trabajo; y por qué el cuestionamiento de los vacíos del cuidado sigue siendo apenas algo ligado a una ley –la dependencia– que ahora, para más inri, se pone en cuestión, cuando abogar por el equilibrio entre producir y cuidar –actividades que deberían involucrar a mujeres y hombres por igual– es defender una verdadera revolución social, cuyo logro podría cambiar radicalmente nuestras vidas.
Debatir cuántos años y horas hemos de trabajar, cómo, dónde y en qué horario, son cuestiones que no son desdeñables, pero creo que hay que preguntarse también por los vacíos de una organización social que se desmorona cuando la producción falla. En el decaimiento social que vivimos late implícita la idea de que no es posible recuperar la forma de vida de los últimos años, pero a la vez nos faltan visiones que nos motiven de un modo más profundo y holístico.
Las transformaciones sociales importantes siempre han venido precedidas por el sueño de alguien, al modo del I have a dream de Martin Luther King, cuando soñó con un mundo en el que no importara el color de la piel. Tal vez el lema “otro mundo es posible”, hoy un poco olvidado, necesita una energía añadida. ¿Qué tal un sueño que aliente otro modo de construirnos como seres humanos, un sueño que reconozca el valor de los afectos, la relación y el cuidado como ejes centrales de nuestras vidas?
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
Glosando el famoso cuento de Monterroso, me gustaría recordar que cuando nos despertamos, tras las elecciones, la violencia de género, cual dinosaurio, seguía aquí. Y, desgraciadamente, también allí, es decir, por todo el mundo, pues es un problema generalizado. Por esta causa, el Centro por el Liderazgo Global de las Mujeres ha lanzado un llamamiento para confluir globalmente en 16 días de iniciativas y acciones para acabar con la violencia contra las mujeres, a partir del día dedicado anualmente a denunciar esta lacra, el 25 de noviembre.
Sabemos las consecuencias trágicas de la violencia de género en nuestra cotidianidad, no podemos olvidar tantas muertes. Pues imaginemos lo que sucede en lugares donde proliferan las armas. Según la Red Internacional de Acción contra las Armas Cortas (Iansa), las mujeres son tres veces más vulnerables a la muerte por violencia cuando hay un arma de fuego en la casa. Por eso, el lema de esta campaña es: “De la paz en casa, a la paz en el mundo: cuestionemos el militarismo y terminemos con la violencia de género”. Porque la exploración de algunas de las estructuras socioeconómicas que promueven y perpetúan esta violencia apunta sistemáticamente al militarismo, que cree en la necesidad de recurrir a la violencia para solucionar conflictos y para defender intereses económicos y políticos; que está en la raíz de ciertas formas de entender la masculinidad que son una amenaza para la seguridad de las mujeres y de los hombres que no la comparten; y que lleva consigo la proliferación de armas. Una ideología que impregna el poder.
Acontecimientos internacionales como las intervenciones militares, las agresiones contra los derechos humanos o los feminicidios, son consecuencia de esa mentalidad militarista dominante. Su violencia está influyendo en la forma en que percibimos el mundo: nuestras vidas, la convivencia social y la vida en pareja. No es extraño, pues, que tantas redes de mujeres, entre ellas la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, hayan lanzado esta campaña en la que se aboga por la reducción del gasto militar, la redefinición de la seguridad y la denuncia de quienes se enriquecen con el comercio de armas.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) acaba de admitir en su seno a Palestina como miembro de pleno derecho.
Esta decisión es coherente con el espíritu de una organización que fue creada a finales de la Primera Guerra Mundial para establecer la solidaridad intelectual y moral de la humanidad, instituir una verdadera cultura de paz e impedir que se desencadenara otra guerra. Además, responde fielmente a su misión de contribuir a la paz, la erradicación de la pobreza, el desarrollo sostenible y el diálogo interculturalmediante la educación, las ciencias, la cultura, la comunicación y la información. Y así lo han visto una mayoría de países, entre ellos España, que han votado a favor.
Esta decisión supone un explícito espaldarazo de la comunidad internacional al derecho de Palestina a ser reconocida como un Estado, cuyas fronteras y derechos de su gente han de ser respetados. Pese a quienes se muestran contrarios, puede facilitar las conversaciones de paz entre Palestina e Israel. Así lo ha afirmado Federico Mayor Zaragoza, director de la Unesco de 1987 a 1999 y actual presidente de la Fundación Cultura de Paz. Mayor Zaragoza ha resaltado la importancia de este pronunciamiento de la Unesco, verdadera organización intelectual del sistema de las Naciones Unidas, al actuar según su razón de ser, que son los principios y los valores, no el dinero. Es el inicio del fin de un tiempo en el que mandaban las grandes potencias y todos los demás no contaban. Que EEUU le retire su aportación económica, algo que ya hizo anteriormente, no es lo importante. Sí lo es decidir desde un marco de valores, que es reflejo de una legitimidad internacional basada en el multilateralismo y en la democracia de igualdad de voto entre los estados, sin que medie veto alguno.
Cuando EEUU, Israel y algunos otros países dicen que esta decisión “fuerza” los acontecimientos y obstaculiza la paz, ¿tienen en cuenta cómo viven y lo que han sufrido los palestinos? ¿Cuántas décadas más hay que esperar para alcanzar una paz justa? No, esta no es una decisión contra Israel, sino a favor de la convivencia. Es un acto de Justicia. Y la Justicia no puede ir contra la paz.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
A Tawakul Karman, de Yemen, Leymah Gbowee y Ellen Johnson Sirleaf de Liberia les han concedido el Nobel de la Paz. Y las tres lo merecen. Al mismo tiempo, reconozco que dudé de por qué a tres. ¿Acaso lo hacen para cubrir el espacio de merecimiento que no han dudado en llenar con un solo hombre durante muchos años, en algunos casos hombres de dudosa trayectoria a favor de la paz? ¿O es que –pensando más positivamente– tratan de recuperar el tiempo perdido? Si es así, hay tantas que lo han merecido en el pasado y que lo merecen, sin que se hayan visto reconocidas, que para reequilibrar la injusticia habrían de seguir con las concesiones de tres en tres durante muchos años.
Esta suspicacia, legítima a mi entender, no impide ver los aciertos del Comité Nobel al otorgar este premio a mujeres que han destacado por su lucha contra la violencia, y también por la libertad, la democracia y los derechos humanos. Reafirma así el contenido positivo de la paz y la llamada a contar con las mujeres que hace la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU. Por otra parte, no es infrecuente que otros Nobel, los de Física o Química, por ejemplo, sean compartidos. En este caso, la concesión compartida reconoce la pluralidad de vías por las que las mujeres contribuyen a construir la paz. A Sirleaf, primera presidenta elegida democráticamente en África, se le reconoce por asumir la máxima responsabilidad política de un país tras un conflicto armado, enfrentándose a la corrupción, las agresiones sexuales endémicas y evitando la recaída violenta. A Gbowee por su trabajo de organización para reconstruir la sociedad civil de ese mismo país, uniendo a las mujeres por encima de divisiones religiosas y étnicas, y trabajando con refugiados y antiguos niños soldados. Mientras, en Tawakul Karman se ha querido premiar a las que tomaron las calles en la Primavera Árabe, levantándose codo a codo con los hombres contra los regímenes totalitarios.
El presidente del Comité Nobel subrayó el mensaje de este premio: si las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres para influir en todos los niveles de la sociedad, no es posible alcanzar una democracia auténtica ni una paz duradera.
Carmen Magallón
Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
El cese de la violencia por parte de ETA ha desatado un torrente de emociones, declaraciones y actitudes. Desde la alegría a la desconfianza, desde la celebración a la tristeza por el recuerdo de tantas víctimas cuyas vidas quedaron en este largo trayecto. Sin duda, sin olvidar a las víctimas, es tiempo para celebrar. Y también es tiempo para agradecer el trabajo de tanta gente que, a lo largo de los años, ha llevado a cabo una tarea silenciosa y lenta: horas de debates, charlas, cursos, manifestaciones, encuentros, jornadas, seminarios, publicaciones, todo un trabajo encaminado a deslegitimar la violencia en los corazones y las mentes de la gente –que es algo fundamental–, para hacer ver lo que finalmente se ha visto: que la violencia no es la vía para conseguir objetivos. En esta tarea, los centros de investigación y educación para la paz del País Vasco han hecho una gran labor, algo que hay que reconocer.
Porque no es fácil desaprender la violencia. La historia transmitida y el panorama internacional convertido en noticia han abonado la creencia de que la violencia es necesaria para conseguir determinados objetivos. Vemos que no es así. Que la violencia es un lastre para el desarrollo de sociedades libres y democráticas. Y que, en el caso en que parece lograr sus objetivos, estos quedan contaminados hasta hacerse irreconocibles, ya no son los buscados.
Ahora queda el largo proceso de la reconciliación, de la reconstrucción de vínculos en una sociedad tremendamente dañada en la que habrá que desplegar la mejor inteligencia colectiva y la excelencia de todos para que haya curación, sin olvido. Para que haya reinserción, sin impunidad. Para que no se repita. Al fin, ahora es la palabra la protagonista. Ahora es posible y necesario dialogar, trabajar sobre la memoria, la justicia, el daño, la reparación. Disponemos de marcos como la Justicia restaurativa, que ofrece un horizonte de humanización en la interacción entre víctimas y victimarios. Pero no pidamos que todo suceda en dos días. Demos espacio y tiempo al proceso que ahora comienza. Personalmente, y porque confío en los seres humanos, creo que también llegará el tiempo del arrepentimiento, y el de la petición y otorgamiento del perdón.