Las vergüenzas de dos teles públicas

08 Feb 2010
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Cuando un médico comete, por ejemplo, un error quirúrgico, los tribunales toman la palabra. Cuando un abogado se aprovecha de la buena fe de un cliente, hay consecuencias penales. Incluso cuando un escritor plagia, aunque asegure que sólo está “homenajeando”, se le endosa la condena correspondiente. ¿Qué podemos hacer, sin embargo, con esos paniaguados de TeleMadrid o Canal 9 que conculcan cada día cualquier clase de deontología profesional? Se llaman periodistas pero, ¿cómo evitar que se homologuen a aquellos de sus colegas que son decentes y se ven marginados sólo porque no se han vendido por un plato de lentejas?

  Saco el caso de estos dos canales de televisión porque se han constituido en el ejemplo más palmario de manipulación informativa desde 1975, excluyendo, por supuesto, a la TVE de Alfredo Urdaci. ¿Qué armas tiene la profesión y la sociedad democrática contra esos tipos que, en cada telediario, aumentan la bola de la mentira hasta constituir un alud absolutamente imparable? Creo que va siendo urgente que se constituya un Consejo del Audiovisual o algún organismo semejante donde se contemplen sanciones y revocaciones del título de periodista a los que están participando en este aquelarre desinformativo.

  Seguir tolerando la situación con los brazos cruzados –ya que la vía judicial parece complicada- significa hacer convivir a los buenos periodistas –que son la mayoría- con los culos agradecidos a Esperanza Aguirre o Francisco Camps, y eso es tremendamente injusto.

  En todas las profesiones hay manzanas podridas. En el periodismo se detectan por sus desmesuradas genuflexiones.

Medio siglo antes

04 Feb 2010
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   Hay películas, por supuesto, que se adelantan a su tiempo y nos describen, con todo lujo de detalles, un fragmento del porvenir con mayor exactitud que cualquier predicción más o menos científica. Ese es el privilegio de las obras de arte. Este mes se conmemora el medio siglo de La dolce vita, el film inmortal de Federico Fellini. Aunque este director tuvo ocasión de vérselas con Berlusconi en su momento, es obvio que muchos lo consideraban el candidato perfecto para haber llevado a  cabo la gran película sobre il cavaliere. Pero a falta de pan, bueno será señalar que si La dolce vita es algo es precisamente la exacta descripción del marasmo del presente a cuenta de la berlusconización de la vida social  italiana.

  No me extraña que L’osservatore romano calificara la obra de “obscena” (lo cual retrasó su estreno en España hasta 1980). La obscenidad se maneja en un nivel cuya sutilidad acaba siendo de brocha gorda. La obscenidad, en realidad, no tiene nada que ver ni con el sexo ni con la religión (los dos grandes temores vaticanos, por ese orden), sino con ese vacío moral que lleva al suicidio al personaje interpretado por Alain Curry (Steiner) y al desconcierto íntimo al protagonista, el gran Mastroianni.

  Vista hoy, La dolce vita no sólo nos habla de las estrellas de cine (con el fotógrafo Paparazzo dando nombre a una subespecie de fotógrafos carroñeros) sino también del sentido de una vida sólo ocupada en un placer que no provoca placer. El film acaba en una playa, pero podía haber acabado con la catedral de Milán golpeando con furia la sonrisa de un país enloquecido.

Religión, política y banderas

03 Feb 2010
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A mediados de la semana pasada, Francisco Camps se marchó a Nueva York para visitar, entre otros sitios, la iglesia dedicada a San Vicente Ferrer. El president tenía mucho interés en colgar una bandera sobre ese altar y reivindicar el origen del santo, puesto que nació en Valencia aunque murió en Bretaña. Mientras Camps disfrutaba en la amalgama de política y religión que constituye su santo y seña más grotescamente genuino, este periódico realizaba una encuesta en toda España donde se preguntaba sobre la inmigración, distinguiendo en las respuestas a los consultados que se declaraban católicos de los que se identificaban como no creyentes. Los resultados de esta investigación son curiosísimos. Da la bendita casualidad que, en todos los casos, las respuestas menos solidarias era las de los católicos practicantes. Así, por ejemplo, el 41% de los amantes del cirio consideran a los inmigrantes un lastre para nuestra economía y el 47% creen que hay que cerrar la puerta a los extranjeros.

  Estamos tocando fondo, en efecto. Hemos llegado al punto en que cualquier ciudadano interesado en cultivar sus legítimas inquietudes espirituales debería alejarse lo más posible de las religiones actualmente existentes, en especial –en nuestro caso- la católica. Desgraciadamente, esta confesión milenaria sólo sirve ya para enmascarar los egoísmos de algunos privilegiados, cuando no para dar apariencia de integridad patriótica a personajes ideológicamente misacantanos como Camps. Por eso en las manifestaciones clericales se ven tantas banderas (y no sólo del Vaticano): hay mucha –pero mucha- vergüenza para tapar.

Improperios en “off”

02 Feb 2010
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La tecnología ha extendido su imperio pero es lógico que donde dé juego sea precisamente en sus márgenes. El desliz de Esperanza Aguirre viene a sumarse a una larga lista de francachelas discursivas que se creían en off. Dice que no, pero todo el mundo sospechó en seguida que a quien se refería Aguirre con su sonoro hijoputa era a Gallardón. Todo lo contrario que en el caso de Carlos Fabra, que le plantificó un hijo de… con todas las letras a su oponente político en la Diputación de Castellón, el buenazo de Francesc Colomer, y luego no tuvo reparos en asumirlo (porque, según dijo, era una manera de hablar particularmente consuetudinaria).

  Con la sinceridad coloquial, en realidad, ocurre como con la corrupción. El pueblo sano se ve reflejado en esos esforzados políticos que, después de todo lo que tienen que aguantar, deciden llevarse algunos milloncejos a casa (o un coche o algunos trajes, puesto que el pago en especie también goza de buena prensa en la cola de la carnicería). Todo ello no hace sino redundar en la buena imagen de los sujetos en cuestión.

  Seguro que, en las próximas elecciones, los votantes centrales se dividen entre los que deciden votar al PP ante el reclamo del gran macho alfa de la política madrileña (es decir, Espe) y los que prefieren directamente al hijoputa. Al fin y al cabo, si algo tiene este partido es que se puede confiar en él con los ojos cerrados, puesto que sus líderes son humanos, completamente humanos: sinceros, brutales, un poco corrompidos, moderadamente navajeros y creyentes, muy creyentes (algunos en Dios). Y luego está la vertiente off. ¡Uf!

El holocausto y su ficción

01 Feb 2010
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En vísperas de la conmemoración del Día Mundial del Holocausto (que coincide con la fecha de la liberación de Auschwitz, un 27 de enero de hace 65 años), Claude Lanzmann presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid su monumental film Shoah. La revisión de este espeluznante documental de más de nueve horas de duración donde se recogen los testimonios de los supervivientes del holocausto (y también de algunos de los verdugos) ha puesto otra vez sobre la mesa el delicado dilema sobre cómo  abordar, desde la representación audiovisual, la gran tragedia del siglo XX.

   Es sabido que Imre Kertész, el nobel húngaro, considera que películas como La lista de Schindler, de Steven Spielberg, no son instrumentos válidos para dar cuenta de una realidad que escapa a toda ficcionalización. Para el autor de Sin destino, el desafío a la razón que supuso Auschwitz está mejor formalizado en una película como La vida es bella, de Roberto Benigni. Lanzmann no está de acuerdo, y no es difícil comprender sus reparos a la opera buffa de Benigni.

  El problema es peliagudo, pero no se entiende sin la dimensión sagrada que ha adquirido el sacrificio de judíos y tantas otras víctimas (gitanos, homosexuales, comunistas…) en el sangriento altar de la vesania nazi. Cuando ya no queden supervivientes vivos y la Shoah sea una referencia del pasado –otro truculento período de la historia-, quizá obras como la de Spielberg se demuestren eficaces, finalmente, para verbalizar y difundir el horror. Cualquier piedra es buena, en definitiva, para construir el monumento que nos evite el gran peligro: el olvido.

Políticos para la sobremesa

28 Ene 2010
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Los índices de popularidad de Zapatero y de Rajoy están por los suelos y sin embargo nadie pregunta en las encuestas serias con cuál de los dos nos gustaría compartir una sobremesa. La cuestión puede llegar a ser compleja y les explicaré por qué. Yo mismo, en caso de ser abordado con ese interrogante, no lo dudaría ni un momento: estoy seguro de que Mariano Rajoy es una persona mucho más interesante en las distancias cortas que el actual presidente de Gobierno.

  De tener que compartir mesa con alguno de los dos, de entrada preferiría a un tipo como Rajoy, cachazudo, socarrón, buen conversador y bien provisto con las alforjas de la ironía (aunque su programa me parezca nefasto). Por otro lado, es sabido que fuma habitualmente puros habanos, con lo que no puede ser de ninguna manera una mala persona.

  Zapatero, por otro lado, es demasiado “simpático”, demasiado risueño, demasiado optimista como para soportar la prueba de una sobremesa larga y civilizada. Seguro que se aburriría pronto y le molestaría el humo del buen tabaco.

  Esto, por supuesto, no es una profesión de fe bipartidista. Ni siquiera tiene nada que ver a quién votas con de quién te gustaría escuchar confidencias. Hay otros líderes en la política actual con los que valdría la pena compartir una buena digestión. Pienso en Josu Erkoreka, en Josep Lluís Carod Rovira o en Alfonso Guerra (un clásico inmortal). Luego serán o habrán sido buenos o malos gobernantes pero eso no tiene nada que ver. Se pueden proyectar complicidades ideológicas, pero organizar una sobremesa es algo infinitamente más delicado. Eso sí que es alta política.

El agua como símbolo

27 Ene 2010
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  Si hay un elemento irracional que se ha instalado en los últimos tiempos en el debate político es la cuestión del agua. Sin distinción de partidos o credos, cualquier gerifalte se cree hoy facultado, en cualquier plaza pública, para subirse a un taburete y ponerse a vocear que “el agua es nuestra”. Los resultados están a  la vista.

  Creo que en los asuntos hídricos es donde se está viendo con mayor claridad la cara fea de los nacionalismos (o regionalismos o localismos: táchese lo que no proceda). Que un río pase por un territorio no puede significar, automáticamente, que su caudal deba ser explotado en exclusiva por los habitantes de ese territorio. El agua debería ser un asunto de estado para evitar agravios estúpidos.

  Es razonable, por otro lado, preguntarse qué querrían hacer con el agua del Ebro o del Tajo los mandamases del País Valenciano o de Murcia que la reclaman. ¿Más urbanizaciones insostenibles? ¿Más agricultura sobreexplotada? ¿Más campos de golf? Cuando excitan al personal con sus proclamas a favor del agua que les falta, saben que nadie piensa en eso. Negar el agua es negar la vida. Entramos, así, en el nivel peligrosísimo de las emociones masivas.

  Si aceptamos el principio de que los ríos son de todos, y de que nadie puede ser desprovisto de un acceso racional a sus recursos, tendremos que sentarnos a orquestar soluciones razonables para el problema. Pero convertirlo en banderín de enganche para demagogias envenenadas no es una buena idea. Habría que reclamar cordura a los políticos, aunque da la impresión de que muchos de ellos no conocen realmente el agua. Sólo beben whiskey.

La traición de los intelectuales

26 Ene 2010
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En 1927, Julien Benda criticaba, en La traición de los intelectuales, que estos hubieran hecho dejación de su propia condición para ceder a las lisonjas de los intereses políticos. Si alguien con la finura y el bagaje de Benda viviera hoy en España, podría publicar otro sesudo ensayo para dar cuenta de un curioso fenómeno: el abandono, por parte de muchos intelectuales, de sus creencias de juventud (usualmente izquierdistas) para convertirse en perfectos compañeros de viaje de los ultramontanos. Ejemplos hay demasiados, pero déjenme hablar hoy del caso de Gustavo Bueno, ese filósofo sin complejos que acaba de publicar El fundamentalismo democrático.

  Bueno tiene derecho a proclamar que “lo de izquierda o derecha son mitos desaparecidos”, pero debería saber que eso es lo que siempre ha defendido  la derecha. Luego añade que “la ley del aborto es más corrupta que el caso Gürtel” o que “la democracia es una entelequia” y vamos entendiéndolo todo. No tiene miedo Bueno de que le acusen de “fascista” (eso dice en sus entrevistas) y la pregunta es: ¿Y por qué deberíamos acusarle de tal? Ponerse la venda antes de la herida ya es todo un síntoma; por si acaso, alguien debería explicarle al buen Gustavo que se pueden hacer muchas reflexiones sobre la democracia (también desde la filosofía política), pero que los “fundamentalistas” no suelen ser los que defienden este sistema, sino los que lo ponen en peligro (o en duda).

  Podemos estar de acuerdo en que la democracia es un sistema notablemente imperfecto. Pero, ¿cuál es la alternativa, Gustavo? ¿Una dictadura? Esto, me temo, ya no es filosofía…

Lengua y libertad de elección

25 Ene 2010
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El caso gallego, con las disparatadas aventuras de Núñez Feijóo, ha puesto de nuevo a las lenguas de actualidad. Resulta curioso comprobar cómo, de un tiempo a esta parte, cualquier indocumentado te endilga, en cuanto sale el tema a colación, aquello de que “los padres tienen derecho a elegir la lengua de la escuela de sus hijos”. Pues, señores, lamento informarles de que esto no es así. Sí, ya sé que lo repiten, como un mantra, brillantes intelectuales ex marxistas ahora abrazados, como el borracho a su farola, a la fe “liberal”. Pero ni en España ni en ningún país civilizado los padres eligen lo que sus hijos aprenden en la escuela. Por eso no hay, por ejemplo, ningún catalán que pueda optar por no saber castellano y, de la misma manera, tampoco puede haberlo que no sepa catalán. La ley dice que los alumnos han de acabar su período de escolarización obligatoria sabiendo ambas lenguas porque las dos son oficiales en Catalunya. Y si una de las dos –caso del catalán- está en desventaja por razones sociolingüísticas, entonces hay que privilegiar su uso escolar. Y eso no es optativo: todo ciudadano residente en Catalunya ha de cumplir la ley.

  Los padres, pues, no pueden “elegir” la lengua de enseñanza como tampoco pueden elegir si sus hijos deben aprender o no matemáticas, o una lengua extranjera, o Educación Física o cualquier otra materia del currículum. La libertad de los padres acaba donde empiezan las libertades de la sociedad. Y esto no es un capricho totalitario: es el fundamento de la civitas democrática. Que alguien se lo explique, por favor, a Fernando Savater y sus émulos más pizpiretos.

El azar y la lógica de Munilla

21 Ene 2010
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Leí el otro día que una mujer fue arrollada en una calle de Valencia por el conductor

ebrio de una motocicleta. La fallecida,  identificada como C.F., tenía 75 años. Por desgracia, morir bajo los efectos del alcohol en la sangre de un conductor no tiene nada de particular, pero en este caso hay una peculiaridad singularísima. Da la casualidad, según la misma crónica, de que casi en el mismo punto en que entregaba su alma C.F. murió su propio padre veinte años atrás, también atropellado por un vehículo.

 C.F. era testigo de Jehová y ese día se encontraba visitando a varias familias de la zona predicando el Evangelio. El azar le proporcionó la misma muerte que a su progenitor, y en el mismo lugar. Es un terrible hecho luctuoso, pero me pregunto si, aplicando la lógica del nuevo obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, lo peor del caso no sea la muerte en sí, sino que la víctima perteneciera a una religión “equivocada”, con las escalofriantes consecuencias que eso tendría para su espíritu. Los grados de la desgracia, según Munilla, son incomprensibles para los mortales de a pie, groseramente materialistas. Morir en Haití por los efectos del terremoto, así, es sólo un pequeño trámite de nuestro cuerpo mortal. En cambio la devastación anímica de la falta de fe, o las consecuencias de rezar al dios equivocado, pueden ser mucho más letales.

 C.F. murió, por azar, en el mismo sitio que su padre, y por la misma causa.  Algunos al azar lo llaman “Dios” y sacan de él todo tipo de drásticas lecciones. Hay que permanecer a cierta distancia de esos tipos: su inhumanidad se contagia como la lepra.