Los insultos verbales más terribles que he oído dirigidos a una mujer, ¡por un médico que además abusa de su hija!; el sometimiento de un niño, acusado de masturbarse por su padre, pastor protestante, que le somete en consecuencia a castigos abyectos (cinta blanca en el pelo, manos atadas en la cama, azotes en el culo delante del resto de la familia); una pareja de chicos que tiran a uno más pequeño a un río porque maneja mejor que ellos su flauta rústica; un ambiente tétrico por el que corren fatales presentimientos, con el odio y el rencor dispuestos a hacer estragos en cualquier momento…: Michael Haneke ha creado en La cinta blanca una terrorífica evocación de la Alemania previa a la Gran Guerra, aun más terrorífica, si cabe, por estar rodada en intransigente blanco y negro. No es sorprendente que la película esté triunfando: demuestra magistralmente que los seres humanos humillados buscarán siempre y como sea la venganza.
Salimos del cine, es verdad, sin saber quién o quiénes son los directamente responsables de tanto desmán o atropello como acabamos de presenciar, porque casi todos ellos –el joven maestro es una excepción– son víctimas del sistema y brutales en potencia. Lo que sí sabemos, porque Haneke lo subraya al final, es que la conflagración que se aproxima tiene mucho que ver con el resentimiento de un pueblo síquicamente esclavo, como estos personajes, de los sentimientos de miedo, vergüenza y culpabilidad inculcados en la infancia. No podré olvidar al pastor (Burghart Klaussner). Me ha helado el alma. Por favor, no se pierdan esta película.
La Cuesta de Moyano está de luto, y de luto estamos todos los que tuvimos la suerte de ser amigos del entrañable, caballeroso y elegantísimo José Fernández Berchi, el hombre que más sabía de libros en Madrid, que con más amor los acariciaba y a quien más le complacía compartir sus conocimientos al respecto con todo el que se le acercara en busca de orientación.
Uno llegaba a su caseta, casi la última de la pendiente, con la certidumbre de pasar allí un estupendo rato de cálida tertulia. Y de aprender mucho. Innumerables fueron los títulos que me recomendó a lo largo de los años y que luego se demostraron esenciales para la elaboración del texto en curso; legión de tomos “inencontrables” que, sin embargo, lograba localizar a través de su densa red de contactos gremiales (antes de la revolución informática); interminables sus anécdotas acerca de clientes célebres y menos célebres; terrible la angustia que le producía rememorar ciertos episodios de la guerra y de la dictadura.
Últimamente daba la impresión de irse haciendo cada vez más chiquitito, como si se estuviera metiendo dentro de sí mismo. Creo que el traslado provisional de las casetas al paseo del Prado, cuando empezaron las obras en Moyano, le hizo un grave daño. Allí, un día de invierno, acurrucado al lado de una pequeña estufa, con su Antoñita al lado, se quejó amargamente de la humedad que, procedente del Jardín Botánico, le helaba los pies. Luego el resultado final de aquellas obras no le gustó en absoluto. A uno tampoco. Ahora, con su dolorosa ausencia, nada será ya igual. Qué pena.
Dice el gran Manuel Alcántara que una de las ventajas de Málaga es que es que en ella no proliferan los monumentos arquitectónicos, lo cual les ahorra a los ciudadanos la necesidad de estar todo el día dirigiendo a los turistas hacia tal o cual edificio de inspección obligatoria. Lo que sí tiene, en cambio, entre otros alicientes, es el cementerio británico más hermoso del Mediterráneo. Hace unos días volví a verlo, acompañado del poeta Juvenal Soto, y al contemplar la tumba de Gerald Brenan, aquel empedernido investigador del laberinto español, me fue imposible olvidar la proximidad de otras dos impresionantes moradas de los muertos: el noble panteón erigido en la plaza de la Merced en homenaje a Torrijos y sus 48 compañeros de infortunio, y el cementerio de San Rafael, donde desde hace tres años se está llevando a cabo la exhumación de miles de víctimas de la brutal represión impuesta por los franquistas.
En dicha tarea la Asociación Contra el Silencio y el Olvido y por la Recuperación de la Memoria Histórica de Málaga ha podido contar con la colaboración, ¡albricias!, de un cabildo controlado por el Partido Popular. De las 18 fosas localizadas han sido abiertas hasta la fecha nueve, con la exhumación de 2.840 cuerpos. Una vez completado el examen de los huesos se construirá, siempre con el beneplácito municipal, un Parque de la Memoria para contener todos los restos no identificados y un monolito con los nombres de los más de 5.000 víctimas de aquella barbarie. Se demuestra así que a estas alturas es posible superar el maniqueísmo. Un admirable ejemplo a seguir.
A los paladines de la España profunda, la España de la Sagrada Unidad, les ponen más nerviosos los catalanes que los vascos. No es que los nacionalistas de Euskadi no supongan un grave problema para los guardianes de las esencias patrias, pero en el fondo los consideran, creo, ovejas descarriadas, gentes de innegable raíz ibérica que un día, recobrado el sentido común, volverán al redil. Los catalanes son otra cosa. Su insistencia en preferir al castellano su propia versión del latín puesto al día, su larga cultura y su sentirse de otra manera, constituyen, para dichas mentalidades, una intolerable amenaza.
Recuerdo que bajo el franquismo no era raro oír afirmar, con el consiguiente desdén, que los catalanes “ladraban” un “dialecto”. ¡Qué insulto! Aunque esto ya no lo dice ni el facha más empedernido, sigue incordiando que los de allí se aferren con tanta tenacidad a su fet diferencial lingüístico.
Y ahora, para colmo, están enarbolando la amenaza de acabar en su territorio con la Fiesta Nacional, nada menos. Sigo el debate con fascinación porque, para muchos ciudadanos de pro, los toros son una de las máximas señas de identidad de lo español. Sin ellos, dicen, ¿qué sería de la cultura de este país? ¿Y qué habría sido de tantos pintores (con Goya a la cabeza), tantos poetas, tanta zarzuela, y hasta tanto admirador extranjero?
Pero los tiempos cambian. Si los catalanes consideran las corridas impropias de una sociedad europea moderna, están en su derecho. Les deseo mucha suerte. Tierras adentro siempre habrá para la lidia sitio de sobra.
La prensa de la ultraderecha, capitaneada por La Gaceta de los Negocios, está que trina ante el “fracaso” de la excavación que se acaba de concluir en las afueras del pueblo granadino de Alfacar. Resulta que Lorca no está donde siempre ha dicho el guiri gilipollas que tan pingües beneficios ha cosechado alimentando el mito del poeta “rojo” asesinado por las hordas fascistas. En cuanto a la Junta de Andalucía, se ha comportado con absoluta irresponsabilidad al seguir las indicaciones al respecto del mismo elemento. ¿Cómo es posible que no supiese, cuando lo sabe todo el mundo, que a Lorca lo enterraron un kilómetro más allá, en el “barranco” de Viznar?
El primer problema es que en dicho “barranco” no se empezó a enterrar hasta finales de agosto de 1936, cuando el poeta llevaba días muerto. Las investigaciones al respecto son terminantes. El segundo es que la mayoría de quienes comparecieron en 1980 ante la Comisión de Encuesta de la Diputación Provincial de Granada, creada para buscar el último paradero del poeta, indicaron no el “barranco”, sino el lugar donde luego se creó el parque Federico García Lorca en Alfacar. Tampoco optaba por Viznar quien más sabía del caso en Granada, el periodista Eduardo Molina Fajardo, autor del libro fundamentalLos últimos días de García Lorca (Plaza & Janés, 1983).
Es cierto que no han hallado huesos en el paraje excavado. Pero también que hubo serios fallos en la preparación de la búsqueda. Yo recomendaría a quienes prefieren que nunca se encuentre al poeta que abandonen tanto su júbilo como su desdén. Aún puede aparecer.
Los que me hacen el favor de leer estos breves apuntes saben que el Dios del Antiguo Testamento no me gusta especialmente. También se habrán percatado de la admiración que me suscita el personaje extraordinario que, según nos insisten, era su hijo. Porque, fuera quien fuera y viniera de donde viniera –la documentación contemporánea es escasísima–, su mensaje de amor al prójimo sigue siendo tan revolucionario hoy, y tan poco practicado, como cuando andaba por aquellos andurriales palestinos.
Y sobre el mar. Para mí, como para Antonio Machado, aunque por diferentes razones, el Cristo capaz de darse un tranquilo paseo por las olas encierra una fascinación especial. El poeta, obsesionado con el paso del tiempo que todo se lo lleva por delante, se fija en las efímeras huellas acuáticas dejadas atrás por el maestro (“caminante no hay camino, sino estelas en la mar”), pero no alude a las palabras que dirigió a Pedro en aquella ocasión. Palabras que contienen, o así me parece a mí, una muy útil lección de autoayuda práctica, sin necesidad de creer en un más allá hipotético.
Pedro, al ver a Cristo desde la playa, echa a andar hacia él sin pensárselo dos veces. Al principio todo va de perlas pero luego el mar se encrespa, el terror se apodera del pescador y se empieza a hundir. “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Vulgata: “Modicae fidei, quare dubitasti?”), le reconviene el experto en cómo mover montañas.
Para lograr salir adelante en este valle de sufrimientos es recomendable tener fe en la fe. Barack Obama, está claro, sabe no poco del tema.
Leo en The Guardian Weekly –que recomiendo a los deseosos de saborear cada semana un excelente inglés periodístico– que una boda gay en Buenos Aires, celebrada hace unos días, está provocando una enconada controversia “en toda América del Sur”, espacio, como se sabe, donde campa a sus anchas el machismo más radical. Alex Freyre y José María Di Bello son dos gays no sólo simpáticos sino muy inteligentes, combativos y valientes. No se callan y no se amilanan. Según el diario de marras, los adalides de la Iglesia católica rioplatense están clamando al cielo que el enlace atenta contra “los valores familiares tradicionales del continente”. Vaya por Dios.
En otra página del diario hay un artículo sobre la homofobia que hoy impera en el British Commonwealth, legado del devastador puritanismo protestante del siglo XIX (y después). Resulta que, si bien unos 80 países alrededor del mundo proscriben la homosexualidad, más de la mitad de ellos son ex colonias de Su Majestad. Y no sólo esto sino que, según Peter Thatchell, autor del artículo, algunos países del Commonwealth son hoy los más homofóbicos del mundo (Uganda y Bangladesh, por ejemplo), con castigos que van desde la cárcel y los azotes hasta la cadena perpetua y la muerte. Bonita herencia que han dejado atrás los reverendos y los jueces anglicanos.
Alrededor del mundo los matones religiosos siguen, como siempre, torturando, machachando y matando en nombre de sus dogmas inhumanos. Aquí tampoco faltan Torquemadas actualizados que, si pudiesen, nos devolverían cuanto antes a la caverna. Con ellos, tolerancia mínima.
Abril es el mes más cruel”, nos asegura el “yo” del primer verso del poema más famoso de T.S. Eliot. Entiendo, sin embargo, que diciembre es un candidato más apropiado para ocupar el puesto.
No debería de ser así, toda vez que el solsticio de invierno, ya otra vez en puertas, las tiene todas para ser motivo de festejos, por lo menos en el trozo del globo terrenal que nos toca a los europeos, máxime a los septentrionales. Pues, ¿no significa que a partir de ahora los días se van a alargar poco a poco, que ya se está preparando –aunque todavía tarde en llegar– la primavera? ¿No es heraldo de renacimiento, de vida nueva, de eclosiones y expansiones? Indudablemente. En el declive del año viejo se nos invita a dar por acabado un ciclo y a celebrar la inauguración de otro. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que ofreciendo un regalo a nuestros seres queridos?
No por nada se situó el natalicio de Cristo en tales fechas (aunque realmente ocurriera en otras), incorporando, si bien adaptadas, prácticas paganas anteriores. Y es bella la historia de los Reyes Magos, sorprendidos al descubrir que sus lujosas dádivas desentonan brutalmente con la pobreza del fugaz hogar señalado por la estrella. El problema es que la entrega obligatoria de regalos que hoy marca la tan comercializada efeméride cristiana es incompatible con la espontaneidad del gesto bíblico. Y a menudo con la caridad. Pienso en los excluidos y los solitarios que tanto sufren en estas fechas, en los millones de niños cuyo único aguinaldo va a ser hambre y muerte. Y pienso que no hay derecho.
No puedo creer que un hombre tan razonable como Alberto Oliart, y además tan pulcro, esté a favor de que el horroroso espacio continúe día tras día acaparando el prime time que disfruta desde hace años. Al ex ministro le he escuchado muchas veces en tertulias radiofónicas. Le he leído. He seguido con interés sus actuaciones políticas. Y siempre me ha parecido modelo de sensatez y mesura. Siendo así habrá entendido, sin duda, que en régimen de televisiones con publicidad, la estatal incluida, TVE-1 no ha tenido más remedio que competir comercialmente con las demás cadenas. Por lo cual el programa que provoca este comentario, tan estratégicamente colocado antes de las noticias de la tarde, no se podía considerar moco de pavo. Pero ahora que llega, por fin, la supresión de la publicidad en RTVE, ¿qué posibles motivos puede haber para mantener un producto no sólo chabacano, mediocre y huero sino que propaga, cotidianamente, un desaforado culto a la fama, al chismorreo de baja estofa, al lujo y a la obsesión de llegar “a lo más alto”, de conseguir el “éxito más arrollador”?
La presentadora habitual de la bazofia –cuya imagen nos ha asediado además en la prensa durante todo el verano con anuncios de no sé qué agencia de vacaciones– parece albergar como finalidad en la vida la autopromoción hasta la saciedad. Dudo, en fin, que en la televisión pública de otros países europeos se ofrezca, en hora punta, tal despliegue de cretinismo.
Corazón corazón no tiene nada que ver con corazones de verdad. ¡Por favor, don Alberto, sea piadoso y alívienos la sobremesa!
Si no le gusta España, ¿por qué no vuelve a su lugar de origen? Me lo han sugerido no pocas veces y sin duda lo seguirán haciendo. Pero nunca he afirmado que no me gusta. Muy masoquista tendría que ser uno para elegir vivir en un país no de su agrado, y, encima, conseguir su nacionalidad. Lo que sí suelo manifestar es que hay algunos aspectos de España que no me gustan especialmente. Su excesivo ruido, por ejemplo, o su frecuente falta de civismo, o su, en estos momentos, oposición política. Suelo añadir que siento por España, como muchos nacidos aquí, una mezcla de amor apasionado y de desesperación. Algo así como la que me producía la Irlanda de mi adolescencia.
Aquella Irlanda era para mí fuente de angustia, producto en parte de pertenecer a una exigua minoría protestante en una sociedad abrumadoramente católica. Cuando estudiaba en el Trinity College, el tétrico arzobispo de Dublín tenía prohibido que sus diocesanos pusiesen los pies en tan protervo nido de librepensadores. Había censura de libros y era imposible conseguir el Ulises de Joyce. No existía ni el divorcio ni el control de la natalidad. He padecido la losa de los talibanes en su versión celta. He conocido el terror religioso. Por ello me escapé en cuanto pude.
Se acaba de demostrar que todo aquel tiempo, y después, hubo santos varones irlandeses abusando de los niños que tenían la obligación de proteger, mientras la Policía y la jerarquía católica miraban ruin y cobardemente para otro lado. Hoy Irlanda ha cambiado mucho, de acuerdo. Pero yo, gracias, prefiero seguir aquí. Críticamente, por supuesto.