La deuda que los organizadores del Premio Booker querían saldar con las novelas aparecidas en 1970 ha llegado inevitablemente con retraso para su ganador. El premio literario más prestigioso del Reino Unido ha recaído en J.G. Farrell por la novela ‘Troubles’. Farrelll murió ahogado en 1979.
Esta edición extra del Booker estaba reservada a los libros de 1970 que quedaron en una especie de limbo literario. La decisión de trasladar la concesión del premio de la primavera al otoño hizo que se olvidaran de la cosecha novelística de todo un año. No fue un gran drama, porque el galardón no era entonces el acontecimiento literario y mediático que es ahora.
‘Troubles’ aparecerá pronto en España. Hace tan sólo unos días, la editorial El Acantilado compró los derechos.
La recuperación de 1970 ha concluido con el reconocimiento a Farrell, que así de forma póstuma obtiene su segundo Booker. El anterior lo recibió en 1973 por ‘El sitio de Krishnapur’. Ambas novelas forman parte de una trilogía centrada en los capítulos finales del imperio británico.
Mientras en El sitio de Krishnapur todo giraba en torno al Motín Indio de 1857, ‘Troubles’ está situada en Irlanda en 1919. El mayor Brendan Archer llega al sur del país tras haber combatido en la guerra y se aloja en el hotel Majestic con la esperanza de encontrar mujer. La correspondencia que ha mantenido con una joven, hija del dueño del establecimento, le hace pensar que han quedado comprometidos.
La boda no se produce pero Archer se queda en el hotel, que hace tiempo dejó de hacer honor a su nombre. El espléndido edificio victoriano se cae a pedazos, al igual que el dominio británico sobre Irlanda. Mientras el dueño, un inglés reaccionario, empieza a estar poseído por un furor homicida, y en el exterior la población local y la Policía dirimen sus diferencias a tiro limpio, Archer se convierte en la única garantía de cordura. Siempre que se lo permiten las secuelas que le han dejado las trincheras de la Gran Guerra en Europa.
“La grandeza destruida del hotel victoriano es una metáfora perfecta de la obscenidad y esplendor del imperio y de su ruina inevitable”, dice Sam Jordison, de The Guardian, que elogia el humor negro que respira la obra, más negro que humor en cualquier caso.
Farrell murió con sólo 44 años. Se había alejado del ruido de Londres para escribir su última novela en un pequeño pueblo de la costa irlandesa. Su inesperada muerte en 1979 hizo pensar a algunos que tenía alguna relación con el conflicto del Ulster.
El accidente tuvo un testigo. En una día de tormenta y fuerte oleaje, Farrell paseaba junto a unas rocas. Una mujer que estaba cerca con sus dos hijos le vio caer al agua a causa de un resbalón. Pauline Foley contó hace unas semanas que estuvo a punto de saltar al agua para salvarlo, pero resultaba muy peligroso. Le sorprendió que J.G. Farrell no hiciera ningún esfuerzo por salir. Quizá no quería que ella se arriesgara o sencillamente era un destino que estaba buscando.
Con razón, Ferguson tenía tan pocas esperanzas. El Chelsea culminó su cuarto título de Liga con una victoria sobre el Wigan algo más que contundente, un 8-0 con tres goles de Drogba. No había mejor forma de demostrar que, aunque sólo sea por un punto de diferencia sobre el Manchester United, el equipo ha cumplido los pronósticos, incluidos los de inicio de temporada. Era el equipo menos debilitado por los traspasos del verano.
La única duda residía en saber cómo se adaptaría Carlo Ancelotti a la Premier y si se quitaría de encima la sombra de Mourinho que tanto había amenazado a los tres entrenadores anteriores.
Sin soluciones tácticas complicadas, Ancelotti se ganó la confianza de los jugadores, que aún echaban de menos al portugués, con entrenamientos muy exigentes y un buen inicio de temporada. Prometió un juego más atractivo y aprobó con nota el examen en que suspenden la mayoría de los técnicos.
El equipo ha marcado 103 goles, un récord en la Premier. Ha disfrutado de la mejor temporada de Drogba (29 goles), de un récord goleador de Lampard y del excelente nivel de Malouda. Supo capear la baja de Essien en toda la segunda parte de la Liga, una ausencia que en otra época habría sido definitiva.
Sólo ha sido más vulnerable de lo normal en defensa, sobre todo por la baja forma de Terry, que en un momento dado tenía que estar más preocupado por sus ex amantes que por los delanteros. Tras los escándalos de Terry, el Chelsea perdió siete puntos en diez partidos y eso permitió que el United se acercara.
La emoción final era algo artificial. Con Rooney arrastrando varias lesiones, el club de Manchester llegó más allá de sus posibilidades.
Ferguson puede quejarse con razón de las lesiones, que llegaron a dejar en cuadro la defensa. Ante el Fulham, Fletcher y Carry terminaron jugando de centrales con el resultado previsible: derrota por 3-0. Durante media Liga, el equipo vivió encomendado a Rooney, pero ni siquiera el mejor jugador inglés podía solucionarlo todo.
Excepto el Manchester City, los clubes de la Premier no están para soltar millones en fichajes. Chelsea y United tienen jugadores veteranos en puestos clave, pero lo más probable es que intenten estirarlos una temporada más.
Era el único debate de los tres en el que Gordon Brown partía con una ligera ventaja previa y el laborista lo aprovechó a conciencia. El segundo duelo de los tres cabezas de la lista estuvo centrado en política exterior y defensa en su primera mitad, y el primer ministro saliente jugó con intensidad la carta de la experiencia.
“Soy su hombre”, dijo al principio en una de las frases más arriesgadas que ha pronunciado en la campaña. Pocos ciudadanos comparten esa sensación, según los sondeos, ni siquiera muchos de los votantes laboristas.
La primera encuesta posterior al debate confirmó esa idea. Según YouGov, el 36% dio como ganador a David Cameron, el 32% a Nick Clegg y el 29% a Brown.
La impresión general es que hubo un empate. Eso fue precisamente lo que marcó otro sondeo, el de ComRes, con Clegg como vencedor con un 33%, y Brown y Cameron empatados con un 30%.
Esta vez, no pareció que el liberal Clegg se impusiera con la pasmosa claridad que se produjo en el primer debate. Para empezar, Brown no dijo, como entonces, “estoy de acuerdo con Nick”, un detalle ridiculizado hasta la exageración.
El laborista fue más enérgico y directo. Como es habitual en él, se notaba que las buenas frases las traía preparadas y cocinadas por sus asesores, pero incluso así eran efectivas. A David Cameron le dijo que “tres millones de empleos dependen de Europa” y le reprochó los aliados ultras que tiene en el Parlamento europeo.
Con quien fue más duro y condescendiente, fue con Clegg. Jugó descaradamente la carta del miedo con la intención de dejar patente al electorado que un Gobierno liberal debilitaría al país.
Adoptando el papel de estadista, o al menos intentándolo, le acusó de no dar la talla en los temas internacionales. “Afronte la realidad”, le dijo varias veces, como si el liberal, que conoce cuatro idiomas (Brown sólo habla inglés), no supiera cómo funcionan las relaciones internacionales.
Por dos veces, el laborista llamó “antiamericano” a Clegg, una acusación insólita, dado que su rival no se había referido en ningún momento a EEUU. Lo que sí había hecho el liberal en su primera intervención es decir que Gran Bretaña no puede ser “cómplice en la tortura” ni debería haber invadido Irak.
Clegg jugó a lo seguro. No quiso mostrar sus dudas sobre la misión de Afganistán, a pesar de lo que ha hecho en algunas ocasiones en la Cámara de los Comunes. Cameron tenía una misión antes del debate: marcar distancias con Europa sin parecer un euroescéptico radical. “Debemos estar en Europa pero hemos entregado demasiadas competencias a Bruselas, y algunas de ellas deben regresar”, afirmó en una frase que le puede dar votos.
Sin embargo, podría haber acorralado a Clegg por el antiguo apoyo de los liberales a la entrada en el euro, postura que la crisis financiera ha enterrado durante mucho tiempo. No lo hizo y seguro que fue un olvido, no una decisión consciente. En la veintena de circunscripciones del sur de Inglaterra que se disputan tories y liberales, el suave europeísmo del partido de Clegg no es una carta ganadora.
Cameron mejoró algo la imagen algo insípida y pasiva del primer debate, aunque no a la altura de sus intervenciones en el Parlamento. Por momento, recuperaba la intensidad. Marcó distancias con claridad con el mensaje intransigente de la Iglesia católica en relación a la planificación familiar. Al mismo tiempo, hizo un amplio elogio a las personas con creencias religiosas que hacen trabajos por la comunidad.
La segunda mitad del debate estuvo centrada en asuntos internos. Se repitieron muchos de los argumentos de la primera cita. Brown perdió energía, lo que permitió a Cameron recuperar la iniciativa. “Aquí podéis ver uno de los problemas de un Gobierno de coalición”, dijo cuando sus adversarios discutían sobre el papel de los bancos en la economía.
Todo pareció más igualado. Brown y Cameron no dejaron que Clegg les comiera el terreno e hicieron valer sus galones. Quizá las frases finales de Clegg dejen huella: “Esto (por el futuro del país) puede ser diferente. Puede serlo”. En inglés, “it can”, casi como el “Yes, we can”.
La vieja guardia del Manchester United se resiste a morir. Y a veces el destino es comprensivo con los que están dispuestos a llegar hasta el final. Ferguson ya había dado por acabada la Liga y concedido que todo apuntaba a una victoria del Chelsea. Para el derby de Manchester, volvió a confiar en Giggs, Scholes y Neville (106 años de edad entre los tres), los mismos que habían dado una imagen bastante pobre en la reciente y aparentemente definitiva derrota ante el Chelsea.
La grada hervía de pasión. Esperaba que Neville y Tévez se liaran a tortas, que Rooney se impusiera aunque fuera con una pierna o que el Manchester City anunciara el inicio de una nueva era. Nada de eso ocurrió. El partido fue plano en su primera mitad y sólo se revolucionó en los últimos 15 minutos.
El intercambio de golpes fue espectacular pero baldío. Rooney ya no estaba en la cancha. El City se había echado atrás. El United tenía por delante a Berbatov, ansioso por alcanzar el título de jugador más sobrevalorado de todos los tiempos.
Ferguson, perro viejo, ordenó a Scholes que adelantara posiciones para que le solucionara la situación, como ha hecho tantas veces. En el minuto 93, el pelirrojo cabeceó un centro de Evra con más precisión que muchos delanteros y dio la victoria a su equipo.
En la grada estaba Fabio Capello. No se sabe si el seleccionador inglés vio el gol de Scholes porque tres horas después tenía que estar en Londres, donde jugaban Tottenham y Chelsea. No podía coger un avión, y el viaje por carretera, recordaba ayer un periódico, viene a durar unas tres horas y 45 minutos. Las multas por exceso de velocidad que la Federación tendrá que pagar son dinero bien invertido. Capello tuvo la oportunidad de ver con qué facilidad quedó en evidencia John Terry, el supuesto baluarte de la defensa inglesa en el Mundial.
El Tottenham se adelantó con dos goles y parecía imparable, unos pocos días después de haber derrotado al Arsenal. Está en la pelea con el Manchester City por el cuarto puesto de la Premier y se ha convertido en un obstáculo rocoso para los equipos que se juegan la Liga. El club londinense se adelantó con dos goles, uno de ellos con un penalti de Terry a Pavlyuchenko.
El central completó la jugada con dos entradas de tarjeta y la expulsión, que condenó a su equipo. La respuesta de Terry a todos los escándalos en que ha estado implicado ha sido poner la palabra ‘respeto’ en su brazalete de capitán. El mismo que está perdiendo a la carrera a ojos de Capello.
Tras su derrota, el Chelsea tiene una ventaja de un punto sobre el United a falta de tres partidos. A ambos les quedan dos citas sencillas y una con trampa: el Chelsea viajará a Liverpool y el United recibirá al Tottenham. Dos plantillas veteranas llegan al final de temporada con la lengua fuera y el ácido láctico desbordado. La única duda es saber de qué pasta están hechos los jugadores. Aviso al Chelsea: los legionarios de Ferguson son duros como el pedernal.
Encuesta de You Gov para The Sun: clara victoria de Clegg, con un 51%. Por detrás, Cameron 29%, Brown 19%.
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Los tríos en los debates no funcionan igual que las parejas. Los británicos se estrenaron anoche con los debates televisados electorales y pudieron comprobar que el liberal Nick Clegg se manejaba tan bien como los primeros espadas, el laborista Gordon Brown y el conservador David Cameron. Y con vistas a un parlamento sin mayoría absoluta, llamó la atención la cantidad de veces que Brown dijo: “Estoy de acuerdo contigo, Nick”. Había algo de romance en el ambiente con la vista puesta en los votos de los liberales demócratas en la futura legislativa.
Pero si hay que creerse la mirada y el suspiro de incredulidad que se le escapó a Clegg, es probable que los liberales no estén encantados con la idea de un matrimonio de conveniencia con Brown.
Ocurrió lo que temían los conservadores. Por momentos, parecía un dos contra uno con Cameron en el papel solitario. En general, el líder tory estuvo consistente y no cometió grandes errores. Sin embargo, dejó de escapar algunas expresiones, incluida una mueca de sorpresa, que dejaron patente su juventud. Con 43 años, no es un precisamente un chaval, pero en Gran Bretaña los primeros ministros suelen ser mayores. De hecho, si Cameron sale elegido, será el más joven de los últimos dos siglos.
Los candidatos respondían a preguntas de una audiencia seleccionada y luego se sucedían sus intervenciones. A veces se interrumpían brevemente, lo que no es habitual en estos debates tan restringidos por las normas pactadas por los partidos.
Sin embargo, las intervenciones tenían que ser demasiado breves y los candidatos se veían constantemente interrumpidos por el moderador. A veces, ni siquiera podían concluir el razonamiento.
El debate comenzó con una pregunta sobre un tema del que en general los partidos han rehuido en campaña: la inmigración. Cameron tuvo la opción de decir que “la inmigración está fuera de control”. Defendió que hay que reducir la llegada de extranjeros, una opción muy popular entre los votantes, a través de unos límites más estrictos.
Brown estuvo a la defensiva y no se atrevió a negar la premisa ni a cuestionar la demagogia con que se trata este tema en muchos periódicos. Dijo que la inmigración neta ya ha bajado en los últimos años y que lo seguirá haciendo. Hubo que esperar a que Cameron lo dijera para que la audiencia se enterara de que la economía británica también se ha beneficiado de la llegada de inmigrantes.
Las cifras oficiales dicen que ha habido un descenso de los delitos graves, pero esa no es la percepción de la opinión pública. Eso le sirvió a Cameron para apostar por el mensaje duro: “El sistema no funciona”. Pidió más policías en la calle, lo que también hizo Clegg, aunque con una receta casi milagrosa. Aparentemente, todo se reduce a quitar “el papeleo y la burocracia” en las comisarías, y sacar a los agentes al exterior. Tampoco hay mucho más dinero para contratar a más agentes.
Gordon Brown no perdió la ocasión de advertir a la opinión el peligro de que la economía del país sufra una recaída y vuelva a la recesión. “No pongas en peligro los puestos de trabajo de la buena gente”, dijo dirigiéndose al líder conservador.
Cameron acusó a los laboristas de crear “un impuesto sobre los empleos” con el aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social. Y reservó un momento para la propuesta de recorte fiscal de los liberales. “Me encantaría, pero no tenemos dinero suficiente para eso en estos momentos”.
Clegg tuvo una respuesta que seguro que le facilitó muchos votos. Comparó el impuesto sobre la renta que pagan los trabajadores por cuenta ajena con el impuesto a las rentas de capital, una diferencia que deja patente los privilegios que los sucesivos gobiernos han concedido a la industria financiera.
Este es el escenario del primer debate televisado con los líderes de los tres principales partidos. Se celebra en Manchester y comienza a las 20.30, hora local. A un lado, Gordon Brown, el veterano cabreado que se arriesga a sufrir la derrota que ponga fin a su carrera. Al otro, David Cameron, el joven aspirante (43 años es ser joven en la política británica) que combina el carisma y la inconsistencia. Se encamina a la victoria, pero no parece que nadie lo vaya a recibir con gran entusiasmo. Es un combate a tres bandas, porque también participa Nick Clegg. Los liberales demócratas tienen la oportunidad única de pelear en las mismas condiciones que sus poderosos rivales.
Cameron ya se ha quejado de que las estrictas reglas del debate van a impedir una confrontación directa y obligan a responder a un número reducido de preguntas en los 90 minutos. El típico truco. Los partidos pactan unas normas muy restrictivas y luego se quejan.
Todos dicen que el favorito es Cameron, más carismático y expresivo que Brown, con la posibilidad de que sea Clegg el que se convierta en el robaplanos del debate. Como siempre con estos acontecimientos, la clave es no cometer errores que dominen las informaciones sobre el debate en los próximos días. A veces, la primera impresión es la que cuenta. En otras ocasiones, los periodistas llegan a una conclusión rápida que no se corresponde con el veredicto de la opinión pública.
La expectación es máxima. Este primer debate se emite en la cadena privada ITV. Se espera que unas 20 millones de personas (uno de cada tres británicos) lo vean en algún momento. No hay precedentes en el Reino Unido de un debate así en campaña electoral. Es un territorio hasta ahora no explorado por los partidos. Siempre puede ocurrir que no ocurra nada.
A lo largo del día, iremos contando por aquí las novedades del debate y cómo transcurre.
Algunos actos políticos parecen pensados para que salgan mal. Los laboristas presentan su programa electoral ante una audiencia formada por políticos y seguidores del partido. Perfecto. Después, el primer ministro responde a las preguntas de los periodistas. No hay problema. Pero los dos actos se realizan en la misma sala. A la primera pregunta de un periodista de la BBC, el público responde con unos cuantos abucheos. Más tarde, pregunta uno de The Sun y se oyen risas (bueno, el periodista también se ríe).
Las respuestas de Gordon Brown son recibidas con aplausos, como si fuera un programa de televisión. En su twitter, Paul Waugh, del diario Evening Standard, lo compara con un acto en Corea del Norte. Seguro que en Private Eye se ponen las botas.
No ayuda mucho para la retransmisión televisiva que la pantalla situada detrás de Brown no deje de parpadear. Eso que llaman en televisión “ruido visual” obliga al realizador de BBC News a pinchar otras cámaras laterales para enfocar al primer ministro, planos mucho menos favorecedores.
En mitad del diluvio de fantasía que el Barça estaba creando en el Emirates Stadium, un periodista de la web de The Times dejó volar su imaginación: “Si el Barcelona fuera una mujer, sería como Marilyn Monroe, Pamela Anderson y Jessica Alba juntas”.
Dejando a un lado las preferencias personales del autor de la frase, que parece claro por dónde van, está claro que Guardiola tuvo éxito en su intento de “dar una buena imagen” sobre el tipo de fútbol que puede practicar su equipo.
La prensa inglesa ha sido unánime en sus elogios. Su admiración por el juego azulgrana–ya muy alta desde la final de la Champions cuando derrotaron a un Manchester United al que ellos daban como favorito– ha alcanzado niveles de retórica difíciles de superar. Los comentaristas de la ITV dijeron que podía ser “un programa cultural” lo que estaban a punto de presenciar. Lo decían antes del partido, así que nos podemos imaginar lo que pasó por sus mentes después.
Con vistas al partido de vuelta, no tardaron mucho en destacar que la baja de los dos centrales titulares del Barça abre posibles grietas que el Arsenal podría aprovechar. La segunda pieza de una hipotética victoria de los gunners en el Camp Nou pasaría por la velocidad y agresividad que mostraron en los últimos 20 minutos, personificada en el gol conseguido por Walcott.
Con el fútbol de dibujos animados que se vio en la ida, cualquier cosa es posible. Y los aficionados del Barcelona se equivocarían por completo si pensaran que el Arsenal saldrá hipnotizado al campo o aún atormentado por el baño que sufrieron en la primera parte. A lo largo de esta temporada, han sido capaces en varias ocasiones de levantarse y superar momentos malos. Antes de la Navidad, ya los habían descartado para el título y ahí están, a tres puntos del Chelsea.
Sin embargo, el sábado ya quedó claro que sin Cesc Fàbregas la belleza de su juego queda algo marchitada. No llega al nivel de Marilyn Monroe, ni cuando se levantaba con una buena resaca y sin que JFK se pusiera al teléfono. Sólo pudieron derrotar al mediocre Wolverhampton, que jugó con diez los últimos 25 minutos, con un gol en el descuento.
La baja de Fàbregas no se compensa con otro jugador. Esta temporada, ha marcado 15 veces y ha dado 15 pases de gol en la Premier. Ha intervenido directamente casi en la mitad de los 62 goles de su equipo.
Es el arquitecto del juego del Arsenal, y también el jefe de obra y el que se sube al andamio a poner ladrillos. Inicia las jugadas y con frecuencia las finaliza ante la portería rival. Y se gana su ración de tarjetas si es necesario ponerse duro en el centro del campo.
En unos meses en los que muchos jugadores están pensando ya en el Mundial y ni se plantean arriesgarse a una lesión, Fàbregas es un ejemplo excepcional. El Arsenal sólo puede ganar al Barça si se convence de que una proeza casi épica está dentro de sus posibilidades.
Los que aún ven los informativos de televisión en España deben saber que en el Reino Unido son muy diferentes. Digamos que hay ciertos atributos de calidad que no se han perdido. Y no es que les den igual los datos de audiencia. Lo que ocurre es que el público sí acepta que una de las funciones de la TV es dar información. A veces, hasta pecan de lo contrario. El intento por ver la noticia desde todos los puntos de vista y de reflexionar sobre ella puede llevar a cierto nivel de engolamiento periodístico. A saber, no todas las noticias dan para piezas de cuatro minutos o para montar un debate sobre ellas.
Los canales de noticias (BBC News y Sky News) son otra cosa. Ahí apuestan por la noticia como acontecimiento inmediato. Algo está pasando. Vamos allí como locos. Hace unos días, un niño británico de cinco años fue secuestrado en Pakistán. La historia ha tenido un final feliz. La familia ha pagado un rescate, el niño ha sido liberado y se ha reencontrado con su padre, y los sospechosos han sido detenidos en España. Ya se han visto imágenes del niño en la embajada británica en Islamabad después de su liberación.
En BBC News han dado en directo la llegada del avión que le traía a Manchester. Los presentadores se han limitado a repetir la información ya conocida. Tampoco iban a describir cómo desciende un avión, qué hacen el piloto o las azafatas… Ha aterrizado sin problemas, claro. Queda un tanto ridículo. Algo está ocurriendo. Sí, vale, ¿pero qué?, ¿qué aporta ver aterrizar a un avión?
Ya todo es Breaking News. ¿Tiene alguna importancia la noticia? No, pero acaba de ocurrir. Y con eso hacemos el día.
Es el último anuncio de la campaña de los conservadores para denunciar el matrimonio financiero entre los laboristas y los sindicatos. Unite es uno de ellos y es también el convocante de la huelga de las tripulaciones de cabina de British Airways. El paro llega en muy mal momento para el Gobierno a mes y medio de la celebración de elecciones.
Hasta la época de Blair, los sindicatos eran una de las principales fuentes de financiación del Partido Laborista. El entonces primer ministro se aplicó en la tarea de diversificar los fondos y liberar al partido de la influencia sindical.
El trasvase de fondos no vino gratis. Fueron los años de donaciones procedentes de millonarios con excelentes relaciones con el Nuevo Laborismo y credenciales izquierdistas casi inexistentes. El maridaje trajo sus consecuencias: el escándalo de los títulos nobiliarios a cambio de dinero. Varios millonarios fueron nombrados lores por servicios que tenían más que ver con la financiación laborista que con los beneficios obtenidos por la sociedad.
Ya con Blair fuera de la foto y los conservadores atrayendo la mayor parte del apoyo de la comunidad financiera, los laboristas se ven obligados a regresar a su fuente tradicional de fondos. La prensa conservadora se apresura a señalar que aumenta el número de sindicalistas en las listas electorales del partido de Gordon Brown. Es una forma de decir que vuelve el viejo laborismo de los 70, asociado a la peor crisis económica que vivieron los británicos desde la guerra.
Los conservadores ya tuvieron que soportar lo suyo con las revelaciones sobre el ventajoso tratamiento fiscal que disfruta Lord Aschcroft. El multimillonario residente en Belize es también vicepresidente del partido y generoso donante de las arcas tories. Y ni siquiera paga todos sus impuestos en el Reino Unido, a pesar de que es miembro de la Cámara de los Lores.
En ambos partidos, el dinero nunca proviene de donaciones desinteresadas. La factura siempre llega con obligaciones.
Iñigo Sáenz de Ugarte es corresponsal de Público en Londres.
Vive en Hackney pero pasa más tiempo en Islington. Siente una gran atracción por la Newcastle y la London Pride
pero a veces les engaña con una cerveza normal.
Daniel del Pino
Daniel del Pino es un periodista en apuros, pero quién no lo es hoy en día.
Sobrevive en el temido Hackney a base de Stella, conocida en la calle como wifebeater por sus
efectos secundarios en el comportamiento de las personas. Él no engaña a los autóctonos, que prefieren sabores más suaves para ahorrarse el dolor de cabeza y la somnolencia asegurados.