El juez da la palabra al ciudadano Francisco Camps, ex molt honorable president, y le pregunta si se declara culpable o inocente. Camps se pone en pie, y con una sonrisa empieza a desabrocharse la chaqueta. Se la quita y, con gesto torero, la arroja al suelo mientras exclama: “¡Ahí tenéis la chaqueta!”. A continuación se saca el cinturón y, tras hacerlo girar como una honda, lo tira: “Y allá va el cinturón”.
Jueces, abogados y miembros del jurado se revuelven nerviosos mientras el expresident se saca los zapatos, que lanza a la fiscal: “Tomad también los zapatos”. Mientras el juez llama al orden en la revolucionada sala, Camps se quita los pantalones y los revolea sobre su cabeza antes de arrojarlos: “¿Queríais los trajes? ¡Pues ahí tenéis!”. A continuación es sacado del tribunal a hombros por los suyos, desafiando al viento frío en las piernas desnudas, mientras una charanga toca “Valencia, es la tierra de las flores…” y estalla una mascletá.
¿Se imaginan una escena así? No, no va a ocurrir, pero díganme: ¿no la creen verosímil? ¿A que no desentona mucho con la trayectoria de Camps? Es puro Berlanga, sí, pero tras los amiguitos del alma, los actos de apoyo, los juramentos afectados de inocencia y aquella jornada final con el tribunal haciendo horas extra para ver si se decidía a acudir, sería el mejor broche para la comedia. Es más, tantos años de despilfarro, proyectos tan faraónicos como ruinosos y colegas llevándoselo crudo merecerían un final a la altura.
Pero nos va a dejar con las ganas, y veremos un juicio aburrido y lleno de artimañas legales para buscar su absolución, mientras el expresident proclama su inocencia hasta el infinito y más allá.
En realidad, aunque suene estrafalario, el striptease es la única salida honrosa que le queda para salvar una situación tan humillante como la que está viviendo. Porque tras tanto repetir que uno no se vende por “cuatro trajes”, al final se ve en el banquillo, con todas las cámaras sobre él y un despliegue propio de macrojuicio. Y todo por “cuatro trajes” de los que se va a acordar toda la vida.
Ya que ha nacido una nueva Europa, llevo desde el viernes releyendo la declaración que salió de la cumbre, a ver si me entero de dónde vamos a vivir.
Como la letra grande ya me la sé, he pasado la lupa a los siete folios para escrutar la letra pequeña. No por desconfianza, aunque sé que siempre nos la cuelan en caracteres microscópicos, sino por buscar el párrafo donde hablan del que muchos creemos que es el principal problema hoy: el paro, con 25 millones de europeos sin trabajo, y la pobreza y desigualdad en alza.
Pero nada: o la letra es más pequeña de lo que mi lupa permite, o los líderes se han despistado con tanto trasnochar y se les ha pasado hacer alguna mención, por pequeña que sea. Nada de nada, ni una palabrita suelta, ni siquiera la típica frase retórica que no compromete pero que al menos nos mantiene la esperanza de que piensan en ello. Nada.
Lo confirmó ayer Sarkozy, al fijar los tags de la nueva Unión: “va a nacer otra Europa, donde las palabras clave serán la convergencia de las economías, las reglas presupuestarias y la fiscalidad.” De los millones de parados, ni palabra.
Ya sé que la letra grande tampoco sirve para mucho. Ahí está el PP, que lo puso en el centro del cartel electoral: “Lo primero, el empleo”. Ayer Rajoy y sus ministrables fijaron las prioridades inmediatas: reestructurar la banca saneando sus balances, reajuste del sector público y estabilidad presupuestaria. Ah, y la reforma laboral, que ya sabemos por experiencia cuánto empleo crean esas reformas. La misma que nos receta el comisario europeo de Economía, que sí se ha acordado de nuestro paro, aunque a la vista de la receta casi mejor que siga desmemoriado.
Cristobal Montoro nos pide paciencia, y dice que para crear empleo hay que esperar al menos a 2013. Pues menos mal que era lo primero, que si llega a ser lo segundo o lo tercero… Que sí, no me lo cuenten, que ya me lo sé: la austeridad, el equilibrio y la confianza traerán crecimiento, y el crecimiento por fin empleo. Así que a esperar, que el empleo, que era lo primero, está al final de la infalible fórmula.
Como este año en la política europea se lleva el modelo centauro, que han puesto de moda Alemania y Francia con ese Merkozy que tiene cuerpo de Sarko y cabeza de Angela, aquí hemos improvisado nuestro propio modelo de político híbrido: el que alrededor de unas amistosas cañas han formado los dos presidentes de gobierno, el saliente y el entrante, y que no sé si deberíamos llamar Rajatero, Zapajoy o, para aproximarlo más a su ideal francoalemán, lo dejamos en Zetajoy.
Dentro de la campaña “devolvamos la confianza a los mercados”, PP y PSOE están escenificando un superbuen rollo en el traspaso de poderes, y nos aseguran que Rajoy y Zapatero, además de hacer manitas políticas en la comida del día de la Constitución, hablan por teléfono todos los días un ratito, parece que con muy buena química.
No creemos que el romance vaya a mayores y acaben fusionándose en partido único, un PPSOE, pero por ahora todo son promesas de lealtad, y cantos a la unidad y la superación de diferencias para salvar España. Pues será todo lo tranquilizador que quieran para los mercados, pero a otros nos inquieta.
De entrada, el primer gesto de unidad del siamés Zetajoy ha sido su adhesión inquebrantable al eje Berlín-París: nos apuntamos a la propuesta de reforma de Merkozy antes que nadie, sin conocer todavía muchos detalles de la misma, y cuando cada vez más voces rechazan en Europa que los gobiernos francés y alemán cojan el timón por su cuenta. Empezando por sus propios países, donde los socialdemócratas denuncian la “germanización” de Europa, la obsesión con el déficit y la reforma del Tratado propuesta. Haría bien Zapatero, entre caña y caña, en atender a las recientes palabras del ex canciller Helmut Schmidt, del SPD, o a las del francés Hollande.
Puede que la reforma de Merkozy no llegue muy lejos, pues se enfrenta a no pocos recelos y dificultades. De hecho, tal vez el propio Sarkozy no esté para contarlo, ya que tiene presidenciales en primavera. Pero da igual: aunque fracasen, nosotros hacemos los deberes por adelantado, antes de que nos los pongan. Qué aplicados.
Si creían que el modelo ‘superwoman’ era lo más de lo más, esa mujer que con una mano trabaja y con la otra cuida a los niños y lleva la casa, ya está disponible la última generación de mujeres todoterreno: la ‘robocop’, la madre de acero que sale del paritorio y se hace cargo de todo un traspaso de poderes de un país en crisis.
Nada de desarreglo hormonal; nada de llevar al niño colgado del pecho como esas madres sin civilizar que a estas alturas del siglo se empeñan en criar a sus hijos y piden ampliar la exigua baja de maternidad; nada de cansancio ni noches sin dormir. No hay dolor.
Por ahora sólo ha salido de fábrica un ejemplar de madre ‘robocop’: Soraya Sáenz de Santamaría. Pero ya verán lo que tardan los empresarios en pedir unidades del nuevo modelo, que les ahorra en las entrevistas de trabajo la engorrosa pregunta sobre si la aspirante planea tener hijos. En adelante será otra: “En caso de tener hijos, ¿será como Sáenz de Santamaría, o una de esas debiluchas que necesitan meses para recuperarse?”.
Que sí, que ya sé que es un derecho, no una obligación, y ella ha decidido libremente. Tampoco entro en cómo entiende cada una su maternidad, ni si el tren del poder pasa de largo o debería volver otro día a recogerte. Y ya sé que el niño no está tirado en la calle, está atendido (aunque a cualquiera con hijos se le haga raro pensar en un bebé tanto tiempo separado de la madre). Pero como los políticos insisten en dar ejemplo, renunciando a parte del sueldo, al coche oficial o trabajando sin pausa para ejemplarizar el obligado esfuerzo colectivo, cabe preguntarse qué mensaje está lanzando a las trabajadoras, y sobre todo a los empresarios.
Porque lo de “es un derecho, no una obligación” y “las madres deciden libremente” es música para los oídos de algunos. Y no digamos su capacidad de recuperación y reincorporación: si recién parida una es capaz de hacerse cargo nada menos que de una mudanza de Estado, de qué se van a quejar una administrativa, una dependienta o una ejecutiva cuando pidan su baja. “Anda ya, que no es para tanto, mira Soraya…”
Tras las elecciones, los dos grandes partidos viven jornadas shakesperianas, luchas de poder donde se ventilan intrigas y enfrentamientos ya viejos, o se estrenan nuevas rivalidades de cara a la gestión de la victoria en un caso, y de la derrota en otro. Como los interesados suelen disimular, y sonríen a la foto mientras por debajo de la mesa se cruzan pellizcos, pisotones y hasta puñaladas, los ciudadanos no nos enteramos de mucho hasta que no vemos caer un cadáver por la ventana. Estos días ya hemos visto alguno, y lo esperable es que haya más, así que elijan un sillón cómodo y disfruten del espectáculo.
En el Partido Popular, pese a la victoria (o precisamente por ella), algunos han desenvainado la espada, y aunque sólo nos llega el ruido de los hierros, imaginamos que bajo la fachada de familia feliz por el resultado electoral hay tensiones. Y no sólo por estar bien colocados para salir en la foto del primer Consejo de Ministros.
El primer acto del drama se ha abierto en Madrid: Aguirre, a la que en el reparto siempre toca el papel de Lady Macbeth, ha arrojado por el balcón a su mano derecha en el partido, Francisco Granados, al que ya había defenestrado del gobierno. Por lo visto es su manera de eliminar posibles quintacolumnistas y empezar a cavar la trinchera por si en cualquier momento Rajoy, que ahora tiene poder para repartir y ganar lealtades, vuelve a cobrarse todo lo que le tiene guardado. Seguiremos atentos a la pantalla, que la cosa promete.
En cuanto al PSOE, lo suyo más que una tragedia se parece al juego de la silla. De aquí al Congreso sonará varias veces la música, y al pararse se habrá quedado de pie uno de los aspirantes a dirigir el partido, de modo que se esperan también codazos y empujones. Y no sólo en la lucha por la Secretaría General: en otros niveles también jugarán a la silla, pues la debacle electoral, primero en las autonómicas y municipales, y ahora en las generales, ha dejado muy poquitas sillas y mucha gente de pie.
Así al menos, entre tanto ajuste como nos espera, se nos hace más entretenida la crisis.
Vaya por Dios, qué mala suerte tiene Rajoy. Meses diciendo que había que dar confianza a los mercados, y que él era la persona adecuada; y ahora resulta que los mercados lo que buscan son sorpresas. Venga a presumir de ser un político previsible, responsable, al que cualquiera compraría un coche usado sin verlo, y ahora van los mercados y piden un hombre audaz.
Lo dijo ayer la agencia Fitch: el nuevo gobierno “debe sorprender a los inversores con un programa ambicioso y radical”. Que a los mercados no les basta con la pinta de señor serio de Rajoy, que no, que le han dado la media hora que pedía y ni un minuto más: a las 9 hubo tregua, pero a las 9.30 volvió a caer la bolsa, repuntó la prima y se desmadró la deuda.
La explicación para que todo siga igual es que los mercados ya habían descontado la victoria del PP. Lo repitieron ayer varios dirigentes populares, para aplacar la impaciencia de quienes esperaban que el 21-N comenzaba sin más la nueva edad de oro. Que no, que no, que los mercados ya habían descontado la victoria. De ahí que el hombre tranquilo no se dé mucha prisa en anunciar medidas o desvelar su ministro de Economía. Total, si los mercados ya saben que no va a dar la cartera a un perroflauta, sino a uno de esos cracks del “espectacular banquillo económico” que tiene, según Arias Cañete. También saben los mercados que las medidas irán por el buen camino. Así que, como lo dan ya por descontado, para qué correr.
Pues ya veremos hasta dónde han descontado. En Grecia, cada vez que Papandreu aprobaba otro paquete bomba todo seguía igual porque, decían, los mercados ya lo habían descontado antes de aprobarse. Todavía hoy, con Papadimos, siguen sin lograr que Europa afloje el rescate porque, suponemos, también habían descontado la solución tecnocrática.
Así que ya sabe el próximo presidente: a sorprender a los mercados, que no se conforman con confianza y tranquilidad, valores descontados. Dice Fitch que con el PP se abre “una ventana de oportunidad”. Yo que Rajoy no me asomaría mucho, no sea que acabe defenestrado. Es decir, descontado.
Pues nada, terminó la campaña y no llegó el golpe de efecto que algunos esperaban, con el que el PSOE daría la vuelta a los sondeos.
La sorpresa de último minuto la esperaban más los ajenos que los propios. Aunque algunos fieles del PSOE confiaban todavía en un coletazo final del desinflado ‘efecto Rubalcaba’, eran sobre todo sus rivales quienes se temían alguna jugada inesperada del candidato socialista, algo a la altura del personaje rasputiniano que ven en él. Una ‘rubalcabada’, en expresión de sus adversarios, una marrullería con la que romper la inercia de las encuestas, algo para movilizar a sus votantes en el tiempo de descuento.
Se lo temía la derecha política y mediática, que siempre ha sobrevalorado la capacidad intrigante de Rubalcaba, pintado como un diablo que maneja en la sombra los hilos más turbios. Ya en las municipales le acusaron de montar el 15-M, por mucho que éste no beneficiase al PSOE. Y todavía hay quien lo vincula con el 11-M de 2004, como cerebro en la sombra del ‘Pásalo’ –o incluso autor intelectual de los atentados, según los conspiranoides más retorcidos-; así que cuando se temían una ‘rubalcabada’ estaban pensando en algo gordo, tanto como para dar la vuelta a unos sondeos tan adversos.
En los últimos días incluso se difundió un rumor, que suena a coña pero algunos se tomaron en serio: la posibilidad de que, en el final de campaña, el Gobierno sacase del Valle de los Caídos los restos de Franco, como un guiño desesperado a los votantes de izquierda. Habría estado bien, no como guiño sino por resolver de una vez algo que no ha cumplido –desmontar el último monumento fascista de Europa- y para lo que no sabemos si habrá otra oportunidad.
Pero nada: ni hemos visto a Franco salir en furgoneta, ni ha habido jugarreta de Fu-Manchú Rubalcaba. Tal vez ha perdido sus superpoderes, aunque en la derecha no respirarán aliviados hasta que se cierren las urnas. Y como lo creen capaz de todo, acabarán diciendo que la mayoría absoluta del PP es un plan de Rubalcaba para que la derecha se coma el marrón venidero. Al tiempo.
No sé si es una forma de consuelo anticipado para quitarnos el amargor por la victoria de la derecha, o si es fruto del vértigo en que vivimos, pero estos días oigo a muchos pitonisos que, no es que vean a Rajoy como presidente antes de celebrarse las elecciones, sino que lo ven ya como ex presidente. “Rajoy no durará una legislatura”, dice uno; “Le doy un año como mucho”, subraya otro; “Se lo van a comer”, pronostica aquél; “Nos lo vamos a comer”, remata el más peleón.
La velocidad de los acontecimientos en esta Europa convulsa es tal que en pocos días pasamos de proclamar a Rajoy presidente por anticipado e investir ministros sin haber abierto todavía las urnas; a darlo por amortizado, liquidado y, sin haber tomado posesión, colocarle ya el título de ‘Mariano El Breve’.
Como nadie, ni el propio Rajoy, se cree que el 21-N aflojará la prima de riesgo, mejorarán las previsiones económicas y comenzará la creación de empleo sólo con la confianza mágica que asegura garantizar dentro y fuera de España, le espera por delante un horizonte turbulento, del que tal vez no salga vivo. Y en tal caso sólo podrá elegir su muerte política: si le matan los mercados, o le mata la calle.
Es decir: si aplica a rajatabla el programa económico que ya han impuesto a Grecia, Portugal o Italia, con recortes y reformas drásticas que seguramente encenderían la calle y le arrastrarían cuesta abajo en aceptación popular; o si no se atreve a hacer “todo lo que hay que hacer”, y entonces se lo comen los mercados por los pies, le levantan un par de peldaños más la prima de riesgo y le dan el tiro de gracia. Puestos a ser tremendistas, esta semana había quien dudaba que fuésemos a llegar vivos al domingo, pues tenemos la soga en el cuello.
Ante ese panorama, hay quien hasta se hace ilusiones, en el PSOE, de un pronto regreso al Gobierno, lo que calentará la lucha por el liderazgo en el partido tras la derrota del domingo. Pura ingenuidad, claro, porque si tras el hundimiento de Zapatero también se nos desmorona Rajoy, aquí ya no hay alternancia posible, y vamos a otra cosa.
Si Rajoy tiene que esforzarse por mantener a buen recaudo la famosa ‘agenda oculta’ no es por miedo a que sus rivales –con los que evita debatir- o los periodistas -a los que no responde preguntas- se le cuelen en el despacho y abran la agenda por alguna página inoportuna. No. Su principal esfuerzo es contener a algunos de los suyos, que en cuanto se descuida le abren la agenda de par en par y la leen en voz alta.
La más indiscreta, cómo no, Esperanza Aguirre. Aunque se la ve contenida, como si se mordiese la lengua bajo esa sonrisa permanente (“ay, si yo contara lo que vamos a hacer…”), en cuanto se relaja un poco, por ejemplo en una entrevista-masaje como la que de ayer en la Cope, la presidenta madrileña le abre el candado de la agenda a Rajoy con una horquilla.
Ayer la abrió por la página sanitaria, aunque sólo leyó las primeras líneas: copago en medicamentos, que se acabe la gratuidad para los pensionistas y paguen según su renta. Habrá quien encuentre razonable la propuesta, pues Aguirre siempre sabe hablar a favor del viento, y alguno pensará: “¿por qué pagarle la medicina a quien tiene una pensión alta?”. Aparte de que es un razonamiento tramposo, y sería extensible a otros ámbitos (sanidad, educación, “muchísimas cosas”, dijo Aguirre), yo tomaría como ejemplo lo que pasa en la comunidad que ella gobierna, donde hay que ser pobre de solemnidad para conseguir algunas ayudas que se dan precisamente según renta.
Ayer no se quedó en los medicamentos, y hojeó varias páginas de la agenda, aunque lo hizo deprisa y sólo pudimos leer alguna palabra suelta: reforma laboral, devolución de competencias autonómicas, eliminar subvenciones a sindicatos y partidos, rechazo de la ley de memoria histórica, y las páginas centrales, de las que está más orgullosa pues están escritas con su letra: la extensión a todo el país del modelo educativo madrileño. Ese mismo modelo por el que los profesores vuelven a protestar hoy, resistiendo los ataques de la presidenta, que se ha propuesto aplastar a los disidentes y convertirlos en el marcapáginas de la agenda.
Menos mal que ya se acabó el tiempo de las encuestas, y de aquí al domingo no está permitido publicar más sondeos, porque de lo contrario el ‘efecto caballo ganador’ puede acabar de arrastrar a los últimos indecisos en la bola de nieve de la victoria pepera, y superar la barrera de los 200 escaños, camino no ya de la mayoría absoluta, ni la absolutísima, sino qué se yo, la mayoría absolutérrima.
Total, una vez pasados los 180, casi nos da igual 200 que 250: el susto no aumenta en proporción, y el posible voto del miedo se desinfla, ya que una vez descontada la mayoría absoluta no importa tanto cómo de absoluta sea. Tampoco la coyuntura europea ayuda mucho a estimular ese voto asustadizo que sería el último recurso del PSOE, pues tras Grecia e Italia todos nos hemos dado por enterados: si no lo hace Rajoy, ya lo hará un tecnócrata enviado por Bruselas; y si no le llega la mayoría, ya se formará un gobierno de concentración, para el que CiU se ofrece a diario (de modo que en los cálculos de la absoluta ya podemos sumar los 13-14 de CiU a los que saque el PP).
Que tengamos por delante una larga temporada a la derecha, y con una mayoría tan holgada, es otro éxito a anotar en la herencia de Zapatero. Y no lo digo por la campaña entreguista del PSOE, que nunca se han visto unas elecciones a las que el partido gobernante acuda con tan pocas ganas y con tanta torpeza, como si estuviesen deseando perder; sino por la manera en que, con la política anticrisis de los últimos años, han puesto la alfombra roja al regreso de la derecha al gobierno.
A los que también nos lo han puesto fácil es a los columnistas. El domingo podremos irnos a la cama tempranito, pues podemos entregar hoy mismo la columna con nuestra valoración del previsible resultado electoral. También los responsables de cierre de los periódicos, que ya tendrán maquetada la portada del 21-N, tan sólo dejando en blanco el hueco para la cantidad final de diputados, si 180, 200 o hasta el infinito y más allá. Pues eso, que no habrá que trasnochar el domingo. No todo iban a ser malas noticias.