Tags: Comienza el año y, con él, mi última columna en esta sección. Durante estos dieciséis meses han surgido lectores, detractores, conexiones interesantes con entidades y personas por temas que nunca hubiera imaginado. No soy partidaria de los blogs y, por lo tanto, nunca me agradó que este artículo adoptara ese formato en Internet. Nunca entré en él, no vi los comentarios
–y, por lo tanto, nunca han recibido respuesta– ni los agradables, ni los humillantes. Quien quiso encontrarme pudo hacerlo en mi web.
En estas líneas han aparecido libros, sí, creí que debían compartirse y difundirse, y tanta gente anónima que, por desgracia, ha quedado eclipsada por los nombres conocidos. Dediqué tiempo a los prejuicios, que envenenan con sonrisas, y a mi generación, porque a pocos parece importarle qué somos y a dónde vamos.
Hablé una y otra vez de educación, porque, cabeza dura, continúo creyendo, pese al descrédito, que es posible una reforma que convierta a los más niños en adultos serenos y válidos; y aún mantengo la confianza en la capacidad de los grandes para cambiar. Presté mucho espacio a los animales; así me lo pide la fiereza con la que los tratamos.
Hablé de lo que quise: de todo aquello que me pareció injusto y doloroso. Hablar sirve de poco, pero el mutismo corrompe y destruye. Sólo los insultos son peores que callar ante algo terrible. Creo en ellos aún menos que en el silencio. Deseé tratar a mis lectores como adultos y, por ello, los mantuve siempre en mente y, por lo tanto, expresé mi opinión aún cuando no fuera popular, o tuviera dudas: son los finales abiertos los que, en ocasiones, hacen pensar.
Comienza el año y termina mi columna. Tienen muchos días por delante para gastar. Dejen, lectores, su huella en ellos.
Tags: En realidad, a nadie le gustan los que son distintos: los extranjeros, los pobres, los inmigrantes, los enfermos, los homosexuales, los adversarios políticos, los que no creen en la vida eterna o creen de una manera distinta. A nadie le gustan: a veces, tras la fascinación previa, algo similar al efecto de la piedra imán, llega un hastío inexplicable. Los peores radicales son los conversos. Los peores enemigos han amado antes lo que odian.
La empatía exige un esfuerzo casi sobrehumano. Una especie como la nuestra, que mide la importancia de los conceptos a través del lenguaje, le ha dado muchos nombres. Misericordia, con su toque de dulzura y entrega. Compasión, o caridad, para quienes no sólo sienten, sino que también entregan. Solidaridad, esa palabra leve y ya gastada, que no indica nada sino un estado de ánimo afín.
En el estricto sistema de emociones regladas occidental, estos han sido los días en los que el consumismo se entremezclaba con las más nobles emociones. Es sencillo el respeto en la distancia: exige imaginación y un leve trazo de generosidad. A los que son distintos, en cambio, ni el respeto, ni la solidaridad sirven de mucho. Sin arroz, no hay paraíso.
En realidad, las decisiones importantes arrinconan entre la espada y la pared a quienes se ven afectados por ellas. Es preciso decidir no sólo un estilo de vida, sino un código de creencias con un cierto grado de flexibilidad. El justo para cambiar de opinión si, por alguna causa, nos toca cerca un extranjero, un pobre repentino, un homosexual, un enfermo. En el mundo de la customización, nada es eterno, salvo lo que parece radical. El problema de las emociones no tiene nada que ver con el sentimiento: en realidad, se relaciona con nuestra capacidad para el cinismo.
Tags: En el eterno debate sobre el papel de las víctimas en la sociedad (esa elusiva cualidad de víctima, que oscila tanto que los agresores la reivindican sin ruborizarse, tan conveniente resulta) añade leña al fuego los jueces; nos hemos habituado a que sean los periodistas, o los grupos de presión, o esa masa inconcreta de personas que, en nuestro entorno, opinan exactamente igual que nosotros, los que intervengan en las penas y las reformas que han de sufrir los criminales y las leyes. Ahora los jueces actúan (raras veces hablan) y se corporeizan con la misma decepcionante y defectuosa carnalidad que los Reyes Magos.
No deberían cometer errores y, fieles a esa creencia, no los cometen. Es posible que no sea el corporativismo lo que les haga dictar penas ridículas y exigir ayudas tardías. Prefiero creer que, en realidad, es la fidelidad a una creencia lo que les obliga a actuar así. Si los jueces, algunos jueces, se comportan con la misma negligencia con la que otros profesionales, los jueces, todos los jueces, soportarán el mismo escrutinio que otros profesionales asumen cuando cometen errores.
No son perfectos, pero deberían serlo. Como los médicos, como los policías. Como, en otra medida, deberían serlo también los maestros. El descuido con el que año tras año hemos continuado asumiendo que los pilares de una sociedad civilizada se mantendrían sin revisiones ni cuestionamientos pasa ahora factura.
Muere una niña a manos de un loco que debería estar encerrado y esa víctima, y las que su muerte ha causado, se convierten, necesariamente, en un símbolo. Se prohíbe a dos mujeres un derecho asignado y, de forma lógica, se abre un debate. Sin el dolor de las víctimas poco habrían avanzado algunas reformas. Lástima que el precio sea tan alto.
Tags: Resulta fascinante la seguridad con la que se afirma que nada podrá acabar con la prostitución. En Barcelona, los locales de alterne vetustos, los de neón de colores desvaídos y cristales tintados continuarán intercalados entre portales y viviendas particulares. Tan sólo los nuevos prostíbulos deberán cumplir normas más restrictivas, tanto de posicionamiento como de salubridad.
Los abogados que defienden a los proxenetas se llenan la boca con la inevitabilidad del uso pagado de la sexualidad. En los últimos tiempos, además, ha mejorado la imagen del putero: quizás algunas series de televisión absolutamente inefables hayan tenido algo que ver con ello. Sin el menor rubor, hombres jóvenes afirman que prefieren contratar el tiempo de una prostituta a gastar dinero y tiempo en conocer mujeres con las que no saben si se irán a la cama.
Lástima que el Ministerio de Igualdad no dedique un momento a evaluar qué tipo de nuevo machismo se está instaurando entre los jóvenes para que el único motivo para conocer a una mujer sea llevársela a la cama y una noche de ocio se remate, con risas y cierta chulería, en un burdel; como espejo deformado de esta hipersexualidad de los varones, la reputación de las prostitutas no ha mejorado. La tolerancia hacia las mujeres promiscuas se aleja mucho de la mostrada hacia el picaflor.
En varios de mis libros aparecen prostitutas; no tienen el corazón de oro, ni tienen intención de redimirse. En Nos espera la noche, una joven aldeana está en boca de todos porque defiende su derecho a charlar de vez en cuando con hombres con los que acudía a la escuela. Como la mayor parte de las rebeldes, no termina bien. Así seguirá siendo mientras la sexualidad sea un imperativo, una necesidad, y no una elección.
Tags: Impedimenta, una editorial pequeña, de gusto exquisito y voluntades obstinadas (la de Enrique Redel y su musa, Pilar Adón) ha publicado Estallidos y bombardeos, de W. Lewis. No hay época histórica que me interese más que el periodo entre 1912 y 1947; sólo en una ocasión, en mi novela Soria Moria, he escrito sobre la Primera Guerra Mundial, esa desconocida que sembró Europa de cadáveres jóvenes, de una generación de viudas y solteronas y de trincheras infectas.
Wydham Lewis narra en este libro su experiencia bélica y qué le ocurrió en los años posteriores: en el año 37, desde el cual nos cuenta ese pasado en el que era joven y lleno de ínfulas, prevee la Segunda Guerra de la mano de ese Hitler que en un principio le fascinó y del que ya había renegado; en un inicio, me resultó cargante su egocentrismo, la conciencia de su propia valía, sus críticas acerbas al resto
de sus colegas.
No obstante, cuando inicia sus peripecias como bombardero, todo se le disculpa. Nadie ha narrado de esa manera el horror de una guerra absurda, con el humor y la brillantez de una mirada a la que ya nada asusta. A Lewis le fastidia más el sinsentido que el dolor, la falta de organización que la muerte inútil de tantos
compatriotas.
“La Guerra duró demasiado tiempo(…). Fue titánica para lo que significó: un gigante, en suma, con el cerebro de un mosquito. Sus épicas dimensiones fueron desproporcionadas (…). No resolvió nada, carecía de sentido (…) no se trató de una guerra que solucionara nada o que supusiera algún tipo de ventaja para la mayoría de la gente”. Leo estas palabras y creo que habla de Afganistán y de su guerra gemela en Irak. Inglaterra, de nuevo sumergida en esos campos, ha aprendido poco de sus artistas. Quizás nosotros podamos ser más afortunados.
Tags: Hay días peores que los de esta semana para que se colapsen los aeropuertos, pero no muchos: en un día como hoy, por ejemplo, la horrible Terminal 4 madrileña rebosa de viajeros que se desplazan con enormes maletas cargadas de presentes y de comida, de niños que se aburren y lloran y dan guerra, de mascotas, las pobres, asustadas y encerradas en sus transportines. En definitiva, de personas que no acostumbran a subirse a un avión de manera habitual y, por lo tanto, no saben que ya no pueden acarrear latas de bebida, ni un perfume, que retroceden ante el arco detector para desprenderse primero del cinturón y luego de la cartera y, por último, de los zapatos. Gente normal y corriente que, a diferencia de los neuróticos viajeros constantes, entre los que me incluyo, aún conservan la capacidad de sorpresa ante las estupideces a las que nos somete la seguridad aérea.
Como en mi Melocotones helados, alguien que debiera estar de nuestra parte y cuidarnos se convierte en un destructor enemigo: cumplimos las normas, todas las normas, puntualidad previa, metales y líquidos, cantidades astronómicas por un zumo. Ellos no.
Ellos atraviesan por una encubierta huelga de pilotos que hace que mi avión se retrase dos horas en un vuelo nacional, porque quien debía ir en cabina no se ha presentado. Nos mantienen en pie, en una fila, sin una explicación, hasta que una azafata, abochornada, nos lo cuenta y nos dice que sus órdenes son las de mentir. En mi avión vuelan dos niños, un invidente, varios ancianos. Un perrito dócil. No hay indemnización, ni siquiera el compromiso tácito de la honestidad. El sobrecargo nos anuncia que por avería del avión todo se ha retrasado.
Él sí miente. Por un momento, recuerdo que soy una cliente. En teoría.
Tags: Bolivia se ha convertido en el tercer país de Latinoamérica declarado por la UNESCO “territorio libre de analfabetismo”. En los tres años de mandato de Evo Morales, un ambicioso plan de enseñanza en el que el presidente ha puesto un gran empeño ha permitido que hayan aprendido a leer y escribir casi un millón de personas, la gran mayoría de ellas mujeres quechuas, aimaras y guaraníes. Eso ha reducido la tasa de analfabetismo, que se cifraba en torno al 15% de la población, a menos del 4%, porcentaje que la organización especializada de las Naciones Unidas tiene establecido para considerar que un país está alfabetizado.
El programa educativo promovido por Evo Morales ha contado con un fuerte apoyo solidario de los otros dos países de América Latina a los que la UNESCO considera “territorios libres de analfabetismo”, que son Cuba y Venezuela. Ambos han aportado a la campaña boliviana de alfabetización no sólo enseñantes especializados, sino también material didáctico de elevado coste, incluyendo televisores y vídeos. Como quiera que muchas de las comunidades indígenas en las que se volcó el plan carecían de electricidad, Venezuela instaló 8.350 paneles solares. Quedaba el problema de que muchas personas, sobre todo mayores, tenían dificultades ópticas para seguir los cursos. Cuba aportó 212.000 gafas.
Retengamos el dato de que, a día de hoy, los únicos tres países de toda América Latina a los que la UNESCO considera alfabetizados son Cuba, Venezuela y Bolivia. Ni Chile, ni Argentina, ni México, ni mucho menos Colombia, ojito derecho de las potencias occidentales.
¿Qué pretendo demostrar contando esto? Nada. Me conformo con aportar datos que ayudan a pensar.
Tags: A los estudiantes, sobre todo a los que no han dado nunca palo al agua, les ha entusiasmado siempre protestar. Y salir a la calle. Coquetear, mientras tanto. Sentirse tan parte del asunto como sea necesario, el escalofrío que recorre la columna vertebral cuando hay policía cerca y sabemos que nada nos ocurrirá, y en especial ahora, cuando una cámara asoma cerca y puede enfocarnos. Diez segundos de gloria. La sensación, en definitiva, de que, por una vez, mientras son jóvenes tienen algún tipo de poder.
Hace diez años apareció en las librerías mi primera novela, Irlanda.
Hablaba, entre otros temas, de la frustración de una muchacha que no encontraba el mundo tal y como le habían prometido. Actuaba. No de una manera convencional, obviamente, no de la forma en la que desearíamos que una de nuestras hijas reaccionara. Pero reaccionaba.
Los estudiantes no reaccionan, porque no desean pagar el precio que supone el cambio. O destacar. Porque iniciamos un camino en el que los estudiantes eran personas destacadas que, poco a poco, se han limitado a continuar un bachillerato masificado.
Cuidamos a los universitarios con el mismo mimo y la misma desidia que dedicamos a los niños consentidos. Protestan y se les mira con complacencia y no se les escucha, pero tampoco se les acalla. El problema se concentra en una franja de edad aislada en campus, aislada en tecnología y aislada en un vocabulario y unos gustos determinados. No interesan. No son como los de antes, aquellos que arrojaban piedras, aquellos que se arriesgaban a la cárcel y al demérito. Los alumnos no son los que eran. Nunca lo fueron. Ahora vemos a niños que vocean y que patean. Cuando sepan por qué, será demasiado tarde.
Tags: Deslumbraron a las niñas de mi edad en un momento en el que las niñas de mi edad habíamos decidido que los dibujos animados ya no se correspondían a nuestra recién adquirida madurez. A los chicos no había que convencerles: Seiya, el héroe al que se las ponían como a Fernando VII
–preferentemente tras el agónico sacrificio de Shiryu, mi personaje preferido–, enganchaba perfectamente con la estética de Campeones y de Bola del Dragón: para ellos los cambios resultaban más sencillos.
Corrían y morían por causas absurdas, y la más ridícula de ellas era la de rescatar de un sueño narcoléptico a la cursilísima princesa Saori, una muchacha de flequillo de moda y vestido de debutante que había sucumbido a las fuerzas del mal. Cualquier sacrificio, incluso la vida de aquellos caballeros estéticamente irreprochables, valía la pena con tal de que la chiquilla despertara.
Era ficción, por supuesto. En la realidad, una Eluana Englaro dormida no encuentra quien la deje descansar en paz. Como aturdidos caballeros, leyes, jueces y médicos se turnan para obligarla a despertarla o, al menos, mantenerla con vida. Filippo Lamanna, el juez que algunos veneran y otros consideran un ángel de muerte, autorizó que Eluana fuera desconectada de sus máquinas, pero no tiene poder para cambiar las ideas. Nadie, salvo una clínica de Udine, se ha ofrecido para dejarla morir.
Uno de los relatos más cínicos y menos conocidos de Mark Twain, El forastero misterioso, habla de cómo un ángel, Satanás, (otro apuesto caballero) llega a un pueblo para ayudar a los humanos. En muchos casos, y para el escándalo de los niños que son sus amigos, su único método para evitar una vida miserable, de largos sufrimientos y degradación, es la muerte. Qué triste. Qué cierto.
Tags: Enhorabuena: hemos encontrado un nuevo malo oficial. Durante una década hemos oscilado según ideologías y según cómo nos fuera en el baile, y hemos debilitado nuestras fuerzas, mientras hemos combatido entre nosotros en la discusión de si eran los musulmanes o los americanos, los maltratadores o las mujeres que
exigían casa e hijos, los nacionalistas o el Estado opresor…
Tristes tiempos que quedaron atrás: los malos, ahora, son los bancos y, a su lado, de la manita, las grandes fortunas que no han sido tocadas, como manzanas sin gusano, por escándalos, timos, deslocalizaciones, fraudes de impuestos y estafas piramidales. En los que han perdido no merece la pena perder el tiempo. El odio se concentra en los que aún ganan, los que, como vampiros, han sorbido riqueza, esfuerzo y han escupido los huesos de quienes se los han dado tras devorarlos. Fantásticos ogros manejados por un hombre o por una entidad, sobreviven a costa de quien sea.
Nuevos villanos.
Resulta sencillo concebirlos así, porque basta con desenterrar las imágenes de puro y chistera de los años veinte, o las viñetas de Castelao con sus cínicos caciques. Basta con desempolvar un poco el resentimiento social, ahora que todo lo que nos igualó en una vaga clase media ha desaparecido o se limita a cacharritos de nueva tecnología. Antes de relamernos los labios con la certeza de la igualdad de las oportunidades, se desvanecen en el aire las políticas de vivienda, el apoyo directo al ciudadano, la capacidad de consumo. Como si atraparan misiles en el aire y los devoraran, golosos, los bancos –monstruos que absorben las ayudas y piden más–. Tipos más bajos, más propiedades, más esfuerzos, más despidos. Se escudan en excusas para no dar respuestas. Y no hay héroes para limitarlos…