Bird, el protagonista de la desasosegante Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé acaba de ser padre de un hijo monstruoso, una criatura que pareciera tener dos cabezas. Llevo apenas 50 páginas de la novela y ya sé eso. Y que lo que más desea Bird en el mundo es viajar a Africa, escapar de su encerrona matrimonial y no volver a pasarse borracho cien días seguidos. O sí. Me quedan 140 páginas para saber si finalmente su retoño sobrevive, si él vuelve a darle a la frasca con fruición y qué sucede con su fantasía africana. Supongo que lo averiguaré todo esta tarde, tumbado en la playa, disfrutando de mi último día de veraneo sin vacaciones antes de regresar a mis tareas otoñales, volverme a poner las mechas rubias de escribir pies de foto y olvidarme de tanto gafapastismo agosteño con ínfulas literarias.
Mañana será septiembre que, más que un mes, siempre me ha parecido una estación. Mañana se acaban las rebajas, María Teresa Campos vuelve a la televisión para prepararle el desayuno informativo a Ana Rosa Quintana; todo un hito, casi como ver a Kristel Carrington cardándole el peinado a Alexis Colby.
Septiembre de Venecia festivalera, con Charlize Theron fucsia de día y fucsia de noche, con Woody Allen y su VCB (Vicky Cristina Barcelona) de estreno en San Sebastián, con DVB (Victoria y David Beckham) y su nuevo perfume, que Vicky presentó ayer en un centro comercial de Manchester.
Septiembre para la Semana de la Moda de Nueva York –donde Vicky B., otra vez ella, amenaza con presentar su primera colección de vestidos–, para la Pasarela Cibeles (que trataré de evitar por todos los medios a mi alcance: cuchillas, somníferos sumergidos en ginebra, lo que sea).
La infanta Elena estrenará nuevo puestazo en una fundación, Madonna actuará en España, veremos la vuelta al cole de los pequeños borbones y de otros infantes postineros en el ¡HOLA!, a Ortega Cano marcarse unos bailes en televisión, y Mercedes Milá volverá a fascinarnos con esos estilismos semanales y vértigos del sujetador balconet, que para mí se han convertido en lo único apasionante de las últimas ediciones de Gran Hermano. Vertiginosos escotes apuntalados que a partir de septiembre veremos publicitar a Dita von Teese, nueva imagen promocional de Wonder Bra. Dita, una mujer admirable que ha sabido sacarle partido a la desproporción de una copa de martini, justo al contrario que Ava Gardner, que quedó atrapada dentro. O que yo mismo, que como el hijo del protagonista de la novela de Oé que estoy leyendo, hoy me he levantado con media parte del cerebro fuera del cráneo, culpa de la deliciosa cena de anoche, en la que volvimos a abusar de los Dry Martinis en el aperitivo. Otra vez.
(Fin de de mis Lecturas de verano. Ha sido un placer. Gracias a todos por todo. Y ahora, con vuestro permiso, me voy a quitarle el polvo a los estantes de la vitrina, que tiene que estar bien limpia para mañana).
Acabo de leer en People que David Duchovny, Californicador y escéptico investigador de lo X, anda a traspiés entre la realidad y la ficción, confunde expedientes con calificaciones morales, sostiene a su último personaje televisivo por los cuernos y ha ingresado voluntariamente en un centro de rehabilitación para adictos al sexo. Joder, qué putada (una expresión que debe de estar prohibidísima en esa clínica, sospecho).
He dado con la rijosa adicción del actor nada más terminar con La escala de los mapas, la primera novela de Belén Gopegui; un libro de una belleza rara y contundente que he leído ensimismado, sin más interrupción que las repeticiones en voz alta de algunos párrafos que podría tatuarme en los antebrazos o hacer grabar en mis copas de martini: “La realidad pone yogures muertos en la nevera, y deja paso a las corrientes frías, y cojean las mesas por su causa, y se derraman los vasos. Es entonces cuando vienen los sueños.”
Es entonces, también, cuando recurro a las palabras ajenas que, durante este mes que ya termina mañana, me han servido como lupas para agrandar la fecha de caducidad en las tapas de los yogures pasados de fecha que he vaciado para hacer con ellos rudimentarios comunicadores, atados con un hilo a través del cual me llegó el crepitar de la caspa pisada con tacones Louboutin en fiestas veraniegas ibicencas y marbellís, el rumor de los bañistas sardos al paso de Ana Botella por la orilla de sus playas, sin pareo pero con ataduras pectorales en el traje de baño.
Citas de otros que me han servido para calzar mesas cojas sobre las que Madonna se ha contorsionado para celebrar su 50 cumpleaños después de que los abogados de la Duquesa de Alba redactaran sobre ellas un comunicado de prensa plagado de gerundios negando inminente escena de matrimonio ducal.
Páginas que nunca escribiré con las que he ido secando estos treinta días las gotas de Singapur Sling derramado de los vasos de tubo en coctelerías nacionales y de importación.
El sexo compulsivo de Duchovny me salta a los ojos –metafóricamente, por supuesto, por suerte, por el bien de mi rimmel waterproof– y el deseo se cuestiona su origen en la maravillosa novela de Belén, “¿Y si nuestros cuerpos fueran grandes conglomerados de memoria, si decir Te deseo equivaliera a decir Te recuerdo con el cuerpo?”
Nada de eso se escribe así en la realidad. Por eso vienen los sueños, la lectura ansiosa de párrafos de salvación que me ayudaran a soportar este agosto sin vacaciones y las cosas recibieran el nombre que Juan Ramón exigió: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!” Inteligencia ajena, claro está, que me sirviera para nombrar las cosas de los demás. Mañana trataré de conseguirlo por última vez. Podría haber aprovechado esa Lectura de verano final para despedirme, pero yo siempre he sido más de la penúltima. Quienes me conocéis, lo sabéis.
Ayer dejamos Helsinki a toda velocidad, después de que yo fuera capaz, en el tiempo récord de tres cuartos de hora, de: UNO, entrar en pánico al descubrir que solo teníamos habitación en nuestro hotel hasta anteanoche, cuando yo creía que aún nos quedaba un día más en la ciudad, DOS, reservar a toda prisa una habitación –a precio de bótox– en uno de los pocos hoteles que aún tenía vacantes, TRES, descubrir en el taxi de camino al nuevo hotel que nuestro vuelo no salía hoy, sino ayer, y CUATRO, anular la reciente reserva de la habitación, tomar un autobús hasta el aeropuerto y volar a Barcelona, sin más incidentes que las incomodidades que provoca un avión con los portaequipajes repletos de las chinoiseries de nuestros compañeros de vuelo, la mayoría procedentes de Pekín.
Bienvenidos a casa. Lo primero que he hecho esta mañana al despertar en Barcelona, después de enfundar los cojines en Marimekos y dar con un hueco para los portavelas de Alvar Aalto en los cuarenta metros cuadrados de nuestro apartamento, ha sido salir al kiosco para hacerme con el primer número del nuevo Vanity Fair español, el de la reina Rania en portada. Escribir la reina Rania me provoca una inevitable asociación con el nombre colombiano de Kermit, de Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo: la rana René en la Plaza Sésamo de la televisión de Colombia. Debe de ser ese el motivo por el que esa señora me provoca tanta risa, por eso será. No creo que tengan nada que ver las perlas cultivadas que la reina jordana engarza una tras otra en su entrevista con Angela Rodicio para el VF. En absoluto. “(…) por una parte, se trata de una gran familia, la jordana y, por otra, de mi pequeña familia: la que forman mi marido y mis cuatro hijos. Mi objetivo es conseguir un buen equilibrio”. Jajaja. Ya me ha vuelto a dar la risa otra vez. Maldita rana René. Respiro hondo para seguir leyendo esa apasionante entrevista a tiara abierta: “Ser reina es responsabilidad y deber, un trabajo y un servicio público a mi pueblo, lo cual es un honor para mí”.
Un concepto de la monarquía con el que coincide plenamente Mario Conde, otro de los entrevistados en este número inaugural de la feria de las vanidades nacional: “(…) tengo claro que el Rey y su padre han hecho una labor por España por la que debemos estarles agradecidos. Por ello le tengo fidelidad y respeto, además de cariño”. Conmovedor.
Les ha quedado tremendamente familiar este número inaugural del Vanity patrio: Raina y su gran familia jordana, Mario Conde, el rey y su padre. El juez Bermúdez y el dichoso libro de su mujer. Los Agnelli radiografiados en su odio opulento. Manolo Blahnik, su hermana y una sobrina. Elena Ochoa y Norman Foster. O los Coppola, padre e hija, como protagonistas de un anuncio a doble página de Louis Vuitton. Ya lo dijo la gran Cayetana de Gurruchaga: “La familia unida, jamás será vencida… aunque esté jodida”.
Michael Jackson, igual que hizo Madonna hace algunas semanas, también cumple 50 años este mes. Mañana mismo, para ser más exactos, el cantante mutante se convierte en cincuentón. Y si Madonna pasó por su época estética de amante clandestina de JFK gracias a su imposible look Marilyn Monroe ochentero, Jackson ha decidido ir incluso más lejos y celebrar su medio siglo disfrazado del fantasma de Jackie O.
“Dios bendiga a América y a sus iconos”, pensé al ver ayer a Jacko de paseo por Los Angeles, vestido con distintos tonos de negro, cubriéndose la cara con una fantástica peluca ala de cuervo a media melenita y unas enormes gafas de sol, ideales para una travesía a bordo del yate Cristina (Onassis, por supuesto). Una nueva indescriptible estampa del rey del pop (en el exilio interior) que me recuerda unos versos magníficos de un poema que Margaret Atwood escribió en los setenta y yo leo a bordo de un autobús urbano que nos lleva a una isla de Helsinki: “Los demás comensales te observan/ admirados algunos, otros simplemente aburridos:/incapaces de decidir si eres un arma nueva/ o solamente una nueva publicidad”. Unos versos que sonaban muchísimo mejor en su inglés original y describen a la perfección el estupor interrogante que me provoca Michael Jackson en cada una de sus nuevas apariciones jackianas: horror o sentido del espectáculo comercial. Destrucción íntima o venta al por menor. Yo ya no sé qué pensar.
Con esos versos en la cabeza, recorro la isla, un museo al aire libre entre arboledas con reproducciones a tamaño real de distintas construcciones de la arquitectura tradicional finlandesa. Un sitio perfecto para agradecer, pese a todo, la vida en el siglo XXI. “Si nos inventáramos historias/ sobre lo que contiene esa habitación/ no tendríamos que entrar nunca”. Son otros versos de Atwood que leo en el autobús, de regreso al hotel. Unos versos perfectos para agradecer, pese a todo, la vida en el siglo XXI.
¿Un arma nueva o solamente una nueva publicidad? Me repito la pregunta al abrir en mi portátil la edición digital del ¡HOLA! de esta semana, donde la Duquesa de Alba de perfil ocupa el centro de la portada, que anuncia en exclusiva las imágenes del protagonista de la noticia: un señor con quien Cayetana no piensa casarse pero a quien le une una entrañable amistad. Un señor que se llama Alfonso Díez, es cincuentón como Madonna y Michael Jackson, y aparece retratado de frente, enmarcado en un recuadro a la izquierda del rostro de la Duquesa y en diagonal con el otro gran perfil de portada de esta semana: la princesa Letizia y su nueva nariz, prescripción facultativa convertida en asunto de Estado: “Tras operarse del tabique nasal, se aprecia una nariz más armónica”. Una apreciación con la que, sin duda, coincidirán los diseñadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en mi modesta opinión los más beneficiados por el cambio radical de la princesa.
Tras disfrutar enormemente de Viajes con mi tía de Graham Greene –espléndida relectura de verano–, he empezado Detrás del hielo, la más reciente novela de Marcos Ordóñez, un señor que escribe en el Babelia unas crónicas teatrales que me sulibellan y cuya Comedia con fantasmas, biografía novelada de Enrique Rambal, un actor y director teatral español de principios del siglo pasado a quien Orson Welles consideró un genio, me parece una delicia imprescindible. Dicho queda. Y una vez dicho eso, añado que Detrás del hielo empieza mal. Con un capítulo que da título al libro y cuenta una historia que yo ya había leído, con variaciones, en varios libros de Paul Auster: “Detrás del hielo, su hombre seguía intacto, eternamente detenido en la edad que tenía cuando los dos se perdieron en la tormenta. Intacto y con los ojos abiertos.”
Por suerte, unas decenas de páginas después, casi lo arregla con una reflexión sobre la lectura con la que me identifico plenamente: “Hay quien dice que la lectura forma la personalidad. Con los años, llegaría a pensar que en mi caso contribuyó a disolverla, a multiplicarla, porque siempre me identificaba con los protagonistas de las historias”. Totalmente de acuerdo. Así me va. Y así le va a ir de bien, gracias a mí, a Telefónica, que a partir de ahora piensa cobrarles un extra en la cuota de identificación de llamadas a todos mis amigos. Un extra que justifica por la dificultad de cruzar los datos de mi número de teléfono con el de mis lecturas de cada momento y que, por lo visto, puede ser un pastón. Ayer precisamente, recibí varios corre–e–os de algunos de mis amigos. Todos decían lo mismo: “No me llames. Ya te llamaré yo.” Ah, qué recuerdos de juventud.
No quiero ni pensar por cuánto pretenderá Telefónica multiplicar los 0,58 euros mensuales por el servicio de identificación de llamadas a los allegados de Anita O., que un día te llama como bióloga, otro como una madre ofendida que busca venganza, al siguiente como guionista, y al rato como actriz de éxito internacional. Otro dineral, estoy seguro.
En el caso de Margaret Thatcher, siempre que la BT cobre por mostrar el número del llamante en la pantallita del teléfono fijo, supongo que la cosa es más peliaguda. Según una biografía escrita por su propia hija, la que fuera Dama de Hierro sufre demencia senil, mezcla sus recuerdos y sólo conserva intacta la memoria de sus once años como nefasta presidenta de Gran Bretaña. Supongo que a Margaret, que anda olvidándolo casi todo entre whiskazo y whiskazo, se la trae al fresco que el aparatito le muestre el nombre de quién la está llamando. E imagino que cuando la viuda de Pinochet reciba una de sus llamadas desde Inglaterra, leerá “Marga” en el cristal líquido de su terminal, y tendrá miedo a levantar el auricular por si la Thatcher vuelve a preguntarle por la salud del dictador. Telefonica Chile sabe que tiene en Lucía Hiriart de Pinochet a una cliente cautiva del servicio de identificación de las llamadas.
Los Beckham y los Cruise son un par de matrimonios maravillosos, cuyos miembros femeninos comparten consejos de moda al tiempo que sus elementos machos cuentan calorías y series de abdominales. Mientras Katie ensayaba en Broadway su papel para el musical que estrenará este otoño y Vicky andaba por ahí de compras colgada de un Birkin de Hermés, Tom le pedía a David que le ayudara a perder unos cuantos kilitos que había ganado últimamente y que le hacían parecer una persona normal, qué miedo. Así es que los dos se han pasado varias semanas en el gimnasio casero de los Cruise, donde David ha ejercicido como entrenador personal y dietista de cabecera del actor, que ha vuelto al peso ideal para poderse meter en un avión de guerra de un salto, y así protagonizar una segunda parte de Top Gun. Lo he leído esta mañana en el Daily Mail, al que regreso tras frustrantes intentos con los periódicos en suomi (una lengua que es una trampa mortal para disléxicos), además de un par de sustos tremendos provocados por escalofriantes descubrimientos en la prensa local que me han dejado estupefacto: el anuncio de un concierto para el próximo jueves en Helsinki de Fran Perea, que es una superestrella musical en Finlandia, un país que me estaba pareciendo divino hasta que descubrí que aquí también lo flipan con Los Serrano. O una doble página dedicada al fenómeno editorial de esta temporada: la traducción al finlandés de La Catedral del mar, de Ildefonso Falcones. Tengo miedo. Porque sé que, en cualquier esquina, me espera agazapado Ruiz Zafón, ese dandy de las letras.
Solo por llevar la contraria, intento compensar la balanza cultural –o lo que sean Fran Perea y La Catedral del mar– y me hago con la traducción al español del poemario de una finesa, Eira Stenberg, que no llega a encandilarme del todo, aunque tenga algunos versos que me gustan bastante, que pertenecen a un poema cuyo título me conmueve, La libido de la tierra: “Te ha empujado desde lo oscuro hasta un deseo tan vasto como tu historia,/ te aferra entre sus garras./ Duermes la mitad de la vida y corres lo que falta,/ te cepillas los dientes, te cortas las uñas, te portas bien. / A veces los huesos crujen contra la carne, la piel se consume/ y algo asciende a la superficie.” Algo que puede ser una barriga cervecera y unas lorzas, en el caso de Tom Cruise, un tatuaje nuevo en el de David Beckham, o un inesperado eructo con regusto a ajo en el de Victoria, por culpa de algo que comió en 2005. O dos contundentes pares de tetas, como los que aparecen en la portada del Interviú de esta semana, donde Sonia Monroy, esa gran cantante y mejor stripper, presenta en sociedad a su nueva novia, vuelve a demostrar empíricamente la falta de tracción de las carretas y trata de rentabilizar su lesbianismo sobrevenido.
Los Beckham y los Cruise son un par de matrimonios maravillosos, sí; pero nunca lucirán la bisutería como Sonia Monroy y su novia Solveig en el Interviú.
Madonna 50.0 acaba de iniciar su nueva gira mundial en Cardiff como karaokera contorsionista de altísimo nivel vestida por Givenchy, Nieves Herrero ha amadrinado una Feria del Pescaíto Frito en Huelva y la Duquesa de Alba ha emitido un comunicado para negar los rumores de boda a golpe de gerundio: “lo único destacable es la entrañable amistad entre la Sra. Duquesa y el Sr. Díez, no habiendo propósito alguno de matrimonio”. Quedándonos muchísimo más tranquilos. Una mariposa aletea en un pueblo de Murcia y a Britney Spears se le carda el pelo a lo Amy Winehouse.
El mundo me parece un lugar complicadísimo donde todo ocurre a la vez y todo está relacionado. Por suerte, olvidamos deprisa. Si no, estaríamos mayorcísimos. “Una vida larga no depende de los años. Un hombre sin recuerdos puede llegar a los cien años y sentir que su vida ha sido muy corta”. Es una de las fascinantes teorías de Augusta, la tía de Viajes con mi tía de Graham Greene, que releo –siempre quise escribir que releía algo; suena tan de vuelta de todo, tan chenoísta “cuando tú vas, yo vengo de allí”– y muchos años después de la primera vez me fascina de nuevo. “No sé por qué, pero siempre me gustaron los gordos. Será porque han renunciado a todo esfuerzo innecesario.” No se crea, Doña Augusta, míreme a mí; esclavo de tantos ahíncos en vano que no adelgazan, pero cansan. Aunque no creo que tanto como lo que se va a agotar el viudo de LMG –La Mah Grandeh–, Ortega Cano, cuya participación en la próxima entrega del ¡Coño… Mira quién baila! parece casi segura. Al menos, eso anuncian dos publicaciones de prestigio como son el Pronto y el Supertele. De la posible intervención de PaKiKorrín en el programa poco se sabe. A lo mejor esta misma semana nos da la sorpresa el ¡HOLA!, que amenaza con exclusiva de portada protagonizada por la tonadillera hirsuta I–punto–Pe–punto (no tentemos a la suerte) y su primogénito, otro que renunció a todo esfuerzo innecesario.
La mariposa desplegó sus alas en Totana, y en Pekín Matthew Mitcham, el único atleta abiertamente gay de estas olimpiadas, saltó desde un trampolín a diez metros de altura. Ganó la medalla de oro. Lo hemos visto, en diferido, en el televisor de nuestra minúscula habitación de hotel en Helsinki. Los hemos visto saltar a todos, sumergirse en la piscina y subirse a toda prisa el traje de baño antes de salir del agua. Lo mejor de los saltos de trampolín olímpicos es, sin duda, recuperar la erótica visión de la huchita masculina trasera, casi extinguida por culpa de esa maldita moda de los calzoncillos altos con elástico promocional de firma. Lo peor, que siempre que veo a los participantes tomar vuelo, recuerdo la sangre de Greg Louganis en el agua, cuando se golpeó en la cabeza al saltar del trampolín tras haber girado en el aire, hace ya veinte años, en las olimpiadas de Seul.
Por suerte, Doña Augusta, no olvido todo tan deprisa.
Si hoy es domingo, esto es Helsinki. Última etapa de nuestras vacaciones nómadas por lugares que contengan la ka en su nombre y cuyos habitantes se comuniquen entre sí a través de lenguas de las que apenas comprendo unas cuantas palabras. Qué tranquilidad poderle dar un descanso al sónar, ser incapaz de espiar las conversaciones de alrededor. Sordo funcional. Tan relajante andar así, con la guardia baja y sin la intromisión de tantas apasionantes historias ajenas a las que sucumbo constantemente en todos aquellos lugares donde entiendo lo que hablan los demás. Que son el infierno, y un pozo sin fondo de fugaces historias, de narrativas fragmentarias tan contemporáneas que pasan ante mí, de largo.
“Si la mención de las personas que he vislumbrado al pasar de largo ante ellas carece de precisión al describirlas, es únicamente porque nunca las vi realmente ni pensé en ellas, ya que para mí eran objetos manipulables que usar o rodear para continuar mi trayectoria”, le escribió Paul Bowles en una carta a su editor a propósito de El cielo protector. Acabo de leerlo en la Navegación a la vista, de Gore Vidal, que ha viajado hasta Finlandia conmigo para contarme su vida, y con quien sí me entiendo perfectamente.
Personas como objetos manipulables que usar o rodear para continuar el camino. Suena terrible. Suena a Carla Bruni en sus últimas fotos junto al Dalai Lama. A cualquier fotografía de Carla Bruni, ya sea junto a Sarkozy, la Reina de Inglaterra o Ingrid Betancourt. Y a cualquier imagen promocional del Dalai Lama; al lado de Richard Gere o de cualquier otra celebridad.
Suena al Sign of the Times susurrado por Prince –el artista antes conocido como el artista antes conocido como Prince–, a una manifestación del signo de estos tiempos, donde no es sólo lo fragmentario lo que define nuestros relatos de vida, sino también la escasa definición de los personajes secundarios que van apareciendo a nuestro lado, y –en mi caso– se confunden entre lo imaginario, lo ajeno, lo real y lo íntimo. Raquel Mosquera, ingresada de nuevo hace unos días en la Clínica López Ibor con un brote psicótico (no sé si con las trenzas puestas todavía o ya sin ellas), se convierte en la estrella de la semana, y ocupa más espacio de pensamiento que muchos de mis amigos. Lo que me lleva a sentirme como un cretino alienado. Supongo que eso es lo malo de poder mantener el pensamiento sin interrupción, sin palabras que se cuelen en mi línea mental y me saquen de este ensimismamiento donde acabo por encontrarme incómodas sensaciones que saludo jovial. Es relajante esta sordera mental, este envasado al vacío de las palabras propias que uso para pensar. Aunque, tal vez, debería darme más miedo.
Sí; hoy es domingo, esto es Helsinki, leo los periódicos en finlandés y solamente entiendo la publicidad (que anuncia bicicletas, cojines y barbacoas en euros), la información meteorológica y las fechas de las esquelas.
Escribo desde la terraza de un hotel en Sitges donde hemos pasado esta noche después de una espléndida cena con dry martinis muy secos y jugosa langosta en la casa de la playa de unos amigos en la Costa Dorada. Una deliciosa velada con fondo musical a cargo de Ornella Vanoni, Vinicius y Tonquinho juntos. Una maravilla. Pienso que la vida es muy injusta, y que lo es casi siempre a mi favor.
Tecleo con un ojo puesto en la pantalla y el otro en las piscinas del jardín, que me llaman desde abajo para que me sumerja. Para que despache esto rapidito y me pegue un buen chapuzón que me cure el bochorno. Y, todo hay que decirlo, la ira. Porque desayunarme la noticia de la doble paternidad de Ricky Martin a vientre subrogado me ha puesto en un estado de irritación que sólo se calma a golpe de crol frenético. No hay derecho. Se pasa uno años guardándose en secreto una inconfesable y vergonzante obsesión sexual por un chulazo bailón y, de repente, un día se da cuenta de que su fantasía no se va a cumplir jamás: el chulazo se ha convertido en orgulloso padre de un par de gemelos. Así, sin avisar y sólo un día después de que a mí me diera por reflexionar sobre los dobles a propósito de las memorias de Gore Vidal y de un reportaje en el ¡HOLA! con Raquel Mosquera e hija trenzadas a la par. Ya es casualidad. Y mala leche. De la noche a la mañana, Ricky ha decidido calmar su instinto paternal con un par de desconocidos diminutos sin ni siquiera consultarme, o darme la oportunidad de hacerle padre, a mi manera. Qué despropósito. Estoy desolado.
Me consuelo con la inminencia del baño clorado y la lectura del número veraniego de BUTT (Culo), que contiene una espléndida entrevista con quien fuera el manager de Wham!, Simon Napier-Bell, en la cual descubro que, hace más de 20 años, mi admirado Quentin Crisp -autor de El funcionario desnudo,uno de mis libros de referencia- entró a un estudio de grabación para cantar una versión casi hablada del Where did they go? de Peggy Lee que Napier-Bell guarda en sus archivos, junto con algunas fotografías de aquella época, cuando George Michael y Andrew Ridgeley todavía posaban en los aeropuertos, de vuelta a casa para encontrarse con sus novias.
En El funcionario desnudo, unas memorias que Crisp escribió sexagenario, seguro de la inminencia de una muerte que no le llegaría hasta treinta años después, en 1999, “cansado, delgado, hambriento“, Quentin repasa su vida londinense, recuerda humillaciones y penurias, pasa por encima de deseos incumplidos (enamorarse, enamorar, el éxito como escritor, la fama) y solo se lamenta de una cosa: no haber tenido poder. Poder para poner las cosas en su sitio. Que es, precisamente y chascarrillos aparte, el que acaba de ejercer Ricky Martin como nuevo padre soltero, que aprovechará el feliz acontecimiento paterno mercantil para quitarse un año de en medio, cuidar de sus recién nacidos y poner las cosas en su sitio. Sus cosas en su lugar.
Leo, entre la incredulidad y un ataque de risa floja, que la octogenaria Duquesa de Alba quiere volver a casarse en breve con un funcionario cincuentón con quien mantiene desde hace bastantes años una entrañable amistad. Lo publican un confidencial online y la página web de la cadena televisiva que emite el programa basuriento que lanzó el rumor explosivo con el cual intenta mantenerse despierta ante el sopor de estos días de agosto, cuando los reporteros abandonan los puertos deportivos ibicencos para apostarse ante las puertas de los hospitales, donde se hacen ortográficos; atentos a los puntos del parto de la nueva musa de Garci recién madre de una niña que se apellidará Bustamante, o al coma de un noble europeo accidentado la semana pasada.
“La verdad que no se espera no tiene sitio donde meterse”, palabras de Vergílio Ferreira en su Pensar, una relajante dosis de reflexiones más o menos acertadas que leo estos días de transición en Barcelona antes de viajar a Helsinki, que leo a ráfagas mientras deshacemos el equipaje, ponemos lavadoras, intentamos ordenar los libros y organizamos cenas en la Costa Brava con amigos que están allí de veraneo estos días.
La mentira inesperada sí encuentra su sitio. Entre confidencias y rumores, estrategias desesperadas para salvar los trastos, ahora que los vientos del Sahara mezclan la arena del desierto al vuelo con la caspa marbellí, donde una fiesta VIP consiste en un torero retirado y su señora, ambos vestidos de faraones en tafetán dorado, y retratados junto a José Manuel Parada y Silvia Tortosa, esa gran autobiógrafa. Lo juro. Tengo las fotografías en mi poder. Y pienso enviárselas por correo electrónico a Madonna para que se lo piense dos veces antes de gastarse cinco millones de euros en una mansión en Guadalmina, tal y como aseguran en otros confidenciales del chisme que piensa hacer, por recomendación de su buen amigo Antonio Banderas. Ten amigos para esto; para acabar de madrugada en un jardín iluminado con antorchas, medio bolinga y sudorosa al lado de Jaime Ostos y Mariangeles Grajal vestidos como figurantes de una versión low cost de La Corte del Faraón, o para terminar acompañando a la Duquesa de Alba y a sus amigas en su despedida de soltera por Puerto Banús, tocadas todas con tiaras fálicas de peluche, bailonas al ritmo del Hung Up en versión Terremoto de Alcorcón. Tú verás, Madonna, tú verás. Yo me lo pensaría.
“Pensar. ¿Y si pensar fuese una enfermedad, aunque de ella salga una perla?”, se pregunta Ferreira. No lo creo. Pensar es, para mí, una opción sexual. Como lo fue quitarse las gafas, afeitarse o fumar; elegir los parques, la ribera de los ríos en las ciudades, una plaza de noche, una sauna o un bar para ligar, en aquellos viejos malos tiempos cuando la la Duquesa de Alba era la señora casada, no yo. Quién nos lo iba a decir entonces. Cómo fue que, de repente, le encontré un hueco a esa inesperada verdad.